
Llegué a mi casa a primera hora de la tarde. Lo último que deseaba era encontrarme con César allí. Regresaba para recoger mis últimas pertenencias, después de dos meses de separación. No quería saber más de él, ni verlo, ni oírlo; nada. Reinaban el silencio y el desorden. “¡cómo no!”, pensé. Él siempre había sido una calamidad para la limpieza y ahora que estaba solo no iba a mejorar. “Míralo, viviendo a sus anchas. Rodeado del caos y la mugre”, le dije a Luna, nuestra perra, que no cesaba de menear la cola y dar saltitos desde que entré.
Subí las escaleras y arrastré mis pies hasta el dormitorio. Entré. Frente a mí vi la cama sin hacer. Las sábanas estaban revueltas y me asaltaron visiones de tiempos pasados, dichosos. Enseguida aparté esas imágenes de mi mente; ahora no podía estar perdiendo el tiempo en boberías como aquellas.
Me dirigí decidida al armario comenzando a desalojarlo y a guardar mis ropas en una maleta. Al abrir un cajón me encontré con aquella libreta de cuero viejo. “Regalo de aniversario de esta idiota”, pensé. La abrí. Dentro estaban escritas algunas anotaciones con sus fechas. “El diario de un cretino”, pensé. “Mira Luna, el señor, ahora se nos ha metido a escritor. ¿Qué te parece?”, le dije con amarga ironía. La pobre me miraba con cara de estupor. La deposité sobre mi antigua mesita de noche, al lado de la foto de César y la miré un instante. ¡De verdad!, ¡sólo fue un segundo!
Intentaba seguir con mis quehaceres, pero la curiosidad iba instalándose en mi cuerpo, carcomiéndome. “¿Por qué me tiene que interesar lo que diga ese?” Tú a lo que has venido; a lo tuyo”, me dije. Recorría de arriba abajo mil veces la habitación, escrutando los muebles, recolectando mis cosas; pero de vez en cuando mis ojos se posaban en aquel odioso cuaderno y después en su foto. Contemplaba su rostro, su boca, sus ojos...“¡Qué cursi, Luna! Un hombre escribiendo un diario”, le dije como si a ella le interesase otra cosa en el mundo que no fuera recibir una galleta de mis manos. Y yo a seguir revisando, nada se debía quedar atrás; no pensaba volver, jamás.
No estaba cansada, pero decidí hacer un alto en la tarea, y todavía hoy no sé muy bien por qué. Bajé a la cocina, preparé una taza de café, una tostada y regrese al cuarto. Me senté sobre la cama recostándome en el cabezal y comencé a degustar mi frugal merienda. Tomaba un sorbo de café, miraba de reojo la libreta y vuelta a empezar. Otro sorbo, otra mirada...hasta que comencé a escuchar claramente, “léeme”, “léeme” y lo decía de forma insistente la condenada. “¡Qué diablos! Voy a leer un poco”, me dije. Nadie lo va a saber nunca. Busqué ávidamente la fecha de aquel funesto día, sin éxito. Lo más cercano, el muy cretino, lo había anotado tres días después:
2 de febrero: No me has concedido verte. Te habría dicho cuánto te amo, y que por una casualidad de la vida te he sido infiel. Me arrepiento mucho. He sido un soberano idiota. Soy un ser humano con sus defectos. Cualquier hombre hubiera hecho lo mismo en mi lugar.
¿Cualquier hombre? ¡Pues todos cínicos! ¿Se puede ser infiel por casualidad? ¡Ja! ¡Por casualidad te puedes tropezar y romperte la crisma! ¡Por casualidad te puedes caer al mar desde un barco y ahogarte! ¿Pero ser infiel? Me parece que no, “querido”, no. Dame pan y dime tonto.
16 de febrero: No te dignas ni a cogerme el teléfono. ¿No me vas a dar ni la oportunidad de explicarme? Hoy te he visto de lejos y te has cortado el pelo. ¿Por qué? ¿Sólo para molestarme…?
Es simple: después de tu “casualidad” no tengo nada en absoluto que escucharte. Mejor cortarse las melenas que las venas. ¡¿Ahora qué quieres, convertirte en mi estilista?! ¡¿Para molestarte?! ¡Serás egocéntrico e imbécil! No te preocupes, si hubiera un campeonato mundial, tú tendrías la medalla de oro asegurada, “mi vida”.
28 de febrero: Sigues empeñada en no ponerte al teléfono. No puedo comunicarme contigo. ¿Es qué no tienes corazón? Te diría, te juraría que jamás volveré a hacerlo, sobre todo porque nunca me he sentido tan mal en mi vida.
¡Ni tú pizca de vergüenza, ni medio gramo de cerebro! Nada…, nada que no se te pase con un par de aspirinas.
5 de marzo: Ojalá no hubiese seguido mis impulsos y ahora no estaría lamentándome. Otro día más sin ti. No encuentro la forma de hablar contigo. No me escuchas. Necesito decirte que te sigo amando tanto… Me gustaría saber qué tengo que hacer para que vuelvas. Cada día que pasa es más difícil. No se cómo saldré de ésta, si bien o acabaré tonto perdido.
Si cruzases el desierto del Gobi, sin comida ni bebida, como penitencia y de rodillas, puede que empezase a pensármelo…no es seguro.
15 de marzo: Otro día más sin amanecer a tu lado. Es insoportable. Ayer hice otra tontería, cada día estoy peor. No sé qué va a ser de mí, creo que terminaré mal.
Subí las escaleras y arrastré mis pies hasta el dormitorio. Entré. Frente a mí vi la cama sin hacer. Las sábanas estaban revueltas y me asaltaron visiones de tiempos pasados, dichosos. Enseguida aparté esas imágenes de mi mente; ahora no podía estar perdiendo el tiempo en boberías como aquellas.
Me dirigí decidida al armario comenzando a desalojarlo y a guardar mis ropas en una maleta. Al abrir un cajón me encontré con aquella libreta de cuero viejo. “Regalo de aniversario de esta idiota”, pensé. La abrí. Dentro estaban escritas algunas anotaciones con sus fechas. “El diario de un cretino”, pensé. “Mira Luna, el señor, ahora se nos ha metido a escritor. ¿Qué te parece?”, le dije con amarga ironía. La pobre me miraba con cara de estupor. La deposité sobre mi antigua mesita de noche, al lado de la foto de César y la miré un instante. ¡De verdad!, ¡sólo fue un segundo!
Intentaba seguir con mis quehaceres, pero la curiosidad iba instalándose en mi cuerpo, carcomiéndome. “¿Por qué me tiene que interesar lo que diga ese?” Tú a lo que has venido; a lo tuyo”, me dije. Recorría de arriba abajo mil veces la habitación, escrutando los muebles, recolectando mis cosas; pero de vez en cuando mis ojos se posaban en aquel odioso cuaderno y después en su foto. Contemplaba su rostro, su boca, sus ojos...“¡Qué cursi, Luna! Un hombre escribiendo un diario”, le dije como si a ella le interesase otra cosa en el mundo que no fuera recibir una galleta de mis manos. Y yo a seguir revisando, nada se debía quedar atrás; no pensaba volver, jamás.
No estaba cansada, pero decidí hacer un alto en la tarea, y todavía hoy no sé muy bien por qué. Bajé a la cocina, preparé una taza de café, una tostada y regrese al cuarto. Me senté sobre la cama recostándome en el cabezal y comencé a degustar mi frugal merienda. Tomaba un sorbo de café, miraba de reojo la libreta y vuelta a empezar. Otro sorbo, otra mirada...hasta que comencé a escuchar claramente, “léeme”, “léeme” y lo decía de forma insistente la condenada. “¡Qué diablos! Voy a leer un poco”, me dije. Nadie lo va a saber nunca. Busqué ávidamente la fecha de aquel funesto día, sin éxito. Lo más cercano, el muy cretino, lo había anotado tres días después:
2 de febrero: No me has concedido verte. Te habría dicho cuánto te amo, y que por una casualidad de la vida te he sido infiel. Me arrepiento mucho. He sido un soberano idiota. Soy un ser humano con sus defectos. Cualquier hombre hubiera hecho lo mismo en mi lugar.
¿Cualquier hombre? ¡Pues todos cínicos! ¿Se puede ser infiel por casualidad? ¡Ja! ¡Por casualidad te puedes tropezar y romperte la crisma! ¡Por casualidad te puedes caer al mar desde un barco y ahogarte! ¿Pero ser infiel? Me parece que no, “querido”, no. Dame pan y dime tonto.
16 de febrero: No te dignas ni a cogerme el teléfono. ¿No me vas a dar ni la oportunidad de explicarme? Hoy te he visto de lejos y te has cortado el pelo. ¿Por qué? ¿Sólo para molestarme…?
Es simple: después de tu “casualidad” no tengo nada en absoluto que escucharte. Mejor cortarse las melenas que las venas. ¡¿Ahora qué quieres, convertirte en mi estilista?! ¡¿Para molestarte?! ¡Serás egocéntrico e imbécil! No te preocupes, si hubiera un campeonato mundial, tú tendrías la medalla de oro asegurada, “mi vida”.
28 de febrero: Sigues empeñada en no ponerte al teléfono. No puedo comunicarme contigo. ¿Es qué no tienes corazón? Te diría, te juraría que jamás volveré a hacerlo, sobre todo porque nunca me he sentido tan mal en mi vida.
¡Ni tú pizca de vergüenza, ni medio gramo de cerebro! Nada…, nada que no se te pase con un par de aspirinas.
5 de marzo: Ojalá no hubiese seguido mis impulsos y ahora no estaría lamentándome. Otro día más sin ti. No encuentro la forma de hablar contigo. No me escuchas. Necesito decirte que te sigo amando tanto… Me gustaría saber qué tengo que hacer para que vuelvas. Cada día que pasa es más difícil. No se cómo saldré de ésta, si bien o acabaré tonto perdido.
Si cruzases el desierto del Gobi, sin comida ni bebida, como penitencia y de rodillas, puede que empezase a pensármelo…no es seguro.
15 de marzo: Otro día más sin amanecer a tu lado. Es insoportable. Ayer hice otra tontería, cada día estoy peor. No sé qué va a ser de mí, creo que terminaré mal.
Tú, “casualmente”, te lo has buscado y yo he resultado ser el daño colateral.
30 de marzo: Mi vida no tiene sentido si tú no estás en ella. ¿Seguir mi camino? Pero sin ti a mi lado va ser muy difícil; imposible. Me estoy haciendo un ermitaño. No tengo fuerzas ni para ir a trabajar. Dicen que el tiempo lo cura todo…será si el dolor no acaba contigo primero.
No sé…pero algo de todo aquello me llegó; me caló. Empecé a notar un sentimiento que pugnaba fuertemente por surgir desde lo más profundo de mi ser, en contra de mi voluntad. Lugar donde yo me había encargado de sepultarlo con sumo mimo y esmero ese aciago día. ¡¿Era amor?! ¡Imposible! Horrorizada descubrí dos lágrimas rodando por mis mejillas. Mojé la yema de mis dedos con ellas y las probé; era como si no me pudiera creer aquello. ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso era una pobre infeliz? ¡Llorar por ese…! ¿Cómo podía estar pensando volver con él?
¡Para qué lo habré leído! Yo que me había esforzado tanto para no escucharlo…no atender a sus razones… Arrojé con todas mis fuerzas aquel maldito diario que acababa de remover mis entrañas. Después de todo ¿qué había escrito allí? “Simples palabras. Puestas una tras otra hasta edificar frases; nada más”, dije en voz alta para infundirme seguridad. Me espantaba flaquear. No podía ser tan estúpida como para perdonarlo. Tenía que ser fuerte. ¿A quién quería engañar si estaba sola? ¿A Luna? ¿A mí? No, no podía seguir mintiéndome. Mi máscara de hielo fue fundiéndose al calor de sus palabras evaporádose por completo. No me quedó más remedio que admitir que ansiaba verlo, que lo amaba; que lo necesitaba.
César llegó a nuestra casa a eso de las nueve y yo estaba preparando la cena. Abrió la puerta de la cocina y al reparar en mi presencia se quedó patidifuso bajo el dintel de la puerta; sus ojos no daban crédito. No comprendía qué estaba sucediendo. Cuando salió de su asombro preguntó, tímidamente, “¿qué haces aquí?”. Respondí con aire de cotidianidad, “¿Qué voy hacer? ¿No lo ves? La cena”. Su sonrisa irradió felicidad a todo su rostro, su alma parecía querer volar hasta mi encuentro, pero conservando su aplomo sólo me dirigió una pícara palabra, “¿subimos?”. Resuelta, respondí con un lacónico: “sí”.
30 de marzo: Mi vida no tiene sentido si tú no estás en ella. ¿Seguir mi camino? Pero sin ti a mi lado va ser muy difícil; imposible. Me estoy haciendo un ermitaño. No tengo fuerzas ni para ir a trabajar. Dicen que el tiempo lo cura todo…será si el dolor no acaba contigo primero.
No sé…pero algo de todo aquello me llegó; me caló. Empecé a notar un sentimiento que pugnaba fuertemente por surgir desde lo más profundo de mi ser, en contra de mi voluntad. Lugar donde yo me había encargado de sepultarlo con sumo mimo y esmero ese aciago día. ¡¿Era amor?! ¡Imposible! Horrorizada descubrí dos lágrimas rodando por mis mejillas. Mojé la yema de mis dedos con ellas y las probé; era como si no me pudiera creer aquello. ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso era una pobre infeliz? ¡Llorar por ese…! ¿Cómo podía estar pensando volver con él?
¡Para qué lo habré leído! Yo que me había esforzado tanto para no escucharlo…no atender a sus razones… Arrojé con todas mis fuerzas aquel maldito diario que acababa de remover mis entrañas. Después de todo ¿qué había escrito allí? “Simples palabras. Puestas una tras otra hasta edificar frases; nada más”, dije en voz alta para infundirme seguridad. Me espantaba flaquear. No podía ser tan estúpida como para perdonarlo. Tenía que ser fuerte. ¿A quién quería engañar si estaba sola? ¿A Luna? ¿A mí? No, no podía seguir mintiéndome. Mi máscara de hielo fue fundiéndose al calor de sus palabras evaporádose por completo. No me quedó más remedio que admitir que ansiaba verlo, que lo amaba; que lo necesitaba.
César llegó a nuestra casa a eso de las nueve y yo estaba preparando la cena. Abrió la puerta de la cocina y al reparar en mi presencia se quedó patidifuso bajo el dintel de la puerta; sus ojos no daban crédito. No comprendía qué estaba sucediendo. Cuando salió de su asombro preguntó, tímidamente, “¿qué haces aquí?”. Respondí con aire de cotidianidad, “¿Qué voy hacer? ¿No lo ves? La cena”. Su sonrisa irradió felicidad a todo su rostro, su alma parecía querer volar hasta mi encuentro, pero conservando su aplomo sólo me dirigió una pícara palabra, “¿subimos?”. Resuelta, respondí con un lacónico: “sí”.
¡Qué buen relato, Margarita!Transmites las emociones, describes el lugar y narras de forma tan amena, tan real, que llega uno al final con ganas de más.
ResponderSuprimirte felicito una vez más.
Un beso
Pero, ¡Margarita! Este relato Ha cambiado tanto con respecto a la primera versión, que al inicio no lo reconocí, te juro, pensé que era un cuento que no había leído antes... ¡increíble! Y me parece que esta nueva versión es mucho mejor que la anterior. Felicitaciones, amiga.
ResponderSuprimirLo que no ha sido modificado es el personaje de ella... tan entrañable, tan reconocible... palabras, palabras, no te perdono más, no te quiero más, no me importás más, pero mirá qué imbécil que es...palabras, palabras. En el fondo, quiere perdonarlo, quiere olvidar la infidelidad, disculparla, comprender, volver con él. Necesita “algo” que le permita hacerlo con dignidad (por lo menos frente a sí misma), y el diario de él viene perfecto.
Sí, una protagonista con quien es fácil identificarse.
El final, es excelente. Esa pequeña rutina de la cena, la vuelta definida a la normalidad, tan aburrida cuando es de todos los días pero tan maravillosa cuando se cree haberla perdido para siempre. Sí, es un final excelente.
Un beso,
Esther
Amigo Juan, me alegra que te gustase y pienses que he sabido transmitir las emociones. Cuando una escribe es una de las cosas a las que aspira: saber transmitir y hacer pasar un rato agradable a quien lo lea, así que anima a seguir aprendiendo y avanzando; así que se agradece. Y discúlpame lo que he tardado en contesta.
ResponderSuprimirUn beso,
Margarita
Ah, eres una lectora muy atenta, amiga; qué gusto tenerte siempre ahí. Pues me alegro que pienses que está mucho mejor que la primera versión. Cuando pensé publicarlo aquí me di cuenta de que necesitaba mucho pulidito, así que le di una mano. Este era uno de mis primeros relatos y lo bueno es que en pocos meses he avanzado, gracias a compañeros como tú, lo suficiente como para mejorarlo un poquito. Tienes razón, con ella nos podemos identificar, yo creo que no sólo las mujeres, cuántas veces decimos las cosas con la boca pequeña, poniéndonos en una posición muy digna, y hasta nos queremos autoengañar, pero por dentro, los sentimos siempre pugnan por salir; cuando estamos con nosotros mismos, a solas, no nos podemos engañar. Y, sí, el diario de él viene de perlas, quizá si ella no hubiera leído esas palabras no habría bajado la guardia de su orgullo herido. Tienes razón, por cotidianas no se valora lo que tenemos hasta no haberlo perdido. Un gusto tenerte de lectora.
ResponderSuprimirUn beso,
Margarita
Saludos compañera, ¿se puede? ;)
ResponderSuprimirEn vista de que he empezado a pertenercer desde no hace mucho a la familia bloguera, he decidido darme una vuelta por el vecindario a ver que tal. Y bueno, vi el nombre de este texto, un nombre preciosos por cierto :P, y me decidí a entrar a ver que tal.
Un texto curioso, en el que destacaría lo que engancha y lo bien que se lee. Tiene un ritmo estupendo, y me gusta como enfocas la historia.
Te comento:
"Llegué a mi casa a primera hora de la tarde"
no es que esté mal ni mucho menos pero yo intentaría evitar esas "a" tan cercanas o las separaría un poco. Tal vez: "A primera hora de la tarde llegué a mi casa" y me gusta más sin el mi, tu misma ;)
"Lo último que deseaba era encontrarme con César allí. Regresaba para recoger mis últimas " demasiado cerca, cambiaría una.
"No se cómo saldré de ésta" ese se con acento.
"evaporádose" te comiste una n
Lo dicho, un buen relato.
Un beso, nos leemos ;)
Que si se puede… qué pregunta, estas invitadísimo para cuando gustes.
ResponderSuprimirEs cierto, el nombre es insuperable, ja, ja. Bueno, te digo que cuando te vi ingresar en Prosófagos, me dije: un día se lo tengo que decir aquí al compañero, que tenemos los dos muy buen gusto.
Umm, se agrace tu favorable comentario. Me alegro que te pareciera que tiene buen ritmo y que engancha y se lee fácil. Me gusta transmitir desde la sencillez, así que me has dado una inyección de ánimo.
También te agradezco que hayas sacado la plancha. ¡A por las arruguitas! En cuanto tenga un rato le paso la plancha.
Me gusta, me gusta, así que lo cambio. Y se me había pasado por alto.
“Tal vez: "A primera hora de la tarde llegué a mi casa" y me gusta más sin el mi, tu misma ;)”
Cambiaré ese “último”, tampoco lo había visto. Gracias.
Es uno de mis primeros cuentos, y los despistes eran más abundantes. Buena vista.
"No se cómo saldré de ésta" ese se con acento.
Esa es otra, a veces, me como las palabras enteras, y, yo sin verlo.
""evaporádose" te comiste una n"
Me alegro que te gustase. Gracias por pasar y pasar la plancha. Nos leemos.
Un beso,
Margarita