
Yo nunca quise ser promiscua, eso fue cosa de mi madre. Veréis: a los seis años siempre andaba saltando de aquí para allá con mis largas y onduladas coletas bamboleando arriba y abajo, cuando de pronto me decidí a confesarle mi inclinación a mi mamá:“¡Mami! De mayor quiero ser monja”, le dije con determinación.“¡¿Monja?!¡¿Monja?!¡Antes, prefiero verte convertida en una puta!, me gritó indignada. Yo no sabía qué tenía en contra de las monjas ni qué a favor de las otras; pero desde aquel momento siempre me he debatido entre mi verdadera vocación y la debida obediencia a los padres.
Cuando yo contaba quince años mi madre enviudó y recién cumplidos los dieciséis me obsequió un padrastro, Alberto. Él tenía treinta y ocho años, era alto, musculoso e increíblemente atractivo: moreno, sonrisa deslumbradora y con unos ojos color chocolate que te endulzaban al mirarte. Congeniamos enseguida y siempre me estaba buscando las cosquillas. Quiero decir que me gastaba bromas bajo la divertida cara de mi progenitora. Una mañana de verano estábamos solos en la piscina, tomando el sol mientras mi madre trabajaba. El calor era asfixiante y parecía concentrarse todo en mis ingles, quizá porque la única prenda que me cubría era el tanga imitación a piel de tigre. Por lo que después pude advertí no sólo a mí atacó este sofoco, sino que Alberto también fue una pobre víctima. Él me miró, le miré, volvió a mirarme y yo le devolví la mirada, también. No me preguntéis cómo, pero jugando y jugando cuando quise darme cuenta habíamos acabado en su cama y muy sudorosos. De pronto la puerta se abrió. Era su esposa. Tras la sorpresa inicial se puso a vociferar algo ininteligible, hecha una furia. Se acercó. Cubrimos nuestros cuerpos desnudos con la sábana, todavía nos quedaba algo de pudor. Ella llegó hasta nosotros y nos soltó mamporros a diestro y siniestro mientras me gritaba: “¡Eres…! ¡Eres una pedazo de…!”. “¡Alto ahí! Yo sólo he seguido tus deseos”, le dije. “¿En qué quedamos? ¡Es que no hay quién te entienda! ¡A ver si te aclaras, mamá!”, continué indignada.
Cuando yo contaba quince años mi madre enviudó y recién cumplidos los dieciséis me obsequió un padrastro, Alberto. Él tenía treinta y ocho años, era alto, musculoso e increíblemente atractivo: moreno, sonrisa deslumbradora y con unos ojos color chocolate que te endulzaban al mirarte. Congeniamos enseguida y siempre me estaba buscando las cosquillas. Quiero decir que me gastaba bromas bajo la divertida cara de mi progenitora. Una mañana de verano estábamos solos en la piscina, tomando el sol mientras mi madre trabajaba. El calor era asfixiante y parecía concentrarse todo en mis ingles, quizá porque la única prenda que me cubría era el tanga imitación a piel de tigre. Por lo que después pude advertí no sólo a mí atacó este sofoco, sino que Alberto también fue una pobre víctima. Él me miró, le miré, volvió a mirarme y yo le devolví la mirada, también. No me preguntéis cómo, pero jugando y jugando cuando quise darme cuenta habíamos acabado en su cama y muy sudorosos. De pronto la puerta se abrió. Era su esposa. Tras la sorpresa inicial se puso a vociferar algo ininteligible, hecha una furia. Se acercó. Cubrimos nuestros cuerpos desnudos con la sábana, todavía nos quedaba algo de pudor. Ella llegó hasta nosotros y nos soltó mamporros a diestro y siniestro mientras me gritaba: “¡Eres…! ¡Eres una pedazo de…!”. “¡Alto ahí! Yo sólo he seguido tus deseos”, le dije. “¿En qué quedamos? ¡Es que no hay quién te entienda! ¡A ver si te aclaras, mamá!”, continué indignada.
Después del disgusto decidí acudir a confesarme a nuestra parroquia. El Padre Anselmo era un amor, muy comprensivo y siempre tenía una palabra amable y reconfortante, claro que ese era su oficio. Tras oír pacientemente mi confesión, con pelos y señales, él me mandó a rezar un montón de Padres Nuestros y otros tantos Aves María para lavar mis pecados. En agradecimiento, por la purificación de mi espíritu, yo ayudaba en la limpieza y organización de la iglesia. Pero, a pesar de mis esfuerzos, con frecuencia el pecado nos coge de improvisto, así que a los nueve meses justo di a luz a un precioso niño pelirrojo, del que se ocupó mami para que él no interfiriera en mi recién comenzada vida. Al fin y al cabo un tropiezo en la vida lo tiene cualquiera.
Al año siguiente atravesé por primera vez las puertas de la universidad; ese templo sagrado de la enseñanza. No os quiero contar lo popular que era yo a los dos meses de mi ingreso allí, entre los chicos, claro. ¡¿Amigas?! Bueno, ese es otro tema bien distinto. Ya sabemos todos que la envidia es muy mala y corrosiva que va creándote inseguridades, y ésta te lleva a la desconfianza. Total, porque en dos ocasiones me pillaron abrazada a los novios de dos compañeras; ¡bah! Peccata minuta; una bagatela sin la menor importancia. Unos besos, un par de botones desabrochados de mi camisa, la bragueta bajada del pantalón de ellos, mi mano dentro de ella probando la calidad del genero, me refiero al tejido, que conste. Como el amor en sus fases iniciales es muy posesivo, todas las chicas guardaban a sus novios bajo siete llaves y tenían prohibido acercarse a mí a menos de cinco metros de distancia y con la mirada fija en el suelo.
El inicio del tercer y último curso lo empecé con energías renovadas “voy a ser otra”, era el mantra que me repetía incansablemente; la que siempre quise ser. Llega un momento en la vida en el que no puedes seguir complaciendo a tu mamá. “Una tiene que elegir su propio camino en la vida, caray”, me decía mientras me dirigía a la clase vestida con una falda escocesa de cuadros rojos y azules, algo corta, eso sí; camisa inmaculadamente blanca, corbata del Barça y botas negras de cuero altas. Mi larga melena lisa, recogida en una cola alta y carmín “rojo pasión” en mis carnosos labios. Llegué un poco tarde de forma totalmente involuntaria. La clase había comenzado y yo, tímidamente, golpeé a la puerta con los nudillos. Ésta estaba abierta y el profe se giró. Era guapo como un San Luís: joven, poco más de treinta años; rubio, con los ojos verdes y dos simpáticos hoyuelos cuando reía. “¿Puedo entrar o ya es tarde para mí?”, pregunté. “No…no, no, qué va a ser tarde para ti… ejem… digo, puede pasar señorita…”, balbució mientras me repasaba de abajo arriba. “Susana Ríos”, le contesté advirtiendo que ni volvía a dar clase ni pestañeaba mientras me seguía con la mirada hasta que me senté. Sinceramente, una no quiere, no os creáis que es fácil para mí, no, pero debe ser que anda predestinada; el caso es que al finalizar la clase le pedí hablar con él, en su despacho, y sin poder remediarlo acabamos encima de la mesa, después en el sofá y hasta apoyados en el quicio de la ventana. ¡Un horror! Aquel hombre resultó ser un catedrático versado en varias materias.
Al año siguiente atravesé por primera vez las puertas de la universidad; ese templo sagrado de la enseñanza. No os quiero contar lo popular que era yo a los dos meses de mi ingreso allí, entre los chicos, claro. ¡¿Amigas?! Bueno, ese es otro tema bien distinto. Ya sabemos todos que la envidia es muy mala y corrosiva que va creándote inseguridades, y ésta te lleva a la desconfianza. Total, porque en dos ocasiones me pillaron abrazada a los novios de dos compañeras; ¡bah! Peccata minuta; una bagatela sin la menor importancia. Unos besos, un par de botones desabrochados de mi camisa, la bragueta bajada del pantalón de ellos, mi mano dentro de ella probando la calidad del genero, me refiero al tejido, que conste. Como el amor en sus fases iniciales es muy posesivo, todas las chicas guardaban a sus novios bajo siete llaves y tenían prohibido acercarse a mí a menos de cinco metros de distancia y con la mirada fija en el suelo.
El inicio del tercer y último curso lo empecé con energías renovadas “voy a ser otra”, era el mantra que me repetía incansablemente; la que siempre quise ser. Llega un momento en la vida en el que no puedes seguir complaciendo a tu mamá. “Una tiene que elegir su propio camino en la vida, caray”, me decía mientras me dirigía a la clase vestida con una falda escocesa de cuadros rojos y azules, algo corta, eso sí; camisa inmaculadamente blanca, corbata del Barça y botas negras de cuero altas. Mi larga melena lisa, recogida en una cola alta y carmín “rojo pasión” en mis carnosos labios. Llegué un poco tarde de forma totalmente involuntaria. La clase había comenzado y yo, tímidamente, golpeé a la puerta con los nudillos. Ésta estaba abierta y el profe se giró. Era guapo como un San Luís: joven, poco más de treinta años; rubio, con los ojos verdes y dos simpáticos hoyuelos cuando reía. “¿Puedo entrar o ya es tarde para mí?”, pregunté. “No…no, no, qué va a ser tarde para ti… ejem… digo, puede pasar señorita…”, balbució mientras me repasaba de abajo arriba. “Susana Ríos”, le contesté advirtiendo que ni volvía a dar clase ni pestañeaba mientras me seguía con la mirada hasta que me senté. Sinceramente, una no quiere, no os creáis que es fácil para mí, no, pero debe ser que anda predestinada; el caso es que al finalizar la clase le pedí hablar con él, en su despacho, y sin poder remediarlo acabamos encima de la mesa, después en el sofá y hasta apoyados en el quicio de la ventana. ¡Un horror! Aquel hombre resultó ser un catedrático versado en varias materias.
Después de aquello tuve que ir a ver a Don Anselmo, con urgencia. “¿Otra vez aquí, hija?”, me dijo mientras miraba al cielo y elevaba las palmas de sus manos. “Pues ya ve Padre. Usted ya me conoce. Vengo a lavar mis culpas Padre Anselmo”, le dije sofocada. “¡Ay, Susana, que vas a acabar con las reservas celestiales de Ariel! ¡Frota! ¡Frota bien tu alma!”. Recé, recé con tanta devoción que el cielo me regaló un nuevo hijo como expiación de mis pecados, a los nueve meses exactos. Que, por supuesto, dejé en las mejores manos, las de mi mamá, pues yo tenía que empezar mi vida laboral.
Lanzarse al mercado laboral para encontrar algo decente, es una tarea muy ardua, aunque vayas pertrechada con un título universitario debajo del brazo. Fui a mi primera entrevista bien arreglada, de pies a cabeza y a por todas. Me presenté con mi traje de chaqueta negro de raya diplomática. La falda con abertura lateral, un poco vertiginosa, lo reconozco. Una preciosa blusa de seda natural, roja. Las mejores joyas de mamá, perfectamente maquillada y el toque de gracia corrió a cargo de unas gotas de mi mejor perfume de Bvlgari. Ah, y los indispensables tacones de aguja. La presencia es muy importante y una mujer arreglada siempre es una mujer arreglada. Claro que esto lleva su tiempo y llegué la última a la entrevista. El jefe, don Leandro, salió para hablar con la recepcionista, apenas le miré y le dediqué una inocente sonrisa me hizo pasar la primera; ya lo dijo el Señor: “Los últimos serán los primeros”. Me dieron el puesto y las demás se fueron echando sapos y culebras sobre mí. ¡Ni que yo tuviera la culpa!
Al principio todo iba de fábula: buena organización, un ambiente de trabajo afable, un jefe con seriedad... Hasta que un día me di cuenta que el retrato de su esposa e hijos había desaparecido de encima de su escritorio. “Habrá llevado el marco de plata a arreglar”, pensé. Al siguiente, el objeto desaparecido fue su anillo de casado. “¿Lo habrá perdido?”, me preguntaba. A la semana, me pidió que le acompañara a un congreso en la capital. Nos hospedamos en un chalet de un amigo suyo en la sierra. Después del primer duro día de trabajo, Leandro tuvo la amabilidad de hacerme la cena. La sirvió en una mesita junto al hogar y dos copas grandes de buen vino. Hablamos de esto, esto te lleva a aquello y a las copas de vino les siguieron unas risas y después unas intensas miradas. Los troncos crepitaban y el calor de las llamas prendió irremediablemente en nosotros, y allí, encima de la alfombra cedí, y cedí y creo que volví a ceder una vez detrás de otra. Al regreso mi interior era una olla a presión a punto de estallar, ¡yo siempre había querido ser virtuosa! ¿Qué debía prevalecer? ¿Mis principios? ¿Los de mi madre? Dentro de los míos estaba la obediencia hacía ella. Pero, ¿lo hacía por ella? ¿Por mí? Todo era un contrasentido, todavía no hallaba mi camino. Así que este tema requería una visita y los sabios consejos y guía del Padre Anselmo.
En cuanto bajé del avión me encaminé deprisa hacia su encuentro, con maleta y todo.
-Padre Anselmo, es que yo soy muy cariñosa, todo corazón. Usted sabe muy bien que eso me pierde -le confesé sintiendo un ligero alivio.
-No, Susana, lo tuyo no es corazón, hija mía… ¡tú lo que tienes es una casa de huéspedes! ¡Es que no te dejas a ninguno vivo, caramba! -me dijo rojo de la indignación, a juego con su precioso pelo.
-¡Padre! Usted siempre se ha mostrado muy comprensivo conmigo –yo nunca lo había visto de semejante manera.
-¡Ni Padre, ni hostias! Si hasta me haces blasfemar…-dijo contrariado -¡Ay! ¿Qué voy a hacer contigo? –dijo resoplando mientras pasaba su gran mano por mi cabello.
-Lo de siempre, padre; lo de siempre. Qué más podemos hacer…-contesté resignada.
Volví a rezar intentando lavar a fondo mis culpas, restregando bien en los rincones de mi alma pecadora. El Cielo me quiere, y mucho mucho, porque me volvió a recompensar con otro hermoso niño pelirrojo. Es lo que les digo a mis amigas: a pesar de todo soy feliz, tengo veinticinco años, tres hermosos hijos que la providencia ha querido que sean la viva estampa de este buen hombre, paciente, comprensivo, cariñosos al que tanto debo y al que con tanta frecuencia me veo obligada a acudir.
Lanzarse al mercado laboral para encontrar algo decente, es una tarea muy ardua, aunque vayas pertrechada con un título universitario debajo del brazo. Fui a mi primera entrevista bien arreglada, de pies a cabeza y a por todas. Me presenté con mi traje de chaqueta negro de raya diplomática. La falda con abertura lateral, un poco vertiginosa, lo reconozco. Una preciosa blusa de seda natural, roja. Las mejores joyas de mamá, perfectamente maquillada y el toque de gracia corrió a cargo de unas gotas de mi mejor perfume de Bvlgari. Ah, y los indispensables tacones de aguja. La presencia es muy importante y una mujer arreglada siempre es una mujer arreglada. Claro que esto lleva su tiempo y llegué la última a la entrevista. El jefe, don Leandro, salió para hablar con la recepcionista, apenas le miré y le dediqué una inocente sonrisa me hizo pasar la primera; ya lo dijo el Señor: “Los últimos serán los primeros”. Me dieron el puesto y las demás se fueron echando sapos y culebras sobre mí. ¡Ni que yo tuviera la culpa!
Al principio todo iba de fábula: buena organización, un ambiente de trabajo afable, un jefe con seriedad... Hasta que un día me di cuenta que el retrato de su esposa e hijos había desaparecido de encima de su escritorio. “Habrá llevado el marco de plata a arreglar”, pensé. Al siguiente, el objeto desaparecido fue su anillo de casado. “¿Lo habrá perdido?”, me preguntaba. A la semana, me pidió que le acompañara a un congreso en la capital. Nos hospedamos en un chalet de un amigo suyo en la sierra. Después del primer duro día de trabajo, Leandro tuvo la amabilidad de hacerme la cena. La sirvió en una mesita junto al hogar y dos copas grandes de buen vino. Hablamos de esto, esto te lleva a aquello y a las copas de vino les siguieron unas risas y después unas intensas miradas. Los troncos crepitaban y el calor de las llamas prendió irremediablemente en nosotros, y allí, encima de la alfombra cedí, y cedí y creo que volví a ceder una vez detrás de otra. Al regreso mi interior era una olla a presión a punto de estallar, ¡yo siempre había querido ser virtuosa! ¿Qué debía prevalecer? ¿Mis principios? ¿Los de mi madre? Dentro de los míos estaba la obediencia hacía ella. Pero, ¿lo hacía por ella? ¿Por mí? Todo era un contrasentido, todavía no hallaba mi camino. Así que este tema requería una visita y los sabios consejos y guía del Padre Anselmo.
En cuanto bajé del avión me encaminé deprisa hacia su encuentro, con maleta y todo.
-Padre Anselmo, es que yo soy muy cariñosa, todo corazón. Usted sabe muy bien que eso me pierde -le confesé sintiendo un ligero alivio.
-No, Susana, lo tuyo no es corazón, hija mía… ¡tú lo que tienes es una casa de huéspedes! ¡Es que no te dejas a ninguno vivo, caramba! -me dijo rojo de la indignación, a juego con su precioso pelo.
-¡Padre! Usted siempre se ha mostrado muy comprensivo conmigo –yo nunca lo había visto de semejante manera.
-¡Ni Padre, ni hostias! Si hasta me haces blasfemar…-dijo contrariado -¡Ay! ¿Qué voy a hacer contigo? –dijo resoplando mientras pasaba su gran mano por mi cabello.
-Lo de siempre, padre; lo de siempre. Qué más podemos hacer…-contesté resignada.
Volví a rezar intentando lavar a fondo mis culpas, restregando bien en los rincones de mi alma pecadora. El Cielo me quiere, y mucho mucho, porque me volvió a recompensar con otro hermoso niño pelirrojo. Es lo que les digo a mis amigas: a pesar de todo soy feliz, tengo veinticinco años, tres hermosos hijos que la providencia ha querido que sean la viva estampa de este buen hombre, paciente, comprensivo, cariñosos al que tanto debo y al que con tanta frecuencia me veo obligada a acudir.
Hola maMargarita!
ResponderSuprimirSoy tu petalito. Me he decidido a seguir tus pasos y me he creado un blog. Pásate y dame algún consejillo (manda narices que te tenga que decir yo esto sobre un tema de Internet,jeje) de esto de la bloggoesfera (o como se diga).
Lo veo un pelín soso,dime si hay algún truquito para poner más imágenes o algo!!
Bueno,mamargarita,tu petalito se despide.
Por cierto, me encanta este cuento, junto con la mema son mis favoritos. Esa es la mama que yo conozco,con humor,sí señor!
Besoooooos!!!Nos vemos ahora en la cena jeje
No me lo puedo creer…no me habías dicho nada. Así son los hijos te enteras cuando ya la han hecho, je, je. Pues bienvenida a esto de la blogosfera. Sí, manda narices, ja, ja, ja, tú me enseñaste a dar mis primeros pasos por Internet y ahora ya te cogí la delantera :)
ResponderSuprimirBueno, pues en cuanto he visto la buena nueva me he pasado por tu blog a chafardear un poquito y te comento que está bastante bien, me gusta, y ya te aconsejaré en privado, ¿vale?
Pues me alegro que te guste la vena humorística de tu madre, últimamente la tengo algo olvidadilla. Supongo que va por rachas.
Muchos besos, mi "loquita" encantadora.
¡Desde luego ya no quedan hijos como los del texto!
ResponderSuprimirY esos padres con sus buenos consejos¿qué?
Margarita,
el texto es genial. Inteligencia, gracia al escribirlo y un buen final.
Me divertí leyendo.
Saludos
Juan Manuel
Je, je, je, no se si son tan buenos consejos, Juan Manuel. Yo creo que a la madre la pillaría en un mal momento y algo cabreada. Gracias por esas palabras tan amables y por pasarte por aquí. Un día de estos me paso a saludarte a ti y a tu primo.
ResponderSuprimirUn abrazo,
Margarita
¿Promiscua por obediencia filial? Este argumento si que no lo conocía... ¡Hay que tener cuidado con los consejos que se les da a los hijos!
ResponderSuprimirMás aún, consiguió aunar su obediencia promiscuística y su vocación religiosa... ¡nada más y nada menos que en tres hermosos niños pelirrojos!
Tengo, sí, una duda; esta primero Lolita y luego estudiante universitaria, ¿de dónde sacó tiempo para estudiar y aprobar exámenes? ¿O todos sus profes fueron como este símil de San Luis?
Seguramente este pobre desdichado le aprobó la asignatura sin más, sólo con verla, a ella, ingresar tan seriecita con su faldita escocesa (algo corta, eso sí)
Y, claro, luego, el trabajo..., ese jefe, ese jefe, que se deja la alianza matrimonial en cualquier lado..., y cede, cede, cede...
En fin, parece ser una muchacha extraordinariamente feliz con su vida. No tendrá su vocación cumplida, pero sí un padre Anselmo que está siempre allí, para cuando ella necesite lavar sus culpas:
“¡Ay, Susana, que vas a acabar con las reservas celestiales de Ariel! ¡Frota! ¡Frota bien tu alma!”.
Una excelente demostración de tu imaginación y tu habilidad para el humor, compañera.
Y un gusto leerte.
Cariños,
Esther
Esther, ella es una hija muy obediente, je, je, je. Desde luego hay que tener cuidado con lo que podamos decir en un arranque de cabreo, no vaya a ser que tengamos que tragarnos nuestras palabras. Ah, aquí entre nosotras, lo que creo que esta Susana es una cínica de cuidado y agarró esto de excusa. Tienes razón, logró unificar su vocación religiosa y su obediencia. Tres niños pelirrojos, por lo menos eran del mismo padre :), que no dudó en cargarle a su mamá, porque ella siempre andaba muy ocupada. Uy, igual hubo más de un catedrático rendido a sus encantos…vaya usted a saber, con ese don de gentes…yo creo que estudiar estudiaría poco.
ResponderSuprimir“tan seriecita con su faldita escocesa (algo corta, eso sí)” Ja, ja, ja. Claro, un poco corta, pero lo dice con su casi “ingenuidad” que una no sabe qué pensar, si es algo ingenua o una espabilada. Sí, eso parece que vive tan ricamente y despreocupada, porque el padre Anselmo estará allí, al fin y al cabo es su trabajo. El pobre padre Anselmo tiene que temblar cuando la vea llegar :).
Bueno, no es mía la culpa, fue un golpe de inspiración y un toquecito de ironía. Gracias por pasarte por mis cuentos, amiga.
Un beso,
Margarita
entonces los 3 niños son del padre alselmo?
ResponderSuprimirSí, estás en lo correcto. Es lo que sugerí.
ResponderSuprimirUn saludo