
Hace cinco meses Valentín y yo emprendimos la gran aventura de buscar nuestro primer nidito de amor. Después de nuestro corto noviazgo, mi cariñito no podía vivir más sin mí. No contábamos con muchos recursos económicos, únicamente con la asignación mensual que me daban mis papás. Yo estaba en la facultad y Valentín se dedicaba a la pintura, no a la de brocha gorda, no, a la de verdad, era un gran artista. Fuimos a ver un pisito en la periferia de la ciudad, pequeño y algo antiguo. Era lo que nos podíamos permitir. Todo el edificio pertenecía a una señora mayor, doña María. Alquilaba sus pisos y vivía de sus rentas.
-Bueno, la escalera es un poco estrecha y necesita una manita de pintura -nos dijo mientras subíamos para verlo.
-Sí, sí que la necesita. (¿Una manita de pintura? Eso lo necesitaba hace treinta años, ahora lo que pide a gritos es una restauración completa) –pensaba yo.
-Pasad, pasad, hace poco que lo he reformado. Lo he dejado hecho un dulce –nos dijo.
-Ya veo, ya…-le dije- (Esta señora debe ser diabética y no ha visto un dulce en su vida. ¡Menudo tugurio!) –pensé.
Yo miré de reojo a Valentín y él me dijo que sí con la cabeza. Claro que a los artistas les gustan los ambientes bohemios. Lo alquilamos. Lo adecentamos como pudimos y nos instalamos en pocos días.
Doña María tenía fama de avara, pero yo la encontraba una señora encantadora, siempre pendiente de todo y de todos. Vivía sola en el primero primera y nosotros en el primero segundo. Cada vez que entrábamos y salíamos, los vecinos, ella abría la puerta para recordarnos que había llegado la hora de pagar el alquiler; que tocaba pagar los gastos de comunidad; el recibo del agua; en fin: muy atenta.
La misma noche de la inauguración, como a las dos de la madrugada, un ruido me despertó. Cuando mis sentidos se recobraron supe que venían del piso de arriba, el segundo segunda. “¡Olé!, ¡olé!, ¡qué poderío!”, coreaban unas voces mientras el techo retumbaba, la lámpara se cimbreaba con el taconeo y se oían unas castañuelas que acompañaban a un disco de sevillanas. “¡Cielo santo! ¿Qué es esto?”, me dije; porque a todo esto Valentín seguía durmiendo como un lirón. Más tarde me enteré que vivían dos inglesas a las que les gustaba montar todas las noches su tablao flamenco. Unos chicos italianos les daban clases, pero era visible que no tenían ni pajolera idea y sólo querían ligárselas. Con tanta juerga estaban cansadas y trabajar trabajaban poco, así que casi nunca podían pagar el alquiler.
A los pocos días me percaté que mis vecinos parecían búhos, vivían la noche intensamente. La señora Hormiguita, fue el mote que le pusimos, del segundo primero, una mujer de unos setenta años y un metro cuarenta y poco; pero capaz de arrastrar hasta su piso cualquier mueble, por grande que fuera, que durante el día hubieran tirado en el vecindario. Me parece estar viéndola por la mirilla de la puerta, de madrugada, con un armario de dos puertas a las espaldas y el “pom”, “pom”, del chocar de éste en cada escalón. Y así pasito a pasito, escalón tras escalón hasta su piso, que de tanto almacenar trastos parecía un mercadillo de segunda mano. “La gente tira las cosas nuevas”, era su frase favorita; me la repetía cada vez que nos veíamos. Como era jubilada rara vez podía pagar el alquiler.
En el ático vivía otra noctámbula, Deborah. Era separada y con un hijo adolescente. Cristian, excelente melómano, de Heavy Metal; muy generoso, compartía sus discos a toda leche con el resto del vecindario. Algunos no eran tan amantes de la música y esto originaba que cada dos por tres estuviera la policía haciéndole una cortés visita. Deborah tenía don de gentes, cultivaba la amistad, generalmente masculinas. Por eso las madrugadas del fin de semana se convertían en un ir y venir de hombres subiendo y bajando las escaleras. Había más gente que en el metro en hora punta. Estando en el paro y con un hijo, al parecer no le llegaba para pagar el alquiler.
Una mañana estaba abriendo la puerta de mi piso y Loli subía corriendo, con un bebé en brazos; del tercero segunda. Veinte años, casada y con tres hijos. Venía del hospital, acababa de dar a luz a su tercer retoño. Parecía recién salida de un reportaje del Hola, perfectamente arreglada, maquillada, peinada y con unos taconazos de aguja de impresión. Ni un gramo de grasa, ni de vientre. Me contó que ella tenía unos partos muy fáciles y que ni un punto precisaba. Por lo visto esta chica no paría, los hijos se le caían.
-¡Uy, que mono! ¿Cómo le habéis puesto? –le dije, cuando me enseñó al pequeñín.
-¡Richard!, ¿qué otro nombre? –me contestó.
-Chica, no sé…Hay muchos nombres españoles y muy bonitos…
-No, veras. Mi mayor se llama Michael; el segundo, Kevin –al ver mi cara de estupor, prosiguió-. Mira, yo soy una fanática de la serie Falcon Crest y por eso le pongo a mis hijos los nombres de los protagonistas.
-¡Ah!, ya entiendo… (Pues nada, hija, tú tranquila que al ritmo que los tienes para dentro de pocos años tienes el elenco completo en casa), pensé.
Su esposo llevaba tres años de baja laboral, había sufrido un accidente de tráfico y no estaba para trabajar. Y como la paga era baja y el número de criaturas alto…Les era imposible pagar el alquiler.
Me hallaba estudiando en mi ordenador y de repente se fue la luz. Me asomé a la escalera para ver si el apagón era general. “¡Jesús!, ¡qué susto!”, pensé. Me encontré con un hombre en calzoncillos, tirado en los escalones, alargando el brazo para alcanzar el cajetín de los fusibles. “¡Caray!, vale que es verano pero se podía haber puesto algo encima”. “¡Unas simples chancletas!”, me dije. Se incorporó y subió los escalones mientras trataba de darme inútilmente explicaciones. “Buabu bubu la luz, buba bubuu”, me explicó. Era el vecino del tercero primera, Bubu. Este apodo le venía que ni pintado, porque cuando trataba de hablar emitía sonidos onomatopéyicos ininteligibles. Se acercaba a mí tambaleándose, semidesnudo, nervioso y agitando las manos mientras “bubeaba”. “¡Qué horror!”, pensé mientras apartaba la vista de aquel lamentable aficionado stripper. Le dije que sí a todo y entré en casa. Bubu tenía incapacidad laboral permanente, pero esto no le incapacitaba para beber whisky, ron, ginebra, vodka…su pensión era mínima y sus gastos máximos, lo que no sólo le impedían pagar el alquiler, sino que se veía obligado a no pagar la luz y por este motivo la compañía le había cortado el suministro. Lo que le llevaba inexorablemente a manipularnos los contadores para sustraer los nuestros en su beneficio. De ahí el esperpéntico encuentro.
Pocos días después escuché una acalorada discusión en el rellano. Me acerqué a la puerta para escuchar bien. Era doña María que le reclamaba el alquiler a Bubu. Estaban muy alterados y después de un rato: el silencio. Al mediodía me enteré que se habían llevado a la dueña al hospital, a consecuencia de un infarto. Al día siguiente, su hija, me dijo que le iban a dar el alta, pero…Recibió una visita hospitalaria de Bubu y un nuevo infarto. Se murió. La pobre, su frase favorita era, “Mis pisos son mi vida”. Esa misma madrugada oí ruidos en el piso de María. Me levanté, corrí a la cocina, cogí un vaso, corrí al muro que separaban los pisos, puse el vaso y mi oreja pegada a él. Se oían ruidos de abrir y cerrar puertas y cajones. Escuché a una de sus hijas “Mira bien. El medallón gordo de oro de mi madre no está”. “Ni el reloj de oro, tampoco”. “Lo mejor falta”. “¡Ya se nos han adelantado mis hermanas!”. “¡Sólo nos vamos a llevar mierdas! ¡Puras mierdas!”. “¡Por Dios!, si todavía no han enterrado a su madre. ¡Menudas buitres! ¡Esto es demasiado!”, pensé. Después de venir del entierro decidí hablar con Valentín.
-Mira, nené, deberíamos pensar en mudarnos. El piso es muy pequeño y los vecinos demasiado pintorescos –le dije.
-Turroncito, ¿y con qué dinero? –me contestó.
-No sé, yo ya contribuyo con lo que me dan mis papás, cielo. Podrías trabajar unas horitas para complementar –le apunté.
-Princesita, tú sabes que yo no puedo estropear mis manos, soy artista. Espera y cuando venda un cuadro nos mudamos, sí. No me pongas morritos. Venga… dale un beso a tu pintor, cosita –me decía mientras me sujetaba y bamboleaba la cintura.
Esta mañana al despertarme, Valentín no estaba a mi lado. Pensé que mis palabras le habían hecho recapacitar y había salido a buscar empleo. Mientras desayunaba se desató una gran tormenta. Llovía tanto que parecía el diluvio y hacia un aire que se asemejaba al de un huracán. Me extrañó oír el chaparrón en la escalera y abrí la puerta. “¡No puede ser!”, grité. Ante mis ojos caía un aguacero incesante. Miré hacia arriba y la claraboya del techo había volado. Se la llevó el viento. Los escalones parecían las cataratas del Iguazú. Subí corriendo para avisar a los vecinos. No había nadie. Llegué a la tercera planta. Toqué en la puerta del señor Bubu. Un extraño olor me alertó. Miré hacia abajo. Por debajo de la puerta salía humo. “¡Fuego!, ¡agua!, ¡fuego!”, comencé a gritar. Nadie abría. Al parecer Bubu apagó mal un cigarro, sobre la mesa una botella de ron derramado. Se juntaron. Y Se prendió. Subí al ático. “¡Deborah!, ¡abre!”, gritaba mientras llamaba al timbre. Me abrió. Iba en negligé semitransparente y debajo sólo sus voluptuosas formas. “¿Qué pasa?”, me dijo. Desde el fondo del piso se escuchó “Venga, Debo, vuelve a la cama que se me va a ir la inspiración”. “¿Esa voz…? ¡Esa voz la conozco! ¡Valeentíííínnn! Bajamos corriendo. Nos empapamos. Alerté a emergencias por mi celular. Vinieron la policía, ambulancia y bomberos. Y, por fin, también llegó el chofer de mi papá, subí a nuestro Mercedes y volví a mi hogar. Valentín corría detrás de mi coche, esquivando bomberos y policías, saltando mangueras, medio desnudo, descalzo y empapado, gritando “¡Turroncito, te equivocas!, ¡no es lo que parece!”. Mientras yo le decía adiós con mi mano y pensaba “Nunca más, nené… Nunca más…Ahora tendrás que trabajar…”
-Bueno, la escalera es un poco estrecha y necesita una manita de pintura -nos dijo mientras subíamos para verlo.
-Sí, sí que la necesita. (¿Una manita de pintura? Eso lo necesitaba hace treinta años, ahora lo que pide a gritos es una restauración completa) –pensaba yo.
-Pasad, pasad, hace poco que lo he reformado. Lo he dejado hecho un dulce –nos dijo.
-Ya veo, ya…-le dije- (Esta señora debe ser diabética y no ha visto un dulce en su vida. ¡Menudo tugurio!) –pensé.
Yo miré de reojo a Valentín y él me dijo que sí con la cabeza. Claro que a los artistas les gustan los ambientes bohemios. Lo alquilamos. Lo adecentamos como pudimos y nos instalamos en pocos días.
Doña María tenía fama de avara, pero yo la encontraba una señora encantadora, siempre pendiente de todo y de todos. Vivía sola en el primero primera y nosotros en el primero segundo. Cada vez que entrábamos y salíamos, los vecinos, ella abría la puerta para recordarnos que había llegado la hora de pagar el alquiler; que tocaba pagar los gastos de comunidad; el recibo del agua; en fin: muy atenta.
La misma noche de la inauguración, como a las dos de la madrugada, un ruido me despertó. Cuando mis sentidos se recobraron supe que venían del piso de arriba, el segundo segunda. “¡Olé!, ¡olé!, ¡qué poderío!”, coreaban unas voces mientras el techo retumbaba, la lámpara se cimbreaba con el taconeo y se oían unas castañuelas que acompañaban a un disco de sevillanas. “¡Cielo santo! ¿Qué es esto?”, me dije; porque a todo esto Valentín seguía durmiendo como un lirón. Más tarde me enteré que vivían dos inglesas a las que les gustaba montar todas las noches su tablao flamenco. Unos chicos italianos les daban clases, pero era visible que no tenían ni pajolera idea y sólo querían ligárselas. Con tanta juerga estaban cansadas y trabajar trabajaban poco, así que casi nunca podían pagar el alquiler.
A los pocos días me percaté que mis vecinos parecían búhos, vivían la noche intensamente. La señora Hormiguita, fue el mote que le pusimos, del segundo primero, una mujer de unos setenta años y un metro cuarenta y poco; pero capaz de arrastrar hasta su piso cualquier mueble, por grande que fuera, que durante el día hubieran tirado en el vecindario. Me parece estar viéndola por la mirilla de la puerta, de madrugada, con un armario de dos puertas a las espaldas y el “pom”, “pom”, del chocar de éste en cada escalón. Y así pasito a pasito, escalón tras escalón hasta su piso, que de tanto almacenar trastos parecía un mercadillo de segunda mano. “La gente tira las cosas nuevas”, era su frase favorita; me la repetía cada vez que nos veíamos. Como era jubilada rara vez podía pagar el alquiler.
En el ático vivía otra noctámbula, Deborah. Era separada y con un hijo adolescente. Cristian, excelente melómano, de Heavy Metal; muy generoso, compartía sus discos a toda leche con el resto del vecindario. Algunos no eran tan amantes de la música y esto originaba que cada dos por tres estuviera la policía haciéndole una cortés visita. Deborah tenía don de gentes, cultivaba la amistad, generalmente masculinas. Por eso las madrugadas del fin de semana se convertían en un ir y venir de hombres subiendo y bajando las escaleras. Había más gente que en el metro en hora punta. Estando en el paro y con un hijo, al parecer no le llegaba para pagar el alquiler.
Una mañana estaba abriendo la puerta de mi piso y Loli subía corriendo, con un bebé en brazos; del tercero segunda. Veinte años, casada y con tres hijos. Venía del hospital, acababa de dar a luz a su tercer retoño. Parecía recién salida de un reportaje del Hola, perfectamente arreglada, maquillada, peinada y con unos taconazos de aguja de impresión. Ni un gramo de grasa, ni de vientre. Me contó que ella tenía unos partos muy fáciles y que ni un punto precisaba. Por lo visto esta chica no paría, los hijos se le caían.
-¡Uy, que mono! ¿Cómo le habéis puesto? –le dije, cuando me enseñó al pequeñín.
-¡Richard!, ¿qué otro nombre? –me contestó.
-Chica, no sé…Hay muchos nombres españoles y muy bonitos…
-No, veras. Mi mayor se llama Michael; el segundo, Kevin –al ver mi cara de estupor, prosiguió-. Mira, yo soy una fanática de la serie Falcon Crest y por eso le pongo a mis hijos los nombres de los protagonistas.
-¡Ah!, ya entiendo… (Pues nada, hija, tú tranquila que al ritmo que los tienes para dentro de pocos años tienes el elenco completo en casa), pensé.
Su esposo llevaba tres años de baja laboral, había sufrido un accidente de tráfico y no estaba para trabajar. Y como la paga era baja y el número de criaturas alto…Les era imposible pagar el alquiler.
Me hallaba estudiando en mi ordenador y de repente se fue la luz. Me asomé a la escalera para ver si el apagón era general. “¡Jesús!, ¡qué susto!”, pensé. Me encontré con un hombre en calzoncillos, tirado en los escalones, alargando el brazo para alcanzar el cajetín de los fusibles. “¡Caray!, vale que es verano pero se podía haber puesto algo encima”. “¡Unas simples chancletas!”, me dije. Se incorporó y subió los escalones mientras trataba de darme inútilmente explicaciones. “Buabu bubu la luz, buba bubuu”, me explicó. Era el vecino del tercero primera, Bubu. Este apodo le venía que ni pintado, porque cuando trataba de hablar emitía sonidos onomatopéyicos ininteligibles. Se acercaba a mí tambaleándose, semidesnudo, nervioso y agitando las manos mientras “bubeaba”. “¡Qué horror!”, pensé mientras apartaba la vista de aquel lamentable aficionado stripper. Le dije que sí a todo y entré en casa. Bubu tenía incapacidad laboral permanente, pero esto no le incapacitaba para beber whisky, ron, ginebra, vodka…su pensión era mínima y sus gastos máximos, lo que no sólo le impedían pagar el alquiler, sino que se veía obligado a no pagar la luz y por este motivo la compañía le había cortado el suministro. Lo que le llevaba inexorablemente a manipularnos los contadores para sustraer los nuestros en su beneficio. De ahí el esperpéntico encuentro.
Pocos días después escuché una acalorada discusión en el rellano. Me acerqué a la puerta para escuchar bien. Era doña María que le reclamaba el alquiler a Bubu. Estaban muy alterados y después de un rato: el silencio. Al mediodía me enteré que se habían llevado a la dueña al hospital, a consecuencia de un infarto. Al día siguiente, su hija, me dijo que le iban a dar el alta, pero…Recibió una visita hospitalaria de Bubu y un nuevo infarto. Se murió. La pobre, su frase favorita era, “Mis pisos son mi vida”. Esa misma madrugada oí ruidos en el piso de María. Me levanté, corrí a la cocina, cogí un vaso, corrí al muro que separaban los pisos, puse el vaso y mi oreja pegada a él. Se oían ruidos de abrir y cerrar puertas y cajones. Escuché a una de sus hijas “Mira bien. El medallón gordo de oro de mi madre no está”. “Ni el reloj de oro, tampoco”. “Lo mejor falta”. “¡Ya se nos han adelantado mis hermanas!”. “¡Sólo nos vamos a llevar mierdas! ¡Puras mierdas!”. “¡Por Dios!, si todavía no han enterrado a su madre. ¡Menudas buitres! ¡Esto es demasiado!”, pensé. Después de venir del entierro decidí hablar con Valentín.
-Mira, nené, deberíamos pensar en mudarnos. El piso es muy pequeño y los vecinos demasiado pintorescos –le dije.
-Turroncito, ¿y con qué dinero? –me contestó.
-No sé, yo ya contribuyo con lo que me dan mis papás, cielo. Podrías trabajar unas horitas para complementar –le apunté.
-Princesita, tú sabes que yo no puedo estropear mis manos, soy artista. Espera y cuando venda un cuadro nos mudamos, sí. No me pongas morritos. Venga… dale un beso a tu pintor, cosita –me decía mientras me sujetaba y bamboleaba la cintura.
Esta mañana al despertarme, Valentín no estaba a mi lado. Pensé que mis palabras le habían hecho recapacitar y había salido a buscar empleo. Mientras desayunaba se desató una gran tormenta. Llovía tanto que parecía el diluvio y hacia un aire que se asemejaba al de un huracán. Me extrañó oír el chaparrón en la escalera y abrí la puerta. “¡No puede ser!”, grité. Ante mis ojos caía un aguacero incesante. Miré hacia arriba y la claraboya del techo había volado. Se la llevó el viento. Los escalones parecían las cataratas del Iguazú. Subí corriendo para avisar a los vecinos. No había nadie. Llegué a la tercera planta. Toqué en la puerta del señor Bubu. Un extraño olor me alertó. Miré hacia abajo. Por debajo de la puerta salía humo. “¡Fuego!, ¡agua!, ¡fuego!”, comencé a gritar. Nadie abría. Al parecer Bubu apagó mal un cigarro, sobre la mesa una botella de ron derramado. Se juntaron. Y Se prendió. Subí al ático. “¡Deborah!, ¡abre!”, gritaba mientras llamaba al timbre. Me abrió. Iba en negligé semitransparente y debajo sólo sus voluptuosas formas. “¿Qué pasa?”, me dijo. Desde el fondo del piso se escuchó “Venga, Debo, vuelve a la cama que se me va a ir la inspiración”. “¿Esa voz…? ¡Esa voz la conozco! ¡Valeentíííínnn! Bajamos corriendo. Nos empapamos. Alerté a emergencias por mi celular. Vinieron la policía, ambulancia y bomberos. Y, por fin, también llegó el chofer de mi papá, subí a nuestro Mercedes y volví a mi hogar. Valentín corría detrás de mi coche, esquivando bomberos y policías, saltando mangueras, medio desnudo, descalzo y empapado, gritando “¡Turroncito, te equivocas!, ¡no es lo que parece!”. Mientras yo le decía adiós con mi mano y pensaba “Nunca más, nené… Nunca más…Ahora tendrás que trabajar…”
Hola, Margarita, ¡TE FELICITO! Este sitio es precioso. Creo que me pasaré seguidito, Me gusta el mar, me encantó Madame Bovary (coincidencia) y me dio gusto conocerte, amiga libriana.
ResponderSuprimirVoy al cuento: por cierto, es una obra arte humorística de aquellas, un homenaje de lujo al humor del mejor; demuestra cómo se puede lograr hacer reir sin utlilizar recursos "bajos". JAJAJA. Es lo mejor que he leído en mucho tiempo, y eso que bien sabes, no es la primera vez que lo leo. Y sigue sprorpendiéndome.
Un abrazo grande, y ¡EXITOS!
Pero, Margarita, ¡qué vecinos, por todos los cielos constelados! ¡Y qué maridito se echó encima ella!
ResponderSuprimirDeborah me encanta, ella tan dada a las amistades masculinas....y su hijo tan generoso con su música, ¿cómo se la iba a guardar para él solito? No, no, él pensaba en sus vecinos, no los quería dejar de lado. ¿Y el señor Bubu? Ése sí es todo un personaje:
“¡Caray!, vale que es verano pero se podía haber puesto algo encima”. “¡Unas simples chancletas!”, me dije.
¡Juajuajuajua! Eso de una simples chancletas....cómo me hiciste reir con eso, mirá que encontrarte en una escalera a oscuras, con un señor Bubu desnudo, y pensar que por lo menos podría vestirse con unas chancletas...
Y al final: el agua que cae, el incendio, el maridito dulce descubierto in fraganti, el maridito infiel corriendo bajo la lluvia y saltando bomberos, policías y mangueras.
Eso sí, espero que Doña María haya encontrado un cielo donde pueda darse el lugo de ser casera de un edificio al que amar, pero ahora, libre de familia tan arpía y de vecinos tan desconsiderados.
Un cariño,
Esther
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderSuprimirAy, Esther, el amor que nos ciega, hija. Ja, ja, ja, sé que Deborah te tiene fascinada, no es para menos; y su niño, ¿no es adorable? Se preocupa por la cultura musical del vencidario.
ResponderSuprimirEl señor Bubu, sí, es capaz de soltarte un discurso sin que lleguemos a enterarnos de nada. La pobre “Turroncito”, lo que se dice tener, tiene el dinero de los papás, pero anda cortita de luces. Ya me dirás cuál es la diferencia de verle con unas chancletas puestas.
Bueno, quise “vengarme” del maridito, se lo tenía merecido.
Seguro que Doña María está rentando pisos celestiales. Yo estoy por apartarme uno, para cuando llegue la hora, claro. ¿Os apuntáis Turkesa y tú? Digo, así seremos vecinas…Bueno, no hay prisas, ¿no? Igual nos llega...
No se me ocurre tener mejores vecinas.
Ah, qué comentarios los vuestros amigas, la inspiran a una. Gracias por pasarte y por este maravilloso momentazo que me has regalado.
Besos,
Margarita
Hola, turkesa, gracias mil querida amiga, por pasarte por este edificio de locos y por el blog. Pues eso parece, tenemos algunas cosillas en común ; ). El mar lo adoro y ese libro lo leí hace un montón de años y todavía lo tengo fresco en mi memoria, y eso que no es muy buena, la memoria, digo, je,je.
ResponderSuprimirSí, sé que este cuento te gusta, no sé las veces que lo habrás leído. Te nombro su mejor fan, desde ya, te lo agradezco infinito. Pues cuando quieras aquí estarán esperándote, yo creo que ya te consideran una vecina más, pero de las cuerdas, eh. Cuando subas y bajes por ella te aconsejo ir con Esther, por si os encontráis al señor Bubu en paños menores por ahí tirado, no es como para ir sola : ).
Ah, no sé dónde metí la zarpa que suprimí el primer comentario que te dejé, todavía estoy pez por aquí :(
Besazos, de los enormes,
Margarita