jueves 24 de julio de 2008

Funeral de empresa


–¡No me diga…! Lo siento. Bueno, Sra. Rosaura, el pobre ya descansa en paz.
–¿Qué pasa? –le pregunté a mi compañero de oficina, Antonio, después de que colgara el teléfono.
–Nada, que el tirano del dueño ya estiró la pata.

De esta grácil manera fue como me enteré de que don Joaquín Torralba había abandonado el mundo de los vivos, sin poder disfrutar de la cena que pensaba ofrecer a proveedores, clientes y empleados, por primera vez en su vida y sin que sirviera de precedente. En pocos días iba a celebrar por todo lo alto el veinticinco aniversario de la fundación de su empresa.

Una empresa líder en su sector, en su región, y tercera en todo el país. Una empresa que había creado desde la nada a fuerza de trabajo, sudor y mucha austeridad, junto a su esposa Rosaura. Una empresa que era su vida, su orgullo, y que pensaba dejar en manos de alguien de su entera confianza, su único hijo, Joaquín Júnior, Jr. para los empleados.

Como suele suceder en esta clase de lances, dedicamos el resto del día a recabar información del suceso e intercambiar pareceres sobre su vida y su obra para homenajearlo: “Esto se veía venir, fumaba como un condenado…”. “Sí, es cierto. Y el muy avaro se fumaba hasta la boquilla”. “Sí, era muy ahorrador. Por ahorrar, ahorraba hasta en palabras”. “Y nunca se cogió unas vacaciones”. “Sí, y bien que nos reprochaba que nosotros sí las hiciéramos”. “Y encima pagadas. Eso sí que lo enfermaba”. “Y lo que teníamos que batallar con él cada subida salarial, ¿qué?”. “Se creía que iba a ser eterno. Pues, ya ves…”. “¡Ay!, no somos nadie”.

Después de pasar toda la mañana haciendo un recordatorio en su honor, nos organizamos distribuyendo las plazas disponibles en los coches que algunos compañeros ponían a disposición del resto para ir al funeral, al día siguiente. Tarea nada fácil, pues éramos más de cien personas, y eso nos llevó toda la tarde.

A la mañana siguiente, bien temprano, nos presentamos todos los trabajadores de la empresa en el tanatorio. El portero nos condujo a la sala del final del pasillo. Sus dimensiones y el lujo que la adornaba nos enmudecieron. Todo en mármol gris, sillones de terciopelo negro, con más centros de flores que en una boda real y amenizada con una exquisita música clásica. Parecíamos tontos, tan callados, sin saber cómo romper el hielo con los presentes. Menos mal que Antonio es de esos que siempre tienen un comentario apropiado para cada ocasión: “¡Así da gusto morirse!”. Unos señores muy trajeados lo miraron raro, hay gente demasiado estirada por ahí.

No habíamos salido de nuestro asombro cuando vino a recibirnos la sra. Rosaura, serena, sobria y sencilla, como siempre. La peluquería era un terreno inexplorado por ella y jamás daba por perdidos un par de zapatos antes de que el quinto agujero hiciera acto de presencia. Algunos comentaban que no era por cosas de la economía, sino porque le gustaba tener los pies bien ventilados. Por lo visto sufría un problema de exceso de transpiración.

Nos saludó besándonos, uno por uno, y agradeció amablemente nuestra presencia allí. Después de las preguntas y palabras de consuelo de rigor, le indicamos que era nuestro deseo darle el último adiós a don Joaquín Torralba, por lo que queríamos pasar, en pequeños grupos, a la sala contigua donde se encontraba el féretro. Doña Rosaura nos indicó con dulzura que, puesto que la sala era reducida y estaba llena de autoridades, abogados, empresarios y lo mejor de cada casa de la ciudad, lo adecuado sería que esperáramos fuera, en la calle. ¡En pleno invierno!

Antes de seguir sus cordiales indicaciones no pude por menos que asomar mi cabeza en aquella sala. Un irrefrenable deseo se había apoderado de mí, y no, pese a lo que dijeron después las malas lenguas, no fue por curiosidad, sino una profunda preocupación al oír unos desgarradores lamentos desde el interior. Era Paco, nuestro jefe, el encargado del almacén, tenía la cara arrasada en lágrimas y lloraba amargamente mientras el Alcalde de la ciudad trataba de consolarlo creyendo que era el hijo del occiso. Y no fue el único en confundirse. Claro, como Jr. permanecía templado, sin echar una lágrima, sentado en un rincón, quizá porque se sentía reconfortado ante las últimas palabras que le dedicó a su padre: “No te preocupes, papá. Yo continuaré tu labor y llevaré a esta empresa a ser la número uno del país”. Quizá porque estaba acompañado de su flamante esposa, Jessica, que le infundía ánimos y le subía la moral. Algunos decían que eso de subir y subir no era nada nuevo para ella, y que la escalada era el deporte donde destacaba, gracias a sus afiladas uñas. Antonio, también muy preocupado, se había asomado detrás de mí y me agarró del brazo haciéndome un gesto con el que me indicaba que debíamos irnos.

Una vez que estuvimos en nuestro lugar, la calle, los compañeros nos envolvieron interesándose por lo que había ocurrido dentro y nos hicieron las preguntas más corrientes en estos eventos: que si a don Joaquín Torralba lo habían dejado guapo o parecía un muñeco de madera… que si Jessica llevaba los morros de rojo pasión, como era su costumbre… que si el hijo lloraba mucho, o poco… Llegados a este punto Antonio, pidió un poco de calma y saber estar dado el acontecimiento. Pero, a los pocos minutos, viendo nuestro desanimo, decidió deleitarnos con sus dotes artísticas regalándonos una magistral imitación de Paco y sus lloros, para hacer más corta la espera. Esto hizo caer en la cuenta a los compañeros que Paco era un privilegiado y podía permanecer dentro, calentito y codeándose con lo mejor de la ciudad. Pero Antonio les explicó que, sí, lo habían dejado estar con ellos, porque todo funeral de postín debe tener sus plañideras y a éste ya lo tenían en nómina. Al parecer, las carcajadas con las que habíamos premiado la actuación de Antonio se escuchaban en el interior y dos guardias de seguridad se acercaron. Nos dijeron que la Sra. Rosaura agradecería que nos retiráramos un poco más allá de la puerta. Nosotros, dada las circunstancias, la complacimos con gusto, con tanto que cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos montándonos en los coches para regresar a nuestro sitio.

Un mes después, Jr., completamente implicado en la palabra dada a su padre, que convertiría la empresa que él había creado en la número uno, estaba dispuesto a demostrar a todo el mundo de lo que era capaz. Desde luego, capacitación no le faltaba, pues se había graduado en dos carreras: derecho e ingeniería. Y fue capaz de pedir créditos bancarios en más de veinte entidades, aprovechando el buen nombre que había heredado de su padre. Y ese dinero, fue capaz de invertirlo en comprar la nave industrial más grande de toda la comarca para convertirla en su sede central. Y capaz fue de contratar a todo un nutrido grupo de asesores y ejecutivos. Y fue capaz de preocuparse sobremanera de que éstos pudieran hacer su trabajo a gusto, y agasajar a los potenciales clientes, que en pocas ocasiones concretaban el negocio. De modo que los gastos de representación de la empresa eclipsaron de largo al de los beneficios en pocos meses.

Jr. no se amedrentó por ello, y solía emplear su templanza, y hasta su sentido del humor, riéndose de los alarmantes estados de cuentas que le presentaban sus subordinados. “¡Parecéis viejas asustadizas! Nada, nada que no pueda arreglar otro crédito”, solía esgrimir. Después, se dedicaba a comprar toda novedad tecnológica con la que poder introducir mejoras en la empresa, principalmente en su despacho y en su garaje y en los de sus asesores. Tampoco se olvidaba de nosotros, sus empleados de base, y siempre que podía organizaba una reunión en el almacén para pedirnos que nos implicáramos en el proyecto: mucho esfuerzo y moderación salarial. “Esta apuesta requiere ciertos sacrificios, pero saldremos adelante y os recompensaremos”, nos decía con su impecable sonrisa.

Y, sí, nos esforzamos tanto que después de una dura campaña nos quisieron recompensar y de esta manera fue como descubrimos que Jessica, pese a las apariencias, era una joven generosa y pulcra. Porque cuando su suegra, doña Rosaura, le propuso invitarnos a pasar un domingo en su chalet, y disfrutar de una barbacoa y su piscina, Antonio le oyó contestarle: “bueno, está bien, pero después tendremos que vaciar la piscina y mandar a desinfectarla, ¿no?”. No, estas no eran las únicas virtudes que adornaban a Jessica. Ella era tan trabajadora como la que más, se empleaba a fondo, con tanto ardor y empuje que se pasaba horas encerrada en el despacho del atractivo Director de Marketing.

Había cosas que comenzaban a pesar en la cabeza de Jr., después de un tiempo las ventas seguían descendiendo, y a él ya no le quedaba dinero para gastar, ni crédito en los bancos, ni buen nombre en el mundillo empresarial y se vio obligado a empezar a vender sus propiedades para intentar reflotar la empresa. Curiosamente, a medida que su patrimonio disminuía también lo hacía, proporcionalmente, el amor que Jessica sentía por él hasta que se evaporó, haciéndola desaparecer.

Pocos días después estrenamos la monumental Sala de Juntas, que Jr. había diseñado con esmero para lanzar la empresa al estrellato. Éste había reservado su inauguración para una ocasión importante. Al entrar, doña Rosaura nos recibía en la puerta y nos ofrecía una carta, uno por uno. Amablemente nos indicó que nos sentáramos para escuchar a su hijo. Jr., con el rostro compungido, nos presentó el balance de cuentas, quiero decir que el número de acreedores era tan extraordinario…Que él había estado dando largas al asunto, pero ya no esperaban más para cobrar, así que tenía una orden de embargo y lamentaba enormemente tener que cerrar la empresa y despedirnos. Paco estalló en llanto. Y Antonio que era una persona muy considerada y siempre tenía una palabra de aliento, se acercó a consolarlo: “Ves, pelota. Pero no te preocupes. Tú tienes a tu mujer en casa y dos manos para trabajar, no como el inútil este”.

Quién nos lo iba a decir el día del funeral de don Joaquín Torralba. Siempre habíamos oído decir que de una boda salía otra boda, en esta ocasión de un funeral salió otro funeral, el de su empresa.

lunes 30 de junio de 2008

En los trazos sombríos


–Mami, ¿te gustan ahora más mis dibujos?

A Gloria la embargó un profundo sentimiento de ternura al contemplar la sonriente carita de su hija, Laura, de cuatro años, mientras le mostraba orgullosa su última creación: una casa con jardín alfombrado de flores multicolores y un sol radiante en el cielo.

Atrás parecían haber quedado los tiempos en que sus dibujos eran sombríos, despertando la inquietud en sus padres, hasta el punto que decidieron consultar un psicólogo.

Era una niña muy despabilada y curiosa, fuera de lo común para su edad. Pero, en ocasiones, con sus dibujos y comentarios había preocupado a sus padres, que no entendían de dónde podía haber tomado esos pensamientos a tan tierna edad.

Cuando Laura comenzó a dibujar, lo hizo como todos los niños, trazando líneas irregulares, garabatos que ella mostraba como pequeñas obras de arte y que no tenía inconveniente en repartir generosamente sobre cualquier superficie: hojas de papel, paredes y el sofá, principalmente. Las líneas pronto dejaron paso a las espirales concéntricas. Y aunque tenía una caja de lápices de muchos colores, ella siempre escogía el color negro, dejando los demás intactos.

A los dos años incorporó un coche a sus dibujos de espirales y seguía manteniéndose fiel a su color favorito. Sus padres trataban de convencerla de que esbozara niños, árboles, casas, como sus compañeros de la guardería, pero Laura se mostraba inamovible en sus principios, y sólo añadió unas llamas color rojo envolviendo el vehículo y dos pasajeros dentro. Fue entonces cuando el desconcierto se tornó en desvelo y preguntaron a la niña el porqué de esa novedad. Pero ella bajó la cabeza negando y enmudeció durante unos minutos.

Pocos días después, Gloria, no podía imaginar que su pequeña fuera a sorprenderla de nuevo. Madre e hija disfrutaban mutuamente de su compañía, la merienda y un documental que ofrecía la televisión, donde aleccionaban a los turistas de qué no debían perderse en su visita a París. En el monitor se fijó una imagen de la Torre Eiffel y a Laura le llamó poderosamente la atención.

–¡Mamá, yo he estado allí!

Gloria no le dio excesiva importancia y pensó que su hija habría visto esas imágenes anteriormente. Pocos minutos después la pantalla se convirtió en una postal de la pirámide vidriada del Louvre.

–¡Aquí también he estado!

La madre lo negó.

–Sí, mami, dentro hay dibujos en las paredes. Yo fui con mi hermano, el que tenía antes.

Gloria se quedó atónita, Laura era hija única y jamás habían puesto los pies en París.

Por esas fechas, la niña comenzó a tener pesadillas, despertándose bañada en sudor y llamando a su hermano a gritos. Su comportamiento cambió, se volvió más retraída. Ante la creciente preocupación que sentían, sus padres decidieron llevarla a la consulta de Eduardo, un psicólogo infantil.

Después de algunas sesiones en las que fue ganándose la confianza de la niña, el psicólogo consiguió descifrar el dibujo: un coche accidentado, seguramente algo que habría visto en televisión impresionándola, como las imágenes de París y unas espirales por las que decía se podía pasar flotando. La interpretación de Eduardo fue que Laura era muy sensible e imaginativa, pero se sentía sola, deseaba tener un hermano y, con total seguridad, si colmase su anhelo, las pesadillas y las brumas desaparecerían de su mente.

Los padres así lo hicieron. A medida que el embarazo de Gloria crecía, la nebulosa de Laura disminuía y ellos creyeron que rozaban la paz de nuevo. La niña se sentía alegre y esperaba ansiosa la llegada de su hermanito, y suplicó que la dejaran a solas con él, cuando lo trajeran a su casa. Intrigados y preocupados por tan extraña petición, temiendo que los celos hubieran hecho peligrosamente acto de presencia, consultaron a Eduardo. Éste les propuso que accedieran a la petición de Laura, para llegar al fondo de la cuestión. Previamente instalarían una cámara oculta gracias a la cual podrían ver y controlar sus movimientos, e intervenir a tiempo en el caso de que ésta quisiera dañar al bebé.

Y el día llegó. Depositaron al bebé en su cuna y permitieron a Laura quedarse a su lado, no sin cierta desazón. Se dispusieron a observar sus movimientos atentamente desde la habitación contigua. La niña se acercó a su hermanito y lo miró henchida de cariño, sus ojos centelleaban y deslizó el dorso de su mano por el pequeño rostro, en una caricia. Entonces le tomó la manita al bebé y le habló:

–Ya estás aquí conmigo, otra vez. Ahora tendrás que contármelo tú, porque a mí se me está olvidando.

jueves 29 de mayo de 2008

Soñé con ángeles



A mi madre

Ya han transcurrido cinco largos años desde aquella remota noche en la que los ángeles me visitaron en sueños. La recuerdo nítidamente, como si hubiera sido la pasada. Permanecía en penumbra, recostada en el butacón de la habitación de un hospital, era la vigía de la débil respiración de mi madre. Hacía dos meses que nuestro campamento estaba allí. Su estado, desgraciadamente, había empeorado en las últimas semanas. Cada madrugada recibía la visita de dos crisis respiratorias con exquisita puntualidad británica, la primera a la una y la segunda a la seis.

Mi mente voló siete años atrás, al momento en que aquella guerra comenzó. Nos hallábamos en la consulta de una clínica en el centro de la Ciudad Condal, esperando el resultado de su mamografía. La llamaron, pero el médico me impidió pasar. Al salir me dijo: “Nada, que ya está aquí. Es cáncer”. Las mujeres que estaban sentadas a mi lado la miraron y quedaron pasmadas. Sí, la poesía nunca ha sido su fuerte; ella nunca se ha andado por las ramas; es fiel seguidora de “al pan, pan y al vino, vino”. Ambas sabíamos muy bien qué significaba ese “ya está aquí”, pues tres de sus cinco hermanos habían padecido la enfermedad y ninguno la superó más de tres años. Siempre nos había dicho: “Es nuestra losa familiar. No es ni mejor ni peor que la que cargan otros, pero a la gente le da pánico tan sólo escuchar la palabra cáncer. Ni que aquí nos fuéramos a quedar alguno. Qué tontería”. Yo estaba aturdida por la noticia, no por esperada era menos impactante. Incrédula, contemplaba aquella fortaleza inexpugnable a la que siempre acudíamos sus dos princesas cuando éramos atacadas por algún dragón. “La vida hay que tomarla según nos viene. No todo es juerga, de esas hay pocas”, es una de sus frases predilectas. Y acto seguido diseñaba varios planes: de ataque, de emergencia y primeros auxilios, con los que socorrernos. Ahora le habían declarado la guerra a ella, y yo pondría mi espada a su servicio, aunque temía no estar a su altura.

Nos aguardaban arduas batallas. Todavía no lo sabíamos, pero la derivación con la petición para ser visitada en el hospital oncológico se había traspapelado. Y después de un mes sin haber recibido la llamada telefónica en la que nos comunicaran la fecha de su cita, extrañadas, enviamos un par de faxes, reclamándola, pero seguíamos sin respuesta.

No hallo explicación para lo que sucedió en mi casa a partir de ese momento. Talvez alguien desde el más allá quería avisarme de estos contratiempos para conseguir cita médica. Una noche, cuando ya dormíamos, la lamparilla de mi mesita de noche se encendió sin que nadie la hubiera tocado; no le di importancia, “una sobrecarga en la red”, pensé. A partir de ese momento, casi todas las noches se encendían solas, tanto la de mi marido como la mía. También notaba a veces como mi cabezal se movía. Incluso perdí incomprensiblemente un anillo, regalo de mi madre. Me extrañó porque me iba muy justo y no podía sacármelo, su marca estuvo tres días en mi dedo y apareció una semana después en un sitio que había revuelto y limpiado a fondo el día anterior. Hasta que una noche un estruendo me despertó. Intenté encender la lamparita, pero noté algo encima del cabezal, era delgado y plano, al tacto frío y duro. Al fin, prendí la luz, encontrándome con el espejo del ropero, que se había desprendido, justo encima de mi cabeza. El providencial cabezal había hecho de parapeto. Dos meses duraron estos hechos, y seguíamos sin recibir respuesta del hospital, hasta que decidimos personarnos allí para ver qué pasaba. La visitaron ese mismo día y los fenómenos extraños cesaron.

Al entrar en la consulta, aquel médico, que estaba predestinado a ser su ángel de la guarda, se levantó dirigiéndose hacia nosotras, ofreciéndonos su mano y una amplia sonrisa. Era joven y debajo de su radiante bata, se ocultaba lo que parecía un artesano hippie: pelo largo y estropajoso recogido en una coleta, cuerpo enjuto, algo desaliñado y aire despistado. Sí, de esos que venden sus creaciones en los puestos de las Ramblas de las flores, más que un prestigioso oncólogo. “No es de los más guapos. Los he visto mejores. Pero, le vamos a plantar cara, ¿verdad?”, nos dijo. Por supuesto, él todavía no conocía bien a aquella briosa mujer. Tiempo después tuvo oportunidad de comprobarlo, durante los duros enfrentamientos que mantuvieron juntos, en su lucha contra aquel dragón innombrable.

Mi madre estaba curtida en mil batallas. Sabía muy bien lo que era luchar. Había nacido raquítica, justo finalizada la Guerra Civil, y no pudo andar hasta los tres años, pero esto no le impedía hablar hasta por los codos, por lo visto. Una vecina, del patio donde vivía, le decía a mi abuela: “Mírala; si no se la ve, pero bien que se la oye. No para de cascar la jodía”, mientras ella permanecía sentada en una sillita de nerja al sol, pues mis abuelos habían oído que éste era beneficioso para su dolencia. ¿Los médicos? No eran tiempos de esos lujos y sólo eran llamados en casos extremos. Y los que siguieron tampoco fueron mucho mejores. A los siete años se quemó el vientre y parte de un muslo con el café que preparaba para el desayuno. “Me salió la piel como si fuera una serpiente cuando muda”, y al serle levantada la cura por el médico, ella exclamó: “¡Burro!”, nos contaba en ocasiones medio divertida y apurada, a mi hermana y a mí. El médico la visitó un par de veces, del resto se encargó mi abuelo que la curaba con emplastes hechos a base de plantas medicinales. De la misma manera se convirtió en su enfermero dos años después, siguiendo las indicaciones de la curandera local, para acabar con una culebrina que estuvo a punto de estrangular su cintura, “Me faltaban cuatro dedos para que se juntaran la cabeza con la cola, cuando tu abuelo me curó con pólvora”. Quizá por eso se había forjado un carácter fuerte en ese pequeño cuerpo; luchadora, con los pies en la tierra, detesta la hipocresía, los remilgos y las zalamerías. Pero, igualmente, generosa, compasiva y siempre al pie del cañón de todo aquel que la necesitara.

Sí, habían luchado durante siete años, codo a codo. El ángel con sus certeros diagnósticos y tratamientos y mi madre con su fuerza, voluntad, entereza. Siempre llevó con una gran dignidad todos los tratamientos. Dos operaciones, dos recaídas y dos duros ciclos de quimioterapia de seis meses cada uno, durante los cuales siempre la acompañaba. Los miércoles eran nuestros días, así lo tomábamos. A las ocho, analítica; después nos íbamos a desayunar y a comprar la revista El Mueble, que ojeábamos en la sala de espera, escogiendo nuestros futuros hogares y enseres, los que compraríamos tras ganar la lotería; a las once la visitaba el médico que le daba el visto bueno para que le administraran la quimio. Si ésta era por la tarde, nos íbamos a comer a los centros comerciales cercanos, y, por supuesto, mirábamos trapitos. Regresábamos al hospital, a ella le aplicaban el tratamiento, normalmente de tres horas, mientras yo me sentaba con mi libro en la butaca para los acompañantes; ¡si me habré leído libros! Durante los dos días siguientes notaba los efectos secundarios y se dejaba ayudar, en servicios mínimos. Pero pasado ese periodo no había manera de echarle una mano, “Mientras mi cuerpo me haga sombra, nadie me mangonea”, suele decir. De nada servían mis protestas.


Y ahora, en la penumbra, se la veía tan débil. Hacía dos meses que había recaído. Las células malignas invadían sus pleuras; tenía líquido en los pulmones. No estaba en condiciones de resistir los tratamientos agresivos. Y en el laboratorio luchaban contra reloj, experimentando con sus células y sustancias para dar con alguna que hiciera remitir la enfermedad, y ganar así tiempo para restablecerla lo suficiente para aplicarle el tratamiento. Esa misma mañana, tras superar su crisis respiratoria de las seis, me había dicho, “Mari, ya no puedo más. Diles que me duerman”. Yo sabía lo que esto significaba. Lo habíamos hablado. Era la primera vez en todos esos años que daba muestras de rendirse. Sí, estaba mal, de otra forma jamás se hubiera permitido decírmelo. Le expliqué que no podía ser, que ya estaban buscando la solución, que tenía que seguir siendo fuerte y aguantar un poco más. Sus ojos opacos me devolvieron conformidad, yo le pasé toallitas húmedas por sus pálidos y huesudos rostro y cuerpo, se relajó y se durmió. A la una le repitió la crisis, cuando ésta estuvo controlada, salí con los médicos al pasillo para preguntar qué tal la habían encontrado. Una joven doctora me dijo que no le había gustado el comportamiento de su corazón y me dio una palmada en el hombro. Unas dos horas más tarde, mi madre, me avisó con la mano, me acerqué y me dijo: “¿Sabes que me he visto a los pies de la cama mirándome?”. Yo le contesté que seguro que sería efecto de los medicamentos, que tratara de dormir, pero la verdad es que me heló la sangre. Volví a recostarme en el butacón y rogué, siempre le había pedido por su restablecimiento, a Dios, a la energía suprema, al cosmos, ¡qué sé yo!; pero esta vez le exigí, tanto si el resultado final era su recuperación como su partida, que lo hiciera, que dejara de sufrir ya. Al rato, miré la hora en el móvil, las cinco. Sin poder resistir más, cabeceé.

Aparecí en la playa. Era noche cerrada; apenas iluminada con la vaporosa luz de las farolas de la carretera; la temperatura, muy agradable; la brisa agitaba mi melena y sentía el fresco de la arena bajo mis pies descalzos. Guiada por un impulso caminaba hacia la orilla mientras distinguía el olor a mar y la espuma de las olas cuando estas morían. Un extraño sosiego me inundaba. Iba al encuentro de tres figuras que había vislumbrado a lo lejos. Llegué hasta ellos; eran ángeles. Permanecían de espaldas a la enorme y oscurecida masa de agua, frente a mí, a poco más de un metro. El que estaba en medio vestía de negro y sus alas eran del mismo color; los dos de las bandas de blanco refulgente así como las alas, estaban un paso por detrás del otro. Su vestimenta era ajustada, como una segunda piel; no disponían de costuras y la parte superior acababa en un gran pico, que dejaba ver parte de sus pectorales. Eran muy altos y sus cuerpos atléticos y bien proporcionados. Sus alas eran grandes, espesas y tan largas que casi acariciaban la tierra. Sus rostros bellísimos y varoniles, de ojos marrones y labios carnosos. Todos tenían pelo corto y moreno; parecían modelos italianos. El que estaba en medio, el de ropas sombrías, me miraba de forma severa; los otros dos, los luminiscentes, lo hacían con mucha dulzura, mostrándome una etérea sonrisa. No sé el tiempo que pasamos así, pero, hubiera estado toda la eternidad sintiendo esa placidez. Se miraron entre ellos; los de los extremos dieron un paso adelante; el de oscuro fijó en mí su dura mirada que tornó sonrisa y dio media vuelta, alejándose hacia el mar, dejándome ver sus majestuosas alas en toda su magnífica dimensión. Se confundió entre las tinieblas. Dejé de verlo y me desperté de golpe, como si alguien me hubiera arrancado de aquella playa en contra de mi voluntad, yo jamás me habría ido. Miré la hora, eran casi las seis y me preparaba para ejercer de la fiel escudera en la que me había convertido en el transcurso de los años, pero las seis pasó de largo, y las siete, y las ocho…sin ninguna novedad en el frente.

El médico pasó su visita y se sorprendió al ver que el nivel de líquido en los pulmones empezaba a batirse en retirada. Mejoró lo suficiente como para mandarla a casa a los tres días. En el laboratorio se encontró la sustancia combativa, que no fue otra que una hormona. Una diminuta y simple pastilla diaria significaba la victoria en esta épica batalla y la retirada, provisional, del temible enemigo.

domingo 20 de abril de 2008

El sereno


Era una fría noche de diciembre, en plena posguerra, y ni un alma deambulaba por las calles de Jácara de la Frontera. Sólo algún que otro jornalero tambaleante que, como cada sábado, se dejaba buena parte de la paga en ahogar las penas de su mísera existencia.

Raimundo Granados sacó orgullosamente su reloj de bolsillo, herencia de tiempos mejores, de cuando vivía en la capital, y lo miró: las once. Apuró su copa de aguardiente y se despidió del tabernero y de los allí presentes: “Quédense con Dios. Hasta dentro de un rato”. Con el gaznate y las entrañas calientes, pensó que ya estaba en condiciones para hacer su habitual ronda por el pueblo: era el sereno. Sacó su paquete de picadura y allí mismo, bajo el dintel de la puerta, se lió un cigarrillo de tabaco picado; luego subió el cuello del gabán y puso los pies fuera del local.

Todas las noches eran iguales y se sentía hastiado de tanta tranquilidad. En el pueblo era bien sabido que siempre estaba renegando del sosiego que había allí. Añoraba y presumía ante sus vecinos de los días de opulencia y la buena vida que decía haber llevado en la ciudad. “En este pueblo perdio de la mano de Dios, nuca pasa ná. Lo mismo de tó los días”, se lamentaba. Llevaba recorrido tres manzanas sin ninguna novedad, cuando de improviso, sintió un viento helado que lo envolvía al mismo tiempo que notaba la presencia de alguien a su espalda. Se giró rápidamente, pero debajo de la anaranjada luz de la farola no halló a nadie, y en la profundidad de la calle sólo encontró una tupida cortina negra. Instintivamente, palpó el revólver que guardaba en el cinto y ya no lo soltó hasta que, pasados unos minutos, comprobó que estaba solo.

Todavía le quedaba más de la mitad del recorrido para finalizar aquella ronda. Tenía que bajar por la calle del Rosal, atravesar la avenida de Santa Ana hasta llegar a la plazoleta del Ayuntamiento y luego subir por el lado este hasta la otra punta del pueblo, donde haría otro descanso en la taberna.

Lo que acababa de suceder le creaba inquietud, así que apresuró el paso para concluir cuanto antes sus obligaciones, pero, al doblar la esquina, la acompasada danza de su corazón se aceleró: Al fondo de la avenida apenas se vislumbraba una sombra vestida de negro. Caminaba deprisa, y pudo distinguir que se trataba de una silueta femenina, pues los movimientos atropellados hacían enredar su larga falda entre sus piernas. “¡¿Quién va?! ¡Alto ahí!”, acertó a decir. La figura no obedeció su orden. La siguió, tratando de darle alcance, pero a medio camino algo se interpuso: varias sombras oscuras comenzaron a girar a su alrededor como etéreos velos de tul movidos por el viento, mientras escuchaba indescifrables susurros en sus oídos. A medida que aumentaba el ritmo del macabro baile, también lo hacía la intensidad de los sonidos, convirtiéndose en silbidos punzantes que se incrustaban en su cerebro y le impedían moverse. A los pocos segundos todo cesó. “¡Cago en la leche, esto parece cosas de encantamiento!”.

El miedo subía por su cuerpo cual enredadera venenosa, echando profundas raíces en él. Así que decidió hacer el resto del recorrido con la porra en una mano y la otra bien asida a la funda del revólver, la cual había desabrochado en previsión de tener que utilizarlo por primera vez en toda su trayectoria profesional.

Continuó caminando lo más rápido que pudo, estaba sobrecogido y deseaba acabar aquella ronda cuanto antes. Por fin llegó a la Plaza del Ayuntamiento, pensando, aliviado, que ya le quedaba menos. Echó un vistazo y todo parecía estar en calma. De pronto, en medio de la negrura, reparó que a unos dos metros estaba aquella mujer, sentada en un banco, dándole la espalda; pero antes de que lograra reaccionar se evaporó, dejó de verla, sin más. “¡Virgen santísima!, ¡¿será una bruja…?!”. No tuvo tiempo para salir de su asombro, porque sintió que una mano presionaba fuertemente su hombro derecho. Haciendo acopio del poco valor que le quedaba giró la cabeza en dirección a su hombro y miró, consiguiendo distinguir unos finos y cuidados dedos femeninos, mientras sentía un gélido aliento en la nuca. Dio un grito tan desgarrador que fácilmente podría haberse confundido con el de cualquier alimaña de los montes que rodeaban la localidad.

Corrió. Corrió a grandes zancadas, descubriendo una velocidad que nunca había osado pensar que poseía. Avanzaba rápidamente por el itinerario de vuelta, con la vana esperanza de toparse con otro ser humano por el camino; pero no fue así y llegó a la taberna justo con el último resuello de aire que le quedaba en los pulmones. Los cuatro gatos que apuraban unos chatos de vino le miraban boquiabiertos, al verle blanco como la pared, encogido y jadeando de aquella manera. Felipe, el cantinero, un tanto despistado se dirigió a él: “Raimundo, ahora mismo acaba de salir una señora, muy bien portada ella, con sombrero y tó. Ha estao preguntando por ti. Te la ties que haber cruzao”. Raimundo negó con la cabeza. “Sí, hombre, es imposible que no te la tropezaras. Igual quería que la acompañaras a algún lao”.

En ese mismo instante entraron dos parroquianos buscando al aterrorizado sereno, traían aviso de que a pocos metros de allí había una reyerta, entre dos borrachos. Raimundo les hacía señas de calma con la mano, la voz no le salía del cuerpo. Tras un par de minutos, farfulló: “¡Maldita sea mi estampa, pero si aquí nunca pasa ná!”. Reuniendo todo el coraje del que fue capaz, se encaminó al lugar que le habían indicado para cumplir con su deber. “Nobleza obliga”, se dijo para sus adentros, infundiéndose ánimos.

Al tomar el camino que le llevaría a la segunda calle, le salió súbitamente al paso la misteriosa mujer y se detuvo en mitad de las densas tinieblas. Esta vez le habló: “Raimundo, no vayas solo”. El sereno creyó reconocer la voz, pero no podía ser…”Hay un hombre escondido y te matará”, continuó diciéndole. La figura se adelantó unos pasos y la vaporosa luz de las farolas la alcanzó dejando helado a su hijo con su visión. Raimundo la miraba, desconcertado, pues su madre había abandonado el mundo de los vivos treinta años atrás. La aparición se desvaneció.

Raimundo regresó a la taberna y, siguiendo los consejos de la difunta, pidió a sus paisanos que lo acompañaran. Tres fueron los que quisieron darle apoyo, aunque antes se pertrecharon con unos buenos garrotes. Se dirigían al lugar, cuando comenzaron a escuchar la discusión a voces que mantenían los dos borrachos. Raimundo, al recordar las palabras de la aparición, se disponía a mandar en avanzada a los tres compañeros cuando, de un oscuro soportal ubicado a sus espaldas, se le abalanzó un individuo aferrando un puñal. Sus acompañantes se interpusieron y lo redujeron, salvándole la vida.

Desde aquel día se cuenta en Jácara de la Frontera, no sin cierta sorna, que Raimundo Granados jamás volvió a quejarse por la tranquilidad de la localidad.

domingo 6 de abril de 2008

El regreso


Asomado a una de las ventanas de su palacio, Apolodoro contempla el faro, una de las dos maravillas de Alejandría. La otra, no la puede divisar desde allí. Sonriente, piensa que el mundo se equivoca, la otra maravilla no es la biblioteca con sus más de medio millón de volúmenes, sino su esposa.

Apolodoro se había quedado fascinado en el mismo instante en que sus ojos repararon en ella. Poseía una belleza serena, ademanes refinados y una mirada ígnea que le abrasó el corazón. No obtuvo paz hasta que averiguó su nombre, Penélope. Luego, su espíritu no se sosegó hasta que se las ingenió para conversar con ella, descubriendo así que era beneficiaria de otros dones insólitos entre las mujeres de su época. Una gran inteligencia, acompañada de una exquisita instrucción redondeaba un conjunto de virtudes irresistibles para él. Asedió a sus padres para que hablaran con los de Penélope y concertaran un matrimonio entre familias y la tomó como esposa. Inmediatamente trabajó con denuedo en la conquista de su cuerpo y de su alma, sintiéndose bendecido por los dioses cuando lo consiguió.

Nunca hubiera imaginado que la vida le depararía tanta dicha. Sus negocios le absorbían mucho tiempo, y esto era lo único que le angustiaba. Tenía que dedicarles la mayor parte del día y le impedían disfrutar más de su esposa. Como acostumbraba cada día antes de irse a sus quehaceres, se dirigió a la alcoba para despedirse de ella. Penélope estaba sentada en el borde del lecho, peinándose uno de sus bucles con los dedos. Apolodoro se arrodilló frente a ella, rodeando su ensanchada cintura con sus brazos. La besó en el vientre depositando su rostro sobre él y comenzó a hablarle a su hijo. Penélope lo miraba con ternura mientras le acariciaba los cabellos. Él se incorporó y ambos fundieron sus labios dulcemente.

Apolodoro se encaminó hacia el Gran Puerto por una de las principales y amplias avenidas, llegando en pocos minutos. El sol salpicaba de destellos plateados las aguas turquesas del mar. Al final del rompeolas se alzaba majestuoso, el faro. Pero su mirada se dirigió hacia la flotilla de buques de la que era propietario. Era un día importante, se había embarcado en una gran empresa. Si al finalizar la jornada todo salía bien, se asociaría con un importante armador griego, instaurando la mayor línea marítima comercial conocida hasta el momento.

Repasó concienzudamente el orden del día, antes de recibir a su futuro socio; nada debía quedar al azar. Tenía previsto enseñarle sus métodos de trabajo. La forma en que cargaban las naves, los cuidados que recibían las mercancías una vez depositados en la bodega, cómo se revisaba cuidadosamente los víveres y la tripulación antes de que se hicieran a la mar… cuando, de improviso, vio frente a él a uno de sus sirvientes. Le comunicó que su esposa estaba de parto y comenzó a notar como la emoción iba aposentándose en él.

Transcurridas cuatro horas, apenas reparaba en que su esposa estaba por alumbrar a su hijo. Habían surgido unos problemas al embarcar unas sedas, estropeándose parte de la mercancía. También se demoraba la llegada de una partida de perfumes, que debían viajar en uno de sus navíos. Por error ahora descansaban amontonados en el muelle del Puerto del Buen Regreso, al otro lado del faro y ordenó a sus porteadores que fueran en su busca. Con estos inconvenientes se sentía abrumado ante su invitado griego. De nuevo se presentó ante él su sirviente, esta vez traía noticias preocupantes. El parto se había complicado y una hemorragia estaba acabando con las fuerzas de la parturienta. Penélope requería su presencia. El griego le sugirió que acudiera a su lado, pero Apolodoro le dijo a su criado que tan pronto tuviera dominada la situación iría. Poco podía hacer él en esas circunstancias y su esposa estaba en manos de mujeres expertas.

Al crepúsculo, Apolodoro vio aparecer nuevamente a su sirviente. No corría como en las anteriores ocasiones y mostraba su cara compungida.

“¡No!”. Leandro se despertó gritando, agitado y empapado en sudor. Otra vez le atormentaba la misma pesadilla que le acompañaba muchas noches, desde hacía tanto tiempo que ni recordaba cuando fue la primera vez que la soñó. Por fortuna quedó inconclusa, ahorrándose las peores escenas. Aquellas en que podía ver a Penélope depositada sobre el lecho, inerte y ensangrentada al costado de su pequeña hija, ambas muertas. Se había ahorrado sentir el terrible dolor como propio. Se había ahorrado la angustia de ver llegar a la vejez a Apolodoro envuelto en la fría soledad y la culpa abrasadora. Solo, en medio del mármol de su palacio.

Se levantó aturdido, como siempre que tenía esas ensoñaciones, las sentía tan reales y vívidas como si esos acontecimientos le hubieran sucedido a él, el día anterior. Después de ducharse sintió su mente más despejada. Se enfundó en los primeros vaqueros y camiseta que extrajo de la secadora. Luego, preparó el desayuno a base de cereales y leche desnatada, dejándolos a medio consumir encima de la mesa de la cocina, por falta de tiempo. Bajó al garaje en busca de su coche, saliendo algo apurado y en la carretera se encontró con una densa circulación que hizo que llegara tarde al hospital. Así que entró directamente a la consulta de Obstetricia. Sólo hacía una semana que trabajaba en ese lugar, él había sido contratado en otro hospital, en otra provincia, pero un cúmulo de casualidades le llevó hasta allí. Mientras se vestía con su bata blanca, le indicó a la enfermera que hiciera pasar a la primera paciente. Ya sentado detrás de su escritorio se dispuso a buscar su historial clínico entre los que tenía en el fichero lateral, pero no lo halló.

— Doctor, Clara Almenar. Es su primera visita con nosotros —le indicó la enfermera a Leandro.
— Siéntense —dirigiéndose a la paciente y a su acompañante.

El médico dejó de buscar el historial para levantarse a saludar a su nueva paciente y se quedó con las manos apoyadas en los brazos del sillón, petrificado. Allí, frente a él, contemplaba el fantasma escapado de sus sueños, Penélope. La misma dulzura, movimientos elegantes y mirada abrasadora, que le turbaban. Era real; existía. Los labios de Clara pronunciaron unas palabras apenas perceptibles para él.

— ¿Nos conocemos? Me ha parecido verte antes —Leandro, haciendo un esfuerzo se concentró y dedujo qué le había dicho. Se levantó para estrecharle la mano.
— No lo creo. Tan sólo hace una semana que estoy por esta zona —no podía apartar la vista de la mujer de sus sueños. No sabía cómo, pero tenía dos evidencias: era ella y estaba alojada en su corazón.
— ¡Qué curioso! Nosotros hace sólo un mes que nos trasladamos a esta ciudad. Estoy preparando la inauguración de mi librería, unas calles más abajo, en el Centro Comercial El Arenal. ¿Lo conoces? Me encantaría que os pasarais por él —Leandro sonreía, deleitándose con su elocuencia, tan familiar para él; tenía la percepción de estar viviendo un reencuentro.

Clara se disculpó por haberlo entretenido y le entregó la orden de derivación y el historial. El médico lo estudió y luego examinó a la embarazada con sumo interés. Estaba a la mitad de la gestación y todo parecía ir perfecto, pero Leandro se demoraba a conciencia en cada paso de la exploración para poder disfrutar más de su presencia. Sentía que fluía una corriente energética, en ambas direcciones.

Al finalizar sus consultas, todavía se sentía impregnado por la esencia de Clara. Fue entonces cuando reparó en el hecho de que apenas había prestado atención a su pareja, Ricardo, y se sintió molesto. Seguía todavía con el mismo malestar mientras iba conduciendo de regreso a su pequeño apartamento de soltero, cuando desvió el coche de forma mecánica de su ruta, deteniéndolo frente a la biblioteca. En cuestión de unos minutos, tras consultar a la bibliotecaria, se había hecho con un montón de libros en los que explicaban algunas teorías referentes a la reencarnación y a La Ley del Karma. La experiencia del consultorio le había impresionado profundamente y necesitaba algún tipo de respuestas. Al llegar a su destino, desplegó todos los libros sobre su cama y sonrió pensando que estaba perdiendo el juicio. Él nunca había creído en esas cuestiones, pero una poderosa fuerza en su interior le gritaba que no se equivocaba.

En los tres meses siguientes se convirtió en un versado en el tema. No le cabía la menor duda de que tanto Clara como él se conocieron en otro tiempo, en Alejandría. Los sueños, el parecido de Clara con Penélope, sus sentimientos hacia ella, incluso su vocación. Por fin, las brumas se despejaban. Ahora sabía que siempre vivió amándola y por eso ninguna mujer pudo ocupar su lugar. La necesidad de verla, de tenerla cerca, se acrecentó de tal forma que no le bastaban las quincenales visitas médicas y se dejaba caer por la librería entre medias. Siempre encargaba libros cuya búsqueda resultase espinosa, así se garantizaba la excusa perfecta para aparecer por allí seguido.

Esta vez no le despertó ninguna pesadilla, sino el hiriente sonido de una llamada telefónica en mitad de la madrugada. Clara estaba de parto, faltaban ocho semanas y se presentaba con complicaciones: placenta previa. Al oír estas palabras de su interlocutor se levantó como si le hubieran soltado un latigazo. No se explicaba cómo las ecografías no lo habían desvelado, sólo en raras ocasiones sucedía. La noticia lo puso nervioso y con las prisas acabó de vestirse en el ascensor. De camino al hospital conducía a la misma velocidad a la que cabalgaba su corazón.

Entró por Urgencias y se encontró con Ricardo que estaba sentado plegado sobre sí, con las manos cubriéndole el rostro. Éste, se levantó nervioso al ver al médico y se dirigió hacia él, su expresión afligida daba buena cuenta de cómo se sentía. Sólo él podía entender al compañero de Clara perfectamente; estaban hermanados en la preocupación. El médico trató de tranquilizarlo fingiendo una serenidad de la que él mismo carecía, se disculpó con Ricardo y dando una pequeña carrera llegó al quirófano.

A Leandro lo sacudió un espejismo. Clara estaba acostada en la camilla, pálida, frágil y cubierta por una sábana sanguinolenta, al verlo, ella se relajó. Sin perder un segundo el médico tomó el control y demandó que le informasen de la situación. La placenta cubría totalmente la abertura cervical, impidiendo al feto salir. La parturienta había sufrido una grave hemorragia y tanto la criatura como la madre estaban en peligro, era necesario practicar una cesárea sin más dilación. Leandro ordenó al anestesista que procediera. Mientras las enfermeras se afanaban preparando el instrumental, él se acercó a Clara para explicarle todo y ella le ofreció la mano: “Confío en ti”. “Esta vez no te fallaré. Todo saldrá bien”. Tenía la absoluta seguridad que había regresado y había vivido preparándose para ese momento. Y se reconfortó pensado que de alguna forma el espíritu de Penélope, abriéndose paso entre las nebulosas que adormecían a Clara, le sonrió al reconocerlo.

Quince días después, Clara estaba radiante dando de mamar a su pequeña. Leandro entró a hacer su ronda médica, quedándose embelesado ante la escena. Ricardo, desde un rincón de la habitación, preguntó a la madre si quería llevarse todos los ramos de flores, ya había preparado la maleta y guardado los regalos para el bebé en unas bolsas. La imagen le resultó agridulce, envidiaba la suerte de Ricardo, no podía evitarlo; aún a sabiendas que éste era merecedor del amor de Clara. Sabía que era su karma, pero a la vez maldecía aquel peso que le abatía. Un fugaz pensamiento hizo que su humor cambiase, acababa de firmar el alta de la paciente y dejaría el hospital. En pocos minutos veía a los felices padres alejarse por el pasillo a medida que se acercaba su desolación.

Leandro tuvo la certeza de que a partir de ese instante se iba a convertir en el lector más empedernido. Rogaría a las fuerzas del universo que le otorgaran su momento, esperando pacientemente que los designios de esta vida le permitieran disfrutar un tiempo al lado de Clara.
(Quiero agradecer a mi amiga Turkesa que me haya brindado la oportunidad de escribir este relato. Ella dejó un “disfraz” en Prosófagos —el foro literario en el que ambas participamos—, y nada más leerlo me enamoró y prendió mi inspiración. Para los que no sepáis de qué va esto del “disfraz” os cuento que son unas pequeñas pautas sobre los personajes y el inicio de una historia que dejamos los participantes en esta “Fiesta de disfraces”, otro compañero elige el “disfraz” que más le guste y con él trenza un relato. Gracias Turke).

miércoles 19 de marzo de 2008

Carta al padre de mi hija


Mario, los hijos no venimos con un manual de instrucciones debajo del brazo; ni éste viene junto a las instrucciones de montaje de la cuna o el cochecito; ni se imparte esta materia en los centros de enseñanza. Así que, cuando tras los meses felices de espera, por fin, el bebé, decide que ya es el momento de venir a este mundo a dar “guerra” en él, la dicha te embarga al contemplarlo, pero también la sombra de la incertidumbre. Uno se pregunta si estará a la altura de las circunstancias y sabes a ciencia cierta que a partir de ese instante tu vida dará un giro irreversible, porque siempre habrá un ser en el que pensarás antes que en ti.

Por eso me sorprendiste cuando recién estrenada tu paternidad, con apenas diecinueve años, actuaste con la generosidad, sabiduría y madurez que no te correspondían por edad.

No te arrugaste ni te tembló el pulso en ningún momento ante la gran responsabilidad de por vida que supone criar a un hijo. Al contrario, te sentías feliz y radiante. Nada más verla, a nuestra niña, y durante los primeros días de su existencia te quedabas embelesado contemplándola durante tanto tiempo que tenía que sacarte de tu trance, devolverte a la tierra, pero al poco volvías a estar en las nubes con tu mirada fija en ella y atenta a todos sus movimientos.

Pronto tomaste las riendas de tu nueva situación a la que te adaptaste rápidamente, sin esfuerzo, con gusto, cooperando en todo y sin una sola queja, cuando de noche a nuestra Aída le daba por emular a las sopranos cantando las arias de Verdi. Lejos de incomodarte, te levantabas a serenarla alternándote conmigo. Le ofrecías tu repertorio de nanas y tus dulces palabras y ella después de algunos lloriqueos y suspiros, se calmaba y te atendía con sumo interés. Así todos los días, hasta que la novata soprano, después de un mes y pico en prácticas, debió pensar que era más placentero dormir que cantar y la paz inundó de nuevo las noches de nuestro hogar.

Durante su infancia siempre estuviste pendiente y te interesaste por todas y cada una de sus cosas, desde si comía bien y estaba sana hasta de su ropita y complementos. Te hacía gracia ver lo coqueta que era y el empeño que ponía en arreglarse cuando íbamos a salir. De sus pequeños progresos no querías perderte nada, sus primeras palabras, sus primeros dientes, sus primeros juegos, sus primeros pasos que los dio cuando quería alcanzarte, sus primeras coletas, su primer día de colegio... Y disfrutabas como nadie viéndola y filmándola en sus festivales de ballet y natación con una mal disimulada satisfacción de padre orgulloso, pues de tus ojos salían destellos de luz y la sonrisa se dibujaba en tu boca.

Y aquel proyecto de soprano siguió creciendo bajo nuestra guía y cuidados hasta llegar a la temida adolescencia que tú supiste torear con valor y maestría, muchísimo mejor que yo. Nunca la agobiaste ni le hiciste un interrogatorio, respetaste su libertad y su espacio. La guiaste, atendiste, velaste, acompañaste, enseñaste, escuchaste, cuidaste, regañaste, protegiste, aconsejaste… todo ello aderezado con una infinita paciencia, comprensión y amor.

Actualmente el proyecto es ya una realidad, tiene veintitrés años; no, no es soprano, está a punto de licenciarse de maestra. Es una buena persona, tiene pareja y una prometedora vida por delante. Y tú apenas puedes disimular el orgullo al ver en qué se ha convertido aquel pequeño bebé que un día nos regaló la vida. Te has graduado de padre con matrícula de honor y esperas iniciar algún día los estudios de abuelo con una de tus asignaturas favoritas jugar con y como un niño.

Nuestra hija es consciente de su suerte, sabe que no todos los padres son como el suyo. Ella, siempre ha tenido la tranquilidad de contar en cualquier momento y circunstancia con tu respaldo, diálogo, apoyo, compresión, protección, paciencia y con tu amor desinteresado e incondicional.

Y yo siempre he tenido la certeza, y eso me ha dado una inmensa tranquilidad, de que si algo me pasaba en el camino, nuestra hija quedaría en las mejores manos, las tuyas, Mario.

miércoles 5 de marzo de 2008

La anciana de la playa



Después de leer aquella carta, me invadió un profundo estado de satisfacción. Instintivamente miré el cuadro que colgaba de la pared de mi comedor; luego me pareció ver, a través de los visillos de la ventana, la silueta de Eleodora alejándose por la verja de mi jardín. Sonreí.

Quince años hacía que el destino quiso llevarme a aquel pequeño pueblo costero. Acababa de diplomarme. Sola en el andén, inquieta e ilusionada, un sin fin de sensaciones encontradas bullían dentro de mí; me preguntaba si sabría desenvolverme bien en mi primera misión como maestra.

Llegó el tren y subí a él. Ya dentro del vagón advertí que estaba vacío, salvo por una pasajera sentada al fondo. Acomodé mi equipaje, sentándome luego. Al rato observé de reojo a mi compañera de viaje. Era una anciana, e iba vestida de blanco impoluto, sus ojos chispeaban y en su larga melena de plata llevaba prendida una orquídea. Detrás de ella, sobre una de las paredes del vagón, descansaba su bicicleta con cestillo de mimbre incorporado, también del mismo color de sus ropas.

Yo no paraba de estornudar y casi había acabado con la reserva de pañuelos, cuando al levantar la vista la octogenaria me hizo señas para que me acercara a ella. Fui hasta su lado y me senté enfrente. La anciana comenzó a preguntarme por mi estado de salud y a darme recetas de remedios herbales totalmente desconocidos por mí. Tisanas de tomillo, agrimonia y extracto de equinácea, para el resfriado; para la tos, infusiones de malvavisco; jalea real, en ayunas, para reforzar el sistema inmunológico. El viaje pasó como una exhalación en su compañía. Resultó que las dos bajábamos en la misma estación. Eleodora me deseó suerte en mi nueva andadura y se puso a mi disposición diciéndome que podía ir a visitarla a su casa cuando lo deseara, pero que tampoco tardara mucho en hacerlo; me explicó que no tenía pérdida pues era la única que estaba situada a pie de playa. Montó en su bicicleta, alejándose calle abajo.

Me dirigí al colegio para presentarme y hablar con Álvaro Bustillo, el director del centro, sin sospechar que en poco más de un año ambos se convertirían en toda mi vida. Casi al término de nuestra conversación le pregunté si conocía a la anciana de la playa. Me contó de su llegada desde América al pueblo cuando era una jovencita que apenas pasaba la veintena. Su comportamiento extraño y liberal hizo que los lugareños en aquella época la tildaran de medio loca y no tuvieran casi tratos con ella. Todavía recelaban. Solía vérsela abrazando a los árboles, caminar descalza bajo la lluvia y él mismo, de niño, una noche en medio del bosque situado detrás de la casa de Eleodora la vio sentada en la posición del loto, meditando con los ojos cerrados mientras numerosas luciérnagas revoloteaban a su alrededor.

Un mes llevaba instalada en el pueblo y me había adaptado bien a mi nuevo apartamento, a mi trabajo, pero no podía evitar que me asaltara la nostalgia de mi familia y amigos. Para paliar un poco mi soledad daba largos paseos después de la cena, inspeccionando los alrededores. Una noche un leve centelleo a lo lejos, en la playa, llamó mi atención, me acerqué sigilosamente y me escondí detrás de unos matorrales. Sobre la arena un caminito de velas prendidas llevaba hasta el mar. Bajo la caricia de la luna llena, Eleodora, vestida de blanco y sumergida en el agua hasta la cintura, lanzaba pétalos de flores y alzaba su rostro al cielo, como si pronunciara alguna plegaria. Quedé fascinada e intrigada por la visión y decidí hacerle una visita al día siguiente.

Me recibió alborozada como una niña, me invitó a pasar y a tomar una taza de poleo menta. Su casa era como ella, nada convencional: unos pocos muebles de mimbre, velas, inciensos, flores y un montón de coloridos cojines desperdigados por el suelo. Sentía curiosidad por su vida, ¿habría tenido pareja e hijos? De pronto reparé en una antigua fotografía de un hombre que descansaba sobre una repisa. La señalé y le pregunté por ella:

— ¿El difunto?
— ¡Ah!, ¿falleció? —contesté algo sorprendida.
— Ignoro si sigue respirando, pero para mí palmó en el mismo instante que cruzó el umbral de esa puerta —me respondió con un aire de fingida indiferencia.

Después del pequeño resbalón me sentí algo incómoda, desvié la vista hacía la pared y reparé en un cuadro de una bella joven tumbada en la arena de la playa, desnuda, delante del mar.

— Sí, soy yo.
— Ah, qué…
— ¿Joven?
— No, quería decir que eras muy agraciada —contesté algo ruborizada—. ¿Quién te pintó? ¿El difunto? —empecé a pensar que no daba una.
— Él mismo. Un día llegó con sus lienzos, pinceles y sus hermosos ojos, alborotó mi vida por un tiempo y después se fue… ¡Ay, hija!, yo era un helado entre sus ardientes manos.

Me quedé petrificada ante esa declaración.

— ¡Ay! Pero, ¡¿qué os pasa a los jóvenes?! ¡¿Piensas que ya nací vieja?!

Nuestras miradas se cruzaron unos instantes antes de estallar en carcajadas. Eleodora era toda vida.

A esa tarde siguieron muchas tardes de porche, paladeando tazas de tisanas, sabias palabras de Eleodora y reparadores silencios frente al mar. Ella se convirtió en la llama que deshelaba mi soledad, en los brazos que me alzaban cuando caía y en el archivo de la experiencia de vida donde bebía. Una tarde me habló de un manuscrito que contenía toda la historia de su vida y sus conocimientos, de algunos ya me había hecho participe en nuestras charlas. Me contó que había intentado publicarlo hacía algunos años y que ahora descansaba en un cajón comiendo polvo. Le rogué que me lo dejase leer. Se levantó y me lo entregó. Leí con voracidad varios capítulos. Me pareció fantástico y le animé a que volviera a intentar publicarlo.

— No está en mi destino publicarlo.
— Es una verdadera lástima que no veas tus palabras impresas en un libro.
— Las veré.
— No entiendo…

Al marcharme me dijo:

— Cuídalo, te he entregado mi alma. Niña, ahora tienes una gran responsabilidad —y soltó una carcajada al ver mi cara de circunstancias—. Saldrás adelante, no te preocupes, siempre se sale adelante —y me acarició la mejilla.


A las tres de la madrugada tocaban insistentemente el timbre de mi apartamento. Era Álvaro con la cara demudada. Me pidió que me cambiase de ropa a prisa, Eleodora me necesitaba. Por el camino me contó con la voz entrecortada que unos vándalos habían entrado a su casa, la habían arrastrado fuera y golpeado brutalmente, dejándola mal herida. Después, rociaron con gasolina la vivienda y huyeron dejando abandonada a la anciana.

Cuando llegamos a la playa la casa era una hoguera que los bomberos trataban de sofocar. Los camilleros cargaban a Eleodora en la ambulancia. Intenté llegar hasta la camilla, pero los enfermeros se interponían, uno me preguntó airado: “¡¿Tú eres algo suyo?!”. “Soy su nieta”, mentí arrasada en lágrimas. Me dejaron pasar. Cogí su mano y la sostuve entre las mías, ella no apartaba la vista de mí. El camino se hacía largo por aquella carretera polvorienta. Poco antes de llegar al hospital me sonrió y cerró los ojos en paz.

A la mañana siguiente Álvaro vino al hospital a acompañarme y ayudarme con los trámites. Me contó que la casa de la playa era una mancha de ceniza. Él había estado allí antes de venir a buscarme. No se había salvado nada, tan sólo, milagrosamente, el cuadro de Eleodora delante del mar. Lo recogió para guardármelo. “Justo anoche me entregó algo muy especial. Ella lo sabía. Ella siempre lo supo…”, me eché a llorar. Álvaro me abrazó infundiéndome ánimos. Al rato, más serena, comencé a caminar, él se mantuvo a mi lado; desde entonces no ha dejado de hacerlo.

Aquella carta me había llenado de satisfacción. Tras años de lucha, por fin era una contestación afirmativa de una editorial para publicar el manuscrito “La anciana de la playa”. Hoy tengo el primer ejemplar entre mis manos.

sábado 23 de febrero de 2008

Premios fotográficos

Hace pocos días, el 13 de febrero, he tenido la suerte de que mis compañeros me otorgaran el primer y segundo premio en el III Concurso Fotográfico (esta vez sobre bodegones), en el foro Ríos de Tinta. Una página web dedicada a distintas modalidades artísticas. Gracias.

Primer premio
(Empatado con mi compañera "Carrusel")
Bodegón del pagès


Segundo premio
Bodegón rústico

lunes 11 de febrero de 2008

Bajo la luna de Valencia


A Mario. Porque hoy es nuestro vigésimo cuarto aniversario.

He viajado en un transatlántico mítico, de ensueño, elegancia y lujo. También navegué en barca por un río subterráneo. Mi vista se ha deleitado con animales exóticos, mis papilas gustativas inundado con los sabores exquisitos de la cena que nos sirvieron en un submarino. He visitado un mundo mágico: con ninfas; grutas y piratas; castillos, Caballeros Templarios y hasta un Papa. Todo en una semana y bajo la luna de Valencia.


Nada más traspasar las puertas del hotel Simba, un león enorme nos dio la bienvenida. El pobre está disecado, mostrado en actitud atacante y encerrado en una vitrina giratoria. El dueño del hotel era un gran aficionado a la caza mayor. En la parte lateral del edificio, a ambos lados de una escalera, se alzan dos poderosos colmillos de elefante, y en la parte trasera, se ubica un museo donde se exponen todas las piezas cobradas en sus viajes. La recepción está decorada con un busto de bronce del empresario, fotos del mismo con distintas personalidades políticas y varios cuadros donde se muestra a éste vestido de Dr. Livingston, ¿supongo?, rifle en ristre, disfrutando de sus momentos de gloria por los recónditos rincones de África. Sólo faltaba el negro de Banyoles detrás del mostrador para sentirse en Kenia.

Una vez en la confortable y bonita habitación, respiramos tranquilos… ¡no se divisaban más animales que el loro de una litografía! La verdad es que nos gustan más los animales vivos y en su hábitat. Acomodamos todo el equipaje, por insistencia mía, claro; por Mario hubiéramos dejado las maletas tal cual y salido corriendo como si los lugares a visitar se fueran a mover de su sitio. Al salir por la recepción mi vista se detuvo en aquel animal. Retrataban a un turista extranjero, rubio y colorado como una gamba a consecuencia de tomar el sol, al lado del león y me dio una idea. Advertí a Mario que le haría una foto en plan víctima, delante de la vitrina de Simba con su actitud atacante; de eso no le libraría nadie. Trató de esquivarla en vano. Esperé el momento adecuado y la oportunidad perfecta se presentó cuando él, inocentemente, se vistió con bermudas y camisa en plan safari.

Después de comer nos dirigimos a las Cuevas de Sant Josep: unas grutas por las que transcurre un río subterráneo. Subimos a una barca de remo, con once pasajeros más. El guía nos indicó la manera correcta de sentarnos para que la pequeña embarcación no volcase. Y apuntó que en algunas zonas la profundidad era de diez metros y el agua estaba como para hacerte castañear los dientes. Mario sabiendo de mi debilidad por el agua, me preguntó: “¿No quieres darte un bañito?”. Y a mí que no me es ajena su enemistad por las bajas temperaturas, le contesté: “No; ¿no te apetece a ti? Si está muy calentita…” Partimos en el bote y el recorrido se prolongó casi un kilómetro en el viaje de ida. Después caminamos doscientos metros por una galería seca hasta llegar a un embarcadero, desde donde haríamos el mismo trayecto de vuelta. Atravesamos distintas salas, unidas por estrechos sifones que teníamos que pasar con el cuerpo plegado al máximo, colocando la cabeza entre las rodillas, sino querías dejarte el cuero cabelludo pegado a la piedra. Los focos colocados estratégicamente, tanto dentro del agua, como camuflados entre las rocas, daban una iluminación tenue; junto a las caprichosas formas de las estalagmitas y las pequeñas riberas de arenas cobrizas, conferían al lugar una atmósfera casi irreal: la de un mundo fantástico en el que nos sentimos inmersos como en una ensoñación. A mí me evocó un pasaje de una de mis obras favoritas, “El Fantasma de la Opera”.

La visita a la Ciudad de las Artes y las Ciencias es obligada si estás en Valencia. El conjunto arquitectónico es impresionante y de una gran belleza. Sus grandes estanques de aguas turquesas contrastan con el impoluto blanco de los edificios futuristas, todo rodeado de cuidadas zonas verdes. Visitar sus instalaciones es tarea ardua que requiere de dos días de completa entrega.

Nosotros empezamos por la exposición itineraria del Titanic. Una alfombra roja nos hizo de guía hasta una pasarela que simulaba el embarque al mítico buque. Antes de comenzar la travesía te solicitan que mires a la cámara para inmortalizar tan magno momento. Una señorita te da un equipo de sonido individual. Una leve iluminación, la voz susurrante del narrador y la música de fondo de la película “Titanic” te pone en situación. Enormes fotos del barco, constructores, tripulantes y pasajeros te acompañan durante todo el recorrido, mientras escuchábamos las emotivas historias de muchos de ellos. Vitrinas repletas de vestigios rescatados del hundimiento: vajillas, joyas, ropas, documentos, te sumergen en un viaje en el tiempo. Reproducciones exactas de los camarotes, y la de un pasillo, con un logrado efecto del suelo que simula el movimiento de un barco consigue transportarte a aquella lejana noche, erizándote la piel. Mario y yo nos comunicábamos por señas y alguna vez tuvimos que para el equipo de sonido para entendernos, lo que hacía que tuviéramos que buscar el momento de la narración en el que estábamos y volver a sincronizarlos: ¡aquellos aparatos funcionaban como les venía en gana!

Lo más sobrecogedor es la última sala: aquí la iluminación depende únicamente de los enormes carteles luminosos que ocupan todas las paredes. En el centro, cajones de madera hacen las veces de asientos. El silencio, yo diría más bien un recogimiento, es mayúsculo: en los carteles están todos y cada uno de los nombres y edades de las víctimas de esta tragedia. Mario y yo nos miramos sobrecogidos. Distribuidos por categorías: la tripulación, los de primera, segunda y tercera clase. Es curioso ver cómo cuanto más bajaba la “categoría” más subía el número de víctimas. Después de un rato leyendo aquellos nombres, mil quinientas vidas, mil quinientas historias que se truncaron de noche en las frías aguas del Atlántico Norte, acongojados, salimos de allí. Como si se tratara de un parque de atracciones la salida da directamente a la tienda, con toda clase de souveniers del malogrado buque. Allí te hacen entrega de la foto, en sepia, montada en una recreación de un periódico de la época con los titulares de la desgraciada noticia; previo pago de cinco euros, claro. Pensé, casi indignada, “el ser humano es capaz de hacer negocio de todo”.

Después de comer, nos dirigimos al Museo de las Ciencias Príncipe Felipe. El edificio es magnífico; lamentablemente, no se puede decir lo mismo del recorrido de cuatro horas. Cuatro horas en las cuales el cincuenta por ciento de la exposición tenía colgado el cartel “Módulo en revisión. Disculpen las molestias”, eso con suerte. Bastante cansados y decepcionados nos dirigimos a nuestro coche para regresar al hotel y asearnos antes de ir a cenar. Cuando llegamos al automóvil, Mario tomó una tarjeta del parabrisas, sonrió y me la entregó con cara socarrona. En ésta veo la fotografía a todo color de una hermosa ninfa y leo “Vissi d´Amore. Desde 50€. Y copa gratis de bienvenida”, el número de teléfono y su pagina Web, no lo transcribo, no voy a hacerles publicidad, ¡ya se dan buena maña ellas solitas! “¡Cómo se adaptan a los tiempos!, ¿no?”, le comenté, con cierta guasa y me guardé la tarjeta.


El oceanográfico es otra cosa. Es como para perderse en él y no salir en un lustro. Llegamos a primera hora y fue un no parar deleitándonos la vista con toda variedad de aves, peces exóticos y un bonito espectáculo en el delfinario más grande de Europa. Pero lo que más me impresionó fue la sección: Océanos. El tiempo no parecía correr en aquel acuario submarino. Yo estaba cumpliendo un sueño; una de mis asignaturas pendientes es el submarinismo y aquello era lo más cercano. Yo perseguía a los tiburones cámara fotográfica en mano, mientras Mario me perseguía a mí grabándome en el video de su móvil; llegó a pensar que no habría forma humana de sacarme de allí. Poder observarlos tan cerca fue una experiencia inolvidable.

Otra experiencia inolvidable la viví cuando al ir al servicio guardé la cámara en el bolso y no me quedó espacio para el móvil, estando como estaba a rebosar de recuerdos del Titanic que había comprado esa misma mañana. Sí, ya sé lo que dije más arriba, pero regresé y compré, compré; caí. Dejé encima del mármol el teléfono, el bolso y un anillo muy importante para mí. Cuando acabé de lavarme las manos, recogí mis enseres con la gran preocupación de no olvidar la preciada sortija, y no la olvidé. Seguí mi camino tan feliz, hasta que a las tres horas me dispuse a mandar un SMS y no hallé mi móvil; nunca más se supo de él.

En compensación, la vida te regala momentos mágicos. Y uno de ellos lo pudimos vivir como privilegiados espectadores, poco después. Nos encontrábamos visitando la zona del Ártico, en la planta submarina. Habíamos pasado buenos ratos contemplando los divertidos juegos subacuaticos de leones marinos, focas y morsas. Encaminamos nuestros pasos hasta el último gran estanque. En él se mostraba esquiva una preciosa ballena beluga. Quieta, en un rincón, flotando en la superficie, no nos dejaba ver otra cosa que no fuera su vientre y cola. Casi habíamos desistido verla de cerca, ya nos íbamos cuando escuchamos, “¡Sebas, no!”, eran las voces de unos preocupados padres. Un niño de unos cuatro años había traspasado la barandilla de protección y se había pegado junto al cristal. No golpeó el grueso vidrio, ni hizo movimiento alguno; pero su presencia llamó la atención del animal. La beluga se sumergió hasta quedar suspendida a su altura, al otro lado y lo miraba con ojos inteligentes; parecían entenderse como sólo dos seres puros e inocentes pueden hacerlo. La escena duró unos minutos, luego, Sebas alzó su mano como si con ella estuviera acariciando el hocico del animal y se acercaron al unísono a la separación dándose un beso. El numeroso público que estábamos congregados viendo aquella increíble escena permanecíamos mudos. El silencio sólo era interrumpido por los ruidos de las cámaras de fotos.

Esa noche cenamos como los dioses, en el Restaurante Submarino del Oceanográfico; eso fue todo un lujo para los sentidos. Casi siempre acabábamos cenando bocadillos en un chiringuito junto a la playa, dada las intempestivas horas en las que lográbamos acabar con la apretada agenda de visitas que tenía programada Mario. El ambiente del restaurante era cálido y envolvente. Nos dieron una acogedora mesa junto al acuario circular que rodea todo el comedor. Mientras disfrutábamos de un delicioso arroz con bogavante, podíamos contemplar los peces plateados y alguna raya, bajo la vaporosa luz de la gran lámpara central que simula un banco de medusas.


La Albufera es otro de los lugares emblemáticos que no hay que perderse; es inmensa, pero diez veces menor que cuando se formó. Con el tiempo el hombre le fue ganando terreno para convertirlos en cultivos de arroz, dada su escasa profundidad, apenas los dos metros en los lugares con más calado. Hoy día está declarado parque natural y se puede observar una gran variedad de especies de aves. Llegamos justo a tiempo para subirnos a la barca que ya se iba alejando del embarcadero; a instancias de su hijo, el barquero paró y volvió por nosotros. Fue toda una suerte porque sino hubiéramos tenido que esperar una hora, que es lo que dura el paseo y no habríamos disfrutado de los mismos acompañantes. Imperdonable. Llegó un momento que no sabía que me interesaba más: la Albufera o éstos. Enfrente nuestro teníamos a un torero, lo supimos porque él parecía tener la obligación de comunicárnoslo a todos y deleitarnos e ilustrarnos con todo lujo de detalles los entresijos de su arte, durante todo el recorrido. Le acompañaba su chica, una especie de aprendiz de Barbie, que no movió ni una ceja en toda la hora. Sentada muy recta, sin apoyar la espalda, con las piernas cruzadas, las manos encima de las rodillas, se ocultaba detrás de sus enormes gafas de sol. Iba vestida escrupulosamente de prestigiosas marcas, y su oxigenada melena, recogida en un estiradísimo moño. De la voz, nada puedo decir, pues, al contrario que su compañero, no despegó los labios en todo el trayecto. A los cinco minutos envidié aquel recogido. Mi melena al viento -nunca mejor dicho-, se empezaba a enmarañar y pasé todo el trayecto peleándome con ella, porque la muy rebelde se agitaba en todas las direcciones y acababa chocando contra mi cara. Ella, llegó con el recogido incomprensiblemente intacto, y yo, con mi melena hecha unos zorros. Juro que nunca más volveré a subir en barca, barco, o similar, sin llevar un socorrido coletero a mano.

El Castillo de Peñiscola es una maravilla construida, al parecer, por los musulmanes; luego, pasó a manos de los Caballeros Templarios, en el año 1294. De éstos hay una exposición en una enorme sala, que se muestra con todo lujo de detalles: vestimentas, cabalgaduras, documentos, etc. A principios del siglo XV, la Orden cedió el castillo al Papa Benedicto XIII: el Papa Luna, convirtiéndola en su sede pontificia. Está situado en el pico del precioso pueblecito blanco del mismo nombre, de calles empedradas, llenas de puestecitos de artesanías varias y bisutería de estética hippie, y disfruta de unas privilegiadas vistas al mar. “Los antiguos no eran tontos…”, le dije a Mario, a lo que me contestó, “Los ricos, nunca lo han sido”. Estábamos en la cola para sacar las entradas y visitar el interior del Castillo, cuando, sin querer, escuché reconfortada cómo una pareja joven se interesaba por la cultura. “Si sólo son piedras…”, le decía ella. “Vamos a entrar… verás que guapo”, alegó él. “¡Jo! Las entradas valen cuatro euros, y yo con ese dinero prefiero beberme esta noche una jarra de sangría a entrar aquí”. No seré yo quien dictamine cuál es la prioridad de cada quien; y una jarra de sangría…es una jarra de sangría.

En Cullera, un pueblecito costero, volvimos a las grutas. Esta vez sin río y a una profundidad de veinte metros, nada más. Se dio la circunstancia de disfrutar de la guía turística para nosotros solos; así que no cabía la posibilidad de distraerse, aunque, con aquella historia, tuve que reconducir mi imaginación más de una vez para atender a lo que amablemente nos explicaba. Mi mente fraguaba un relato en aquel lugar y reconozco que en alguna ocasión asentía y sonreía escuchando su voz de fondo mientras fantaseaba. Mario se encargó de hacer las preguntas de rigor. La simpática guía nos explicó que en el siglo XVI, el pirata Dragut, lugarteniente de Barbarroja, invadió el pueblo. Llegaron por mar, pero hicieron la incursión de noche y por el río, así que cogieron desprevenidos a la población y tomaron muchos rehenes. Conocedor de esta gruta, que en aquella época sólo se podía ver y entrar por mar, los mantuvo cautivos allí hasta canjearlos por una gran cantidad de oro. Se puede contemplar: armas de la época, armaduras, distintas banderas piratas, que la guía nos explicó sus significados y una sala repleta de instrumentos de tortura. Claro, ¿a quién no le vuela la imaginación con semejantes ingredientes?

Morella es un precioso pueblo que conserva sus murallas medievales y sus calles porticadas intactas. Y, por supuesto, no podía faltar su histórico castillo, edificado por los íberos; está en lo más alto de lo más alto de una peña, a mil metros de altura. Sus ancianos y derruidos muros han albergado: reyes y papas, santos y militares, poetas y caballeros, héroes y traidores. Ahora, las palabras que pronunció aquella joven, dos días antes, resonaban en mi mente cuando vi las rampas y escalones que debían conducirme a su cima, a mil metros: “Si sólo son piedras…”. “Marga, mira, por aquí pasó el Cid Campeador”. “Sí, pero seguro que él lo hizo a caballo y no en agosto bajo el abrasador sol del mediodía”. Mario leía todas las placas explicativas, casi emocionado. “¿Dice ahí si los caballeros conocían las medidas? Porque cada escalón tiene una altura muy distinta. Mira éste, me llega a las rodillas. ¡Por Dios! ¡¿Se supone que los subían con las armaduras puestas?!”, refunfuñé. La verdad es que las vistas merecen la pena y el “paseíto” te abre el apetito, que pudimos saciar cuando bajamos, en la calle principal, en la terraza de un rústico restaurante, mientras una rondalla tocaba.

El final de fiesta lo vivimos durante la última cena, nos habíamos quedado por comodidad en el hotel, pues todavía teníamos que hacer las maletas. Cuando llegamos al pequeño salón, aquella familia, de más de treinta miembros, estaba celebrando un cumpleaños y ocupaban la mitad del comedor, sentados en una larga mesa. En las cuatro restantes sólo habíamos dos parejas, que mirábamos divertidos, de vez en cuando, la algarabía que se traían nuestros compañeros. A la hora del pastel escuchamos una pequeña detonación, aplausos y risas, tras unos cantos alentadores, a coro: “¡Venga!, ¡venga!, ¡venga!”. La primera vez no pude ver nada, pero cuando el camarero trajo una nueva botella de Cava y la colocó encima de la mesa, yo me dispuse a no perder detalle. Una señora de unos cincuenta y tantos años la sujetaba por el cuerpo con una mano y con la otra, cerrada, acariciaba arriba abajo el cuello de aquel envase. Sus parientes comenzaron a corear aquel mantra, de nuevo. Cada vez imprimía más ritmo con gran pericia; derrochaba maestría. En pocos minutos la fricción dio sus frutos y el tapón de corcho saltó por los aires, la mujer siguió con sus ardorosos movimientos hasta que la espuma salió derramándose en el mantel. Los demás comensales, los cuatro gatos, cruzamos nuestras atónitas miradas antes de estallar en risas, que en vano tratamos de disimular.

sábado 2 de febrero de 2008

La delgada línea



Por fin soy feliz, y mi familia, también.

Todo comenzó hace poco más de tres años, cuando Ernesto, mi esposo, me regaló un paquete envuelto en un precioso papel dorado y un gran lazo rojo. Al abrirlo me encontré con dos bonitos puzzles de 500 piezas cada uno. Después de cenar me dispuse a comenzar la tarea. Extendí cuidadosamente sobre la mesa todas las piezas de la primera bolsa y comencé a separarlas por colores. Una vez hechos los distintos montoncitos me dispuse a unirlas, una tras otra, hasta que alrededor de las dos de la madrugada finalicé el primero. Contemplaba mi pequeña obra, orgullosa, y esto me dio renovadas energías para meterle mano al segundo puzzle. Cuando el reloj de pared marcaba las cuatro, Ernesto se levantó, se acercó a mí por detrás, y me susurró al oído, “cielo, vente a la cama que está muy fría sin ti”. “Sí, ahora voy. Me quedan sólo 150 piezas por colocar”, le contesté sin levantar la vista de mi objetivo. Acabé a las cinco de la mañana, me acosté en medio de los ronquidos de Ernesto, con los ojos echándome chispas y con una extraña satisfacción jamás experimentada.

El sábado solemos ir a comprar al hipermercado y nada más atravesar las puertas encaminé el carrito al pasillo de los juguetes. Hileras de cajas de puzzles con fotos y dibujos fantásticos, todo un nuevo mundo por explorar se desvelaba delante de mí: réplicas de cuadros famosos, fotos de naturaleza y animales, retratos de niños… Casi tuve que pellizcarme para darme cuenta de que no estaba soñando. Los había de todos los tamaños y formas, ¡hasta en tres dimensiones! Mis ojos creyeron haber hallado el paraíso. Después de un buen rato, y algún suspiro de Ernesto, tomé varias cajas de las estanterías, era imposible decantarme por una sola; las escogí desde las 1.500 a las 8.000 piezas.

En las dos semanas siguientes devoré tres cajas: de 1.500, 3.000 y 5.000 piezas. Estaba hinchada por haber hecho tal proeza, poco me importaba que hubiera tenido que robarle alguna que otra hora al sueño; ni que algún día me quedara sin comer o cenar; ni que Ernesto comenzara a protestar por los escasos momentos de amor que vivíamos. Él no podía entenderme, no. Yo sentía una terrible angustia si no podía hacer los puzzles. Tampoco tenía ni idea de la alegría que se siente cuando ves cómo se va formando el dibujo poco a poco, cómo cobra vida; o cuando te falta por poner un montoncito y tus ojos se clavan en una pieza, e instintivamente sientes un respingo en el corazón y te dices: “¡Esa es! ¡Esa es la que estoy buscando!”; ni el gozo que da plantar, lentamente, la última después del gran esfuerzo. Se siente un júbilo difícilmente explicable, tus ojos se quedan prendidos contemplando aquella maravilla y tu mano se desliza acariciando la superficie con sus minúsculos desniveles.

Tras dos años de gran afición por este tema, decidí dejarme de tonterías y pasar a palabras mayores. Había convertido la salita de mi casa en el almacén donde depositaba todos mis puzzles, una vez terminados y pegados a un cartón. Prácticamente no cabía ni uno más. Así que adquirí, sin decirle una palabra a Ernesto, el último modelo que salió al mercado de 18.000 piezas. Un precioso colage compuesto por diversas fotos de la ciudad de Nueva York. Cuando mi esposo llegó a casa, yo había desocupado la habitación de invitados, puesto que el puzzle, una vez finalizado, ocuparía 276x192 cms y necesitaba todo el suelo despejado para poder maniobrar con comodidad. Tardé un mes de arduo trabajo sólo para separar las piezas y varios más en liquidarlo. Me vi obligada a dormir sólo tres horas diarias, a hacer una única comida al día, a ducharme una vez a la semana y hasta a pedir una baja laboral, porque de otra forma no habría podido con tamaña empresa; prácticamente vivía en ese cuarto. Al fin, acabé. No hay palabras para describir lo que se siente cuando una alcanza su difícil meta, simplemente me eché a llorar como una niña bajo el dintel de la puerta, mientras admiraba el puzzle que ocupaba toda la superficie del suelo de la habitación. Claro, que luego estuve una semana metida en la cama, para poder recuperarme.

A los pocos días, navegando por Internet, me topé de bruces con un anuncio: ¡El puzzle más grande del mundo! ¡24.000 piezas! Ni siquiera me fijé en el dibujo. Lo compré. Cuando el chico de la empresa de mensajería me trajo la enorme y pesada caja sentí una gran excitación y temblorosa me aferré a ella abrazándola. Esperaba ansiosa el momento en que pudiera enseñar mi nueva adquisición a Ernesto, quería ver su cara. Al entrar en el comedor él se quedó petrificado y abrió los ojos como platos. Se acercó y miró el lomo de la caja: “428 x 157 cms”, leyó. “¡¿Dónde piensas montarlo?!”, me preguntó. “Pues, en el único sitio que cabe, niño: el comedor. Claro, para eso tenemos que sacar todos los muebles”, le contesté. Entonces me dijo que yo tenía un gran problema, que sufría una obsesión y que hablaría con mis padres, muy seriamente. Repliqué con fuerza, le grité que sólo era una afición. Entre todos, y bajo el consejo de un psiquiatra, decidieron internarme en una clínica especializada.

Los médicos y enfermeras hacían lo posible para que yo me sintiera a gusto. Tratando de que me distrajera me invitaron a que colaborara en el taller de pintura. Cuando mis manos percibieron la dureza de la paleta, la textura de las pinturas, la caricia de los pinceles, entré en otro universo de intensas y dulces sensaciones; y tuve la certeza de que mi vida se movería entre lienzos y caballetes.

Lo que mis ojos y mi imaginación plasmaban en mis cuadros, gustaba. Decían que eran soberbios, así que en poco tiempo el personal de la clínica comenzó a comprármelos. El cuñado de uno de los médicos, marchante de arte, me preparó una exposición que fue todo un éxito. Me dieron el alta. Ahora pinto a todas horas, prácticamente no tengo tiempo de hacer otra cosa: ni comer, ni dormir, ni asearme, ni nada de nada, porque mis creaciones se las quitan de las manos a Ernesto, que ha dejado su trabajo para convertirse en mi marchante. ¡Está contentísimo!, dice que gracias a mi afición por la pintura nuestro nivel de vida se ha triplicado. Algo desconcertada le pregunto: “¿Qué diferencia hay entre mi antiguo gusto por los puzzles y el de pintar?”. “¡Cómo vas a comparar ambas cosas! Lo tuyo es arte, cariño. ¿Acaso piensas que Dalí y van Gogh eran unos obsesos? ¡Ay! ”, me dice. “Sí, pero en las dos ocasiones me he entregado en cuerpo y alma de igual manera”, le contesto. “Verás, mi vida, hay una delgada línea entre afición y obsesión, que quizá tú no puedas percibir”, me argumenta. Supongo que se refiere a la delgada línea del perfil de las tarjetas de crédito.

domingo 27 de enero de 2008

La bacteria Lela


A mi bacteria

Ni siquiera ella misma sabía con total seguridad por dónde había entrado en ese cuerpo; la pobre era muy despistada. Lela era una joven bacteria en busca de su primera morada. A sus treinta y tantos años estaba harta de escuchar a su mamá decirle que ya era hora de que se emancipara. “¡Qué más quisiera yo, mami!; pero ya sabes lo mal que está el panorama para los jóvenes hoy día”, era el sólido argumento que solía esgrimir ante su paciente progenitora. Pero en el fondo sabía que había llegado la hora de abandonar el nido, muy a su pesar, de ser independiente y de enfrentarse a la vida sola. Así que ahí estaba ella recorriendo aquel organismo, revisando bien la zona donde pretendía anidar.

Después de dar varias vueltas de inspección, hizo su primera visita, a los pulmones. “¡Guauuu! Qué amplio y bien ventilado. Aquí me monto yo, con unas cuantas amigas, una neumonía de tres pares de narices”. Sí, amigos, nuestra pequeña amiguita estaba dispuesta a seguir el mandato bíblico, “creced y multiplicaos”, al pie de la letra. Pero de pronto reparó que aquellos pulmones ya habían sido ocupados en dos ocasiones, en las que unas colegas suyas habían provocado en otros tiempos dos pulmonías. “No sé, ya han sido habitados, se ven algo usados…No, no, qué va, definitivamente no me quedo en los pulmones, eso es como vivir de segunda mano; yo aspiro a algo mejor”.

Así que se subió a la siguiente vena dejándose arrastrar por el torrente sanguíneo, en busca del lugar adecuado para anidar. Bajó al poco. “Tengo que reconocer que el transporte está muy bien en esta zona”, iba pensando mientras caminaba, cuando se encontró de bruces con el hígado. “¡Aquí, aquí puede ser un buen lugar!”, se dijo atraída por las dimensiones de éste y entró. “¡Menudo chasco! Las paredes están pintadas de amarillo, pero si está pasado de moda. Ay, no aquí tampoco me quedo, la bilis nunca ha sido de mi agrado”.

“Margarita, ¿quieres que te lleve agua?”, escuchó que le decían al cuerpo en el que ella se encontraba y ésta contestaba retumbando su voz en todo el interior “No, ya tengo. Ahora me pongo el termómetro”. “¿Margarita? ¿El cuerpo se llama Margarita? Como la de Rubén Darío: Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar; yo siento en el alma una alondra cantar tu acento. Margarita, te voy a contar un cuento”. Sí, nuestra Lelita era aficionada a la literatura, como nosotros; ¿o, acaso, lector, eres de los que piensan que una bacteria no tiene derecho a instruirse? Vamos, vamos amigo. En su antigua casa, en sus ratos libres, por las tardes, gustaba subir al cerebro y echar mano del archivo y acomodarse en una hendidura de aquella materia gris, leyendo durante horas.

Un tanto decepcionada por no hallar el lugar adecuado para ella, Lela, se dirigió hacia el sur. Decidió ir caminando, dando un tranquilo paseo para poder disfrutar del paisaje. Al rato se topó con un bonito parque, leyó el letrero “Parqu