domingo, 12 de febrero de 2012

El Bosque del Olvido


No pudo evitar un llanto hondo y desamparado, sintiéndose como quien llega de forma inesperada al final de un camino sin salida.  No recordaba cómo había llegado a aquel lugar maldito, en el que cada árbol era idéntico a los demás árboles y en el que las tortuosas sendas conducían al mismo punto de aquel laberintico bosque.  Llevaba interminables horas perdida y a estas alturas no le cabía la menor duda de que se encontraba en el Bosque del Olvido.


Naikare, en su niñez, había oído contar relatos a los más ancianos de su aldea sobre aquel funesto bosque. Amenizaban las noches de verano bajo el firmamento estrellado, atemorizando a los más jóvenes con historias sobre algunos de los aldeanos que desaparecieron allí. Como colofón señalaban que pocos lograron escapar y regresar a la aldea y que menos todavía fueron los que quisieron compartir con sus vecinos la sombría experiencia. Naikare siempre estimó que eran patrañas fantásticas con las que entretenerse, hasta que las fauces de aquel bosque engulló a varios de sus familiares, entre los que se encontraba su madre, para no devolverlos jamás.
La joven recogió el pañuelo que había depositado como señal sobre una piedra que le pareció familiar y se enjugó las lágrimas con él. Estaba indefensa y Klingsor no respondía a sus llamados de auxilio. Ella apenas era una aprendiza frente al poderoso mago, capaz de controlar las fuerzas secretas del mundo, pero tenía la certeza de haber contactado mentalmente con él.
El mago, maestro de ilusiones, había construido en el desierto un jardín dorado para Naikare. En cada visita de la joven, éste la recibía coronándola con una diadema de pétalos fragantes. A continuación la tomaba de la mano y la conducía por un itinerario apacible entre hermosas flores mientras le indicaba que esa que estaba a sus pies fue bautizada con su nombre, Naikare, porque le recordaba el color de sus bellos ojos; la de al lado le evocaba su fragancia; y aquella, dos pasos más allá, su esencia dulce y serena. Sin demora prosperó la pasión y floreció el triunfo de la adoración mutua. Ella le había entregado su amor incondicional a Klingsor y acudía a su vera en cada ocasión que era requerida, ya fuera por necesidad, por capricho, o por placer. Ahora él la ignoraba. La joven había alcanzado el convencimiento, más bien la dolorosa evidencia, que lo único que crece en el desierto son los espejismos.
Naikare se dejó caer de rodillas sobre un lecho de hojarasca, vencida.
Dos días en aquel bosque le bastaron para percibir una fuerza nociva, silenciosa y oculta. Aquella mañana se había despertado con un cansancio extraño que la obligó a permanecer recostada. Al mirarse las manos apreció cómo el color de sus uñas se transmutaban por el negro. Angustiada, se echó las manos a la cabeza y apreció una debilidad inusual en sus cabellos, al punto de quedar entre sus dedos adherida una maraña de pelos. La incertidumbre se apoderó de Naikare.
En todo ese tiempo apenas había ingerido alimentos, alguna fruta que guardaba en su zurrón,  aliviando la sequedad de sus labios con gotas de rocío, que lamía en las hojas de las plantas. Lo más difícil de soportar era la soledad. Dirigió su mirada hacía las alturas y de entre las copas de los árboles atisbó un rimero de estrellas, que con su cálido fulgor le hicieron sentirse acompañada. Cerró los ojos plácidamente un instante, dejando que aquella momentánea paz se apoderara de su ser.
Fue un instante, o eso le había parecido a la joven, pero se sorprendió al ver que ya amanecía. A lo lejos distinguió una figura que se acercaba y al llegar a cierta distancia sus ropas y su caminar se le antojaron familiares. Cuando la tuvo a unos diez metros de distancia supo que se trataba de su madre. Una vez frente a ella comprobó que en sus manos portaba una caja de madera bellamente grabada. La visión sonrió con dulzura a su hija y descorrió la tapa, dejándole ver el interior. Dentro descansaba un hermoso pájaro, un ejemplar desconocido para ella, con un colorido plumaje. Naikare, dominada por el asombro, no podía moverse ni articular palabra y antes de que pudiera preguntarle sobre su estancia en aquel lugar, la joven se despertó.
Permaneció largo rato con una sensación agridulce en el alma, con el desencanto de que tan solo fuera un sueño y el gozo de disfrutar de la presencia de su madre, pese a que fuese una quimera.
Despuntaba el día. La luz matizada de los rayos del sol se filtraba entre los árboles. Naikare los contemplaba reconfortada cuando, de pronto, oyó el revoloteo de un ave entre las ramas. Con un esfuerzo monumental se levantó para intentar verlo. Y al hacerlo, no pudo salir de su estupefacción; era el mismo que su madre le había entregado en sueños. Siguió su vuelo con dificultad, el cansancio casi no le dejaba andar,  hasta que el pajarillo se posó sobre la rama de un árbol distinto a todos los demás. Un árbol junto a un arroyuelo que conformaba un paisaje desconocido hasta ese momento para ella. Se recostó en el tronco, deslizándose hasta quedar sentada y se encontró el suelo plagado con sus frutos. Tomó uno y le dio un bocado, advirtiendo que en la medida que comía de ese fruto, su energía se restituía rápidamente.  
Naikare se incorporó sobre sus dos piernas de un impulso,  pletórica.
A sus oídos llegó el canto de una hermosa voz. Siguió su rastro y a unos metros se encontró con una anjana, una de esas bellas ninfas que viven junto a los arroyuelos; Naikare había visto una en su infancia y hubiera podido reconocer aquellos largos cabellos color turquesa en cualquier lugar. La anjana brincaba vivaracha mientras la guiaba con su canto por una senda que desembocaba en los límites del bosque, frente a un río.  Una vez allí, la ninfa en seguida se despidió con la mano y desapareció del mismo modo, alegre y pizpireta, por el mismo sitio que había venido. 
El interior del río estaba cubierto por una espesa niebla. Naikare miró el paraje que tenía al lado y reconoció el cruce de caminos a lo lejos, el de la derecha le llevaba directamente a su  aldea y el de la izquierda a un destino desconocido. Se disponía a dirigirse a aquel cruce, pero en ese instante vio cómo las brumas del río se rasgaban para dejar pasar a una pequeña barca capitaneada por un bello ángel, que navegaba hacia ella. La joven permaneció inmóvil y maravillada. Frente a Naikare, el ángel arrancó una de sus delicadas plumas y se la entregó junto con un tintero de fino cristal tallado y una lámina de cuarzo blanco, y le ordenó que escribiese con la tinta dorada cuales eran las causas, pues nada es casual, que la habían llevado al Bosque del Olvido; sus culpas, sus  odios y sus temores, confesión con la que sellaría un pacto liberador y secreto con Dios. Naikare obedeció. A continuación le entregó la lámina escrita y los demás objetos. El ángel le indicó con su voz grave que podía irse en paz, remó hasta el centro del río, ató la lámina de cuarzo con un cordón de oro en un extremo y una gran piedra en el otro y la arrojó a las profundidades.
Pensó profundamente durante largo tiempo, delante de aquel cruce. Es difícil elegir la senda correcta, pues los errores tienen un alto precio. Naikare lo sabía bien, por esta razón de peso su alma se debatía entre regresar a su aldea o tomar el otro camino. Sentía nostalgia. Una parte de ella anhelaba retornar, pero esa ruta la llevaría al mismo lugar, sí, pero también directa a la misma situación que la había transportado al fatídico bosque. Resuelta tomó la senda nueva. Mientras caminaba, libre y feliz, por su nueva andadura, una sonrisa picara iluminó su rostro al imaginar a los ancianos relatar cómo la dulce y serena Naikare había pasado a engrosar la legendaria lista de desaparecidos en el Bosque del Olvido.

lunes, 25 de julio de 2011

El Espíritu del Mar




Érase, una vez,
Un lobito bueno,
Al que maltrataban
Todos los corderos,

Y había, también,
Un príncipe malo,
Una bruja hermosa
Y un pirata honrado.

José Agustín Goytisolo


Cuando en el puerto de aquella isla, el capitán River se disponía a echar anclas del Espíritu del Mar, no pudo eludir el impulso de visitar a su extraño oráculo.

Es así que, sin el menor atisbo de oposición, su voluntad fue dócil al viento de poniente y cabalgó en sedienta búsqueda de los consejos de la bruja Miranda. 

Por segunda vez atravesó bosques, pueblos, arroyos y valles hasta que logró identificar la oculta gruta en la que había morado, meses antes de hacerse a la mar. 

Miranda que estaba ocupada removiendo la marmita, al advertir la presencia del joven capitán levantó la cabeza revelando su hermoso rostro que dejó congelado al marino, a pesar de que se encontraban en el trópico.

—Esperaba su visita, capitán John River.

«No lo creo», pensó el joven. Pues la máscara confeccionada con la piel y los colmillos de un jabalí con la que Miranda se cubría siempre el rostro al recibir sus visitas, ahora descansaba sobre un taburete cercano. Con toda probabilidad los vapores de la pócima que emanaban de la marmita le habían hecho renunciar a llevarla puesta.

—Pase y acomódese. No se preocupe, ya sabe que Wolf es inofensivo—indicó Miranda, refiriéndose  al lobo que había encontrado en el bosque cuando era un cachorro, perdido y enfermo. Un animal al que crió con tanto amor que le hizo poseedor de una nobleza extraordinaria. Incluso, se había dado el caso de ser maltratado por unos corderos. Pero eso forma parte de otra historia. 



—Y, ¿cómo es eso de que esperaba mi presencia, señora? ¿Acaso me encuentro a merced de sus poderes? —Indagó John River, mientras aprovechaba la renuncia de Wolf a husmearlo, para dejarse caer sobre una silla medio desvencijada.

—No, capitán. Verá usted: a mis oídos llegó una ventura sufrida por el galeón español Infanta Isabel, que una vez fue abordado y vaciadas sus bodegas, llenas de oro, al parecer, el capitán pirata  autor del asalto se compadeció de las súplicas de los desdichados tripulantes y todo les fue devuelto, por orden suya. Aunque por desgracia, el diablo, contrariado con él lo abandonó a su suerte y, dicho capitán, no pudo evitar que su tripulación se amotinara y acabara colgándolo boca abajo del mástil mayor. Y me dije: ¿quién sino el capitán John River y su Espíritu del Mar habrían podido protagonizar tal hazaña?

El capitán John River carraspeó tremendamente avergonzado y, de no haber quedado hechizado por aquellos ojos verdes, habría bajado la cabeza. Pero tuvo los suficientes reflejos para dar una salida airosa:

—Lo importante de este desafortunado asunto, es que desde las alturas les hice entrar en razón y llegamos a un pacto entre caballeros; todo está aclarado entre nosotros, señora mía.

Los ojos de Miranda Bonny tenían un extraño brillo mientras contemplaba al atípico pirata que tenía delante: John River era bien parecido, culto, elegante  y solo tomaba té. 

—Miranda, no le es ajeno que mi mayor deseo es convertirme en un temido y afamado pirata. Pero siento que he fracasado sin remisión—confesó el joven aspirante, al mismo tiempo que sus ojos retozaban entre los carnosos labios y el cabello rojo fuego de la joven y bella bruja.  

La hechicera comenzó a recitar unos conjuros mientras pasaba sus brazos delante de la lumbre con los ojos fijos en ella... A los pocos minutos entró en trance y proclamó:

—Todavía no está todo perdido, capitán River. Siga fondeado en este puerto. Prepárese para desplegar  las velas en dos semanas. Disponga todo lo necesario para una larga y exitosa travesía. Puedo ver cómo una mujer principal de Portobello corre hacia su encuentro, sube por la pasarela de su navío y le entrega en mano el mapa en el que se indica dónde está enterrado el tesoro de Edward Teach, “Barbanegra”.

El capitán John River trató de ocultar su desconcierto. No podía creer en aquella visión que se le antojaba descabellada. No conocía a nadie en esa isla,  mucho menos a mujeres importantes y la única mujer de todo Portobello con la que desea estar, era aquella hermosa bruja. Quizá por eso, por no desilusionarla, asintió.  

—Ahora retírese. Debo preparar con esmero esta pócima de vital importancia para mí. Wolf lo acompañará hasta la salida. 



Dos semanas después, el capitán John River había ultimado casi todos los detalles para poder partir esa misma madrugada, aunque se reprochaba una y otra vez haber tomado en consideración la visión de una bruja que ahora presumía algo chiflada. Ensimismado en estas cavilaciones, regresaba de hacer unas compras en el  mercado cuando al llegar al puerto se vio envuelto en un gran tumulto. No recordaba que ese mismo día el gobernador y su hija recibían al príncipe William Tardor que, según las malas lenguas que siempre abundan en todos los lugares, había viajado desde Londres impulsado por un oscuro deseo. El infortunio perseguía al gobernador, cuyo puesto le fue otorgado por el rey tras rogárselo encarecidamente con el propósito de alejar a su hija de las garras del príncipe William,  que se había encaprichado de la joven.  

Poco duró la dicha del exilio. Con el rey moribundo, William Tardor, no dudó en embarcarse rumbo a Portobello a reclamar aquello que no había conseguido dos años atrás.  El principe William era atractivo, pero cruel y pendenciero; capaz de ordenar arrasar pueblos y deleitarse contemplando las mayores atrocidades que su ejército era capaz de perpetrar. Una negra leyenda le precedía: se aseguraba que habría asesinado a sus dos hermanos mayores para despejar el camino al trono; hechos que le habían granjeado el sobrenombre de “Mala bestia”.


El capitán River estaba a punto de subir a su navío cuando un lujoso carruaje pasó delante de él y  se detuvo frente al extraordinario barco del príncipe William. Pudo observar cómo, ataviados con esmerado señorío, descendieron un hombre y una joven, cuyo cabello pelirrojo le arrebató la serenidad. ¡Era Miranda! El príncipe la recibió y la abrazó con fuerza, largamente. John sintió como si el mismísimo Calicó Jack le arrancase el corazón con su garfio oxidado.

Aquella noche se celebraba una cena de gala en honor del príncipe William en el palacete del gobernador. Miranda Bonny lucía esplendida, se había vestido y arreglado con tanto mimo que recordaba una aparición celestial. William estaba extasiado contemplándola, disfrutando de su grata compañía, era todo lo feliz que un ser perverso podía serlo. Al verla tan hermosa, sonriente y solícita, pendiente de que su copa nunca estuviera vacía, le llevó al convencimiento de que hacerla suya sería una tarea más sencilla de la que en principio había cavilado. Solo un pensamiento enturbió aquel momento mientras acariciaba la sedosa y frágil piel del escote de la joven: la incertidumbre de si aquella piel era lo suficientemente resistente para sus juegos eróticos. Respiró profundo y se acomodó sobre el hombro de ella, entregándose a los brazos de Morfeo unos instantes después. Miranda esperó unos minutos y después apartó de un manotazo a William. Se levantó de la mesa y comprobó que todos los comensales estaban dormidos. Llamó a sus sirvientas y les agradeció que hubieran colaborado en tal empresa. Sin perder un minuto cogió la llave que colgaba del pecho de su padre y se dirigió al despacho, abrió una caja fuerte oculta tras un cuadro, cogió un pergamino, lo guardó en su escote y abandonó el palacete. 




Pronto amanecería y el capitán John River aguzaba la vista mirando el muelle a través de su catalejo. Estaba a punto de ordenar a su tripulación un asalto al palacete del gobernador, cuando a lo lejos divisó el movimiento de una sombra que le hizo contener el aliento. Pudo distinguir que se trataba de una figura femenina que corría en dirección al navío. Miranda Bonny pisó con fuerza los tablones de aquella pasarela que la transportaría a otro mundo blandiendo el mapa, llamando a gritos al capitán y escoltada por su fiel lobo, Wolf. Una vez en la cubierta ambos jóvenes se fundieron en un abrazo y se besaron.  El capitán River ordenó soltar amarras y poner rumbo al Espíritu del Mar hacia un lugar perdido de los mares del sur.

Aquel mapa les llevó a encontrar el ansiado y esquivo tesoro de “Barbanegra”, que repartieron entre la gente del pueblo. Fue el primer peldaño de una escalera coronada de mil y una aventuras. Exploraban palmo a palmo todas las islas que encontraban a su paso desenterrando tesoros, socorrían a cuantos náufragos hallaban abandonados en ellas y se deshacían de la tripulación de los barcos negreros para liberar a los esclavos. 


Muy pronto su fama creció como la espuma y sus hazañas eran contadas en las tabernas por los piratas de medio mundo mientras mataban la sed con jarras de ron.  No solo el capitán John River y su bella compañera estaban en boca de todos, sino también se quedaban sorprendidos de que un lobo fuera tan audaz a la hora de surcar los mares. Fue de esta forma que un buen día el capitán Jack Sparrow tuvo una de sus ingeniosas ocurrencias en el transcurso de una sonada borrachera, al llamar a un veterano y experto marino “Lobo de mar”; expresión que se extendió con la fuerza y velocidad de un tsunami.  

Cuentan que, muchos años más tarde, el dios Poseidón, celoso del éxito de aquel navío, provocó una tormenta de proporciones colosales y que, en el mismo instante que el Espíritu del Mar lograba escapar de ella, furioso, enredó su tridente en el ancla del barco, arrastrándolo hasta el lecho marino. No falta quien asegura haber divisado al Espíritu del Mar salir de entre las brumas en las noches de luna llena, e incluso haber distinguido la figura de una pareja abrazada bailando sobre la cubierta del barco mientras oían el aullido de un lobo, antes de esfumarse.

sábado, 23 de abril de 2011

La espera



Ahora, diez años después, volvían a coincidir. Rosalía, la gran dama, cubierta de sedas y perlas, cuya generosidad no va más allá de arrojar unas monedas al cepillo parroquial; Clara, la segunda en esta particular santísima trinidad, conocida por andar descalza, llevar las manos sucias y tener el alma limpia; y Tomás, el difunto, cuya mayor virtud fue convertirse en el eje de ambas mujeres. Todo transcurre ante mi atenta mirada de observador oculto y silencioso. Observo y espero.

Rosalía acaba de asistir a misa de difuntos, que ha dedicado en secreto a su esposo. Porta un gran ramo de rosas con la intención de depositarlo bajo el olmo donde está enterrado los restos de Tomás, como hace cada aniversario en los últimos tres años. Clara está a punto de socorrer a un vagabundo que pide limosna sentado a la puerta de la iglesia. Hay quien recoge chuchos abandonados, Clara no se conforma con ello, su espíritu de buena samaritana también le hace relacionarse con ese tipo de seres. Observo expectante.

Las miradas de ambas mujeres se entrecruzan y a Clara le sobreviene un recuerdo punzante: la última vez que coincidieron en aquel lugar. Posee la facultad de trasladar su espíritu y ver más allá del tiempo, como una mera espectadora. Rosalía y Tomás caminan cogidos de la mano por el pasillo de la parroquia, conducidos por la marcha nupcial hacia la puerta. Clara espera, tras haber recorrido la distancia que separa su mugrienta cabaña del pueblo, arrastrando su jergón, al que prende con gasolina y una cerilla, y que ahora arde en mitad de la plaza. Tomás se adelanta hasta quedar frente a ella, la contempla a través del fuego, el mismo fuego que los había consumido, ahora los separa. Franquea las llamas y la toma abruptamente del brazo para increparle: «Debiste tomar lo nuestro como un juego. Estuvo bien mientras duró. ¡Lárgate y déjame en paz!». En aquel  instante para Clara, la luz se torna en tinieblas. Observo y sonrío.

Un dolor en el pecho la regresa al presente. Cada mujer sigue a lo suyo por la misma vereda: Rosalía recorre la distancia que la separa del olmo. Clara va detrás a una distancia prudencial escoltada por el vagabundo; transita por la polvorienta senda que la lleva a su cabaña. La acompaña también el espíritu de Tomás, que desde su muerte se ha convertido en un alma en pena; es su sombra. Al abrir la puerta, Clara vuelve a sentir cómo aquel maldito día llegó con el alma cosida a los pies. Puede ver la raída manta de su mascota en el suelo de tierra, sobre la que se deja caer con todo el peso del desengaño, para a continuación abrazarse a su perra, en silencio. Permanece así dos días, con la mirada fija, sin comer ni beber, apenas respirando. Observo y aguardo.

El vagabundo acaricia el hombro de Clara, que se ha quedado varada bajo el dintel de la puerta. Entran. Ella le ofrece pan, queso y vino; bendicen los alimentos y comen. Después, la mujer le pregunta, algo intranquila, si lleva consigo la piedra, la que no es de este mundo. Él la extrae de su zurrón y la deposita sobre la mesa. Clara se siente aliviada. Disponiéndose a lavar la loza, toma el cubo de hojalata para traer agua del pozo y un escalofrío recorre todo su espinazo, paralizándola. Observo oculto.  




La visión la transporta a los aciagos acontecimientos del pasado y se ve abrazada a su perra, sobre la manta, inerte. Su mirada recorre las paredes de la estancia, de pronto repara en la soga que cuelga del cubo en un rincón olvidado y estalla en llanto, inconsolable. Se incorpora, deshace el nudo de la cuerda y, con ella en las manos, encamina sus pasos hacia el olmo viejo que queda a pocos metros de su cabaña. Los sollozos infinitos quiebran el silencio. Quizá una mujer más experimentada no hubiera caído bajo el influjo de palabras de amor empalagosas y manidas, tan atávicas como el mundo, cómo con las que Tomás la engatusó y que repetía constantemente hasta varios días antes de su boda: «Para mí no existe otra mujer en el mundo. Te amaré hasta el día de mi muerte y, aun después, nada ni nadie nos podrá separar». El amor es un sentimiento salvaje, capaz de esclavizar y destruir. Tomás era un hombre ingenioso, brillante y perverso, pero ella lo había advertido tarde. Anudó con determinación la soga en una de las ramas a la que había trepado, pasó el ojal del otro extremo de la cuerda por su cabeza y, sin titubear, saltó, quedando colgada con el cuerpo balanceándose sin control, como una muñeca de trapo.  Observo triunfante.

No siempre conseguimos nuestros objetivos, por más empeño y paciencia que pongamos en alcanzarlos, Clara y un servidor en aquella ocasión fuimos fieles paradigmas de ello. Por el sendero apareció una silueta masculina con ropajes desgastados que identifiqué inmediatamente, de mala gana. El entrometido sacó de su zurrón una piedra sagrada, la colocó sobre las palmas de sus manos y las elevó mientras entonaba unos salmos. En ese mismo instante una luz dorada rodeó a Clara y la descendió de su improvisado patíbulo con suavidad, hasta depositarla sobre la hierba. A los pocos segundos la mujer inspiró de nuevo, recuperándose por entero minutos más tarde. La revivida acogió en su casa a aquel vagabundo celeste, quien le reveló el destino por el cual había  sido enviada a este mundo y la instruyó para desarrollar el don que hasta ese entonces permanecía adormecido en su alma. Clara desplegó conocimientos arcanos, sanadores, que puso al servicio de sus semejantes. Observo y espero.

Los hombres son los seres más contradictorios e imprevisibles del Universo. Tal vez sea ese el motivo que hace de este planeta un lugar tan excitante y deseable, hasta el punto de desencadenar batallas para alcanzar su dominio. 

Tan pronto  hubo finalizado la decepcionante luna de miel, Tomás notó una honda angustia, un terrible vacío y un creciente apetito por Clara que no era capaz de saciar de ninguna manera. Mil veces anduvo el camino a la cabaña y mil veces regresó sin crédito, hambriento y enfurecido. No le frenaron ni las habladurías del pueblo ni los  reproches de Rosalía. En vano trató de silenciar su alma en el aguardiente y sofocar sus ganas en mil mujeres, con cada paso enmarañaba más las circunstancias. Tomás y Clara estaban atrapados en un laberinto de pasiones del que no podían hallar la salida. «¿Tan difícil te resulta creer que te amo? ¡Eres tan terca como hermosa!», exclamó él, desesperado, una noche a la puerta de la cabaña. «¡Vuelve a tu puta y triste vida hasta que se te lleven los demonios!», fue la maldición que obtuvo por respuesta. En ese mismo instante la sanadora, horrorizada, se tapó la boca con las manos, pues tenía la certeza que esas palabras lanzadas por ella se convertían en una invocación imposible de deshacer. Observo furioso.

Son muchas las ocasiones en las que los seres humanos dicen aquello que no sienten, espoleados por el dolor, la decepción o cualquier sentimiento negativo al que estén sometidos. Tomás murió esa misma noche, nadie intervino, nadie impidió que su cuerpo se balanceara en aquel viejo olmo hasta que expiró. Desde ese instante su alma no se había apartado de Clara. De algún modo había culminado su deseo. Y, ahora puedo verlo satisfecho, triunfante, a la espera de poder reunirse con la mujer amada, a su vera en la mesa, mientras ella le pregunta al vagabundo por su piedra. Tomás ansía el reencuentro ajeno a su condición de instrumento fallido, ajeno de su procedencia de condenado y de su destino, al que regresará de mi mano: al averno. Todavía desconoce que fracasó en la misión infernal que se le había confiado, su ineptitud para arrastrar al alma celestial de Clara hacia nosotros y el atroz castigo que pagará por ello. 

El ángel percibe mi presencia, toma la piedra y comienza su ritual para resguardar a Clara. Una luz dorada envuelve al vagabundo y a la sanadora.  Él está al tanto de mi misión y abraza a la protegida contra su pecho impidiéndole que mire, escatimándole sufrimiento. 

Terminó mi espera. Tomás, ahora puede verme. Me reconoce y su cara demuda. 

Dejo de observar e intervengo.


domingo, 14 de noviembre de 2010

La Senda del Destino



"cuando el pasado ya no ilumina el futuro, 
el espíritu camina en la oscuridad".

Alexis Tocqueville

Comenzaba a sentir frío en aquella gruta oscura. Alanna había recorrido cada rincón palpando la roca en busca de un mínimo rayo de luz o el menor signo de brisa que le revelara la salida de aquel laberinto. Maldijo su estupidez por no haber obedecido a su guía y aprovechar su descuido para adentrarse en la cueva de la Verdad. « Es cierto que en este lugar puedes descorrer el velo del destino, pero hay maneras más seguras de lograrlo, y recuerda que en este viaje no debes utilizar la magia.», le había advertido Gwion. La joven descansó la espalda contra la pared y se dejó caer, vencida, en el suelo helado. Se abrigó con su capa y se aferró a su espada. Estaba perdida. 

Perdida, entre tinieblas, había discurrido su vida los dos últimos años,  enfrentándose a feroces contradicciones en su interior. Por un tiempo pudo disimular cara al poblado el secreto que su alma guardaba; pero no se puede engañar a todos todo el tiempo. Al menos no a Elvia, su Instructora, que aquel amanecer la esperó junto al límite del bosque sagrado, con la intención de sorprenderla,  al regresar de su encuentro con Habis. 

Elvia hubiera jurado sobre la tumba de los Grandes Magos que Alanna, a su tiempo, se convertiría en la esposa de Gwion. Había observado con suma atención a los jóvenes desde la niñez, cómo se guardaban las espaldas en los ejercicios de lucha; cómo permanecían siempre juntos; cómo se entendían con una mirada. Incluso llegó a tener el convencimiento de que ambos eran los Elegidos de la Profecía, los dos magos que sellarían la puerta del Inframundo. El corazón de la anciana se fue llenando de desaliento e inquietud a medida que su discípula avanzaba en el relato, entre sollozos. «Debes peregrinar por la Senda del Destino. Lo dispondré todo ahora mismo.», sentenció a su discípula.

Alanna, sin soltar la espada en medio de la oscuridad de aquella gruta,  consumó un ritual instintivo: rozó con su pulgar izquierdo el dedo anular de la misma mano, justo donde pocas horas antes tenía un anillo de madera con incrustaciones de nácar en forma de espiral, regalo de Habis. «Simboliza el comienzo de un ciclo y el fin de otro. Rubrica nuestra unión.», esas palabras resonaban con fuerza en su mente, y al no hallar la alianza su respiración se entrecortó. Jamás supo de dónde procedía el joven que ocupaba sus pensamientos ni quién era en realidad, aquella mañana que lo halló en un claro del bosque, aguardándola, solo tuvo una certeza al reconocerlo como su alma gemela. A partir de aquel día los encuentros se sucedieron a la par que las palabras de amor y de promesas, además de ardientes besos y caricias. Lo amaba ciegamente y no halló objeción alguna cuando Habis le exigió que su relación permaneciese oculta.





Pero aquel secreto sofocaba su alma; ser descubierta por Elvia hizo que se sintiera liberada al compartir su carga. La joven emprendió aquel viaje hacia la Senda del Destino con la esperanza como abrigo de su corazón. Al despuntar aquel día, Gwion y Alanna,  abandonaron el poblado para encaminarse más allá del límite del bosque sagrado, debían cruzar territorio hostil, donde habitaban los moradores de las sombras, para poder alcanzar el Templo que coronaba el peregrinaje.Alanna recordó cómo percibían la atmósfera densa, las miradas furtivas que los acechaban en el desierto y el temor que sentían a adentrarse en la población enemiga, sin poder utilizar la magia. Entonces vieron una aparición, una hermosa mujer que se dirigió a la muchacha y le habló antes de esfumarse: «No temas. Tú verás la luz que lo colma todo.».

Ahora, prisionera en la gruta, rodeada de oscuridad, esbozó una irónica sonrisa. Siguió recordando cómo se despojaron de sus temores y atravesaron aquella área, habitada por seres de corazones de diorita, como un par de infiltrados. A las afueras del lugar se toparon con una capilla y Alanna se estremeció al reconocerla. «Tengo algo que hacer. Quédate en la antecámara  y no hables con nadie. Si te ofrecen algo de comer, o de beber, no lo aceptes.», le dijo a un desconcertado Gwion, que antes de que pudiera reaccionar vio como la joven descorrió la cortina y desapareció tras ellas. En la cámara las paredes estaban pintadas de rojo y negro y como único mobiliario había una mesa que sostenía cuernos, huesos de animales y unos cuencos con hierbas y sangre. Alanna se quitó el anillo y lo depositó en medio del altar. Dudó un instante y, al ir a recuperarlo, unas estruendosas carcajadas martillearon sus oídos.  Salió a toda prisa, tomó a Gwion de la mano y echaron a correr hasta alcanzar el exterior. Aquella noche, como tantas otras, las pesadillas se presentaron, perturbándola, un demonio enfurecido se abalanzaba sobre ella. Se despertó gritando justo en el momento que Gwion iba a abrigarla con una manta. El joven la estrechó entre sus brazos y ella lloró en silencio. 

Alanna sentía que el frío húmedo de aquella cueva se instalaba en sus huesos y un creciente cansancio le obligaba a hacer titánicos esfuerzos por mantenerse despierta, pero siguió recordando su historia. «Jamás me había sentido intimidado de esa forma como en esa extraña capilla, pero tú parecías saber dónde estabas. ¡¿De qué los conoces, Alanna?!». Gwion no obtuvo ninguna respuesta. Ella conocía aquel lugar de la mano de Habis. «Nosotros estamos llamados a triunfar, a gobernar voluntades, a ser las cabezas de una nueva concepción de la magia. Toma este anillo. Simboliza el comienzo de un ciclo y el fin de otro. Rubrica nuestra unión.». Hablaba con un convencimiento absoluto y contagioso. Solo lo veía y lo escuchaba a él, sin percibir que la había conducido al inframundo.





Los párpados se le cerraban a la joven, en ese instante apreció una débil voz que la llamaba. Se levantó y guiada por esta recorrió unos metros antes de vislumbrar un halo de luz en la lejanía. Al acercarse distinguió las piedras y las cruces de un  cementerio. Unos golpes acompañaban a aquel endeble hilo de voz y advirtió que era Habis quien la nombraba con insistentes suplicas. Angustiada, preguntó por él a los escasos seres que se encontró en aquel lugar, mientras aquel eco fúnebre la mortificaba. La culpaba de haberlo sepultado en ese osario. Alanna se apresuró buscando desesperada a su amado, para salvarlo. A su paso tenía que sortear y apartar a empellones a macilentos cadáveres y esqueletos que pretendían atraparla. En aquel momento notó que la tomaban por los hombros zarandeándola y comenzó a gritar aterrorizada. «¡Alanna, despierta! ¡Soy Gwion!». 

Dejó que el sol acariciara su rostro y exhaló una bocanada de aire puro con la que llenarse los pulmones, nada más abandonar aquella maldita gruta.  Después, Alanna recriminó a Gwion haber utilizado la magia para salvarla. «¡Siempre fuiste una desagradecida…! ¿Cómo lo van a saber nuestros maestros? ¿Se lo vas a contar tú…?». La joven negó antes de abrazarse a su compañero.  

Dos horas más tarde pisaban el Templo.  Gwion tiró de la joven que se quedaba rezagada. Sus alas habían rozado el mal y se juzgaba indigna de aquel honor, pero, sobreponiéndose a sus pensamientos, encaminó sus pasos con firmeza hacia el altar, desenfundó su espada y la depositó a los pies del dios, Tiagos; después se arrodilló y proclamó, sin titubear: «Mi  espada está, humildemente, a tu servicio, Señor.». En ese instante una luz blanca y densa la cubrió completamente. Al finalizar abandonaron el Templo con el corazón preñado de paz y el rostro sereno.




No habían recorrido mucha distancia cuando Gwion se percató de una creciente intranquilidad en Alanna. Pensó que sería mejor descansar, no en vano el día había sido intenso, pero antes de poder comunicárselo a su compañera una extraña fuerza lo derribó y le impidió moverse. Trató de ver dónde se encontraba ella y también yacía en tierra. Los acontecimientos sucedieron a tal velocidad que no le dio tiempo a advertirlos, estaba totalmente desorientado, a diferencia de Alanna que ya intuía la presencia de Habis, desde hacia un buen rato.  Gwion se asfixiaba. La joven debía actuar sin perder un segundo, tenía la certeza de que no le sucedería ningún mal, Habis, la amaba; no actuaría en su contra. Extendió su mano al tiempo que lanzaba una invocación hacia su contrincante, que perdió la concentración un momento, suficiente para que ella pudiera levantarse y desenfundar su espada hundiéndola en el pecho de aquel hombre que había venerado antes de que convirtiera su existencia tan amarga como el ajenjo.Habis la miró con una mezcla de incredulidad y de dolor antes de sucumbir.

Una nube de polvo se levantó, al instante comenzó a agrietarse la tierra. Alanna cubrió el cuerpo de Gwion, cerró los ojos,  y recitó plegarias mientras sentían el viento ardiente rozar sus rostros, un olor nauseabundo les inundaba las fosas nasales y susurros maléficos invadían sus oídos. Permanecieron inmóviles hasta que todo hubo cesado.  Después, miraron a su alrededor y Habis ya no estaba. «¿¡Has utilizado la magia para salvarme, Alanna!? ¡Has infringido las reglas!». «Solo un poquito… ¡Bah! Ellos sabían que eso era como pedirle a un perro que no ladre.  Esto no va a trascender, ¿verdad?», dijo con aquella expresión pícara que siempre lo desarmaba. 

Aquella noche reinaba una estrenada calma. Alanna dormía de forma plácida, lejos de las pesadillas, junto a la hoguera. Gwion se acercó a arroparla con la manta y ella abrió los ojos, sosegada. «¿Hoy no gritas?», le preguntó él, con un mohín de provocación que la sonrojó y la espoleó en su respuesta: «Ya veremos… Quédate aquí a mi lado.».

 

jueves, 5 de agosto de 2010

El chico de los zapatos bonitos



No era lógico, era Amor

Miró de soslayo el reloj de la pared. Rocío temía que sus compañeras de trabajo advirtieran su expectación. Ellas solían gastarles bromas; no la entendían. 

No concebían que, desde hacía unas semanas, Rocío llegase a su puesto de trabajo varios minutos antes de que lo hiciera ninguna de sus compañeras, para apropiarse de la tabla que estaba ubicada junto a la ventana. Darse tanta prisa para meterse en aquel sótano de ambiente sofocante donde planchaban y repasaban la ropa del récien estrenado Hotel Alfonso XIII, de Sevilla, era algo llamativo. Todo para poder observar de cerca un par de zapatos bien lustrados. No era lógico.

Rocío escuchó la habitual algarabía de jóvenes y, puntual a su cita diaria, aparecieron aquellos zapatos de piel, brillantes, entre las sucias botas militares. Se colocó de puntillas junto a la ventana, aferrando sus manos a los barrotes, fijando la mirada hacia el cielo, intentando descubrir el rostro del dueño de aquel calzado, pero, igual que todos los días, solo logró ver un par de largas perneras de áspera tela de color caqui; la misma que la de sus acompañantes. A buen seguro, sería uno de los mozos que estaban prestando el servicio militar en el cuartel, emplazado a tres manzanas.

«¡Callaros!», protestó Rocío, ante las risas y burlas de sus amigas. Era imposible tratar de, al menos, distinguir su voz de entre la de los otros chicos. Muchas noches había fantaseado en secreto con cómo sería aquella voz, cuál el color de su pelo y el de sus ojos. Eran piezas ignotas en aquel mosaico del que poseía algunas evidencias con las que iba componiendo al Chico de los zapatos bonitos, mote con el que sus compañeras lo habían rebautizado. Se sentía poseedora de teselas certeras: como la elegancia, pues eran unos zapatos de gusto refinado; la rebeldía, pues incumplía la normativa de vestir con el calzado militar reglamentario; la pulcritud, pues jamás le vio la mínima mácula, brillaban como un espejo; la seguridad, pues pisaba con aplomo por donde pasaba. Características que despertaban su admiración. 

Cómo explicarles a sus compañeras que, por alguna extraña razón, percibía aquellos zapatos tan familiares como las alpargatas que utilizaba su padre, Tomás, El Piconero, antes de que se mudasen a la ciudad, tras la expiración de su madre. Cómo revelarles las extrañas intuiciones que tenían las mujeres de su familia; aunque ninguna de ellas había alcanzado a mover objetos, ni hablar con difuntos, como lograba hacer su pequeña hermana, María. Cómo explicarles  que en más de una ocasión estas percepciones le habían salvado la vida y por eso creía en ellas, ciegamente. Ese mismo augurio era el que guiaba sus pasos ahora. La tomarían por desequilibrada. La vida le había enseñado que existían asuntos que era mejor callar. 

Y calló la tristeza que sintió el primer día que no vio aparecer esos zapatos, y la de los siguientes, a los que se fueron sumando las semanas y los meses, hasta que se convenció de que aquel chicho, con total seguridad, habría acabado su servicio militar y regresado a su casa.

  
 Aquella mañana Rocío despertó entusiasmada. Por primera vez, su padre dejaba de lado su provincianismo y le permitía asistir con sus amigas a una de las muchas verbenas que se celebraban en la plaza Mayor, en las noches de verano. Quizá fuera porque hacía pocos días había cumplido quince años; o bien para recompensar lo mucho que ella trabajaba, porque también hacía las tareas de la casa y cuidaba de su hermana de siete años; o pudiera gozar de unas horas de evasión y olvidase el sobresalto sufrido el día anterior, cuando María se soltó de su mano, corrió hacia la vía del tren y allí se detuvo, como hipnotizada. Por fortuna, incomprensiblemente, como si una mano invisible hubiera propiciado el milagro, el ferrocarril se averió y paró pocos metros antes de alcanzar a la pequeña. 

Esa tarde, con la ayuda de sus amigas, se inició en un ritual desconocido para ella. Le sombrearon los párpados con un fino carboncillo quemado, convirtieron su boca en un fresón con una exclusiva barra de labios, importada de América, que compartían todas y le dieron un par de pellizcos en las mejillas; era el colorete más asequible. Se vistió con las galas de domingo de su madre y le soltaron las trenzas, dejando sus negros rizos sueltos. Frente al espejo, no se reconocía; parecía una de esas muchachas que salían en las revistas de modas. María llegó a ella corriendo y le prendió en el cabello un clavel rojo, con una horquilla. «Te traerá suerte.», le dijo a su hermana. 

La brisa suave le transportaba la música de la orquesta, los farolillos de colores la introducían en una atmósfera cálida, el bullicio de la gente, unos, sentados frente a una mesa, cenaba o tomaban copas; otros, bailaban, era una visión que la colmó de gozo; sensaciones que la embriagaban del mismo modo que lo hizo el día que montó en un carrusel. De pronto, se halló en el centro de la plaza, bailando junto a sus amigas, riendo como no recordaba que sabía hacerlo, cuando escuchó a sus espaldas una voz grave que le pedía que bailara con él. José se llamaba aquel muchacho alto, moreno, de ojos grises y expresión dulce. Tembló al ser tomada por la cintura, cuando la acercó hasta él; al instante, se deleitó al percibir su aroma, a naranjos y vainilla. Todo daba vueltas a sus alrededor, o era ella que giraba tratando de seguir los pasos de aquel chico que llevaba, oh coincidencia, un clavel rojo en la solapa. Curiosa casualidad. Sonrió y, por un momento, pensó que todo lo había organizado una pequeña maga, con silenciosos y secretos sortilegios; miró las estrellas; era una noche para creer en la magia. 

Hablaban mientras bailaban sin parar. Él era de Granada y, en realidad, no debería de estar allí, pero una providencial avería en el ferrocarril le había obligado hacer escala en el lugar donde prestó el servicio militar. Rocío se paró en seco, pero no así los farolillos de colores, empecinados en seguir girando alrededor de ella. José no pudo evitar pisarla y ella bajó la mirada para comprobar que sobre su pie descansaba aquel zapato conocido. Y tuvo la certeza que ya no lo volvería a perder de vista. Pero calló. La vida le había enseñado que existían asuntos que era mejor callar.