No pudo evitar un llanto hondo y desamparado, sintiéndose como quien llega de forma inesperada al final de un camino sin salida. No recordaba cómo había llegado a aquel lugar maldito, en el que cada árbol era idéntico a los demás árboles y en el que las tortuosas sendas conducían al mismo punto de aquel laberintico bosque. Llevaba interminables horas perdida y a estas alturas no le cabía la menor duda de que se encontraba en el Bosque del Olvido.
Naikare, en su niñez, había oído contar relatos a los más ancianos de su aldea sobre aquel funesto bosque. Amenizaban las noches de verano bajo el firmamento estrellado, atemorizando a los más jóvenes con historias sobre algunos de los aldeanos que desaparecieron allí. Como colofón señalaban que pocos lograron escapar y regresar a la aldea y que menos todavía fueron los que quisieron compartir con sus vecinos la sombría experiencia. Naikare siempre estimó que eran patrañas fantásticas con las que entretenerse, hasta que las fauces de aquel bosque engulló a varios de sus familiares, entre los que se encontraba su madre, para no devolverlos jamás.
Naikare, en su niñez, había oído contar relatos a los más ancianos de su aldea sobre aquel funesto bosque. Amenizaban las noches de verano bajo el firmamento estrellado, atemorizando a los más jóvenes con historias sobre algunos de los aldeanos que desaparecieron allí. Como colofón señalaban que pocos lograron escapar y regresar a la aldea y que menos todavía fueron los que quisieron compartir con sus vecinos la sombría experiencia. Naikare siempre estimó que eran patrañas fantásticas con las que entretenerse, hasta que las fauces de aquel bosque engulló a varios de sus familiares, entre los que se encontraba su madre, para no devolverlos jamás.
La joven recogió el pañuelo que había depositado como señal sobre una piedra que le pareció familiar y se enjugó las lágrimas con él. Estaba indefensa y Klingsor no respondía a sus llamados de auxilio. Ella apenas era una aprendiza frente al poderoso mago, capaz de controlar las fuerzas secretas del mundo, pero tenía la certeza de haber contactado mentalmente con él.
El mago, maestro de ilusiones, había construido en el desierto un jardín dorado para Naikare. En cada visita de la joven, éste la recibía coronándola con una diadema de pétalos fragantes. A continuación la tomaba de la mano y la conducía por un itinerario apacible entre hermosas flores mientras le indicaba que esa que estaba a sus pies fue bautizada con su nombre, Naikare, porque le recordaba el color de sus bellos ojos; la de al lado le evocaba su fragancia; y aquella, dos pasos más allá, su esencia dulce y serena. Sin demora prosperó la pasión y floreció el triunfo de la adoración mutua. Ella le había entregado su amor incondicional a Klingsor y acudía a su vera en cada ocasión que era requerida, ya fuera por necesidad, por capricho, o por placer. Ahora él la ignoraba. La joven había alcanzado el convencimiento, más bien la dolorosa evidencia, que lo único que crece en el desierto son los espejismos.
Naikare se dejó caer de rodillas sobre un lecho de hojarasca, vencida.
Dos días en aquel bosque le bastaron para percibir una fuerza nociva, silenciosa y oculta. Aquella mañana se había despertado con un cansancio extraño que la obligó a permanecer recostada. Al mirarse las manos apreció cómo el color de sus uñas se transmutaban por el negro. Angustiada, se echó las manos a la cabeza y apreció una debilidad inusual en sus cabellos, al punto de quedar entre sus dedos adherida una maraña de pelos. La incertidumbre se apoderó de Naikare.
En todo ese tiempo apenas había ingerido alimentos, alguna fruta que guardaba en su zurrón, aliviando la sequedad de sus labios con gotas de rocío, que lamía en las hojas de las plantas. Lo más difícil de soportar era la soledad. Dirigió su mirada hacía las alturas y de entre las copas de los árboles atisbó un rimero de estrellas, que con su cálido fulgor le hicieron sentirse acompañada. Cerró los ojos plácidamente un instante, dejando que aquella momentánea paz se apoderara de su ser.
Fue un instante, o eso le había parecido a la joven, pero se sorprendió al ver que ya amanecía. A lo lejos distinguió una figura que se acercaba y al llegar a cierta distancia sus ropas y su caminar se le antojaron familiares. Cuando la tuvo a unos diez metros de distancia supo que se trataba de su madre. Una vez frente a ella comprobó que en sus manos portaba una caja de madera bellamente grabada. La visión sonrió con dulzura a su hija y descorrió la tapa, dejándole ver el interior. Dentro descansaba un hermoso pájaro, un ejemplar desconocido para ella, con un colorido plumaje. Naikare, dominada por el asombro, no podía moverse ni articular palabra y antes de que pudiera preguntarle sobre su estancia en aquel lugar, la joven se despertó.
Permaneció largo rato con una sensación agridulce en el alma, con el desencanto de que tan solo fuera un sueño y el gozo de disfrutar de la presencia de su madre, pese a que fuese una quimera.
Despuntaba el día. La luz matizada de los rayos del sol se filtraba entre los árboles. Naikare los contemplaba reconfortada cuando, de pronto, oyó el revoloteo de un ave entre las ramas. Con un esfuerzo monumental se levantó para intentar verlo. Y al hacerlo, no pudo salir de su estupefacción; era el mismo que su madre le había entregado en sueños. Siguió su vuelo con dificultad, el cansancio casi no le dejaba andar, hasta que el pajarillo se posó sobre la rama de un árbol distinto a todos los demás. Un árbol junto a un arroyuelo que conformaba un paisaje desconocido hasta ese momento para ella. Se recostó en el tronco, deslizándose hasta quedar sentada y se encontró el suelo plagado con sus frutos. Tomó uno y le dio un bocado, advirtiendo que en la medida que comía de ese fruto, su energía se restituía rápidamente.
Naikare se incorporó sobre sus dos piernas de un impulso, pletórica.
A sus oídos llegó el canto de una hermosa voz. Siguió su rastro y a unos metros se encontró con una anjana, una de esas bellas ninfas que viven junto a los arroyuelos; Naikare había visto una en su infancia y hubiera podido reconocer aquellos largos cabellos color turquesa en cualquier lugar. La anjana brincaba vivaracha mientras la guiaba con su canto por una senda que desembocaba en los límites del bosque, frente a un río. Una vez allí, la ninfa en seguida se despidió con la mano y desapareció del mismo modo, alegre y pizpireta, por el mismo sitio que había venido.
El interior del río estaba cubierto por una espesa niebla. Naikare miró el paraje que tenía al lado y reconoció el cruce de caminos a lo lejos, el de la derecha le llevaba directamente a su aldea y el de la izquierda a un destino desconocido. Se disponía a dirigirse a aquel cruce, pero en ese instante vio cómo las brumas del río se rasgaban para dejar pasar a una pequeña barca capitaneada por un bello ángel, que navegaba hacia ella. La joven permaneció inmóvil y maravillada. Frente a Naikare, el ángel arrancó una de sus delicadas plumas y se la entregó junto con un tintero de fino cristal tallado y una lámina de cuarzo blanco, y le ordenó que escribiese con la tinta dorada cuales eran las causas, pues nada es casual, que la habían llevado al Bosque del Olvido; sus culpas, sus odios y sus temores, confesión con la que sellaría un pacto liberador y secreto con Dios. Naikare obedeció. A continuación le entregó la lámina escrita y los demás objetos. El ángel le indicó con su voz grave que podía irse en paz, remó hasta el centro del río, ató la lámina de cuarzo con un cordón de oro en un extremo y una gran piedra en el otro y la arrojó a las profundidades.
Pensó profundamente durante largo tiempo, delante de aquel cruce. Es difícil elegir la senda correcta, pues los errores tienen un alto precio. Naikare lo sabía bien, por esta razón de peso su alma se debatía entre regresar a su aldea o tomar el otro camino. Sentía nostalgia. Una parte de ella anhelaba retornar, pero esa ruta la llevaría al mismo lugar, sí, pero también directa a la misma situación que la había transportado al fatídico bosque. Resuelta tomó la senda nueva. Mientras caminaba, libre y feliz, por su nueva andadura, una sonrisa picara iluminó su rostro al imaginar a los ancianos relatar cómo la dulce y serena Naikare había pasado a engrosar la legendaria lista de desaparecidos en el Bosque del Olvido.











