
Ya no sentía la magia en su interior por más que la buscaba. No la hallaba entre la luz que se filtraba a través de las ramas de los árboles; ni al escuchar el trinar de los pájaros; ni al sumergirse en las cristalinas aguas del lago. Ya no gustaba adornar sus cabellos con una flor de malvavisco; ni lucir pulseras trenzadas con lavandas, desde que la ciudad había rodeado el bosque, estaba triste y cansada.
Al principio no se apercibió de ello, pero, poco a poco, vio decrecer el bosque a la misma velocidad que los hombres construían edificaciones de frío hormigón, con las que hacían avanzar de forma inexorable a la ciudad.
Ahora, los hombres estaban frente a ella, sorprendidos de encontrar una joven en aquel lugar. Sola, sentada sobre la hierba mientras con una mano mecía las aguas del lago, desdibujando su reflejo en ellas.
—Muchacha, ¿qué haces en este bosque? Debemos talar los árboles —dijo, dirigiéndose a ella, el más mayor.
—Vivo aquí. Y no soy Muchacha… Soy un hada.
Los forasteros cruzaron miradas perplejas. La chica lo notó, y señalando un montoncito de hojas, acomodadas bajo un sauce, les reveló:
—Anoche perdí mis alas.
Pero aquella improvisada y rudimentaria cama estaba vacía. Uno de los leñadores, gesticulando, dio a entender que la muchacha habría perdido la razón. Otro asintió añadiendo que ese debía ser el motivo por el que apenas iba vestida con un vaporoso camisón de seda. Dedujeron que la joven se habría escapado de casa y que por su estado de confusión no lo recordaba.
La trasladaron a la ciudad, con el fin de que las autoridades se hicieran cargo del caso. La chica observaba con curiosidad y apenada los lujosos edificios que tapaban el sol y los vehículos que llenaban el aire de humo negro mientras se escuchaba un ruido infernal. Le costaba respirar, y rumió lo que tantas veces había pensado desde la distancia, que el hombre era el ser más dañino que poblaba la tierra; aunque le constaba que no todos eran así. Recordó a Salvador, un muchacho indígena que amaba la naturaleza tanto como ella y que solía visitarla. Estaba llamado a ser el chaman de su pueblo, como lo era su padre y el padre de este y así, hasta perderse en los confines del tiempo. Extrañaba su compañía, sus risas, sus charlas. Pero un día dejó de visitar el bosque y dedujo que la cuidad se lo había tragado. Ahora ella estaba sola, minúscula, indefensa.
Frente a las preguntas de los policías, repetía incansable que era un hada del bosque. Después de algunas burlas, su cólera actuó como resorte, y les gritó: «¡Soy la última hada!». Se hizo silencio y ella continuó: «¡¿No conocéis la profecía?! ¡Ignorantes! Cuando la última hada haya dejado la tierra, y el último río contenga sus aguas emponzoñadas; cuando el último árbol haya caído y el hombre exterminado al último animal, no podrá comerse el oro ni el dinero; el hombre se comerá al hombre».
Las carcajadas se le clavaron en el alma como cuchillos humillantes.
Un nuevo traslado la llevó hasta un enorme y antiguo edificio al que se accedía a través de un hermoso jardín. En el letrero de la entrada, estaba escrito: «Salud mental: un reto diario». En seguida se acercaron algunos de los moradores de aquel lugar, rodeándola. Unos, le tocaban su rostro y cabellos, otros, le pedían un cigarrillo o dinero para un café, pero, a ella, lejos de asustarla, le despertaba una infinita ternura. Percibía una terrible soledad en aquellas almas, tanto o más que la que ella misma sentía.
Varios días después del ingreso, e infructuosos intentos de encontrar a sus familiares, o algún dato que condujera a su vida anterior, la acabaron por bautizar como Ada.
Ada se adaptó a la tediosa rutina de aquel lugar. Las sesiones de charla con su médico, los remedios que le prescribía, las actividades con sus compañeros, nada le hacía sentir el mínimo rayo de calor en su interior. El frío y la negrura se enseñoreaban en su alma, con la que apenas lograba abrigar un sentimiento. Tan sólo su enfermera, Marcela, que la cuidaba con esmero, gustaba peinar su larga melena y contarle gracias con su proverbial simpatía, lograba arrancarle una sonrisa y, al instante, le decía: «Lo ves Ada. Lo que te sucede es que el árbol envenenado no te deja ver el bosque». Al recordar estas palabras, levantó la cabeza y a lo lejos lo vio: «¡Salvador!».
Salvador se había convertido en un apuesto joven y por primera vez su corazón se estremeció, con una agitación desconocida hasta aquel momento, que la aturdió llevándole a inflamar sus mejillas cuando éste, al reconocerla, se acercó. Dos horas conversando hicieron que se pusieran al día. Salvador y su familia se habían trasladado a la ciudad, donde estudió para convertirse en enfermero. Era otra forma, más actual, de sanar a sus semejantes, pero extrañaba las costumbres ancestrales de su pueblo, el contacto con la naturaleza y… a ella. Ada clavó su mirada en el suelo, sin saber el porqué.
A partir de aquel día en los jardines se podían ver a los dos jóvenes dar largos paseos, hablar animadamente y tomarse de las manos. Así fue como Salvador y Ada aprendieron que, tal vez, la mejor medicina es el amor, la que más a mano se tiene y la que menos empleamos, porque para ello se necesita tiempo y ese es un bien escaso. Pero Ada deseaba emplear la misma fórmula con sus compañeros.
Algunos días después, los médicos observaron curiosos en el salón como los internos, formando un círculo alrededor de Ada, se abrazaban. No le dieron mayor importancia. No, hasta que varios días más tarde vieron perplejos a un paciente al que le angustiaba lavarse junto a otro que le horrorizaba la suciedad. Más incomprensible les resultó ver al residente que temía a los espacios abiertos convertido en inseparable de otro que le daba pavor estar encerrado, permanecían a ratos en el jardín, a ratos en el interior, pero siempre se tomaban de las manos cuando iban a atravesar la puerta que separaba ambos mundos.
Ada advirtió, que si bien el ser humano es dañino y se deja arrastrar por el temor y el conformismo que les lleva al desánimo y a la destrucción, desconoce la generosidad, la abnegación y la gran fuerza que alberga en su interior cuando todos miran en la misma dirección; no aprecia en toda su dimensión el poder que tiene de cambiar las cosas. En ese instante supo que ése sería su cometido. Ser guía en ese camino, primero en aquel centro, luego peregrinando por las ciudades, haciéndoles entender que ellos formaban un todo indisoluble con la naturaleza.
Los días transcurrían y cada vez había un mayor número de enfermos que mejoraban. Los médicos no hallaban la explicación. Una noche un ruido alertó a uno de los cuidadores y entró en el salón. Los pacientes estaban acicalados con las sábanas enrolladas sobre sus cuerpos a modo de vestidos; sus cabezas adornadas con guirnaldas hechas con flores, y bailaban mientras hacían los coros a una canción que entonaba Ada en un extraño idioma. Al verse descubiertos se quedaron petrificados, y cuando el sanitario dio la voz de alarma pidiendo ayuda a sus compañeros, la reunión se dispersó, echándose todos a correr en distintas direcciones mientras se oían risitas.
Al día siguiente condujeron a Ada ante los responsables del centro. Sentada en la silla, frente al Comité Médico, escuchaba con atención la reprimenda. Después fue sometida a un interrogatorio que acabó por irritarla y comenzó a frotar su espalda contra el asiento, nerviosa. Uno de los doctores se levantó para examinar qué le pasaba y alzó su blusa, quedándose pasmado al observar dos incipientes y extraños bultos en su espalda. Ante el estupor los demás acudieron a ver lo que su colega había señalado. Decidieron aislarla hasta comprobar el origen de tan extraña enfermedad y que ésta no se manifestara mediante pústulas contagiosas.
Pocos días después, Marcela logró comunicar los planes de los doctores a Salvador. Someterían a Ada a peligrosas pruebas médicas, pues era un caso único, que deseaban estudiar a fondo. Descartada la enfermedad infecciosa, temían que se tratara de una rara variedad de tumores, y habían decidido extirparlos para someterlos a rigurosos análisis.
Esta información actuó de espoleta. Marcela y Salvador supieron que había llegado el momento de tejer un minucioso plan para que el joven pudiera huir lejos junto a Ada y comenzar la vida que ambos habían soñado.
Aquella noche se organizó la fiesta más sonada que se haya celebrado en aquel lugar. En un rincón, sentados en el suelo, permanecían maniatados los médicos y enfermeros de guardia. Los pacientes, vestidos con las batas de aquellos, discutían el tratamiento más conveniente que debía seguir cada uno de los capturados, con las cajas de medicamentos en las manos. Pudiera ser que fuera culpa de la ingesta de alguna de las píldoras que se vio obligado a tomar aquel doctor, pero lo cierto es que todavía hoy asegura a quien quiera escucharlo, que la última vez que se vio a Ada, fue cruzando el salón corriendo en camisón y descalza, guiada de la mano de Salvador, y dejando tras de sí un halo de un extraño polvo de estrellas plateado.














