viernes, 7 de diciembre de 2007

La hechicera



Estevania removía en su caldero el contenido de su escasa cena. Estaba en el fondo de la húmeda y fría cueva, sentada en una piedra. Se sentía vieja, cansada, y que su llama se extinguía. No debía demorarlo; al día siguiente iría en busca de la moza. Había hallado a su sustituta y tenía que cederle sus conocimientos ancestrales antes de reunirse con sus hermanos. Ella era la última bruja en aquel mágico Valle de Baztán.

Sus recuerdos le reconfortaban y atormentaban a la vez. Siendo muy joven el infortunio les visitó con toda su crudeza. Por aquellos tiempos eran unos cuarenta, entre brujas y algún brujo. Adoradores del Sol y de las fuerzas de la naturaleza, representada por la diosa Mari; igualmente ofrecían culto a Aker Beltz, simbolizado en un macho cabrío, que encarnaba la virilidad, la caza... Conocedores de los secretos de las plantas, animales y sus sustancias, con las que preparaban, con precisas fórmulas secretas y milenarias, sus pócimas, ungüentos y cocimientos. Y sus empleos eran tanto para sanar, como para matar.

Su mente voló hasta aquel último aquelarre con imperecedera añoranza. Cenaron copiosamente: cordero y vino. Después se desvistieron, se ungieron unos a otros un ungüento alucinógeno a base de belladona y beleño por todo su cuerpo. Ellas cabalgaron rítmicamente sobre los palos untados en esa poción. Comenzaron a volar. A medida que sus cuerpos la absorbían, una ola cálida y placentera les invadía. Su percepción se abría a otras dimensiones, veían las imágenes más cercanas, más grandes y sentían unos deseos irrefrenables de danzar alrededor del fuego, al abrigo del ritmo de la música. Agitaban sus cuerpos mientras giraban con desenfreno alrededor de la hoguera. Su corazón se aceleraba y su respiración se volvía más excitada, casi jadeante. El rey la examinaba anhelante y esto provocó que se erizase su piel. Él, incitado por su reacción, se acercó a ella y comenzó a acariciarla avivando la llama que ya le quemaba. Estevania jamás había experimentaba un deseo tan arrollador, no podía desprenderse de su mirada y sus manos iniciaron la búsqueda ávida de su torso y de su sexo. Se apretó contra él y su cuerpo se sacudió. Por unos instantes aspiraron el aliento de sus bocas, fundiéndose en un largo beso, después. Cayeron al suelo. Sus hermanos yacían a su vera y empezó a sentir varias manos tocándola. Se entregó a la lujuria. Al alba, el prado era una alfombra de nudos humanos. Un destello de sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios, al evocarlo.

Días después en el pueblo los señalaron. Los aprehendieron rápidamente de forma inmisericorde. Se habían dispersado por la comarca, pero cuando hay tantos ojos taimados ningún lugar es seguro. Sólo ella pudo escapar. Los condujeron a las prisiones y los torturaron. Les acusaron de tener tratos con el Diablo, celebrar misas en su honor, de metamorfosearse en gatos, de provocar tempestades, de emplear maleficios contra los campos, animales y personas. Los condenaron: les desposeyeron de todos sus bienes; casi la mitad fueron quemados vivos en la hoguera y los demás murieron en insalubres prisiones. Las ejecuciones se basaron en testimonios supersticiosos, envidiosos y poco fiables. Estevania se quedó sola y se refugió en la cueva. Odiaba desde el fondo de su alma a aquellos ingratos lugareños que renegaban de ellos pero que a su vez acudían cuando algún mal les acuciaba. Siguió preparándoles sus remedios, a regañadientes, únicamente para poder sobrevivir.

Se levantó con cierta inquietud. Hacia tanto tiempo que estaba sola y que no compartía con nadie, que se sentía excitada y rejuvenecida. Anduvo hasta el pueblo y al entrar en él le cerraban las puertas a su paso los mismos que en las malas la precisaban. Escupió al suelo. Miró las ventanas y estaban cerradas. Sobre ellas colgadas había colocadas cruces hechas con dos ramitas cruzadas de fresno y ramos de laurel bendecido al lado. Soltó una carcajada. ¿Acaso pensaban que aquellas supercherías les protegerían?

Llegó a la casa y saludó a sus viejos conocidos. Ellos, llamaron a la moza que tenían a su servicio: la elegida. La miró fugazmente, le pareció poca cosa bajo sus andrajos. Se pusieron en marcha pues la noche no tardaría en caer. Atravesaron los valles transitando por los senderos, y cuando estos acabaron, monte a través. Graciana parecía tímida, caminaba con pasos lentos, cabizbaja, y apenas pronunciaba palabra. Llegaron a su destino ya entrada la noche. Antes de acomodarse, la joven se descubrió de su raída mantilla. Aspiró el aire con fruición y lo saboreó. Paladeaba algo nuevo: la libertad. Su maestra la contemplaba con el tenue reflejo que el fuego le ofrecía después de haberlo atizado. Su cabello ondulado y cobrizo le alcanzaba la cintura, sus ojos eran verdes, su rostro dulce y sereno; su piel era clara y pura, reflejo de su alma. Sus senos firmes y sus carnes prietas. Ya no la encontró insignificante, era hermosa, quizá la más bella de aquella comarca. Le evocó a ella en su época de esplendor y sintió admiración por la joven, y nostalgia por aquellos días gozosos, y por su amado rey.

Aquella moza era viva y despierta, aprendía con rapidez. Apenas en unos días distinguía las bayas venenosas de las que no lo eran. Y en pocas semanas preparaba sus primeros mejunjes con el mismo esmero que ella misma lo hacía. Le contó los orígenes de su comunidad, que se remontaban en los tiempos. Le explicó que eran conocedoras de la medicina natural; que su estructura social era un matriarcado y que sus conocimientos despertaban el miedo y el recelo de los hombres poderosos que en aquel mundo querían imponerse. Después de unos meses había avanzado tanto que pronto su relevo estaría completamente instruida en sus artes. Se sentía orgullosa de ella: poseía soltura, era voluntariosa, se movía con gracilidad y todo lo hacía con una amable sonrisa. Ella había despertado sus afectos en su alma adormecida.

Los lugareños acudían en busca de su ayuda con más frecuencia desde que Graciana la acompañaba. Y acabaron consultándola antes a ella, preferían su trato afable y cordial, al de ella hosco y amargado. Ella era la versada, pero lo entendía. Era tan bella y dulce… a menudo se quedaba arrebatada contemplándola como el que admira una obra de arte. Desde que poseía su compañía sentía un calor especial en su corazón.

Joanes era un mozo del pueblo que solía acompañarlas. Rondaba a la joven desde hacía un tiempo. No era muy guapo pero sí alto y recio, como los hombres que brindan esas tierras. Con una mirada negra, intensa, pero dulce; y de carácter noble. Estaban enamorados. Daban largos paseos por el prado tomados de las manos. Ella observaba cómo conversaban, se reían, sus ojos brillaban y sus miradas no se apartaban. Poco a poco su inquina hacia él se acrecentaba.

Los jóvenes aprovecharon un momento a solas para mostrarse sus afectos. Joanes la mantenía presa contra la roca, besaba su cuello. Agarraba su talle con una mano y con la otra le acariciaba con deleite uno de sus prietos muslos debajo de las enaguas, su piel era suave y exquisita. Ella se estremeció y echó la cabeza hacia atrás, su respiración era entrecortada y lo abrazó con fuerza por su cintura notando su ardor, cerró sus ojos y lo dejó hacer; se amaron intensamente. Cuando Estevania vio a los jóvenes los demonios se llevaron su alma. Una violenta punzada le sacudió desde los pies a la cabeza. No podía perderla, ella tenía un destino y este estaba a su lado.

Cuando la moza llegó a la cueva, ella le ofreció un brebaje que había preparado, le dijo que era para quitarse el frío; le sirvió un tazón y se lo acercó. Graciana se lo bebió, su sabor era amargo. El tazón se le resbaló estrellándose contra el suelo de piedra y haciéndose añicos. Sus manos agarraron el vientre, las entrañas le ardían y clavó sus incrédulos ojos verdes en la hechicera, en su maestra; dos lágrimas resbalaron por sus mejillas y cayó al suelo. Estevania tomó el cuerpo de la joven y lo depositó en un saliente que utilizaban de lecho. Colocó con suma delicadeza en su sitio hasta el último de sus preciosos rizos e impuso una diadema de flores en su nacarada frente. Su vista se nublaba por el llanto. Se enjugó las lágrimas y prosiguió. Cogió sus manos, las besó y ungió con sus lágrimas; después las colocó con finura una encima de la otra. Tocó sus labios con las yemas de sus dedos, se inclinó, se acercó a ellos y los rozó besándola. Bañó su rostro entre sollozos y después arrastró sus pasos hacia el caldero, se sirvió un generoso tazón y lo apuró de un sorbo. Se desplomó. En unos pocos estertores su vida se extinguió, y con ella su saber milenario.

Joanes las encontró y, con el alma destrozada, dio la voz de alarma en el pueblo. Acudieron casi todos los lugareños y las autoridades. Las desnudaron. El párroco logró identificarlas como hechiceras, gracias al color de la piel y a que habían sido ungidas por el demonio: el Stigma diaboli, la marca del diablo, que las brujas llevaban en sitios muy secretos de su cuerpo: Estevania, poseía una mancha en uno de sus ancianos y vacíos senos; y Graciana, una extraña peca en su bajo vientre.

Para purificar aquel endemoniado lugar, se hizo una procesión. El párroco esparció una arroba bendecida de granos de mostaza para que las brujas desaparecieran por tantos años como granos eran esparcidos. Parece que surtió efecto; nunca más se supo de alguna bruja en aquel lugar.

Pero algo apareció: junto a la roca en la que se habían amado aquellos jóvenes, brotó un rosal, y desde esa fecha, todas las primaveras regala sus rosas blancas. Cuentan que Joanes, que permaneció solo el resto de sus días, acudía todos los años a recoger las más bellas; luego, depositaba un gran ramo en la tumba de Graciana, y guardaba el resto para él. Cuentan, que siendo éste muy anciano, y estando en su lecho sobrellevando su agonía, sentía gozo, pues al fin iba a reunirse con su amada.


Este relato está inspirado en una visita que hice a las cuevas de Zugarramurdi (Navarra). Aunque es totalmente de ficción, sí he tomado información de algunos folletos explicativos que cogí in situ, y de algunas páginas de Internet, tanto referente a los ritos y hábitos que se dieron entre las “brujas” del lugar, como de la “purificación” de las cuevas que ofició el párroco con los granos de mostaza; esto es auténtico aunque parezca increíble. Asimismo, reales las persecuciones y condiciones en que fueron ajusticiados en Logroño, en 1610, los detenidos; he de decir que pasé de puntillas tan sólo. Los nombres de mis personajes también han sido tomados de los ajusticiados, como modestísimo homenaje a su brutal e irracional persecución.

4 comentarios:

  1. Margarita:
    Resulta que te he encontrado por casualidad y me he encontrado con una narradora de cierto fuste: me gustan tus escritos. Ya ves, la blogosfera, donde hay, tanta basura, también tiene sorpresas muy agradables como tú.
    Un saludo

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  2. Bienvenido, Felipe. Somos casi vecinos, yo resido en Sant Boi de Llobregat. Me ha hecho especial ilusión tu paso por mi blog. Hasta ahora sólo han pasado amigos que ya me conocían y, ahora que no me leen, me ven con muy buenos ojos. Además, se da la circunstancia de que sólo escribo relatos desde el mes de marzo de este mismo año, así que tu opinión favorable ha sido un acicate para mí. Te lo agradezco mucho.

    He pasado por tus blogs y me gustan mucho tus poesías. Escribes genial. Tengo que pasarme con más tiempo otro día.

    Un abrazo,

    Margarita

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  3. Hola, Margarita... las brujas no existen, pero que las hay... !las hay!
    Triste historia, que inicia con la ignorancia y el fanatismo, y continua con un afecto obsesivo y despiadado. Creo que hay dos párrafos que sintetizan los elementos claves de la historia:
    "Le explicó que eran conocedoras de la medicina natural; que su estructura social era un matriarcado y que sus conocimientos despertaban el miedo y el recelo de los hombres poderosos que en aquel mundo querían imponerse."

    "Cuando Estevania vio a los jóvenes los demonios se llevaron su alma. Una violenta punzada le sacudió desde los pies a la cabeza. No podía perderla, ella tenía un destino y este estaba a su lado."

    Aunque, a veces,las rosas son símbolo y mensaje.

    Un cariño,
    Esther

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  4. Esther, empiezo a pensar que sí las hay… Pues sí, la verdad es que es una triste época y cuántas injusticias se debieron cometer en nombre de un Dios, que de existir, estoy segura de que no aprobaría tales comportamientos. Bueno, como explico esta historia surgió a raíz de la visita que hice a una de las cuevas donde sucedieron hechos parecidos. Traté de informarme un poco en sus costumbres antes de escribirla. Las brujas y brujos de Zugarramurdi fueron los últimos ajusticiados, en España, por brujería. Extrajiste los dos párrafos donde están los nudos de la historia, la de las costumbres de las brujas y su mundo y la de la malograda historia de amor entre los jóvenes. Bueno, quise acabar con un toque de leyenda, ya que la mataba a la pobre Graciana.

    Besos,

    Margarita

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