domingo 28 de junio de 2009

La última hada


A Mónica ("Turkesa"), por su amistad

Ya no sentía la magia en su interior por más que la buscaba. No la hallaba entre la luz que se filtraba a través de las ramas de los árboles; ni al escuchar el trinar de los pájaros; ni al sumergirse en las cristalinas aguas del lago. Ya no gustaba adornar sus cabellos con una flor de malvavisco; ni lucir pulseras trenzadas con lavandas, desde que la ciudad había rodeado el bosque, estaba triste y cansada.

Al principio no se apercibió de ello, pero, poco a poco, vio decrecer el bosque a la misma velocidad que los hombres construían edificaciones de frío hormigón, con las que hacían avanzar de forma inexorable a la ciudad.

Ahora, los hombres estaban frente a ella, sorprendidos de encontrar una joven en aquel lugar. Sola, sentada sobre la hierba mientras con una mano mecía las aguas del lago, desdibujando su reflejo en ellas.

—Muchacha, ¿qué haces en este bosque? Debemos talar los árboles —dijo, dirigiéndose a ella, el más mayor.
—Vivo aquí. Y no soy Muchacha… Soy un hada.

Los forasteros cruzaron miradas perplejas. La chica lo notó, y señalando un montoncito de hojas, acomodadas bajo un sauce, les reveló:

—Anoche perdí mis alas.

Pero aquella improvisada y rudimentaria cama estaba vacía. Uno de los leñadores, gesticulando, dio a entender que la muchacha habría perdido la razón. Otro asintió añadiendo que ese debía ser el motivo por el que apenas iba vestida con un vaporoso camisón de seda. Dedujeron que la joven se habría escapado de casa y que por su estado de confusión no lo recordaba.

La trasladaron a la ciudad, con el fin de que las autoridades se hicieran cargo del caso. La chica observaba con curiosidad y apenada los lujosos edificios que tapaban el sol y los vehículos que llenaban el aire de humo negro mientras se escuchaba un ruido infernal. Le costaba respirar, y rumió lo que tantas veces había pensado desde la distancia, que el hombre era el ser más dañino que poblaba la tierra; aunque le constaba que no todos eran así. Recordó a Salvador, un muchacho indígena que amaba la naturaleza tanto como ella y que solía visitarla. Estaba llamado a ser el chaman de su pueblo, como lo era su padre y el padre de este y así, hasta perderse en los confines del tiempo. Extrañaba su compañía, sus risas, sus charlas. Pero un día dejó de visitar el bosque y dedujo que la cuidad se lo había tragado. Ahora ella estaba sola, minúscula, indefensa.

Frente a las preguntas de los policías, repetía incansable que era un hada del bosque. Después de algunas burlas, su cólera actuó como resorte, y les gritó: «¡Soy la última hada!». Se hizo silencio y ella continuó: «¡¿No conocéis la profecía?! ¡Ignorantes! Cuando la última hada haya dejado la tierra, y el último río contenga sus aguas emponzoñadas; cuando el último árbol haya caído y el hombre exterminado al último animal, no podrá comerse el oro ni el dinero; el hombre se comerá al hombre».

Las carcajadas se le clavaron en el alma como cuchillos humillantes.

Un nuevo traslado la llevó hasta un enorme y antiguo edificio al que se accedía a través de un hermoso jardín. En el letrero de la entrada, estaba escrito: «Salud mental: un reto diario». En seguida se acercaron algunos de los moradores de aquel lugar, rodeándola. Unos, le tocaban su rostro y cabellos, otros, le pedían un cigarrillo o dinero para un café, pero, a ella, lejos de asustarla, le despertaba una infinita ternura. Percibía una terrible soledad en aquellas almas, tanto o más que la que ella misma sentía.

Varios días después del ingreso, e infructuosos intentos de encontrar a sus familiares, o algún dato que condujera a su vida anterior, la acabaron por bautizar como Ada.

Ada se adaptó a la tediosa rutina de aquel lugar. Las sesiones de charla con su médico, los remedios que le prescribía, las actividades con sus compañeros, nada le hacía sentir el mínimo rayo de calor en su interior. El frío y la negrura se enseñoreaban en su alma, con la que apenas lograba abrigar un sentimiento. Tan sólo su enfermera, Marcela, que la cuidaba con esmero, gustaba peinar su larga melena y contarle gracias con su proverbial simpatía, lograba arrancarle una sonrisa y, al instante, le decía: «Lo ves Ada. Lo que te sucede es que el árbol envenenado no te deja ver el bosque». Al recordar estas palabras, levantó la cabeza y a lo lejos lo vio: «¡Salvador!».

Salvador se había convertido en un apuesto joven y por primera vez su corazón se estremeció, con una agitación desconocida hasta aquel momento, que la aturdió llevándole a inflamar sus mejillas cuando éste, al reconocerla, se acercó. Dos horas conversando hicieron que se pusieran al día. Salvador y su familia se habían trasladado a la ciudad, donde estudió para convertirse en enfermero. Era otra forma, más actual, de sanar a sus semejantes, pero extrañaba las costumbres ancestrales de su pueblo, el contacto con la naturaleza y… a ella. Ada clavó su mirada en el suelo, sin saber el porqué.

A partir de aquel día en los jardines se podían ver a los dos jóvenes dar largos paseos, hablar animadamente y tomarse de las manos. Así fue como Salvador y Ada aprendieron que, tal vez, la mejor medicina es el amor, la que más a mano se tiene y la que menos empleamos, porque para ello se necesita tiempo y ese es un bien escaso. Pero Ada deseaba emplear la misma fórmula con sus compañeros.

Algunos días después, los médicos observaron curiosos en el salón como los internos, formando un círculo alrededor de Ada, se abrazaban. No le dieron mayor importancia. No, hasta que varios días más tarde vieron perplejos a un paciente al que le angustiaba lavarse junto a otro que le horrorizaba la suciedad. Más incomprensible les resultó ver al residente que temía a los espacios abiertos convertido en inseparable de otro que le daba pavor estar encerrado, permanecían a ratos en el jardín, a ratos en el interior, pero siempre se tomaban de las manos cuando iban a atravesar la puerta que separaba ambos mundos.

Ada advirtió, que si bien el ser humano es dañino y se deja arrastrar por el temor y el conformismo que les lleva al desánimo y a la destrucción, desconoce la generosidad, la abnegación y la gran fuerza que alberga en su interior cuando todos miran en la misma dirección; no aprecia en toda su dimensión el poder que tiene de cambiar las cosas. En ese instante supo que ése sería su cometido. Ser guía en ese camino, primero en aquel centro, luego peregrinando por las ciudades, haciéndoles entender que ellos formaban un todo indisoluble con la naturaleza.

Los días transcurrían y cada vez había un mayor número de enfermos que mejoraban. Los médicos no hallaban la explicación. Una noche un ruido alertó a uno de los cuidadores y entró en el salón. Los pacientes estaban acicalados con las sábanas enrolladas sobre sus cuerpos a modo de vestidos; sus cabezas adornadas con guirnaldas hechas con flores, y bailaban mientras hacían los coros a una canción que entonaba Ada en un extraño idioma. Al verse descubiertos se quedaron petrificados, y cuando el sanitario dio la voz de alarma pidiendo ayuda a sus compañeros, la reunión se dispersó, echándose todos a correr en distintas direcciones mientras se oían risitas.

Al día siguiente condujeron a Ada ante los responsables del centro. Sentada en la silla, frente al Comité Médico, escuchaba con atención la reprimenda. Después fue sometida a un interrogatorio que acabó por irritarla y comenzó a frotar su espalda contra el asiento, nerviosa. Uno de los doctores se levantó para examinar qué le pasaba y alzó su blusa, quedándose pasmado al observar dos incipientes y extraños bultos en su espalda. Ante el estupor los demás acudieron a ver lo que su colega había señalado. Decidieron aislarla hasta comprobar el origen de tan extraña enfermedad y que ésta no se manifestara mediante pústulas contagiosas.

Pocos días después, Marcela logró comunicar los planes de los doctores a Salvador. Someterían a Ada a peligrosas pruebas médicas, pues era un caso único, que deseaban estudiar a fondo. Descartada la enfermedad infecciosa, temían que se tratara de una rara variedad de tumores, y habían decidido extirparlos para someterlos a rigurosos análisis.

Esta información actuó de espoleta. Marcela y Salvador supieron que había llegado el momento de tejer un minucioso plan para que el joven pudiera huir lejos junto a Ada y comenzar la vida que ambos habían soñado.

Aquella noche se organizó la fiesta más sonada que se haya celebrado en aquel lugar. En un rincón, sentados en el suelo, permanecían maniatados los médicos y enfermeros de guardia. Los pacientes, vestidos con las batas de aquellos, discutían el tratamiento más conveniente que debía seguir cada uno de los capturados, con las cajas de medicamentos en las manos. Pudiera ser que fuera culpa de la ingesta de alguna de las píldoras que se vio obligado a tomar aquel doctor, pero lo cierto es que todavía hoy asegura a quien quiera escucharlo, que la última vez que se vio a Ada, fue cruzando el salón corriendo en camisón y descalza, guiada de la mano de Salvador, y dejando tras de sí un halo de un extraño polvo de estrellas plateado.

domingo 31 de mayo de 2009

Hazañas de un genio (II y final)

Una vez allí obtuvo los permisos oportunos y una concesión de explotación por diez años de una vasta extensión marítima, que convertiría en su vivero. Compró las embarcaciones necesarias, contrató personal autóctono, poco especializado —pescadores fue lo único que encontró a mano—, y en pocas semanas habían sembrado toda la zona de bateas. Al ser inquirido con extrañeza por uno de sus colaboradores, como gustaba llamarlos, sobre aquel estudio que estaba realizando, ya que dicho molusco no era comestible, y una vez satisfecha la curiosidad del individuo, éste le preguntó: «Bueno, no es que yo entienda una mierda de esto. Vamos, que no soy científico, pero, ¿una mujer no es muy distinta de un mejillón? Yo pensaba que para estas cosas se utilizaba especies más parecidas… ¡Claro, que usted sabrá!». Esteban lo miró condescendiente. Él era pertinaz y a los ocho años ya había logrado su objetivo: la hembra de mejillón cebra pasó de ser prácticamente estéril a producir cuarenta mil huevos en un ciclo y un millón al año de media, cada ejemplar. ¡Un éxito rotundo! Muchos años más tarde, el mejillón cebra se habría de convertir en una especie agresiva que arrasaba el ecosistema allá por dónde pasaba. Pero eso ya es otra historia…

A pesar de las profundas enseñanzas que había recibido de su progenitor, comprobó que dos preceptos se le quedaron en el tintero: que los recursos económicos no son ilimitados y que para sobrevivir uno tenía que hacer un trabajo retribuido; vamos, que no se podía vivir del cuento ni del aire por mucho tiempo. Arruinado y sin poder concluir su investigación regresó a su ciudad a buscarse la vida.

De esta manera es como fue a parar a la casa de José de Calatrava. Hacía seis meses que su amigo disfrutaba de su exquisita compañía y de su erudición a cambio del alojamiento y un módico “a mesa y mantel” cuando Irina irrumpió en sus vidas, para quedarse. Irina se había convertido en una reputada científica y las sobremesas se alargaban hasta bien entrada la madrugada. Era joven y poseía la belleza heredada de su madre. Cuando hablaba intercalaba una chispeante sonrisa entre fórmulas matemáticas, ecuaciones imposibles y reacciones químicas. Esteban experimentó un profundo sentimiento desconocido hasta ese momento: admiración. Como un fogonazo una idea cruzó su mente: se casaría con ella.

Tantos años perdidos, errando el camino y por fin había encontrado su destino, la autopista que lo llevaría directo a la gloria, aunque para ello se tuviera que convertir en un vampiro científico, pero con prestigio. Juntos se elevarían hasta un nivel inalcanzable para el resto de los mortales. Emularían a Pierre y Marie Curie. Mejor, Irina obtendría dos premios Nobel, de igual manera que la afamada científica, y con semejantes genes no les podría nacer otra cosa que no fueran genios a los que les serían otorgados dichos premios, a su vez. Él se mantendría a su sombra, siendo el acicate y el supervisor de sus trabajos, sosteniéndola en los malos momentos, dando ejemplo de hombre adelantado a su tiempo. A medida que iba madurando la idea, más ventajas le encontraba. Sólo había un inconveniente: Irina era contraria al matrimonio.

Ella mantenía que si era capaz de desenvolverse en un mundo netamente masculino, bien un hombre podría hacer la inversa, siendo diestro en las labores que la sociedad y la historia había reservado de forma tan injusta sólo a las mujeres, y ese ejemplar no existía, según su experiencia. Como secuela de esto, no tenía la menor intención de abandonar la soltería. Un mes después de tomar la decisión de convertirse en el esposo a la sombra, Esteban le presentó una preciosa mantelería bordada a mano, por él. Irina la miró y tocó atónita, sin salir de su desconcierto. No había visto un trabajo hecho con tanto primor desde que su abuela perdió la vista y tuvo que dejar de hacer labores. Ella le dio el sí y él bordó el ajuar.

Esteban realizó en secreto los preparativos de la boda, pues presentía que la noticia no iba a ser del agrado de su amigo. «A ver si te buscar un trabajo». «A ver si alquilas una habitación». «A ver si maduras y dejas de ser un parásito», eran algunas de las frases que le hicieron percibir una incipiente hostilidad de parte suya. Se lo comunicó dos semanas antes de la boda; fue el plazo que estimó oportuno para que el enlace no se pudiera frustrar. Se lo contó todo, sin ambages y a solas, mientras tomaban café en el comedor. José manifestó su disconformidad: «¡Antes te parto las piernas! ¡Chalado del demonio!». Y así lo hizo. Esteban sintió un gran sufrimiento, no sólo por la brutalidad de aquel acto en sí, sino por la vulgaridad del mismo al ser agredido salvajemente con una silla. Cuando se lo llevaba la ambulancia todavía le duraba la fiereza a su amigo que vociferaba que antes de casarse con su hija y convertirla en una desgraciada y vivir a costilla de ella, tendría que pasar por encima de su cadáver.

No era de extrañar que el día de la boda Esteban esperase ansioso, sobre todo, la aparición del padre de la novia. O mejor dicho, la no aparición. Para ello había trazado un plan magistral. Le preparó la última cena, añadiendo un cóctel de laxantes al plato de aquél y, para potenciar el efecto, espolvoreó con ricina las hojas de eucalipto con las que acostumbraba hacerse inhalaciones por la mañana.

Ahora, frente al altar, se encontraba abstraído en sus pensamientos, cuando de pronto una mariposa se cruzó delante de él. No pudo evitar, quizá por el dominio que esgrimía de su sistema, asociarla a aquel día en el que siendo niño se perdió y tomó esto como un mal presagio.

Horas más tarde, cuando la mayoría de los invitados, cansados de la espera, se habían marchado y sólo quedaban aquellos a los que la curiosidad les impedía poner un pie fuera de la iglesia, entró Irina como una exhalación. Corrió por el pasillo central, arremangándose el vestido, con el velo caído y el moño desmadejado, gritando que se suspendía la boda, ya que su padre había fallecido sentado en la taza del inodoro.

La boda jamás llegó a celebrarse. La autopsia reveló que el deceso había sido causado a consecuencia de inhalar ricina, una proteína muy tóxica, que en pocas horas provoca parada cardiorrespiratoria. La policía detuvo a Esteban como autor material del crimen, quien se defendió ante el juez alegando que todo había sido una desafortunada confusión de términos. Por asociación pensó que ricina y ricino eran el mismo producto. A lo que Su Señoría, conocedor de sus antecedentes culturales, le preguntó: «Caballero, ¿nos toma por estúpidos o lo es usted?».

jueves 14 de mayo de 2009

Hazañas de un genio (I)



Cuando Esteban Miraval del Puente esperaba a su novia Irina al pie del altar sentado en una silla de ruedas y con las dos piernas escayoladas, una creciente ansiedad se fue apoderando de él. En realidad, no tanto por la aparición de su prometida como por la del padre de ésta. Irina era la hija de su único amigo, José de Calatrava, y de una belleza eslava que no logró adaptarse al clima mediterráneo y acabó abandonándolos por el repartidor del hielo.

Sobrecogido por la energía que emanaba aquel lugar, y para matar el tiempo, hizo un repaso minucioso de su vida, de las circunstancias que habían guiado su andadura hasta tan magno acontecimiento.

Muchos años antes, siendo niño, su padre le había inculcado que era poseedor de una inteligencia tan deslumbradora que un día el mundo, arrobado, rendiría pleitesías a sus pies. La racionalidad y la constancia, herramientas de todo sabio, serían sus faros para convertirlo en un ejemplar único e irrepetible. Si bien todos los progenitores creen que su hijo es un genio, es obligación del retoño distinguir que a aquellos les ciega el amor paternal. No es este el caso.

Fue de este modo como Esteban, a la tierna edad de siete años, planificó el “Sistema por Asociación de Ideas” con el cual desarrollaría su original personalidad. «¡Sorpréndeles! La lógica sólo conduce a la vulgaridad», solía apuntarle su padre. A la vez trataría de estimular la imaginación de sus desfavorecidos compañeros de clase. En una ocasión, al ser llamado por su maestro para que escribiese la festividad del día en la pizarra, estrenó su sistema: «Hoy, 19 de marzo, Día del Esposo de la Virgen», fue lo que hilvanó con la tiza en lugar del popular y trillado San José. A partir de aquel momento el mundo dejaría de ser tan anodino y daría comienzo a una nueva forma de comunicación, más imaginativa, lo que llevaría, por fuerza, a subir un peldaño en la evolución de la humanidad. Se giró para comprobar el resultado de su acción y observó, decepcionado, como el único compañero que miraba en aquella dirección se hurgaba en la nariz, con la boca abierta.

Un año después, su “Sistema por Asociación de Ideas” alcanzaba tal perfección que sólo él podía desentrañar sus misterios, quedándose muy por detrás el resto de sus compañeros. No podía esperar a aquellos, no iban a significar un freno en su carrera y pasaba horas meditando en el siguiente paso en su ascensión al éxito. Este le fue develado, como suele sucederles a los grandes hombres, mediante la providencia. Un día, a la salida del colegio, una mariposa se cruzó en su camino y quedó fascinado ante su alegre aleteo. La siguió largo rato, observando con atención el movimiento de sus alas y preguntándose cuál sería la característica que daba pie al famoso efecto que llevaba su nombre. ¡Sería investigador! Decidido a dar con las claves del asunto, no tuvo ojos para otra cosa y cuando se dio cuenta se encontraba en una calle que no conocía y sin recordar que camino había seguido.

Muchos minutos después, un nutrido grupo de viandantes trataba de averiguar su dirección a fin de hacerlo regresar a su casa, cuanto antes. Esteban, tratando de explicar las razones que lo había llevado a extraviarse, comenzó a divagar exponiéndoles las conclusiones de su reciente teoría sobre la misteriosa fuerza que ejercían las alas de aquel insecto. «¡Niño, que no tenemos todo el día!» Escuchó decir a una voz salida de aquella tropa y fue cuando les indicó a su auditorio que vivía en la calle del escritor de la canoa, pero nadie parecía conocerla. Incluso el quiosquero de la esquina trajo un callejero para buscarla. Y nada. Hasta que una anciana que ya había barrido la acera cinco veces mientras no se perdía detalle de todo aquel embrollo, habló: «Me vais a permitir la intromisión, pero… ¡Qué “jodio”, el crío! A ver, rapaz…¿Les tomas el pelo, o a qué estás jugando? ¿A los acertijos?». Aquellas sabias palabras prendieron la chispa del entendimiento en uno de los presentes, un universitario, y concluyó que el niño vivía en la calle Calderón de la Barca. A Esteban le embargó la felicidad al ver como su “Sistema por Asociación de Ideas” comenzaba a dar sus frutos.

Quiso la casualidad que aquel universitario, llamado José de Calatrava, siguiera estudiando cuando Esteban ingresó a la facultad. José era sencillo, comprensivo, paciente y…era muy paciente. Encontró en Esteban un compañero con el que realizar sus trabajos estudiantiles, por causalidad, dado que el resto de la clase le hizo ver que era la única opción para ambos. Una decisión acogida con agrado por José, pues aquel era muy educado, casi en extremo. Virtud que pudo comprobar una tarde en la que estaban juntos en su casa mientras caía el segundo diluvio universal. La madre de José preguntó a Esteban si había traído algo con lo que guarecerse y al escuchar que no lo invitó a cenar. Esteban abrió la puerta y salió corriendo en medio del chaparrón, dejando perplejos a sus anfitriones. A los veinte minutos regresó, ensopado bajo un paraguas, y explicando que había ido a su casa para avisar a sus padres que no cenaba con ellos y a coger algo con lo que protegerse, porque estaba lloviendo.

Al finalizar la carrera Esteban se consideró sobradamente preparado para el mundo. Estaría el mundo preparado para Esteban…Tenía muchas incógnitas que despejar del maravilloso porvenir que le aguardaba. ¿Cómo reaccionaria la humanidad cuando él concluyese sus investigaciones? Y, ¿al servicio de qué causa pondría todo su enorme capital intelectual y sus inabarcables conocimientos, para que fuera reconocido? No tardó en dar con ella. Investigaría a favor de la infertilidad. Eran muchas las parejas, en su ciudad, que no podían tener descendencia. Se imaginó entre una multitud de felices padres con sus bebés en brazos mientras era aclamado por ellos y por la comunidad científica. Al fin y al cabo a Fleming le acaban de dar el Nobel por un descubrimiento casual, cuanto más, en justicia, merecería él ese honor.

No se le pudo ocurrir mejor homenaje para el creador de sus días que cobrar su herencia e invertirla en el proyecto que llevaría a su hijo al lugar donde él siempre quiso verlo. Era una gran responsabilidad, en sus manos estaba el fruto del trabajo de toda una vida. Sabía que su padre de haber estado allí se habría sentido orgulloso de su arresto. En un muestreo previo, de las especies en vías de extinción, había elegido la clase de hembra más estéril, para asegurarse los resultados. «Alcanzar la perfección, es el objetivo de todo sabio. Que sea el lema en todo lo que emprendas», solía decirle su progenitor. Con determinación preparó su equipaje y se dirigió al Mar Caspio, en busca del mejillón cebra.

(Continuará.)

sábado 11 de abril de 2009

Caminando entre tinieblas


—Usted estaba en lo cierto madre; el mal existe. Recuerdo con qué ardor la rebatía de niña. En mi ingenuidad consideraba que los hombres infames eran víctimas de sus mentes perturbadas, que les llevaban a cometer abominables actos; me equivocaba. Lo he probado, me he medido con él y sus zarpazos desgarraron mi alma. Pero no sufra, ¡qué guerrera no muestra orgullosa las cicatrices ganadas en las batallas…!

Lodae permanecía arrodillada bajo el ardiente sol. Desenfundó su espada y, tomándola de la empuñadura con una mano y apoyando su punta en la yema de los dedos de la otra, se concentró mirando la hoja hasta sentir que ésta era una prolongación suya. A continuación la colocó sobre la tierra, frente a ella, y se inclinó encomendándose a sus antepasados. En cuanto hubo finalizado, depositó una flor sobre la tumba de su madre.

Se levantó y, con la tristeza afincada en su corazón, observó la aldea envuelta en la oscuridad. Se encaminó hacia la rudimentaria muralla de troncos anudados con lianas que rodeaba el poblado. Buscó la rendija por la que solía escaparse cuando era niña, y que su padre no tuvo tiempo de reparar, antes… De pronto su pensamiento varió el rumbo, recordando las palabras de su Maestro: «Todo pasa o deja de pasar por alguna razón en el Universo»; y cómo se divertía al objetarle: «Así el Universo siempre gana; juega con ventaja. ¡No es justo!». Ahora lo entendía.

Encontró más estrecha la grieta al pasar al otro lado, había transcurrido un lustro desde que la utilizó por última vez. Silencio y oscuridad. Sólo oía su agitada respiración y veía un pequeño destello de luz, unos metros más adelante. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo distinguir una silueta humana y unos árboles, desvaídos. Todo parecía tan cambiado…


Aquella pesadilla había comenzado muchos años atrás, en la aurora de un día como cualquier otro. La vida de los aldeanos transcurría sin sobresaltos, trabajando cada uno en su oficio para subsistir y por el bien de la comunidad; un extraño equilibrio fuera de sus fronteras, donde reinaban el caos y las guerras.

La familia de Lodae estaba sentada a la mesa desayunando unos cuencos llenos de leche de cabra y un poco de pan y queso cuando el llanto de un niño, que llegaba del otro lado de la muralla, les sorprendió. Daloc, el padre, era también el Jefe del poblado, un hombre cabal y hospitalario. Fue hasta el enorme portón de madera y lo abrió. Detrás de él las caras de las mujeres y los chiquillos se iluminaron al ver a un bebé dentro de un cestillo de mimbre. Lo tomó entre sus brazos y, observando que era un varón, decidió que él, ya viudo, lo acogería en aquella familia que los dioses sólo habían querido honrar con niñas. Se sintió bendecido. Kysih, El Bien Hallado, fue el nombre que impuso a su heredero.

Los años fueron pasando en la próspera aldea y Kysih crecía sin problemas de salud. Por fortuna no conoció ninguna de las típicas enfermedades que aquejaban a otros niños. A Daloc, el orgullo le salía por todos los poros: su hijo era fuerte, avispado y magnánimo; siempre dispuesto a ayudar a sus paisanos en las labores. Pero Lodae recelaba de su hermano; tras sus formas amables y dulces palabras, en alguna ocasión su mirada le había encogido el alma.

En las mañanas de primavera Lodae solía acompañar a su hermana mayor, Cloe, a intercambiar sus productos con los habitantes de las aldeas vecinas. Aquel día regresaban bromeando, felices con sus adquisiciones, cuando al tocar con la aldaba del portón principal nadie abrió. Insistieron. La sorpresa inicial dio paso a la preocupación. Entonces Lodae mostró a su hermana la entrada secreta por la que podrían acceder al interior.


Una vez dentro, caminaron aprisa hasta llegar a su cabaña, alcanzando a ver cómo Kysih lanzaba una soflama en mitad de la plaza a los aldeanos, que lo escuchaban encandilados. «¡Los débiles deben morir, salud para los fuertes!», eran sus despiadadas palabras. De pronto un lamento en el interior de la casa llamó la atención de las jóvenes. Era su padre, que, arrodillado junto a los cadáveres fríos de sus hermanas, mantenía sus manos asidas a la espada que atravesaba su vientre. Daloc repetía que él era el culpable, trayendo el deshonor y la desgracia al abrir la puerta al mal y darle abrigo. Extendía las manos hacia sus hijas, implorando con la mirada que actuaran según la Ley. Cloe se quedó petrificada debajo del dintel de la puerta. Lodae se acercó y, arrancando la espada del abdomen de su padre con las dos manos, alzó los brazos y sin titubear los bajó, decapitándolo. Después se desplomó de rodillas y permaneció unos minutos temblando, con el rostro cubierto de lágrimas. Cloe tomó a su hermana por los hombros y se abrazó a ella con el corazón quebrado, pensando que todavía era una niña; sólo tenía doce años.

En seguida se percataron de que su única salida era huir. Se encaminaron a la abertura con movimientos sigilosos, escondiéndose de Kysih detrás de las cabañas y de los árboles que encontraban, con la angustia y el dolor atenazándoles el corazón.

Una vez a salvo, sabían a dónde acudir a pedir asilo, aleccionadas por su padre: debían presentarse ante su Maestro, Ginko, con el que otrora compartió pan, lealtad y batallas. Las montañas de Sori eran su destino, pero el desierto de Gorna se interponía en su camino.

A Cloe le amedrentaba cruzar el desierto, pensando que acabarían perdidas y muertas por la sed. Pero Lodae la tranquilizó diciéndole que ella conduciría la marcha, explicándole que en sus escapadas había aprendido la ubicación de los oasis y de las estrellas en el firmamento, a pesar de que los vientos movían cada montículo de arena. Cuando llegaron al pie de las montañas estaban exhaustas, sucias, hambrientas y con el cuerpo dolorido por dormir en el suelo. Lodae se abalanzó a coger un jugoso fruto que colgaba de la rama de un árbol, pero un grito de su hermana la frenó en seco. Cloe conocía bien qué frutos eran comestibles y cuales venenosos, las plantas curativas y la manera de evitar a las alimañas. Fue así cómo la mayor tomó el relevo y guió a la menor enseñándola a ascender por la montaña, hasta llegar a la frondosa llanura donde se hallaba la aldea que sería su nuevo hogar.

Tres años después, Cloe era la feliz esposa de uno de los hombres más notables de la aldea y esperaba su segundo hijo. Mientras tanto, Lodae era instruida por las enseñanzas de Ginko.


Lodae aspiraba convertirse en una guerrera, pero su impaciencia actuaba como un poderoso lastre. Aquella mañana se había levantado pesarosa y fue a refugiarse al río. Observaba su reflejo en las aguas recordando las ocasiones en que Ginko, con un leve y veloz movimiento, la había hecho caer al suelo apenas sin advertirlo. Con el orgullo maltrecho y la desolación alojados en su alma, pensaba que jamás llegaría a honrar a su padre. De pronto escuchó aquella conocida melodía, Ginko siempre canturreaba la misma aria cuando la veía afligida. «Lodae, no te entristezcas; hiciste lo que debías. Actuaste según nuestro código: «La muerte no es eterna; el deshonor, sí». El Maestro sabía cuándo ser duro como el roble y cuándo flexible como el junco. El camino a la gloria exigía sacrificio, templanza, sentido de la justicia y lealtad. Pero en ocasiones la amargura y el odio lograban apoderarse del corazón de la joven. Anhelaba liberar el poblado, aunque no podía evitar deseos de vengar las muertes de su padre y hermanas. «Todavía no estás preparada. El mal te da lo que codicias y te dice aquello que quieres escuchar, para seducirte», insistía ante la testarudez de su discípula. «Haz lo correcto, pero no por motivos equivocados, si no los dioses te dejarán desamparada», era uno de los preceptos que trataba de inculcarle Ginko.

Ahora, Lodae caminaba sola entre tinieblas. Intentaba aguzar la vista, que apenas alcanzaba a distinguir unos árboles y una figura humana que parecía portar una antorcha y hacerle señas de que avanzara. «La luz te guiará», las palabras de su Maestro acudieron a su mente como un fogonazo. Se cubrió con el manto y dirigió sus pasos hacia la luminaria y al llegar allí vio a su abuelo sonriéndole, antes de esfumarse. Unos metros más allá vio un destello y otra figura humana, y algo más alejada otra. La joven, reconfortada y con los ojos acuosos, siguió el camino que le indicaban sus antepasados mientras sentía a su alrededor presencias que cruzaban fugazmente delante de ella, emitiendo un leve ulular.

Cuando su vista se acostumbró a la penumbra vio un paisaje que se le clavó como un puñal en el pecho: el leñador partía un leño inexistente; el herrero trabajaba en la fragua apagada; una madre cantaba una nana mientras mecía sus brazos vacíos. Tenían la mirada perdida y la sonrisa dibujada en los labios. «No lo olvides, el mejor logro del mal es pasar inadvertido, hacer pensar al hombre que es una quimera. Nos engañan cubriendo sus rostros con máscaras», solía advertirle Ginko.

Una vez eliminada la familia que lo acogió, Kysih había abierto el portón a otros seres demoníacos. Anularon la voluntad de algunos aldeanos mediante la seducción, sumiéndolos en un letargo. Otros se rebelaron luchando contra ellos en un combate desigual, siendo exterminados con ferocidad. Los diablos se movían con rapidez invadiendo la aldea, ocupando sus cabañas y aprovechándose del trabajo de los lugareños, mientras se recreaban entre ellos en una fiesta cruenta y orgiástica sin fin. Al ver aquella dantesca imagen recordó las palabras de su maestro: «El mal no duerme, por eso puede estar presente en todos los lugares, a cualquier hora ».


Lodae pasó de largo ignorando aquellos demonios, un guerrero debía buscar un oponente de igual rango. Llegó hasta la última antorcha, la que portaba su padre, que la miraba con dulzura. De inmediato le señaló la plaza donde se encontraba Kysih. Cuando llegó frente a la bestia se descubrió e invocó el nombre de su familia, su jerarquía y sus hazañas.

Kysih la observaba como si fuera una pulga insignificante y soltó una carcajada ante aquel juramento. Luego bufó junto a su rostro. Los cabellos de la joven ondearon como si un huracán le hubiera pasado por encima. Lodae no se inmutó y desenvainó su espada. Pero aquel diablo comenzó a narrarle cómo había disfrutado atormentando y asesinando a sus hermanas; cómo había esperado el regreso de Daloc y cómo se había deleitado con el dolor de su padre al ver la tragedia. Le contó que su benefactor, con el corazón destrozado, quiso acabar con él, pero el sentimiento de venganza le invadió, debilitándolo. Kysih se mofaba de lo sencillo que había sido someter su mente, haciendo que girase la espada hasta clavársela a sí mismo.

—Igual te pasará a ti, Lodae, mi querida hermana…

A la joven el corazón le latía salvajemente, miles de voces aullaban en su cabeza y sentía como un feroz deseo de venganza se apoderaba de ella. Su mano comenzó a temblar, su cuerpo a plegarse. «Tengo que acallarlas… esas voces… tengo acallarlas…», se repetía. De entre las brumas de su mente, en la lejanía, pudo escuchar unos susurros: «Lealtad…», «honor…». Después, la voz insistente de su Maestro hizo que se incorporara con furia: «Haz lo correcto, pero no por motivos equivocados...».

—¡Mi hoja es mi alma! ¡Mi alma de Dios! —exclamó mientras elevaba la espada al cielo.

Las nubes comenzaron a abrirse en mitad de ensordecedores truenos y un relámpago cayó tocando la punta de la espada de Lodae, que de un certero tajo separó la cabeza de la bestia de su tronco.

La aldea se iluminó y sus gentes despertaron del letargo. Desorientadas, contemplaron cómo los diablos se devoraban unos a otros.

Lodae estaba de rodillas, apoyándose en su espada, postrada ante los restos de la bestia, con las ropas, pelo y rostro, ensangrentados y mugrientos, cuando advirtió que una mano le entregaba un paño. Alzó la vista y se encontró con los ojos negros más penetrantes y la sonrisa más seductora que había observado en un muchacho.

domingo 8 de marzo de 2009

Horas crepusculares


Después de ocho décadas, Shaylee regresó a aquel bosque en el que su madre la había encontrado llorando, un día de primavera.

Se aproximó al viejo arce, junto al lago, y lo rodeó con sus brazos impregnándose de esencia de vida; encauzando después sus pasos sobre la alfombra de hojas ocres y rojizas hasta alcanzar el borde del estanque. Al asomarse a sus aguas vio el reflejo de los surcos de su rostro y los cabellos plateados junto a las ramas desnudas de los árboles. Era incuestionable que el bosque y ella vivían sus horas crepusculares; una escena repetida en incontables otoños.

Dejó caer su túnica y se dirigió al centro del lago. Cuando el agua la cubría por encima de la cintura, cerró los ojos y aspiró profundamente el húmedo aroma otoñal. Había vagado por el mundo siendo antorcha y por su mente desfilaron cada una de las personas a las que transmitió su luz. Una honda satisfacción la invadió.

En seguida abrió los ojos al tiempo que elevaba sus brazos al cielo invocando a los seres elementales que moran en el bosque, en aquel idioma invernado durante ochenta años. Aparecieron de la nada y al unísono formaron un círculo, rodeándola. Cánticos y plegarias eran piezas claves en aquel ritual milenario. Shaylee comenzó a resplandecer. Cuando la luminiscencia desdibujó su silueta se sumergió en las aguas sagradas del lago, iluminándolo hasta que la luz se ahogó. Una de sus hermanas hada hizo emerger un bebé que cuidaría hasta la siguiente primavera.

Un enérgico llanto sobresaltó a una pareja que transitaba por aquel paraje. Los sollozos les guió hasta una niña. La mujer la tomó contra su pecho y henchida de felicidad tuvo la certeza de que su esterilidad había sido bendecida.


jueves 1 de enero de 2009

El soldado de San Nicolás


—Son muchos los que niegan la existencia de la magia, pero os puedo asegurar que se equivocan.

Como siempre que el viejo padre Abel se disponía a narrar una de sus historias, los pequeños del Hospicio de San Nicolás se sentaban en el suelo frente al calor del hogar. Todos, menos uno. Miguel permanecía junto a la ventana observando los copos de nieve caer. El clérigo lo miró con ternura e inició el relato.

Les contó que hacía muchos, muchos años, cercana la Navidad, en el orfanato había ingresado un niño flacucho y sucio. Parecía tener dos alambres por piernas y de su afilado rostro sólo resaltaban unos grandes ojos verdes. Sucedió que una mañana la madre del pequeño, al encontrar tan vacíos los platos del desayuno como la alacena, presa de la desesperación, abrió la puerta de su casa y comenzó a caminar descalza, hasta que la imagen de su camisón se confundió entre la nieve.

Dos días después una vecina lo encontró solo, acurrucado en un rincón del comedor, muerto de hambre y de frío; enfermo de tristeza. Ella ya tenía muchas bocas que alimentar, así que sin perder tiempo lo llevó al hospicio.

El niño no se integró en la rutina del orfanato. No lo reanimaba tener un plato de comida sobre la mesa, ni lo confortaba las atenciones de sus compañeros; ni siquiera el hogar lograba sacudirle el frío de su corazón. ¡Los demás niños eran huérfanos! Pero él tenía una madre que no lo quería, ¡lo había abandonado…! Esa idea transitaba con fuerza desde su mente hasta su alma, magullándola. Se volvió huraño, indisciplinado y respondón. Fue entonces cuando el padre Santiago, el rector por aquella época, habló con él y, tratando de aplicarle un bálsamo, le reveló que la vida no nos hace pasar por experiencias que no podamos soportar y…

—¡Eso son bobadas! —interrumpió Miguel, con los puños cerrados.
—Te entiendo, hijo…—trató de calmarlo el padre Abel.
—¡Bah…! ¡Qué me va a entender un cura tonto y viejo…!

La mayoría de los niños exclamaron un ¡oh! de estupor, unos pocos hasta se levantaron, pero el padre Abel sonrió y les dijo que no tenía importancia, haciéndoles gestos para que se sentaran. Miguel les dedicó una mirada indolente, antes de dirigirse con pasos lentos hacia el último ventanal del salón. Después se sentó en una silla de enea y clavó su mirada en la nevada del exterior.

Con voz calmada, el sacerdote prosiguió relatándoles la historia a los chiquillos. Les contó cómo el padre Santiago, viendo el decaimiento de aquel pequeño, decidió llevárselo con él al pueblo para hacer las compras navideñas. Pensó que el viaje y la oportunidad de entregar la Carta de Reyes con las peticiones de sus compañeros y la suya, podría animarle.

No se equivocó. En el instante que la carreta entró por la calle principal, al niño se le fueron iluminado sus verdes ojos, al percibir el Espíritu de la Navidad presidiendo cada rincón. Guirnaldas confeccionadas con acebo y lazos rojos pendían de las calles; un coro cantaba villancicos en la esquina; las tiendas lucían aderezos navideños en sus escaparates y al fondo se podía contemplar un gran abeto colmado de estrellas doradas, en el centro de la Plaza Mayor.

Una vez guardadas las provisiones en la carreta, el padre Santiago llevó al niño al taller de Octavio, el carpintero. Un anciano que había aprendido el oficio al lado de Maese Gepeto y que estaba por salir de viaje a Oriente. El padre Santiago le explicó que no confiaba en el Servicio de Correo. Era más seguro dársela a Octavio, porque cada año él se encargaba de entregarle la Carta de los Reyes a uno de los pajes, en mano.

La felicidad del pequeño fue efímera, y, de la misma forma que el niño se acercaba al orfanato, la tristeza se aproximaba a él. Ya no se le desprendería en todas las fiestas. No podía evitar recordar las navidades del año anterior, con su padre haciendo un muñeco de nieve en el jardín mientras su madre cocinaba el tradicional pavo. Eran felices, hasta que meses después, una diligencia atropelló a su padre, dejándolos a su madre y a él en la pobreza más atroz.

El padre Abel sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó. A través del reflejo anaranjado de la lumbre contempló las caritas tristes de los chiquillos. Después lanzó una mirada de preocupación a Miguel y lo invitó a acompañarlos con un gesto. Él lo despreció antes de pegar la nariz al cristal de la ventana.

El cura carraspeó y moduló la voz para poder continuar narrándoles que apenas despuntó la mañana de Reyes unas voces despertaron al niño, quien fingió estar dormido mientras escuchaba una conversación en el recibidor del orfanato, entre el padre Santiago y otro de los clérigos. Preocupados comentaban que sólo habían dejado sesenta y dos juguetes y que faltaba uno. Para asegurarse repasaron el listado: espadas, caballitos, marionetas…en efecto, faltaba uno de los soldados.

El niño se dijo que con su mala estrella seguro era el que él había pedido y ya no pudo recobrar el sueño.

Pasado un buen rato, quizá horas, escuchó un ruido que parecía provenir de la puerta de la entrada. Curioso, por si eran Los Reyes Magos de Oriente, o algún paje que volvía para reponer el desliz, se levantó y se acercó sigilosamente al recibidor, quedándose inmóvil bajo el dintel de la puerta del dormitorio.

El corazón le latía con fuerza dentro del pecho. La puerta se entreabrió. Pero sólo pudo ver cómo la estela vaporosa de los rayos del sol se colaba en el interior alumbrando el árbol de Navidad con los juguetes a sus pies. Un ruido le hizo mirar hacia abajo, quedando fascinado ante lo imposible; un soldadito de madera caminaba con un gracioso balanceo. Cuando el soldado llegó junto a otro que parecía ser de mayor graduación, taconeó y, cuadrándose, le dijo: “¡Misión cumplida, señor!”. Sin tiempo para salir de su desconcierto, percibió una sombra en la puerta. Era su madre que con la mirada perdida seguía al juguete. Al verlo a él, como por arte de encantamiento lo reconoció, recobrando la memoria y la razón. Corrió a su lado y se fundieron en un cálido y largo abrazo, entre besos y sollozos.

Los ojos esmeraldas del padre Abel se humedecieron. Miró las caritas perplejas de los pequeños, pero emocionadas y satisfechas por el venturoso final. Menos la de Miguel, que apretaba los labios en una fea mueca intentado reprimir las lágrimas, pugnando por salir.

—¡Bah! ¡Sólo es un cuento estúpido…! —gruñó, mientras se pasaba la manga del jersey por la nariz.
—¿Te lo parece, hijo…? Anda, acércate y siéntate con nosotros, junto al fuego, que hace mucho frío. O acaso estás cosido a esa ventana…

El pequeño se encaminó hacia el hogar con fingida desgana. Se sentó junto a los compañeros, que ya le habían hecho un sitio mientras pedían que les contasen otra historia. Pero el cura primero se dirigió al recién integrado.

—Miguel, mañana me acompañarás al pueblo, haremos las compras navideñas y entregaremos la Carta de los Reyes Magos. ¡Ah!, y podrás conocer al viejo Octavio, antes de que parta para Oriente.

miércoles 24 de diciembre de 2008

Premio Symbelmine


Symbelmine son aquellas flores que, según Tolkien, crecen sobre las tumbas de los reyes Rohirrin. Flores también conocidas como "no me olvides".La idea es otorgar este premio en agradecimiento a los blogs, premiando su trabajo y como un motivo más para estrechar lazos existentes, para que así, no nos olvidemos de esos blogs que hacen que cada día queramos seguir haciendo lo que hacemos"

1.- Elegir 7 blogs o sitios de Internet que por su calidad, su afinidad o cualquier razón hayan conseguido establecer un vínculo que desees reforzar y premiar con un premio y enlazarlos en el post escrito.
2.- Escribir un post mostrando el premio, citar el nombre del blog o web que te lo regala y notificar a tus elegidos con un comentario.
3.- Opcional: Exhibir el Premio en tu blog.

(Esta información ha sido tomada prestada del blog de Lola Mariné)


En primer lugar quiero dar las gracias a Juan Pan, El Lugar de Juan Pan es su blog, por haberme otorgado este premio. Juan es una de las primeras personas que me animó a escribir cuando entré en un foro literario y tiene una novela publicada. Muchas gracias, amigo, este año te adelantaste a Papa Noel; no esperaba este regalo.

Ahora paso encantada a cumplir con los requisitos de este premio.

Siento que me dejo otros buenos blogs fuera, pero no podía darle el premio a todos. Así que va para:

Conchi, por Compartiendo experiencias. El título de este blog no puede ser más apropiado. Conchi es una maestra generosa que ama su profesión y este blog está dedicado a los niños.

Esther, su blog es Necesidad y azar. A Esther la conocí cuando me inicié en esto de juntar letras, en un foro literario. Es una excelente lectora, con sus ojos de RX es capaz de detectar todo aquello que no encaja en un relato. Gracias, amiga, sin ti mis cuentos no serían los mismos. Y, ¡cómo escribe!

Felipe Sérvulo y su Inventario de silencios. La casualidad hizo que entrara en mi blog. Cuando le devolví la visita, me encontré con un blog lleno de elegancia, encanto y poesía. Sus poemas que adereza con una magnifica colección de fotografías antiguas, es una delicia. ¡Bendita casualidad!

José Filipe es fotógrafo y su blog es José Filipe Photo. Tiene una gran sensibilidad para captar momentos mágicos. Pasearse por su blog viendo sus instantáneas es como entrar en un lugar lleno de magia y paz.

Montse de Paz, es una estupenda escritora que ha publicado tres libros, y ¡los que le quedan! Pero también es una estupenda persona y por eso abrió un blog Andanzas de una escritora en busca de editorial, por si con su experiencia puede ayudar otros a abrirse camino. Mi humilde reconocimiento, amiga.

Pepsi, con su chispeante ingenio creó su blog es una lata..., donde nos ofrece sus imaginativos cuentos. Escritos con una fórmula única y secreta donde no todos los ingredientes son conocidos, aunque se pueden distinguir claramente la ternura y las burbujas.

Turkesa, exhibe una sensibilidad exquisita en su blog EXPRESA-MENTE letras TURKESA. Leer su prosa poética siempre me transporta a un mundo de ensueño, como si pudiera observarlo a través de una gasa mecida por el viento. En sus textos es frecuente que aparezcan seres angelicales, entre los que se mueve divinamente. Por algo será…
Es una suerte compartir este espacio virtual con vosotros.

Un beso a todos.

viernes 21 de noviembre de 2008

Antes de la medianoche


—¡Date prisa y mete esas bolsas en el maletero!
—¡Tranquila, Andrea…! ¡No ves cómo nos miran los niños!
—Está bien, pero aligera. Debemos irnos de aquí antes de la medianoche.

Hugo resopló y pensó que sería mejor no llevarle la contraria a su esposa. Andrea era pertinaz cuando se trataba de seguir una de sus corazonadas. A consecuencia de esos impulsos había realizado algunas extravagancias en su vida.

Hacía varios meses que Andrea se pasaba largos ratos observando un vetusto arcón que descansaba en el aparador de la tienda de antigüedades. “Así te podremos tener los dos a la vez y ya no me sentiré celoso…”, le había dicho Hugo a su esposa, ante la cara de sorpresa que puso al ver el apreciado mueble instalado en medio de su comedor.

El arcón no estaba vacío y Andrea disfrutó rebuscando, extrayendo y examinando los tesoros ocultos en él, como si por encantamiento hubiera regresado a su infancia. La mayoría eran objetos inservibles, llenos de óxido, moho y polvo, que le hacía estornudar. Cuando llegó al fondo encontró un pequeño libro, con las tapas algo desvencijadas y las hojas amarillentas. Lo abrió expectante y comenzó a leerlo con avidez. Se trataba de un manuscrito perteneciente a un sacerdote que regía la parroquia de Rioseco y databa del año 1808.

Durante las semanas siguientes, el manuscrito se convirtió en su fiel compañero y solía llevárselo a la oficina para leerlo en sus ratos libres, tanto como en su casa. Hacia la mitad se recogía un insólito acontecimiento iniciado la misma noche de difuntos de ese año. Desde Rioseco se estuvo observando unos destellos en distintos puntos de Teral, la ciudad vecina situada a un kilómetro. Al principio no le dieron importancia, pensando que se trataba de algún evento con motivo de los festejos y, al finalizar los suyos, los habitantes del pueblo se fueron a dormir con total normalidad. El tono en que el párroco narraba los hechos era solemne y apesadumbrado, distinto del que había sostenido hasta ese momento. Andrea sintió una punzada e intuyó que tenía en sus manos una joya de incalculable valor histórico para su ciudad.

Cuando Rioseco amaneció, según rezaba el manuscrito, ya eran visibles varias columnas de un humo negro y denso. La gente formaba corrillos en las calles y, alarmados, hacían cábalas sobre qué debía estar ocurriéndoles a sus vecinos y la conveniencia de acercase a la ciudad. Antes de que pudieran decidir qué hacer, por la avenida principal, vieron una carreta tirada por dos caballos, al galope. Era Arístides, el herrero de Teral. Acalorado, sudoroso y con la ropa y cara cubiertos de hollín, les contó, casi sin resuello, que toda la ciudad estaba en llamas. Durante la noche se incendiaron todas las casas, de forma inexplicable. Uno de los vecinos aseguraba que había visto salir extraños rayos desde la mansión Miraval, la última en caer, pero lo hizo bajo el incendio más pavoroso. Andrea cerró el librito de un golpe, sobrecogida. Temía lo que podría encontrarse si continuaba leyendo. Nunca escuchó decir que semejante tragedia hubiera ocurrido en su ciudad.

Tardó dos días en retomar la lectura del manuscrito; pero sentía la obligación moral de llegar al final y, dependiendo de lo que averiguara, entregarlo a las autoridades locales, después. El sacerdote narró cómo se organizaron formando brigadas para acudir a socorrer a sus vecinos. En menos de una hora partieron cuatro carretas hacia Teral. Cuando llegaron se quedaron paralizados ante aquel paraje dantesco: heridos recostados en el suelo, muebles carbonizados y casas derruidas sobre sí mismas; Teral era lamentos, cenizas y humo. Andrea no pudo reprimir unas lágrimas.

Pronto las brigadas se pusieron en acción, atendiendo a los heridos y evacuándolos en las carretas. Buscaban supervivientes, pero en el camino también se toparon con muchos cadáveres, que depositaban agrupados en una explanada sin edificar. Así fueron avanzando por la ciudad hasta que llegaron a la mansión Miraval, encontrando a sus habitantes carbonizados. Ya estaban a punto de abandonar el sitio cuando escucharon un ruido que parecía salir del sótano de la casa. Apartando muebles y tablones quemados, aún calientes y humeantes, dieron con la escalera que daba acceso al lugar. Bajaron por ella, pero apenas se podía ver hasta que uno de los rescatadores encendió un quinqué. Sin saber bien de dónde, salió Marian, la hija de la familia, que se abrazó llorando a uno de los hombres. En seguida revisaron a la niña; no tenía ni un rasguño. El sótano también estaba intacto, lo único que se había calcinado era una maqueta de la ciudad, que descansaba sobre una mesa, indemne. Andrea, acomodada en su sofá, siguió leyendo febrilmente, dominada por la historia.

El trayecto de regreso a Rioseco, después de la dura jornada, discurría en silencio. La carreta estaba ocupada por el párroco, otros vecinos del pueblo y Marian, que permanecía muda y acurrucada en una manta. De pronto, Jonás, el arriero, reparando en la fecha, rememoró una historia que le había contado su abuela, que a su vez le había contado la abuela de ésta. No era la primera vez que Teral era arrasado por las llamas. Según la leyenda, esto ya había sucedido en 1608. Unos meses antes del siniestro, Teral sufrió una de las peores plagas de peste que se recordaba. Éste hecho se le atribuyó a una joven, quien fue señalada por una vecina que le envidiaba su belleza y el marido. Resultó condenada por brujería y estando en la hoguera, en medio de los alaridos por los terribles dolores, profirió una maldición: Teral, los vecinos y sus descendientes pagarían su culpa, siendo arrasada cada doscientos años. La noche de difuntos de ese mismo año, el juramento se cumplió al declararse un espantoso incendio que asoló la ciudad. Andrea se quedó petrificada. Faltaban pocos días para que el plazo expiase.

Ya había leído más que suficiente y estaba sumamente preocupada. Hugo ya dormía, así que no pudo ponerle al día. De todas formas, él no creía en la autenticidad del manuscrito ni de su autor. Sabía que nadie la creería. No durmió en toda la noche pensando qué debía hacer con su descubrimiento.

Al día siguiente le trazó su plan a Hugo. La noche de difuntos saldrían a las afueras de la ciudad; si ella estaba en lo cierto y la historia se repetía, podrían actuar a tiempo, avisando a las autoridades, al menor atisbo. Si erraba regresarían tranquilamente a la mañana siguiente y ella misma quemaría el manuscrito en la chimenea, olvidando el tema para siempre. Él aceptó con tal de calmarla.

Hugo arrancó el coche resignado a pasar la noche de difuntos sin dormir y haciendo inútilmente de vigía. El coche se encaminaba hacia la salida de Teral, cuando una discusión entre los niños, distrajo la atención del padre al volante. Su hija se había desabrochado el cinturón de seguridad y él se giró un instante. Fue suficiente para que perdiera el control en mitad de una curva. El vehículo dio varias vueltas sobre sí mismo, chocando, finalmente, contra una roca que provocó que acabara incendiándose.

La niña salió despedida del coche. Se levantó del asfalto sin un rasguño y comenzó a desandar el camino.

sábado 11 de octubre de 2008

Un bibliógrafo en la familia


Cuando alcancé el último peldaño, mis piernas flaquearon. Mis padres vivían en el ático de un edificio antiguo y sin ascensor. Descansé tratando de recobrar el aliento antes de tocar al timbre. Al otro lado de la puerta me esperaba una madre hambrienta de cariño, capaz de acabar con el poco resuello que me quedase. Aquella puerta me devolvía sentimientos encontrados: ganas de entrar, y, más, de salir.

Me armé de valor y llamé. Antes de que me diera cuenta tenía colgada a mi madre del cuello, que me llenaba de besos sonoros toda la cara a la vez que me hacía multitud de reproches por aparecer sólo en Navidad. Primer asalto: la ineludible cuestión de mi falta de novio. Cómo le explicas a tu madre que jamás se cruzó en tu camino el ansiado príncipe azul, sino sólo algún que otro sapo.

–Nena, se te va a pasar el arroz. ¡Uy! ¡El arroz! ¡Ven a la cocina!

Arroz con leche era el tradicional postre navideño en mi casa. Sí, este postre es más propio de Semana Santa, pero, digamos que mi madre es original. Nada de arbolito, guirnaldas y bolas de purpurina; nada de belenes; nada de turrones y mazapanes; nada de pavo…Nada de nada. Aún así quise congraciarme con ella.

–¡Tiene una pinta deliciosa!

–¡¿Tú también vas a comerlo?!

Giré la cabeza y la encontré mirándome por el rabillo del ojo. Le contesté con otra pregunta.

–¿Por?

–Cielo… ¡Es que se te está poniendo un trasero enorme! Así no habrá manera de que te cases nunca ni me llenes la casa de nietos.

Segundo asalto perdido, en cinco minutos me había hundido en la miseria. Era imposible lidiar con ella. Decidí entrar al despacho a saludar a mi padre.

Mi padre repartía su tiempo de ocio entre el despacho, donde cultivaba su desmedida afición por los libros, y los mercadillos de ocasión, adquiriendo sorprendentes gangas literarias con las que repoblaba las estanterías que ocupaban totalmente las paredes de su rincón favorito.

–Hola. ¿Otra vez por aquí?

Fue todo lo que dijo mientras depositaba sobre el escritorio un ejemplar de “Cien años de sobriedad”, que estaba estudiando. También cerró el cuadernillo negro en el que hacía sus anotaciones. No hubo besos. Siempre pensando en cómo economizar, debía estar convencido de que su esposa ya había hecho suficiente dispendio. A veces estaba persuadida de que mi progenitor, en una vida anterior, había conocido a Charles Dickens, y que aquél lo tomó como modelo del Sr. Scrooge.

Un murmullo de regocijo invadió el despacho. Provenía del exterior, obviamente. Era mi hermano con su esposa y su pequeño retoño de doce años, Jonathan. Milagros era tan distinguida, avispada y locuaz… Esto último, con excepción de cuando trataba de definir a su marido: “Ya sabes cómo es tu hermano: cortito”.

Fui al comedor a saludarlos. A Milagros nunca pude volver a verla de igual forma desde aquel aciago día en que entré en su dormitorio, despistadamente, sin tocar con los nudillos: Milagritos enfundada en cuero negro, máscara incluida, y fusta en mano, blasfemaba y sacudía la vara sobre su montura: mi hermano. Aquella frase entre bromas con la que él solía amenizar las sobremesas de las bodas y demás eventos familiares: “Trátame mal y tendrás hombre para toda la vida”, cobró una fuerza inusitada.

Mi padre también salió para atender al resto de la familia. Sentía debilidad por Jonathan, un chico muy serio, inteligente y maduro. Estaba orgulloso del interés que su nieto mostraba por la literatura y pasaban juntos horas encerrados en el despacho, hablando, leyendo y ordenando los libros en sus estanterías.

De pronto sonó el timbre de la puerta. Mi madre la abrió y un Papa Noel cargado con paquetes hasta las cejas nos dijo: “¿El señor Jonathan Pérez? Traigo el pedido que hizo por Internet”. Ante nuestra perplejidad, el niño se fue abriendo paso hasta llegar delante de aquel repartidor de unos famosos grandes almacenes. “Deje los paquetes junto al sofá”, ordenó con decisión. Y dándole las gracias y un billete de cincuenta euros de propina, lo despidió con el aplomo de un caballerete.
Todavía estábamos desconcertados, cuando Jonathan tomó uno de los paquetes y se lo entregó a mi madre con gran esfuerzo, pues parecía pesado. La abuela, expectante, se deshizo rápidamente del lazo y del papel dorado. Y al abrir la caja de cartón se encontró con un microondas último modelo, al tiempo que lanzaba un grito. La sorpresa hizo que cruzáramos las miradas de inmediato. Milagros, ilusionadísima y orgullosa, nos explicó que su hijo llevaba meses ahorrando la paga para hacernos unos buenos regalos navideños.

Jonathan se encaminó de nuevo hasta llegar a los paquetes, tomó uno pequeño, vino hacia mí y me lo entregó. Yo no me atrevía a desvelar el secreto, visto lo anterior, tragué saliva y rasgué el papel dorado, topándome de bruces con la foto de una video cámara digital en la caja. Me quedé muda y pensando en cuántas golosinas habría tenido que renunciar mi pobre sobrino para hacerme tamaño regalo. Me emocioné.

De nuevo, Jonathan tomó firme otro de aquellos paquetes y se lo entregó a su padre. Feliz, como siempre, con esa felicidad que da la bendita inocencia, abrió su regalo encontrándose con un navegador GPS para su coche. Besó y abrazó a su niño entusiasmado, llevaba mucho tiempo soñando con uno de esos aparatos, porque siempre se perdía cuando conducía, y cuando no, también. Pero eso ya es otra historia…

Mi madre dijo que algo no encajaba, que si no nos habíamos dado cuenta del importe al que ascendía aquellos regalos, más los que estaban por abrir, todavía. Milagros, ofendida, volvió a insistir en que su hijo llevaba mucho tiempo ahorrando su paga. Los ánimos se iban caldeando y la abuela dijo que aquello era imposible, que parecía que Jonathan hubiera asaltado un almacén de electrodomésticos. Milagros gritó que la abuela siempre había sentido animadversión por el nieto y no sé qué de una bruja que no acabé de oír bien. Ella sabía que Jonathan los había encargado por Internet y pagado con un giro postal, ¡con sus ahorros! Mi hermano, callaba. Yo les recordé cómo me había extrañado que mi sobrino entregase ¡cincuenta euros de propina al repartidor! Y la abuela gruñó a Milagros: “¡Ahí lo tienes! ¡Ni que le dieras una paga de ministro al niño…!”. Entonces vi mi oportunidad y la aproveche, lanzándole a mi madre: “¡Ves!, ¿para eso tienes tanto empeño en que me case y te dé nietos…?”. El niño, con compostura, dijo que sólo quería regalarnos aquellas cosas que nunca habíamos podido comprarnos gracias a la tacañería del abuelo. En medio de todo aquel alboroto me percaté de que mi padre ya no nos acompañaba en aquellas pequeñas disquisiciones familiares.

En aquel preciso instante, mi padre entraba en el comedor con una pila de libros y la libreta negra de la que jamás se despegaba y los dejó encima de la mesa. Intrigada, les dediqué una rápida ojeada: “El nombre de la bolsa”, “La casa de Bernarda Avara”, “El señor de los dinerillos”, “D’Artagnan y los tres peseteros”, ¡claro, menudas gangas! Un pequeño rayo de luz se abrió paso en mi mente. El abuelo pidió silencio y, ante nuestra expectación, abrió la libreta negra, tomó el primero de los libros y declamó: “Página, 143: 100 euros; página, 270: 50 euros; página, 368: 200 euros” y así hasta que llegó al final de la pila de libros: “En total: 1.400 euros, ¡míos!, que tenía ahorrados, y que el pequeño Alí Babá, ¡ha dilapidado en estúpidos regalos para vosotros!”.
¡Nos miramos atónitos! Cómo podíamos imaginar que aquella devoción por la literatura sólo fuera una tapadera con la que convertir su despacho en un paraíso fiscal.

jueves 21 de agosto de 2008

En el límite del mal


El carruaje se detuvo frente a la villa de los Salvatierra. El cochero abrió la puerta y ofreció su mano a la joven pasajera. Constanza le sonrió, gesto que fue tomado como una muestra de cortesía, cuando en realidad era la reacción que le habían provocado las palabras de aquel hombre al nombrarle el lugar de su destino: “¡Alabado sea el Señor! Señorita, ya sabe que esas tierras están en el límite del mal…”.

Constanza Salvatierra conocía poco acerca de aquel lugar, sólo lo que su difunto padre, Pelayo, solía contarle en las tardes de verano a la hora de la siesta, mientras los dos descansaban tumbados bajo un viejo sauce. Le gustaba evocar los días felices de su infancia, las noches de parranda en su juventud, pero siempre mudaba la expresión al recordar la forma abrupta con la que abandonó su casa. Pelayo discutía constantemente con su padre, Don Rodrigo, pues el viejo hacendado nunca aceptó a la esposa de su hijo. Levantaron una muralla que no supieron franquear con el nacimiento de la nieta, ni a la muerte de la madre de la pequeña, dos años después. Ambos siguieron ahogándose en su orgullo.

A Don Rodrigo la vida le había golpeado duramente al conocer la muerte de su único hijo. Lejos estaba de ser el arrogante aristócrata de antaño, ahora sólo era un abuelo anhelante por cuidar de su nieta. Quizá por ello, no esperó a que Constanza entrara y fuera anunciada por el mayordomo, como hubiera hecho en otro tiempo mientras esperaba sentado detrás del escritorio, sino que recorrió con agilidad la distancia entre ellos sin acordarse de los achaques de la edad. El corazón le había ganado y se abrazó a su nieta con una emoción intensa, alimentada por los años perdidos.

A la joven no le costó adaptarse al nuevo hogar; su abuelo la colmaba de afecto, la instruía en el manejo de la intendencia de la villa y delegaba responsabilidades en ella. Esa noche Don Rodrigo celebraba una cena en honor de su nieta para presentarla a sus vecinos. Constanza lucía radiante, sus ojos chispeaban y de su boca no se borró la sonrisa en toda la velada. Se desenvolvía con destreza como anfitriona conversando con los invitados, especialmente con uno que absorbía casi toda su atención, Don Diego de Arce, conde de Benasalem, cuyas tierras eran colindantes con las de su abuelo. Había despertado su ternura, pues parecía estar revestido de tristeza. Él se quedó prendado de su hermosura, alegría y la cálida luz que irradiaba, reconfortando su alma gélida. El viejo Salvatierra se alarmó al advertirlo, poseía la suficiente experiencia de la vida para reconocer la atracción que sentían los dos jóvenes, y lo que menos deseaba era ver cerca de su nieta al conde de Benasalem.

Cuando los invitados se hubieron marchado, Rodrigo se sentó al lado de su nieta. Le tomó una mano y se la acarició con cariño mientras, pinchado por su inquietud, le contaba los lances de tan aciago linaje. Infamia y sangre eran los blasones del conde de Benasalem. Desde su infancia había sido cebado por los rencores. Venganzas entre familias que se perdían en los tiempos le llevaron a apropiarse de terrenos mediante extorsiones y crímenes que nunca podían ser probados, ya que contaba con importantes influencias, pues estaba emparentado al monarca. Todos le temían. Constanza no podía dar crédito a lo que le estaba contando su abuelo; ella había sentido su tristeza, su fondo noble. Quizá fueran exageraciones de los lugareños, envidiosos de su fortuna y sus habilidades para negociar. Intentó tranquilizar al anciano, prometiéndole que nunca se vería con Diego, si bien los latidos de su corazón le presagiaban lo contrario.

Aquella mañana de primavera el sol brillaba en un cielo despejado. Constanza salió a montar, según era su costumbre. Le gustaba sentir la caricia de los rayos en la piel, el viento en el rostro, y el olor de la hierba; cabalgar le hacía encontrarse en comunión con la vida y la naturaleza. Siempre se dirigía al mismo lugar, un paseo escoltado por cerezos en flor a ambos lados, tocando el límite de la villa. Descabalgó y acercándose a un árbol tomó una de sus flores rosas.


“No las envidies. Tú eres más hermosa que ellas”, escuchó a aquella irresistible voz varonil. Constanza se giró y sonrió al galante jinete que estaba desmontando de su corcel. A Diego le embelesaba verla enmarcada entre los cerezos, vestida de terciopelo rubí. La melena suelta, oscura y lacia, le confería un aire salvaje que le arrebataba los sentidos. Gozar de su amada era un sueño que vivía en secreto desde hacía seis meses y del que esperaba no despertar jamás. La envolvió fuertemente con sus brazos por el talle y bebió de su apacible mirada hasta que se hubo saciado. Luego la recostó contra el tronco de un cerezo e incitado por el generoso escote comenzó a acariciarlo con el dorso de la mano, que fue subiendo sin prisa por su largo cuello hasta llegar a su boca. Observaba complacido cómo la respiración de Constanza se tornaba más agitada. Ella le besó en los dedos, y él besó su boca con ardor iniciando una coreografía conocida y anhelada por ambos.

La joven entró en la casa como una exhalación, radiante y con las mejillas arreboladas. Don Rodrigo la esperaba impaciente; al verla llegar suspiró aliviado y la hizo pasar a la biblioteca. Aquella madrugada los miembros varones de los Ródenas habían sido aniquilados, incluido el benjamín que contaba doce años; seis personas en total. Todos sabían quién estaba detrás, el conde de Benasalem ayudado por sus esbirros; hacía años que codiciaba esas tierras. A Constanza le cayó el mundo encima. La biblioteca parecía girar alrededor de ella mientras la voz de su abuelo se hacía lejana. Rodrigo se dirigió frente a su nieta y la sacudió por los hombros, sacándola de su turbación. Preocupado por los posibles disturbios, le hizo prometer que no saldría de la hacienda hasta que las cosas se hubieran calmado.

Pasó la noche en vela, envuelta en las tinieblas de sus pensamientos. “Te regalaré la villa de los Ródenas. Toda la comarca será tuya cuando seas mi esposa”, las palabras dichas semanas antes por Diego con desenfado, y que ella tomaba como fanfarronadas, ahora le helaban el alma. Recordó los zarpazos repartidos por su piel, que esa misma mañana había besado con devoción creyendo que eran heridas provocadas por un animal salvaje, sin sospechar que la alimaña era él. Las lágrimas corrían por sus mejillas hasta llegar a su boca y ella probó el sabor salado de aquellas fuentes inagotables. Lo único que la confortaba era saber que su abuelo desconocía su relación. La joven se dirigió a la alcoba de aquél, entreabrió la puerta y se preguntó cuánto tiempo podría verlo dormir plácidamente. Estaba segura de que al no acudir a sus citas secretas, Diego vendría a buscarla. Allí mismo tomó una resolución.

Al alba entró en la biblioteca y dejó una carta en la que le revelaba a su abuelo todo lo acontecido, y la firme decisión que había tomado. Cruzó el jardín y antes de partir echó una mirada al castillo del conde de Benasalem, observando que las brumas lo sitiaban y las aves volaban bajo. Se apresuró antes de que comenzara la tormenta. Sus pasos se encaminaron hasta el convento de Santa Clara, donde ingresó Constanza Salvatierra para convertirse en la hermana María.

“¡Al diablo con ella! ¡Olvídala! ¡No la necesitas! ¡Nunca has necesitado a nadie!”, fue la letanía que bramó durante semanas el conde de Benasalem, cuando alcanzaba la embriaguez.



Meses después, en el convento de Santa Clara, Sor María trabajaba en el huerto bajo un fuerte sol. Se detuvo para reposar y enjugarse el sudor. Después miró sus encallecidas manos recordando cómo había sido su existencia desde que vivía entre muros. Unas lágrimas se deslizaron por su rostro al pensar en su larga melena, ésa que Diego adoraba y que no volvería a acariciarle jamás: siguiendo las normas de su congregación se la cortaron el mismo día de su llegada. Rememoró la forma en la que pasó de los lujosos vestidos de seda de Damasco al austero hábito de grueso algodón. Atrás había quedado la vida mundana intentando alcanzar algo de paz; plegarias, ayunos y trabajo eran su día a día. Aún así le era imposible desprenderse del amor por el conde, que en la distancia le abrasaba.

El único evento destacable en ese tiempo fue la construcción de una extraña torre, frente al patio del convento. Las hermanas se divertían haciendo cábalas sobre la finalidad que tendría, ¡en pleno campo! Guiada por estos pensamientos levantó el rostro en aquella dirección, y, allí, en la ventana de la torre, estaba el conde de Benasalem. Un escalofrío recorrió su cuerpo.

Diego la contemplaba hondamente, su alma voló transportada por el viento hasta encontrarse con la de aquella clarisa. Sus miradas quedaron suspendidas en el tiempo. Constanza anhelaba salir corriendo a su encuentro, volver a sentirse entre sus brazos, codiciaba sus caricias, besarlo, pero, asustada ante sus propios sentimientos, dio media vuelta y se dirigió hacia el claustro. El conde, fuera de sí, gritó: “¡Constanza! ¡¿Qué te has hecho?! ¡¿Qué nos has hecho?! ¡Nos has condenado a la infelicidad!”. Diego se derrumbó sobre el alféizar de la ventana. Acudió todos los días, pasando horas en aquella torre mandada construir para poder ver a su amada, con la esperanza de calmar su atormentado espíritu.

Transcurrieron dos meses de martirio. Esa noche, Sor María estaba reclinada al pie de su camastro rezando como todos los días, pidiendo perdón porque Constanza ambicionaba escaparse y permanecer unida a Diego. Voces en el pasillo y golpes de puertas violentadas la sacaron de su recogimiento. Apenas le dio tiempo de incorporarse cuando el conde irrumpió en su celda. Al verlo, el ritmo de su corazón se aceleró.

El escándalo hizo que algunas hermanas se congregaran junto a la puerta. En la atmósfera reinaban miradas de asombro, acompañadas por cuchicheos causados por el estupor. Dos monjas entraron en la celda y trataron de sacar al conde. No existía fuerza humana capaz de hacerle desistir de su empeño y llegó frente a Constanza. Sus ojos preñados de deseo revelaban su propósito, pero la delgadez de ella, su rostro pálido y ojeroso se le clavaron como flechas incandescentes. Acarició su mejilla haciendo que la joven se estremeciera y cerrara los ojos. El olor de su piel la transportó al dulce aroma de los cerezos en flor. Aturdida apartó con un gesto brusco la mano que le quemaba, sintiendo una presión en el pecho que no la dejaba respirar.

Constanza se desmayó a sus pies. Diego hizo ademán de recogerla, pero se quedó paralizado. La clarisa, todavía inconsciente, empezó a elevarse, como si alguien la estirara de los hombros. Algunas hermanas se arrodillaron. Cuando Sor María llegó a la altura del conde levantó la cabeza y clavándole la mirada, habló: “Diego, esta noche vas a morir. Vagarás cabalgando a lomos de tu caballo para pagar tus pecados. A mi muerte yo te vigilaré desde arriba, y algunas veces te acompañaré para ayudarte a purgar tus crímenes”. La monja se desplomó. El conde de Benasalem, con el horror dibujado en su cara, huyó despavorido como si le persiguiera el diablo.

Varias noches después, Sor María se despertó, sobresaltada, al oír el galope y el relinchar de un caballo. Cada vez lo oía más cerca y se levantó para comprobar quién andaba rondando el convento. Asustada, fue hacia la ventana y la abrió. Miraba en todas las direcciones, asida a las rejas, pero en la densa oscuridad no distinguía nada. De pronto percibió que el caballo pasaba frente a ella, deteniéndose un instante. Advertía una presencia mirándola, y un intenso frío la estremeció, atravesando su espinazo. Aguzando la vista pudo distinguir un ligero vaho, pero el jinete emprendió la huida, dejando sólo visible una columna de polvo bañada por la luna. Regresó a su camastro, pero no pudo conciliar el sueño en toda la noche.

A la mañana siguiente, la joven clarisa se dirigía a hacer sus labores, caminando por el claustro, cuando algo llamó su atención en el patio. Un corrillo de monjas discutían haciendo aspavientos. Intrigada, corrió hasta ellas y les preguntó qué pasaba. Una hermana le señaló el objeto de la disputa y ella se quedó sobrecogida al comprender. Había oído decir que el amor siempre se abre paso, pero nunca creyó que lo hiciera desde más allá de la muerte. En la fachada de la torre contempló incrustadas las huellas de unas herraduras que llegaban hasta la ventana, y al lado de ésta, emergía un corazón de piedra.

Cuenta la leyenda que en las largas y frías noches de invierno se puede ver el espectro del conde cabalgando al galope hasta la torre, dejando un fuerte olor a azufre a su paso.

jueves 24 de julio de 2008

Funeral de empresa


–¡No me diga…! Lo siento. Bueno, Sra. Rosaura, el pobre ya descansa en paz.
–¿Qué pasa? –le pregunté a mi compañero de oficina, Antonio, después de que colgara el teléfono.
–Nada, que el tirano del dueño ya estiró la pata.

De esta grácil manera fue como me enteré de que don Joaquín Torralba había abandonado el mundo de los vivos, sin poder disfrutar de la cena que pensaba ofrecer a proveedores, clientes y empleados, por primera vez en su vida y sin que sirviera de precedente. En pocos días iba a celebrar por todo lo alto el veinticinco aniversario de la fundación de su empresa.

Una empresa líder en su sector, en su región, y tercera en todo el país. Una empresa que había creado desde la nada a fuerza de trabajo, sudor y mucha austeridad, junto a su esposa Rosaura. Una empresa que era su vida, su orgullo, y que pensaba dejar en manos de alguien de su entera confianza, su único hijo, Joaquín Júnior, Jr. para los empleados.

Como suele suceder en esta clase de lances, dedicamos el resto del día a recabar información del suceso e intercambiar pareceres sobre su vida y su obra para homenajearlo: “Esto se veía venir, fumaba como un condenado…”. “Sí, es cierto. Y el muy avaro se fumaba hasta la boquilla”. “Sí, era muy ahorrador. Por ahorrar, ahorraba hasta en palabras”. “Y nunca se cogió unas vacaciones”. “Sí, y bien que nos reprochaba que nosotros sí las hiciéramos”. “Y encima pagadas. Eso sí que lo enfermaba”. “Y lo que teníamos que batallar con él cada subida salarial, ¿qué?”. “Se creía que iba a ser eterno. Pues, ya ves…”. “¡Ay!, no somos nadie”.

Después de pasar toda la mañana haciendo un recordatorio en su honor, nos organizamos distribuyendo las plazas disponibles en los coches que algunos compañeros ponían a disposición del resto para ir al funeral, al día siguiente. Tarea nada fácil, pues éramos más de cien personas, y eso nos llevó toda la tarde.

A la mañana siguiente, bien temprano, nos presentamos todos los trabajadores de la empresa en el tanatorio. El portero nos condujo a la sala del final del pasillo. Sus dimensiones y el lujo que la adornaba nos enmudecieron. Todo en mármol gris, sillones de terciopelo negro, con más centros de flores que en una boda real y amenizada con una exquisita música clásica. Parecíamos tontos, tan callados, sin saber cómo romper el hielo con los presentes. Menos mal que Antonio es de esos que siempre tienen un comentario apropiado para cada ocasión: “¡Así da gusto morirse!”. Unos señores muy trajeados lo miraron raro, hay gente demasiado estirada por ahí.

No habíamos salido de nuestro asombro cuando vino a recibirnos la sra. Rosaura, serena, sobria y sencilla, como siempre. La peluquería era un terreno inexplorado por ella y jamás daba por perdidos un par de zapatos antes de que el quinto agujero hiciera acto de presencia. Algunos comentaban que no era por cosas de la economía, sino porque le gustaba tener los pies bien ventilados. Por lo visto sufría un problema de exceso de transpiración.

Nos saludó besándonos, uno por uno, y agradeció amablemente nuestra presencia allí. Después de las preguntas y palabras de consuelo de rigor, le indicamos que era nuestro deseo darle el último adiós a don Joaquín Torralba, por lo que queríamos pasar, en pequeños grupos, a la sala contigua donde se encontraba el féretro. Doña Rosaura nos indicó con dulzura que, puesto que la sala era reducida y estaba llena de autoridades, abogados, empresarios y lo mejor de cada casa de la ciudad, lo adecuado sería que esperáramos fuera, en la calle. ¡En pleno invierno!

Antes de seguir sus cordiales indicaciones no pude por menos que asomar mi cabeza en aquella sala. Un irrefrenable deseo se había apoderado de mí, y no, pese a lo que dijeron después las malas lenguas, no fue por curiosidad, sino una profunda preocupación al oír unos desgarradores lamentos desde el interior. Era Paco, nuestro jefe, el encargado del almacén, tenía la cara arrasada en lágrimas y lloraba amargamente mientras el Alcalde de la ciudad trataba de consolarlo creyendo que era el hijo del occiso. Y no fue el único en confundirse. Claro, como Jr. permanecía templado, sin echar una lágrima, sentado en un rincón, quizá porque se sentía reconfortado ante las últimas palabras que le dedicó a su padre: “No te preocupes, papá. Yo continuaré tu labor y llevaré a esta empresa a ser la número uno del país”. Quizá porque estaba acompañado de su flamante esposa, Jessica, que le infundía ánimos y le subía la moral. Algunos decían que eso de subir y subir no era nada nuevo para ella, y que la escalada era el deporte donde destacaba, gracias a sus afiladas uñas. Antonio, también muy preocupado, se había asomado detrás de mí y me agarró del brazo haciéndome un gesto con el que me indicaba que debíamos irnos.

Una vez que estuvimos en nuestro lugar, la calle, los compañeros nos envolvieron interesándose por lo que había ocurrido dentro y nos hicieron las preguntas más corrientes en estos eventos: que si a don Joaquín Torralba lo habían dejado guapo o parecía un muñeco de madera… que si Jessica llevaba los morros de rojo pasión, como era su costumbre… que si el hijo lloraba mucho, o poco… Llegados a este punto Antonio, pidió un poco de calma y saber estar dado el acontecimiento. Pero, a los pocos minutos, viendo nuestro desanimo, decidió deleitarnos con sus dotes artísticas regalándonos una magistral imitación de Paco y sus lloros, para hacer más corta la espera. Esto hizo caer en la cuenta a los compañeros que Paco era un privilegiado y podía permanecer dentro, calentito y codeándose con lo mejor de la ciudad. Pero Antonio les explicó que, sí, lo habían dejado estar con ellos, porque todo funeral de postín debe tener sus plañideras y a éste ya lo tenían en nómina. Al parecer, las carcajadas con las que habíamos premiado la actuación de Antonio se escuchaban en el interior y dos guardias de seguridad se acercaron. Nos dijeron que la Sra. Rosaura agradecería que nos retiráramos un poco más allá de la puerta. Nosotros, dada las circunstancias, la complacimos con gusto, con tanto que cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos montándonos en los coches para regresar a nuestro sitio.

Un mes después, Jr., completamente implicado en la palabra dada a su padre, que convertiría la empresa que él había creado en la número uno, estaba dispuesto a demostrar a todo el mundo de lo que era capaz. Desde luego, capacitación no le faltaba, pues se había graduado en dos carreras: derecho e ingeniería. Y fue capaz de pedir créditos bancarios en más de veinte entidades, aprovechando el buen nombre que había heredado de su padre. Y ese dinero, fue capaz de invertirlo en comprar la nave industrial más grande de toda la comarca para convertirla en su sede central. Y capaz fue de contratar a todo un nutrido grupo de asesores y ejecutivos. Y fue capaz de preocuparse sobremanera de que éstos pudieran hacer su trabajo a gusto, y agasajar a los potenciales clientes, que en pocas ocasiones concretaban el negocio. De modo que los gastos de representación de la empresa eclipsaron de largo al de los beneficios en pocos meses.

Jr. no se amedrentó por ello, y solía emplear su templanza, y hasta su sentido del humor, riéndose de los alarmantes estados de cuentas que le presentaban sus subordinados. “¡Parecéis viejas asustadizas! Nada, nada que no pueda arreglar otro crédito”, solía esgrimir. Después, se dedicaba a comprar toda novedad tecnológica con la que poder introducir mejoras en la empresa, principalmente en su despacho y en su garaje y en los de sus asesores. Tampoco se olvidaba de nosotros, sus empleados de base, y siempre que podía organizaba una reunión en el almacén para pedirnos que nos implicáramos en el proyecto: mucho esfuerzo y moderación salarial. “Esta apuesta requiere ciertos sacrificios, pero saldremos adelante y os recompensaremos”, nos decía con su impecable sonrisa.

Y, sí, nos esforzamos tanto que después de una dura campaña nos quisieron recompensar y de esta manera fue como descubrimos que Jessica, pese a las apariencias, era una joven generosa y pulcra. Porque cuando su suegra, doña Rosaura, le propuso invitarnos a pasar un domingo en su chalet, y disfrutar de una barbacoa y su piscina, Antonio le oyó contestarle: “bueno, está bien, pero después tendremos que vaciar la piscina y mandar a desinfectarla, ¿no?”. No, estas no eran las únicas virtudes que adornaban a Jessica. Ella era tan trabajadora como la que más, se empleaba a fondo, con tanto ardor y empuje que se pasaba horas encerrada en el despacho del atractivo Director de Marketing.

Había cosas que comenzaban a pesar en la cabeza de Jr., después de un tiempo las ventas seguían descendiendo, y a él ya no le quedaba dinero para gastar, ni crédito en los bancos, ni buen nombre en el mundillo empresarial y se vio obligado a empezar a vender sus propiedades para intentar reflotar la empresa. Curiosamente, a medida que su patrimonio disminuía también lo hacía, proporcionalmente, el amor que Jessica sentía por él hasta que se evaporó, haciéndola desaparecer.

Pocos días después estrenamos la monumental Sala de Juntas, que Jr. había diseñado con esmero para lanzar la empresa al estrellato. Éste había reservado su inauguración para una ocasión importante. Al entrar, doña Rosaura nos recibía en la puerta y nos ofrecía una carta, uno por uno. Amablemente nos indicó que nos sentáramos para escuchar a su hijo. Jr., con el rostro compungido, nos presentó el balance de cuentas, quiero decir que el número de acreedores era tan extraordinario…Que él había estado dando largas al asunto, pero ya no esperaban más para cobrar, así que tenía una orden de embargo y lamentaba enormemente tener que cerrar la empresa y despedirnos. Paco estalló en llanto. Y Antonio que era una persona muy considerada y siempre tenía una palabra de aliento, se acercó a consolarlo: “Ves, pelota. Pero no te preocupes. Tú tienes a tu mujer en casa y dos manos para trabajar, no como el inútil este”.

Quién nos lo iba a decir el día del funeral de don Joaquín Torralba. Siempre habíamos oído decir que de una boda salía otra boda, en esta ocasión de un funeral salió otro funeral, el de su empresa.