sábado, 17 de noviembre de 2007

El bosque de Salma


Era otoño. Salma paseaba por primera vez a lo largo del bello y mágico bosque situado delante de su nueva casa. Hacía apenas unas horas que se había trasladado desde la ciudad. Todo le parecía maravilloso y misterioso. Miraba con asombro el magnífico espectáculo que te ofrece la naturaleza. El estallido de colores la transportaba al mundo sorprendente de ocres, anaranjados y rojizos de las hojas; exquisitamente entremezclados con el verde refulgente de los musgos y el plateado de los troncos.

Le resultaba placentero caminar sobre un colchón de hojas doradas e iba dando saltitos para oírlas crujir bajo sus pies. Hasta que al rato, una pequeña brisa se levantó. Salma cerró los ojos sintiendo su caricia en el rostro. Un ruido le sobresaltó y comenzó a escrutar a su alrededor con suma atención. Lo que vio la dejó atónita; se le antojaba prodigioso. Delante de ella se erguía un gran hongo, sobre él, dos gnomos estaban discutiendo lo que parecían asuntos de importancia, mientras fumaban plácidamente sus pipas y saboreaban unas tazas de té de leñador; al lado había un árbol, y en éste, descansando en una rama, un elfo de orejas puntiagudas al que hacía compañía un búho dormitando.

Entonces reparó en el susurro del agua, y giró su cabeza, desvelándose ante ella una de las imágenes más hermosas que sus retinas habían tenido el privilegio de contemplar. En la orilla del diminuto riachuelo se encontraban dos bellas ninfas. Xana empujaba una gran flor cargada de gotas de rocío. Volcaba su contenido sobre su hermana Kassia, que permanecía debajo lavándose su largo y bello cabello rojo.

Todavía las miraba embelesada, cuando comenzó a escuchar unos cánticos, un poco más lejos. Sus ojos, anhelantes, no tardaron en descubrir un coro de hadas. Cantaban una bella canción que no lograba entender, mientras bailaban suspendidas en el aire. Fascinada con la mágica escena, y sin salir de su asombro, observó venir corriendo a alguien. Al principio le pareció un niño, más o menos de su estatura, pero al tenerlo cerca vio que era muy peludo, su cabello largo y largas garras; era un duende: el guardián del bosque. Éste, enseguida llamó la atención de los demás seres, que hasta ese momento no habían advertido su presencia. Todos se reunieron alrededor suyo y empezaron a discutir acaloradamente entre ellos, en una lengua desconocida para la niña. Parecían muy contrariados y, de vez en cuando, el duende la miraba como si ella hubiera cometido algún delito importante.

Empezaba a asustarse, ya se disponía a poner tierra de por medio, cuando aquel guardián se dirigió a ella:

-¡Quieta! ¡No te vayas! Espera un momento aquí –le ordenó con voz grave.
-Sí, claro –fue lo único que el miedo le permitió decir.
-¿Entiendes élfico? –le preguntó, con mirada adusta.
- …No –contestó, casi sin poder articular palabra.
-Pues entonces, y puesto que estamos hablando de ti, conversaremos en tu idioma. Es justo que te enteres de nuestro veredicto.

¡¿Veredicto?! Esto no sonaba bien. ¿Acaso ella había cometido alguna infracción? Las ninfas decían que, con total seguridad, era una niña. Los elfos les recordaron que los humanos no tenían la facultad de verlos; sólo los seres especiales podían hacerlo. Las hadas aseveraban que se trataba de un ángel. Los gnomos, que alguna vez vieron un humano, desde lejos, apoyaron a las ninfas, “viste como los humanos: pantalones tejanos, jersey blanco, zapatillas deportivas. Es una niña”, sentenciaron. Las hadas, insistían. Ellas también habían conocido alguno y les rebatían con ardor que no, que ella no lo era. No tenía pelo, ni cejas, ni pestañas; su piel era muy blanca, pálida y estaba excesivamente delgada. Tenía que ser, por fuerza, un ángel. El duende preguntó si alguno de los presentes sabía cómo eran los ángeles.

Después de largo rato, de discusiones filosóficas, decidieron preguntarle a la extraña criatura. Aquel estricto guardián se dirigió nuevamente a Salma.

-Verás… ¿Podrías aclararnos qué clase de ser eres tú?
-¡Humana!, sin duda, soy humana.
-¿Estás segura? –inquirió el duende.
-¡Sí!, por supuesto que sí –contestó, firme y algo molesta.
-En serio… ¿No eres un ángel?
-¡¿Yo?! No, que va…-ante tal insistencia una sonrisa se le fugaba.

Aquella confusa situación comenzaba a divertirle. Los entes mágicos al ver aquella expresión de la niña cambiaron su semblante. Vieron que no entrañaba peligro y decidieron dejarla marchar. Salma solicitó su aprobación para visitarlos, y ellos accedieron gustosos, pues el rato que habían pasado junto al desconocido ser les había cautivado. A partir de aquel momento ella iba todos los días al bosque y pasaba largas horas con sus nuevos amigos. Cantaba y bailaba con las hadas, y estas la regañaban cuando quería cortar una flor “niña no cortes esa violeta, cuando separas a ésta de la tierra, muere al poco tiempo. Déjala ahí; es su lugar natural en el mundo”. Las ninfas, de vez en cuando, la sorprendían transportándole por los aires un diamante negro, una deliciosa trufa, que ella les agradecía regalándoles una amplia sonrisa con la que iluminaba aquel sombrío bosque. Salma cada vez estaba menos rato con ellos y parecía más cansada, hasta que llegó un día en el que no apareció; ni al siguiente, ni al otro…Así transcurrieron largos meses. Los moradores del bosque se habían acostumbrado a su presencia y extrañaban a su nueva amiga.

Todo volvía a ser como antes. Los gnomos discutiendo encima del hongo y el elfo durmiendo en la rama del árbol; las ninfas junto al río acicalándose y las hadas cantando…

Una soleada mañana de primavera, un elfo, desde lo alto de un árbol vio una sombra a lo lejos. Avisó a los demás y se escondieron mientras observaban como una figura se aproximaba. Llevaba un vestido largo, radiantemente blanco y vaporoso. Caminaba descalza casi sin rozar el musgo, parecía deslizarse. Se miraron desconcertados, ¿era esa su amiga humana? Sí, era ella, pero ahora tenía un precioso cabello oscuro que le cubría hasta los hombros y su piel ya no era blanca, era sonrosada.

Los habitantes del bosque salieron de su escondite y se apresuraron a su encuentro. Todos le preguntaban de forma atropellada, querían saber por qué no les había visitado en tanto tiempo. Con el bullicio no había forma de entenderse, hasta que el guardián silbó con todas sus fuerzas, poniendo orden de inmediato. Y se dirigió a Salma, preguntándole al respecto.

-No podía venir. En realidad vengo a despedirme y agradeceros vuestra compañía y amistad. He de partir -sentenció.

Se armó un revuelo. No entendían qué pasaba, por qué no volvería. Se lamentaron. Salma se despidió de todos ellos. Éstos permanecieron inmóviles mientras la veían partir. Observaron alejarse su resplandeciente silueta hasta que se desvaneció. Danna, una de las hadas, en ese instante vislumbró su esencia:

-¿Veis como no era una niña? Nosotras teníamos razón. Sin lugar a dudas: es un ángel. Y los ángeles tienen un período muy limitado en la tierra. Alegrémonos que compartimos nuestro tiempo con uno; ahora, el cielo la reclama. Contentémonos viéndola partir a su lugar natural en el mundo.

8 comentarios:

  1. ¡¡¡¡¡¡¡¡Hola!!!!!!!!!!!!
    Margarita guapa! y tan guapa que eres, niña!

    Muy chuli tu blog. Y qué precioso cuento el bosque de Salma, qué derroche de imaginación y buen hacer.

    A mí también me encanta Oscar Wilde, y siempre tiene unas frases matadoras.

    besossssssssss,
    pepsi

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  2. "Lo que no me explicó fue el lugar en el que debía colocar las comas."
    ¡Se nota, se nota, ja,ja,ja!
    Este cuento es muy bonito, Margarita,un cuento digno de estar en libros infantiles en cualquier librería.
    Pero las comas y algunas cosillas ralentizan la lectura.
    Bueno, pues ya tengo otro lugar donde saciar mi sed de lectura.Enhorabuena por este bonito blog. Un beso

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  3. hola Margarita, que lindo tu blog¡¡¡ Me gustan los colores suaves que has elegido, y las fotos (¡¡sobre todo la tuya, guapetona!!!!)y los dibujos, todo.

    Ah, un cuento de hadas, con elfos y ninfas y duendes y etc. Con un punto triste, que los cuentos como este siempre lo tienen. Muy bonito,florecita, muy tierno.

    abrazos

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  4. ¡Ah, Margarita, qué dulce relato! Melancólico, y a la vez de gozos; la niña pálida, y el ángel que abandona a sus amigos del bosque, para ir a “su lugar”, el que le pertenece y al cual, en verdad, pertenece.

    Un gusto, amiga

    Y un abrazo
    Esther

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  5. Pepsi, tú siempre tan burbujeante, regalando alegría por donde pasas. Gracias, amiga. Me alegro que te guste el blog. Así que te gustó la magia del bosque y sus elfos, ninfas y hadas. Pues es todo un elogio viniendo de la maga de las palabras, que derrocha imaginación.

    Así que coincidimos en gusto por uno de los grandes genios, Oscar. Si el bueno de Oscar tiene muchas frases que me gustan, algunas son lapidarias de verdad; lo dicho, un genio. Gracias por pasarte, amiga.

    Un beso,

    Margarita

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  6. Juan, ja, ja, ja, es que no es tan fácil, eh; por lo menos para mí que soy tremendamente despistada y hasta tengo fallos en cosas que sé. Todavía no pierdo la esperanza de que algún día no se me escape casi nada. Me alegro que te gustase el cuento y el blog. Uy, para estar en las librerías le queda darle puliditos, igual dentro de algunos años, si ya he podido seguir los consejos del maestro. Pues, nada, ya sabes que yo encantada de recibirte aquí, en esta mí/tú casa.

    Un beso,

    Margarita

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  7. Ñam, me alegro que te guste mi casa. La he preparado con mucha ilusión y ahora estoy enseñándosela a los amigos, ya sabes cómo son estas cosas. Bueno, pues ya sabes cómo soy. Gracias a Pepsi y a ti por los piropos, como se nota que sois mis amigas, eh; tengo que decirte que estas cosillas me dan apuro, mujer…

    Pues sí, tiene un punto triste, aunque he intentado que fuera muy fugaz y sutil y que prevaleciera la magia de esos seres al lado de la niña. La verdad es que me gustó mucho meterme en este mundo mágico y creo que no será la última vez ;)

    Besos, guapa,

    Margarita

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  8. Ay, Esther, me alegro que te gustase. Bueno, como le decía a ñam, tiene su punto triste, aunque he intentado que fuera agridulce haciéndola volver a “su lugar”: donde van los ángeles. Quién sabe de los misterios…y los porqués algunos tienen tan largo recorrido y otros tan cortos. Quiero pensar que hay un motivo, sino sería tremendamente injusto, ¿no te parece?

    Besos, amiga,

    Margarita

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