
Verá, señor, soy mema de nacimiento. Sí, no me ponga esa cara, como lo oye; desde el mismo momento en que nací. Yo se lo explico. Nada más salir me tomó un hombre por los tobillos, me volteó cabeza abajo y me metió una nalgada. Yo no lloré, no, qué va, eso no va conmigo, una tiene su dignidad, caray. Aquel tío volvió a arremeterme con más fuerza, y pensé, “¡cabrón!”, mientras apretaba mis labios. Repitió la operación unas cuantas veces más, pero me mantuve firme y no consiguió sacarme ni una sola lágrima. Veía tan feliz y sonriente a mi madre contemplándome que no quería estropearle aquel bello momento.
Mis primeros meses de vida transcurrieron con normalidad. Exceptuando cuando el cura me torturó, marcándome con aquel aceite pringoso en la frente, acercándome la llama de una vela, ¿qué quería? ¿Prenderme?, y luego tirándome agua helada sobre mi pobre cabeza, llegando a taparme los ojos y las fosas nasales, dejándome ciega y sin poder respirar. Pero, ¡por Dios! ¿Qué le había hecho yo? Entendí no sé qué de un pecado de mis padres, y pensé, “¡pues entonces mortifícalos a ellos, jolín!” Claro que entonces yo no sabía, no.
-Señorita, es necesario…-pero no pudo concluir su frase.
-Espere y verá por qué le digo -retomando de nuevo su verborrea.
A los seis meses, como es de rigor, empezaron a darme a probar distintos sabores, que a ver si le gusta el dulce a mi niña, que si ahora pruebe lo salado. Así que un día estando en una comida familiar noté que todos cuchicheaban y se hacían señas. Mi abuela se acercó con algo amarillo en la mano. Yo estaba tan tranquila sentada en mi trona, comiendo mi rica papilla y sin meterme con nadie. Habían cubierto todo el ángulo de mi visión con las cabezas de mis abuelos, mis padres y mis tíos, que me miraban con expectación. Mi abuela me dio a probar: era medio limón. Aquello sabía a rayos encendidos, pero no quería despreciar su ofrecimiento, así que empecé a paladearlo mientras le decía: “¡Umm…mm…!” Todos empezaron a mirarse entre sí. “Trae la pimienta”, dijo mi tía Manuela sin contemplaciones. ¡Gracias, tita! ¡Jamás lo olvidaré! A continuación espolvoreó el limón y lo puso junto a mis labios. Nadie pestañeaba, el silencio se mascaba en el ambiente. Yo no podía defraudarles y lo lamí. La nariz me picaba, las mejillas me ardían y brotaron dos lagrimitas de mis ojitos, pero les sonreí. “Bah, con esta niña no se puede”, dijo mi tío Miguel decepcionado. Y dieron media vuelta sentándose de nuevo a la mesa y dejándome sola. Desde aquel día supe qué se podía esperar de la familia.
-Al grano, señorita, vamos…-deshaciéndose el nudo de la corbata y desabrochándose el primer botón de la camisa, un tanto ansioso.
-¡Ya llegamos, ya! ¡Qué prisas! Todo a su tiempo, hombre.
A los tres años conocí a mi primer chico. Fue amor a primera vista: con su pelo rizado, sus chispeantes ojos marrones y esos mofletes y hoyuelos tan lindos, ¡ay! Tenía mi misma edad y era un chico duro, rompedor, con sus vaqueros y cazadora de aviador. Siempre coincidíamos en el parque y jugábamos juntos con la arena. Todos los días le guardaba uno de mis caramelos para regalárselo, después de abrazarlo y darle muchos besitos. Aquella tarde estaba con mi cubito, mi pala y mi rastrillo, trabajando duro para construir un castillo. Él llegó, su mamá lo depositó a mi lado y empezamos con nuestro cotidiano ritual: el abrazo, los besos, el caramelo…hasta que incomprensiblemente mi chico se separó de mi abrazo y me señaló la pala, como pidiéndomela. Yo pensé que iba a ayudarme en la ardua tarea, así que le dediqué mi caída de ojos, mi mejor sonrisa y se la di. Él la llenó de arenita y me la arrojó a la cara. ¡Coño, qué sutil! Menuda manera de poner fin a lo nuestro, podía haberlo dicho de otra forma, no sé el típico: “Nuestra relación no avanza, no va hacia ningún lado”. No, que así me dejó ciega una semana el muy...
Verá, es que yo con los hombres no he tenido nunca mucha suerte. No me mire así que me desconcentra y no puedo continuar. Tenga, beba un poco de agua se le ve acalorado. Recuerdo a Oscar, mi amor desde la secundaria hasta los exámenes de selectividad. Me conquistó por muchas cosas, pero entre sus virtudes no contaba con la inteligencia. Así que estando enamorada como lo estaba, hasta las trancas, no me quedaba otro remedio que hacer primero su evaluación, pasársela y luego continuar con la mía. Sí, es cierto que yo estudiaba durante horas cuando estábamos en mi cuarto, mientras que a él le gustaba pasar el tiempo jugando a la Play Station, pero no era cosa de dejar las partidas a medias, hay que acabar aquello que se empieza, ¿no? Después de aprobar la selectividad, escogimos carreras distintas, así que mi Oscar decidió que éramos muy jóvenes todavía y debíamos vivir libres por un tiempo. Luego me enteré que salió con la empollona de su promoción y que al finalizar la carrera también se agotó su amor; más tarde se lió con la jefa de su sección en el trabajo, rompiendo poco después y terminó por casarse con la hija del dueño, hace pocos días. ¡Ay!, el amor es así… por lo menos el de ellas.
-Señorita, ¡por Dios! ¡Por la Virgen! ¡Y por todos los Santos! ¡Al grano! ¡Al grano! Su vida me parece muy interesante pero tenga un poco misericordia conmigo –mientras se seca el sudor de su frente con un pañuelo, se quita la chaqueta y se desabrocha un nuevo botón.
-¡Está bien! ¡Qué nervioso es usted! es para que entienda. Vamos, que tampoco es para ponerse así. Lo que a usted le interesa es que le cuente el asunto de mi novio por Internet, ¿no?
-Eso, veo que ya me comprende. Por favor, si tuviera la amabilidad de ir al meollo se lo agradecería. Me gustaría saber qué hacía usted allí –contesta asintiendo e intentando cargarse de paciencia.
Bueno, pues me encuentro a los veintidós años, sola, y una amiga me dice, “Por qué no entras en un Chat de esos de Internet y haces amistades masculinas”. Y voy yo, le hago caso y entro. Pocos días después conozco a un chico, de treinta años, que se hace llamar Ilusionista. Notamos una buena vibración, química, ya sabe, estábamos conectados. Y me da por saber más de él. Le pregunto el por qué de su nick, y me dice: “Vendo ilusión, espejismos y quimeras”. Y yo le contesto “qué cosa tan rara. ¿Se paga bien?”. Entonces me aclara que es artista, un mago que se gana la vida con sus juegos malabares. Enseguida se enamora de mí y empieza a cortejarme. Me regala el oído con frases románticas, nunca escuchadas antes por mí, y me pide que le mande una foto por e-mail. Y se la envío. Cuando la ve me dice que tiene la certeza de que yo estoy predestinada a ser su esposa. Con sus galanterías acaba derribando mis últimas barreras defensivas. Comenta que viene a mi ciudad para una actuación y que podemos aprovechar para conocernos en persona. Yo le digo que sí y me da la dirección de su hotel.
Llega el gran día, hoy, en el que conocería al padre de mis futuros hijos. Durante el trayecto a su encuentro recibo una llamada suya al móvil “mi vida, sube a la habitación 315 cuando llegues que todavía no estoy listo”. Subo en el ascensor con el corazón dándome brincos por la emoción. Llego ante la puerta y toco con mis nudillos. Él la abre escondido tras ella y mirando a todos lados. Yo entro como una exhalación. “Qué ganas tenía de verte y tenerte así, en vivo” me dice sin darme tiempo a contestar. Me abraza con fuerza y me besa metiéndome su lengua hasta el estómago sin haberme dejado decir ni mu. “Siéntate, ponte cómoda, cielo…” me sirvió una copa generosa de whisky, vamos, hasta el borde y entró en el lavabo. Yo pensé que se iba a arreglar para la comida como habíamos quedado, pero de pronto sale de un saltito con los brazos abiertos y diciendo: “Tachan, voilà”, había hecho uno de sus trucos mágicos en el baño haciendo desaparecer toda su ropa, bueno, todo menos los calcetines. Yo me levanto de un brinco algo aturdida por la bebida. Los siguientes minutos fueron de persecución, él se acercaba a mí con sus calcetines blancos y su varita mágica al aire y yo trataba de guardar distancia, hasta que me alcanzó. Acabamos en la cama haciendo el amor, al menos eso me dijo él que habíamos hecho, aunque yo ni me enteré. No me mire así, caray, que ya llego al grano. Hay que tener un poco de paciencia en esta vida y no resople, hombre. Después de ducharnos me comunicó que comeríamos con un amigo suyo. “Guárdame este paquete, es un presente, anda, tú llevas un bolso grande, cariño” me dijo mientras me lo entregaba. Salimos a la calle y tomamos un taxi hasta las ramblas de las flores. Había quedado con él en una plaza aledaña. Yo no me movía mucho por esa zona y al bajar algo no me gustó, sabe, una está al tanto. En una esquina había una señorita con una minifalda de cuero roja y muy apretada, con un top muy ceñido, transparente y los labios como salchichas. Entramos por un callejón maloliente, los pocos viandantes que cruzamos parecían estar hipnotizados. Al llegar a la plazoleta, en un rincón, un chico le pasaba una bolsita con algo a otro y éste le metía un billete en el bolsillo de la camisa, como le digo. Y algunos mendigos dormitaban en los bancos. Mi mago vio a su amigo y le hizo señas, se acercó y me lo presentó. ¿Usted ha visto el guitarrista de los Rollings?, pues igual, oiga. “¿Es de buena calidad?”, le preguntó. A mí me pareció de muy mala educación hablar así de un regalo, máxime cuando todavía no lo has visto. “Saca el presente y dáselo a mi amigo, cielo” me indicó, y yo lo saqué orgullosa. Después, la locura. Algunos de los mendigos se despertaron de golpe, sacando sus armas mientras gritaban: “¡Alto! ¡Policía!”. Yo lo miraba todo atónita en mitad de la plaza y con el presente en la palma de mi mano. Llegaron hasta nosotros, bueno hasta mí, porque el de los Rollings ya no estaba, y mi mago había reservado su mejor truco para el final, el del escapismo, y desapareció. Me detuvieron y me trajeron aquí, ante usted. Y empezó a querer que yo le contara todo y a decirme: “¡Confiese! ¡Confiese!” y eso es lo que estoy haciendo, señor inspector: le confieso que soy mema.
Mis primeros meses de vida transcurrieron con normalidad. Exceptuando cuando el cura me torturó, marcándome con aquel aceite pringoso en la frente, acercándome la llama de una vela, ¿qué quería? ¿Prenderme?, y luego tirándome agua helada sobre mi pobre cabeza, llegando a taparme los ojos y las fosas nasales, dejándome ciega y sin poder respirar. Pero, ¡por Dios! ¿Qué le había hecho yo? Entendí no sé qué de un pecado de mis padres, y pensé, “¡pues entonces mortifícalos a ellos, jolín!” Claro que entonces yo no sabía, no.
-Señorita, es necesario…-pero no pudo concluir su frase.
-Espere y verá por qué le digo -retomando de nuevo su verborrea.
A los seis meses, como es de rigor, empezaron a darme a probar distintos sabores, que a ver si le gusta el dulce a mi niña, que si ahora pruebe lo salado. Así que un día estando en una comida familiar noté que todos cuchicheaban y se hacían señas. Mi abuela se acercó con algo amarillo en la mano. Yo estaba tan tranquila sentada en mi trona, comiendo mi rica papilla y sin meterme con nadie. Habían cubierto todo el ángulo de mi visión con las cabezas de mis abuelos, mis padres y mis tíos, que me miraban con expectación. Mi abuela me dio a probar: era medio limón. Aquello sabía a rayos encendidos, pero no quería despreciar su ofrecimiento, así que empecé a paladearlo mientras le decía: “¡Umm…mm…!” Todos empezaron a mirarse entre sí. “Trae la pimienta”, dijo mi tía Manuela sin contemplaciones. ¡Gracias, tita! ¡Jamás lo olvidaré! A continuación espolvoreó el limón y lo puso junto a mis labios. Nadie pestañeaba, el silencio se mascaba en el ambiente. Yo no podía defraudarles y lo lamí. La nariz me picaba, las mejillas me ardían y brotaron dos lagrimitas de mis ojitos, pero les sonreí. “Bah, con esta niña no se puede”, dijo mi tío Miguel decepcionado. Y dieron media vuelta sentándose de nuevo a la mesa y dejándome sola. Desde aquel día supe qué se podía esperar de la familia.
-Al grano, señorita, vamos…-deshaciéndose el nudo de la corbata y desabrochándose el primer botón de la camisa, un tanto ansioso.
-¡Ya llegamos, ya! ¡Qué prisas! Todo a su tiempo, hombre.
A los tres años conocí a mi primer chico. Fue amor a primera vista: con su pelo rizado, sus chispeantes ojos marrones y esos mofletes y hoyuelos tan lindos, ¡ay! Tenía mi misma edad y era un chico duro, rompedor, con sus vaqueros y cazadora de aviador. Siempre coincidíamos en el parque y jugábamos juntos con la arena. Todos los días le guardaba uno de mis caramelos para regalárselo, después de abrazarlo y darle muchos besitos. Aquella tarde estaba con mi cubito, mi pala y mi rastrillo, trabajando duro para construir un castillo. Él llegó, su mamá lo depositó a mi lado y empezamos con nuestro cotidiano ritual: el abrazo, los besos, el caramelo…hasta que incomprensiblemente mi chico se separó de mi abrazo y me señaló la pala, como pidiéndomela. Yo pensé que iba a ayudarme en la ardua tarea, así que le dediqué mi caída de ojos, mi mejor sonrisa y se la di. Él la llenó de arenita y me la arrojó a la cara. ¡Coño, qué sutil! Menuda manera de poner fin a lo nuestro, podía haberlo dicho de otra forma, no sé el típico: “Nuestra relación no avanza, no va hacia ningún lado”. No, que así me dejó ciega una semana el muy...
Verá, es que yo con los hombres no he tenido nunca mucha suerte. No me mire así que me desconcentra y no puedo continuar. Tenga, beba un poco de agua se le ve acalorado. Recuerdo a Oscar, mi amor desde la secundaria hasta los exámenes de selectividad. Me conquistó por muchas cosas, pero entre sus virtudes no contaba con la inteligencia. Así que estando enamorada como lo estaba, hasta las trancas, no me quedaba otro remedio que hacer primero su evaluación, pasársela y luego continuar con la mía. Sí, es cierto que yo estudiaba durante horas cuando estábamos en mi cuarto, mientras que a él le gustaba pasar el tiempo jugando a la Play Station, pero no era cosa de dejar las partidas a medias, hay que acabar aquello que se empieza, ¿no? Después de aprobar la selectividad, escogimos carreras distintas, así que mi Oscar decidió que éramos muy jóvenes todavía y debíamos vivir libres por un tiempo. Luego me enteré que salió con la empollona de su promoción y que al finalizar la carrera también se agotó su amor; más tarde se lió con la jefa de su sección en el trabajo, rompiendo poco después y terminó por casarse con la hija del dueño, hace pocos días. ¡Ay!, el amor es así… por lo menos el de ellas.
-Señorita, ¡por Dios! ¡Por la Virgen! ¡Y por todos los Santos! ¡Al grano! ¡Al grano! Su vida me parece muy interesante pero tenga un poco misericordia conmigo –mientras se seca el sudor de su frente con un pañuelo, se quita la chaqueta y se desabrocha un nuevo botón.
-¡Está bien! ¡Qué nervioso es usted! es para que entienda. Vamos, que tampoco es para ponerse así. Lo que a usted le interesa es que le cuente el asunto de mi novio por Internet, ¿no?
-Eso, veo que ya me comprende. Por favor, si tuviera la amabilidad de ir al meollo se lo agradecería. Me gustaría saber qué hacía usted allí –contesta asintiendo e intentando cargarse de paciencia.
Bueno, pues me encuentro a los veintidós años, sola, y una amiga me dice, “Por qué no entras en un Chat de esos de Internet y haces amistades masculinas”. Y voy yo, le hago caso y entro. Pocos días después conozco a un chico, de treinta años, que se hace llamar Ilusionista. Notamos una buena vibración, química, ya sabe, estábamos conectados. Y me da por saber más de él. Le pregunto el por qué de su nick, y me dice: “Vendo ilusión, espejismos y quimeras”. Y yo le contesto “qué cosa tan rara. ¿Se paga bien?”. Entonces me aclara que es artista, un mago que se gana la vida con sus juegos malabares. Enseguida se enamora de mí y empieza a cortejarme. Me regala el oído con frases románticas, nunca escuchadas antes por mí, y me pide que le mande una foto por e-mail. Y se la envío. Cuando la ve me dice que tiene la certeza de que yo estoy predestinada a ser su esposa. Con sus galanterías acaba derribando mis últimas barreras defensivas. Comenta que viene a mi ciudad para una actuación y que podemos aprovechar para conocernos en persona. Yo le digo que sí y me da la dirección de su hotel.
Llega el gran día, hoy, en el que conocería al padre de mis futuros hijos. Durante el trayecto a su encuentro recibo una llamada suya al móvil “mi vida, sube a la habitación 315 cuando llegues que todavía no estoy listo”. Subo en el ascensor con el corazón dándome brincos por la emoción. Llego ante la puerta y toco con mis nudillos. Él la abre escondido tras ella y mirando a todos lados. Yo entro como una exhalación. “Qué ganas tenía de verte y tenerte así, en vivo” me dice sin darme tiempo a contestar. Me abraza con fuerza y me besa metiéndome su lengua hasta el estómago sin haberme dejado decir ni mu. “Siéntate, ponte cómoda, cielo…” me sirvió una copa generosa de whisky, vamos, hasta el borde y entró en el lavabo. Yo pensé que se iba a arreglar para la comida como habíamos quedado, pero de pronto sale de un saltito con los brazos abiertos y diciendo: “Tachan, voilà”, había hecho uno de sus trucos mágicos en el baño haciendo desaparecer toda su ropa, bueno, todo menos los calcetines. Yo me levanto de un brinco algo aturdida por la bebida. Los siguientes minutos fueron de persecución, él se acercaba a mí con sus calcetines blancos y su varita mágica al aire y yo trataba de guardar distancia, hasta que me alcanzó. Acabamos en la cama haciendo el amor, al menos eso me dijo él que habíamos hecho, aunque yo ni me enteré. No me mire así, caray, que ya llego al grano. Hay que tener un poco de paciencia en esta vida y no resople, hombre. Después de ducharnos me comunicó que comeríamos con un amigo suyo. “Guárdame este paquete, es un presente, anda, tú llevas un bolso grande, cariño” me dijo mientras me lo entregaba. Salimos a la calle y tomamos un taxi hasta las ramblas de las flores. Había quedado con él en una plaza aledaña. Yo no me movía mucho por esa zona y al bajar algo no me gustó, sabe, una está al tanto. En una esquina había una señorita con una minifalda de cuero roja y muy apretada, con un top muy ceñido, transparente y los labios como salchichas. Entramos por un callejón maloliente, los pocos viandantes que cruzamos parecían estar hipnotizados. Al llegar a la plazoleta, en un rincón, un chico le pasaba una bolsita con algo a otro y éste le metía un billete en el bolsillo de la camisa, como le digo. Y algunos mendigos dormitaban en los bancos. Mi mago vio a su amigo y le hizo señas, se acercó y me lo presentó. ¿Usted ha visto el guitarrista de los Rollings?, pues igual, oiga. “¿Es de buena calidad?”, le preguntó. A mí me pareció de muy mala educación hablar así de un regalo, máxime cuando todavía no lo has visto. “Saca el presente y dáselo a mi amigo, cielo” me indicó, y yo lo saqué orgullosa. Después, la locura. Algunos de los mendigos se despertaron de golpe, sacando sus armas mientras gritaban: “¡Alto! ¡Policía!”. Yo lo miraba todo atónita en mitad de la plaza y con el presente en la palma de mi mano. Llegaron hasta nosotros, bueno hasta mí, porque el de los Rollings ya no estaba, y mi mago había reservado su mejor truco para el final, el del escapismo, y desapareció. Me detuvieron y me trajeron aquí, ante usted. Y empezó a querer que yo le contara todo y a decirme: “¡Confiese! ¡Confiese!” y eso es lo que estoy haciendo, señor inspector: le confieso que soy mema.
No hay caso, la mema no pierde frescura, aunque vuelva a leer la historia, ¡adoro a esta mema! Eso sí, espero no encontrármela en algún lugar: creo que es capaz de terminar con la paciencia hasta del santo más santo. Estoy segurísima que la dejaron libre enseguida ¿quién la podría aguantar mucho tiempo más?
ResponderSuprimir(espera, sí, la dejaron libre... ¿no intentó casarse, luego? Jejejejeje)
Me encantó el parto y el bautismo vistos desde el bebé. Y, sin lugar a dudas, el limón con pimienta ¡qué familia, qué familia! Pero, sin lugar a dudas, su primer amor, a los tres años, es una de las escenas más desopilantes. Todo es verosímil, real, pero entrelazado con una interpretación de los hechos que responde a un pensamiento adulto. El resultado es eso: desopilante.
“Le pregunto el por qué de su nick, y me dice “vendo ilusión, espejismos y quimeras”. Y yo le contesto “qué cosa tan rara. ¿Se paga bien?”.
Memez, pero, ¡memez memez memez memez!
Margarita, éste es un texto redondo, sólido, sin fisuras ni codos o rodillas que deformen la esfera. Aunque el personaje de la mema tiende al absurdo, es creíble, es verosímil, y es, además, “una unidad compacta”: no aparecen “traiciones” a su memez.
Y me gustan los cambios de narrador: me gustan, porque me costó reparar en ellos. Señal que están bien hechos...
Felicitaciones, amiga, por esta mema... ¡que ya creo ha pasado a formar parte de la familia!
Besos,
Esther
Esther, pues parece que algo tiene la mema, porque al final hasta se le coge cariño. No sé si será, que pese a su pesadez insoportable, es ingenua y despierta algo de ternura, en fin el caso es que nos ha causado ese efecto a algunos. Claro que yo la tengo que querer, por fuerza. Si hasta quiero a Ángela, : )
ResponderSuprimirPues creo que sí, y hasta que lo consiguió. Quién le iba a decir que saldría de esa comisaría con novio y futuro marido; ni a mí tampoco, je, je, pero así es la vida, te da sorpresas.
Bueno, es que a los niños se les hace auténticas perrerías con tal de que nos hagan gracia. Si pudieran hablar qué dirían, ¿no?
“¿Se paga bien?”.
Memez, pero, ¡memez memez memez memez!”
Ja, ja, ja, pobrecilla, no me digas que alguien que pregunta eso no es adorable…hay que tenerlos cuadrados…
“¡que ya creo ha pasado a formar parte de la familia!”
Pues sí, pero una familia tipo “Monsters”; un día teníamos que unirlos a todos, como en una fiesta de aniversario de personajes o algo así, sería tremendo, ¿no? recuerdo que tú hiciste algo parecido, todavía lo guardo en mi ordenador y el resultado fue un enredo desopilante. Qué buenos ratos, ¿verdad? Me gustó mucho ver tu visión sobre mi mema; me hiciste sonreír.
Besos,
Margarita
Es que la vida siempre te trae sorpresas, Margarita. Tú la crías a la mema desde chiquita, le cambias los verbos, la vistes con adjetivos... y en cuanto quieres acordar !ella va y se consigue novio para casarse! Y tú, ni enterada...
ResponderSuprimirA veces los hijos son así de desagradecidos. !Qué le vamos a hacer!
Un beso,
Esther