sábado, 22 de diciembre de 2007

Extraña tradición Navideña


La tradicional comida de Navidad siempre se celebra en mi casa. Como gozo siendo buena anfitriona, me esmero desde tempranas horas de la mañana en la preparación del menú.

También decoro la casa para tan magno acontecimiento: el mantel con los bordados de Papá Noel, mi mejor vajilla, la cubertería fina y la cristalería que sólo utilizamos en grandes ocasiones; el último toque corre a cargo de velas e inciensos repartidos por todas las habitaciones, para dar un ambiente cálido y acogedor. Reviso el árbol y el Belén. “¡Todo perfecto!”, me digo con satisfacción.

En los últimos años ocurre un fenómeno insólito. En algún momento, antes de colocar las viandas sobre la mesa, el niño Jesús desaparece del pesebre sin que yo me haya podido percatar del hecho. Me acerco al nacimiento y en su lugar hay una nota “Si quieres volver a ver al niño Jesús sigue nuestras instrucciones. No avises a la policía. Pedimos turrones y, sobre todo, copas extras. Llévalos después de la comida a la salita.” Indignada miro a mi alrededor, entre risas. A mi cuñado Miguel, con máscara de fingida seriedad, se le escapa una malévola y delatora sonrisa. Nunca accedo al chantaje y me encargo personalmente del rescate, buscándolo por todo el comedor, con éxito.

El año pasado fue mi gran momento. Observaba de reojo los movimientos de Miguel, se acercó al nacimiento y su expresión mudó. En el pesebre en vez del niño encontró una nota que leyó con sonrisa socarrona: “Harto de tus reiterados secuestros, me he visto obligado a privaros de mi presencia en este día. He tomado serias medidas. Me he puesto en contacto con los Reyes Magos, dándoles estrictas instrucciones para que sólo te traigan carbón, Miguel. Atentamente, el niño Jesús”.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Soy promiscua


Yo nunca quise ser promiscua, eso fue cosa de mi madre. Veréis: a los seis años siempre andaba saltando de aquí para allá con mis largas y onduladas coletas bamboleando arriba y abajo, cuando de pronto me decidí a confesarle mi inclinación a mi mamá:“¡Mami! De mayor quiero ser monja”, le dije con determinación.“¡¿Monja?!¡¿Monja?!¡Antes, prefiero verte convertida en una puta!, me gritó indignada. Yo no sabía qué tenía en contra de las monjas ni qué a favor de las otras; pero desde aquel momento siempre me he debatido entre mi verdadera vocación y la debida obediencia a los padres.

Cuando yo contaba quince años mi madre enviudó y recién cumplidos los dieciséis me obsequió un padrastro, Alberto. Él tenía treinta y ocho años, era alto, musculoso e increíblemente atractivo: moreno, sonrisa deslumbradora y con unos ojos color chocolate que te endulzaban al mirarte. Congeniamos enseguida y siempre me estaba buscando las cosquillas. Quiero decir que me gastaba bromas bajo la divertida cara de mi progenitora. Una mañana de verano estábamos solos en la piscina, tomando el sol mientras mi madre trabajaba. El calor era asfixiante y parecía concentrarse todo en mis ingles, quizá porque la única prenda que me cubría era el tanga imitación a piel de tigre. Por lo que después pude advertí no sólo a mí atacó este sofoco, sino que Alberto también fue una pobre víctima. Él me miró, le miré, volvió a mirarme y yo le devolví la mirada, también. No me preguntéis cómo, pero jugando y jugando cuando quise darme cuenta habíamos acabado en su cama y muy sudorosos. De pronto la puerta se abrió. Era su esposa. Tras la sorpresa inicial se puso a vociferar algo ininteligible, hecha una furia. Se acercó. Cubrimos nuestros cuerpos desnudos con la sábana, todavía nos quedaba algo de pudor. Ella llegó hasta nosotros y nos soltó mamporros a diestro y siniestro mientras me gritaba: “¡Eres…! ¡Eres una pedazo de…!”. “¡Alto ahí! Yo sólo he seguido tus deseos”, le dije. “¿En qué quedamos? ¡Es que no hay quién te entienda! ¡A ver si te aclaras, mamá!”, continué indignada.
Después del disgusto decidí acudir a confesarme a nuestra parroquia. El Padre Anselmo era un amor, muy comprensivo y siempre tenía una palabra amable y reconfortante, claro que ese era su oficio. Tras oír pacientemente mi confesión, con pelos y señales, él me mandó a rezar un montón de Padres Nuestros y otros tantos Aves María para lavar mis pecados. En agradecimiento, por la purificación de mi espíritu, yo ayudaba en la limpieza y organización de la iglesia. Pero, a pesar de mis esfuerzos, con frecuencia el pecado nos coge de improvisto, así que a los nueve meses justo di a luz a un precioso niño pelirrojo, del que se ocupó mami para que él no interfiriera en mi recién comenzada vida. Al fin y al cabo un tropiezo en la vida lo tiene cualquiera.

Al año siguiente atravesé por primera vez las puertas de la universidad; ese templo sagrado de la enseñanza. No os quiero contar lo popular que era yo a los dos meses de mi ingreso allí, entre los chicos, claro. ¡¿Amigas?! Bueno, ese es otro tema bien distinto. Ya sabemos todos que la envidia es muy mala y corrosiva que va creándote inseguridades, y ésta te lleva a la desconfianza. Total, porque en dos ocasiones me pillaron abrazada a los novios de dos compañeras; ¡bah! Peccata minuta; una bagatela sin la menor importancia. Unos besos, un par de botones desabrochados de mi camisa, la bragueta bajada del pantalón de ellos, mi mano dentro de ella probando la calidad del genero, me refiero al tejido, que conste. Como el amor en sus fases iniciales es muy posesivo, todas las chicas guardaban a sus novios bajo siete llaves y tenían prohibido acercarse a mí a menos de cinco metros de distancia y con la mirada fija en el suelo.

El inicio del tercer y último curso lo empecé con energías renovadas “voy a ser otra”, era el mantra que me repetía incansablemente; la que siempre quise ser. Llega un momento en la vida en el que no puedes seguir complaciendo a tu mamá. “Una tiene que elegir su propio camino en la vida, caray”, me decía mientras me dirigía a la clase vestida con una falda escocesa de cuadros rojos y azules, algo corta, eso sí; camisa inmaculadamente blanca, corbata del Barça y botas negras de cuero altas. Mi larga melena lisa, recogida en una cola alta y carmín “rojo pasión” en mis carnosos labios. Llegué un poco tarde de forma totalmente involuntaria. La clase había comenzado y yo, tímidamente, golpeé a la puerta con los nudillos. Ésta estaba abierta y el profe se giró. Era guapo como un San Luís: joven, poco más de treinta años; rubio, con los ojos verdes y dos simpáticos hoyuelos cuando reía. “¿Puedo entrar o ya es tarde para mí?”, pregunté. “No…no, no, qué va a ser tarde para ti… ejem… digo, puede pasar señorita…”, balbució mientras me repasaba de abajo arriba. “Susana Ríos”, le contesté advirtiendo que ni volvía a dar clase ni pestañeaba mientras me seguía con la mirada hasta que me senté. Sinceramente, una no quiere, no os creáis que es fácil para mí, no, pero debe ser que anda predestinada; el caso es que al finalizar la clase le pedí hablar con él, en su despacho, y sin poder remediarlo acabamos encima de la mesa, después en el sofá y hasta apoyados en el quicio de la ventana. ¡Un horror! Aquel hombre resultó ser un catedrático versado en varias materias.
Después de aquello tuve que ir a ver a Don Anselmo, con urgencia. “¿Otra vez aquí, hija?”, me dijo mientras miraba al cielo y elevaba las palmas de sus manos. “Pues ya ve Padre. Usted ya me conoce. Vengo a lavar mis culpas Padre Anselmo”, le dije sofocada. “¡Ay, Susana, que vas a acabar con las reservas celestiales de Ariel! ¡Frota! ¡Frota bien tu alma!”. Recé, recé con tanta devoción que el cielo me regaló un nuevo hijo como expiación de mis pecados, a los nueve meses exactos. Que, por supuesto, dejé en las mejores manos, las de mi mamá, pues yo tenía que empezar mi vida laboral.

Lanzarse al mercado laboral para encontrar algo decente, es una tarea muy ardua, aunque vayas pertrechada con un título universitario debajo del brazo. Fui a mi primera entrevista bien arreglada, de pies a cabeza y a por todas. Me presenté con mi traje de chaqueta negro de raya diplomática. La falda con abertura lateral, un poco vertiginosa, lo reconozco. Una preciosa blusa de seda natural, roja. Las mejores joyas de mamá, perfectamente maquillada y el toque de gracia corrió a cargo de unas gotas de mi mejor perfume de Bvlgari. Ah, y los indispensables tacones de aguja. La presencia es muy importante y una mujer arreglada siempre es una mujer arreglada. Claro que esto lleva su tiempo y llegué la última a la entrevista. El jefe, don Leandro, salió para hablar con la recepcionista, apenas le miré y le dediqué una inocente sonrisa me hizo pasar la primera; ya lo dijo el Señor: “Los últimos serán los primeros”. Me dieron el puesto y las demás se fueron echando sapos y culebras sobre mí. ¡Ni que yo tuviera la culpa!

Al principio todo iba de fábula: buena organización, un ambiente de trabajo afable, un jefe con seriedad... Hasta que un día me di cuenta que el retrato de su esposa e hijos había desaparecido de encima de su escritorio. “Habrá llevado el marco de plata a arreglar”, pensé. Al siguiente, el objeto desaparecido fue su anillo de casado. “¿Lo habrá perdido?”, me preguntaba. A la semana, me pidió que le acompañara a un congreso en la capital. Nos hospedamos en un chalet de un amigo suyo en la sierra. Después del primer duro día de trabajo, Leandro tuvo la amabilidad de hacerme la cena. La sirvió en una mesita junto al hogar y dos copas grandes de buen vino. Hablamos de esto, esto te lleva a aquello y a las copas de vino les siguieron unas risas y después unas intensas miradas. Los troncos crepitaban y el calor de las llamas prendió irremediablemente en nosotros, y allí, encima de la alfombra cedí, y cedí y creo que volví a ceder una vez detrás de otra. Al regreso mi interior era una olla a presión a punto de estallar, ¡yo siempre había querido ser virtuosa! ¿Qué debía prevalecer? ¿Mis principios? ¿Los de mi madre? Dentro de los míos estaba la obediencia hacía ella. Pero, ¿lo hacía por ella? ¿Por mí? Todo era un contrasentido, todavía no hallaba mi camino. Así que este tema requería una visita y los sabios consejos y guía del Padre Anselmo.

En cuanto bajé del avión me encaminé deprisa hacia su encuentro, con maleta y todo.

-Padre Anselmo, es que yo soy muy cariñosa, todo corazón. Usted sabe muy bien que eso me pierde -le confesé sintiendo un ligero alivio.
-No, Susana, lo tuyo no es corazón, hija mía… ¡tú lo que tienes es una casa de huéspedes! ¡Es que no te dejas a ninguno vivo, caramba! -me dijo rojo de la indignación, a juego con su precioso pelo.
-¡Padre! Usted siempre se ha mostrado muy comprensivo conmigo –yo nunca lo había visto de semejante manera.
-¡Ni Padre, ni hostias! Si hasta me haces blasfemar…-dijo contrariado -¡Ay! ¿Qué voy a hacer contigo? –dijo resoplando mientras pasaba su gran mano por mi cabello.
-Lo de siempre, padre; lo de siempre. Qué más podemos hacer…-contesté resignada.

Volví a rezar intentando lavar a fondo mis culpas, restregando bien en los rincones de mi alma pecadora. El Cielo me quiere, y mucho mucho, porque me volvió a recompensar con otro hermoso niño pelirrojo. Es lo que les digo a mis amigas: a pesar de todo soy feliz, tengo veinticinco años, tres hermosos hijos que la providencia ha querido que sean la viva estampa de este buen hombre, paciente, comprensivo, cariñosos al que tanto debo y al que con tanta frecuencia me veo obligada a acudir.

viernes, 7 de diciembre de 2007

La hechicera



Estevania removía en su caldero el contenido de su escasa cena. Estaba en el fondo de la húmeda y fría cueva, sentada en una piedra. Se sentía vieja, cansada, y que su llama se extinguía. No debía demorarlo; al día siguiente iría en busca de la moza. Había hallado a su sustituta y tenía que cederle sus conocimientos ancestrales antes de reunirse con sus hermanos. Ella era la última bruja en aquel mágico Valle de Baztán.

Sus recuerdos le reconfortaban y atormentaban a la vez. Siendo muy joven el infortunio les visitó con toda su crudeza. Por aquellos tiempos eran unos cuarenta, entre brujas y algún brujo. Adoradores del Sol y de las fuerzas de la naturaleza, representada por la diosa Mari; igualmente ofrecían culto a Aker Beltz, simbolizado en un macho cabrío, que encarnaba la virilidad, la caza... Conocedores de los secretos de las plantas, animales y sus sustancias, con las que preparaban, con precisas fórmulas secretas y milenarias, sus pócimas, ungüentos y cocimientos. Y sus empleos eran tanto para sanar, como para matar.

Su mente voló hasta aquel último aquelarre con imperecedera añoranza. Cenaron copiosamente: cordero y vino. Después se desvistieron, se ungieron unos a otros un ungüento alucinógeno a base de belladona y beleño por todo su cuerpo. Ellas cabalgaron rítmicamente sobre los palos untados en esa poción. Comenzaron a volar. A medida que sus cuerpos la absorbían, una ola cálida y placentera les invadía. Su percepción se abría a otras dimensiones, veían las imágenes más cercanas, más grandes y sentían unos deseos irrefrenables de danzar alrededor del fuego, al abrigo del ritmo de la música. Agitaban sus cuerpos mientras giraban con desenfreno alrededor de la hoguera. Su corazón se aceleraba y su respiración se volvía más excitada, casi jadeante. El rey la examinaba anhelante y esto provocó que se erizase su piel. Él, incitado por su reacción, se acercó a ella y comenzó a acariciarla avivando la llama que ya le quemaba. Estevania jamás había experimentaba un deseo tan arrollador, no podía desprenderse de su mirada y sus manos iniciaron la búsqueda ávida de su torso y de su sexo. Se apretó contra él y su cuerpo se sacudió. Por unos instantes aspiraron el aliento de sus bocas, fundiéndose en un largo beso, después. Cayeron al suelo. Sus hermanos yacían a su vera y empezó a sentir varias manos tocándola. Se entregó a la lujuria. Al alba, el prado era una alfombra de nudos humanos. Un destello de sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios, al evocarlo.

Días después en el pueblo los señalaron. Los aprehendieron rápidamente de forma inmisericorde. Se habían dispersado por la comarca, pero cuando hay tantos ojos taimados ningún lugar es seguro. Sólo ella pudo escapar. Los condujeron a las prisiones y los torturaron. Les acusaron de tener tratos con el Diablo, celebrar misas en su honor, de metamorfosearse en gatos, de provocar tempestades, de emplear maleficios contra los campos, animales y personas. Los condenaron: les desposeyeron de todos sus bienes; casi la mitad fueron quemados vivos en la hoguera y los demás murieron en insalubres prisiones. Las ejecuciones se basaron en testimonios supersticiosos, envidiosos y poco fiables. Estevania se quedó sola y se refugió en la cueva. Odiaba desde el fondo de su alma a aquellos ingratos lugareños que renegaban de ellos pero que a su vez acudían cuando algún mal les acuciaba. Siguió preparándoles sus remedios, a regañadientes, únicamente para poder sobrevivir.

Se levantó con cierta inquietud. Hacia tanto tiempo que estaba sola y que no compartía con nadie, que se sentía excitada y rejuvenecida. Anduvo hasta el pueblo y al entrar en él le cerraban las puertas a su paso los mismos que en las malas la precisaban. Escupió al suelo. Miró las ventanas y estaban cerradas. Sobre ellas colgadas había colocadas cruces hechas con dos ramitas cruzadas de fresno y ramos de laurel bendecido al lado. Soltó una carcajada. ¿Acaso pensaban que aquellas supercherías les protegerían?

Llegó a la casa y saludó a sus viejos conocidos. Ellos, llamaron a la moza que tenían a su servicio: la elegida. La miró fugazmente, le pareció poca cosa bajo sus andrajos. Se pusieron en marcha pues la noche no tardaría en caer. Atravesaron los valles transitando por los senderos, y cuando estos acabaron, monte a través. Graciana parecía tímida, caminaba con pasos lentos, cabizbaja, y apenas pronunciaba palabra. Llegaron a su destino ya entrada la noche. Antes de acomodarse, la joven se descubrió de su raída mantilla. Aspiró el aire con fruición y lo saboreó. Paladeaba algo nuevo: la libertad. Su maestra la contemplaba con el tenue reflejo que el fuego le ofrecía después de haberlo atizado. Su cabello ondulado y cobrizo le alcanzaba la cintura, sus ojos eran verdes, su rostro dulce y sereno; su piel era clara y pura, reflejo de su alma. Sus senos firmes y sus carnes prietas. Ya no la encontró insignificante, era hermosa, quizá la más bella de aquella comarca. Le evocó a ella en su época de esplendor y sintió admiración por la joven, y nostalgia por aquellos días gozosos, y por su amado rey.

Aquella moza era viva y despierta, aprendía con rapidez. Apenas en unos días distinguía las bayas venenosas de las que no lo eran. Y en pocas semanas preparaba sus primeros mejunjes con el mismo esmero que ella misma lo hacía. Le contó los orígenes de su comunidad, que se remontaban en los tiempos. Le explicó que eran conocedoras de la medicina natural; que su estructura social era un matriarcado y que sus conocimientos despertaban el miedo y el recelo de los hombres poderosos que en aquel mundo querían imponerse. Después de unos meses había avanzado tanto que pronto su relevo estaría completamente instruida en sus artes. Se sentía orgullosa de ella: poseía soltura, era voluntariosa, se movía con gracilidad y todo lo hacía con una amable sonrisa. Ella había despertado sus afectos en su alma adormecida.

Los lugareños acudían en busca de su ayuda con más frecuencia desde que Graciana la acompañaba. Y acabaron consultándola antes a ella, preferían su trato afable y cordial, al de ella hosco y amargado. Ella era la versada, pero lo entendía. Era tan bella y dulce… a menudo se quedaba arrebatada contemplándola como el que admira una obra de arte. Desde que poseía su compañía sentía un calor especial en su corazón.

Joanes era un mozo del pueblo que solía acompañarlas. Rondaba a la joven desde hacía un tiempo. No era muy guapo pero sí alto y recio, como los hombres que brindan esas tierras. Con una mirada negra, intensa, pero dulce; y de carácter noble. Estaban enamorados. Daban largos paseos por el prado tomados de las manos. Ella observaba cómo conversaban, se reían, sus ojos brillaban y sus miradas no se apartaban. Poco a poco su inquina hacia él se acrecentaba.

Los jóvenes aprovecharon un momento a solas para mostrarse sus afectos. Joanes la mantenía presa contra la roca, besaba su cuello. Agarraba su talle con una mano y con la otra le acariciaba con deleite uno de sus prietos muslos debajo de las enaguas, su piel era suave y exquisita. Ella se estremeció y echó la cabeza hacia atrás, su respiración era entrecortada y lo abrazó con fuerza por su cintura notando su ardor, cerró sus ojos y lo dejó hacer; se amaron intensamente. Cuando Estevania vio a los jóvenes los demonios se llevaron su alma. Una violenta punzada le sacudió desde los pies a la cabeza. No podía perderla, ella tenía un destino y este estaba a su lado.

Cuando la moza llegó a la cueva, ella le ofreció un brebaje que había preparado, le dijo que era para quitarse el frío; le sirvió un tazón y se lo acercó. Graciana se lo bebió, su sabor era amargo. El tazón se le resbaló estrellándose contra el suelo de piedra y haciéndose añicos. Sus manos agarraron el vientre, las entrañas le ardían y clavó sus incrédulos ojos verdes en la hechicera, en su maestra; dos lágrimas resbalaron por sus mejillas y cayó al suelo. Estevania tomó el cuerpo de la joven y lo depositó en un saliente que utilizaban de lecho. Colocó con suma delicadeza en su sitio hasta el último de sus preciosos rizos e impuso una diadema de flores en su nacarada frente. Su vista se nublaba por el llanto. Se enjugó las lágrimas y prosiguió. Cogió sus manos, las besó y ungió con sus lágrimas; después las colocó con finura una encima de la otra. Tocó sus labios con las yemas de sus dedos, se inclinó, se acercó a ellos y los rozó besándola. Bañó su rostro entre sollozos y después arrastró sus pasos hacia el caldero, se sirvió un generoso tazón y lo apuró de un sorbo. Se desplomó. En unos pocos estertores su vida se extinguió, y con ella su saber milenario.

Joanes las encontró y, con el alma destrozada, dio la voz de alarma en el pueblo. Acudieron casi todos los lugareños y las autoridades. Las desnudaron. El párroco logró identificarlas como hechiceras, gracias al color de la piel y a que habían sido ungidas por el demonio: el Stigma diaboli, la marca del diablo, que las brujas llevaban en sitios muy secretos de su cuerpo: Estevania, poseía una mancha en uno de sus ancianos y vacíos senos; y Graciana, una extraña peca en su bajo vientre.

Para purificar aquel endemoniado lugar, se hizo una procesión. El párroco esparció una arroba bendecida de granos de mostaza para que las brujas desaparecieran por tantos años como granos eran esparcidos. Parece que surtió efecto; nunca más se supo de alguna bruja en aquel lugar.

Pero algo apareció: junto a la roca en la que se habían amado aquellos jóvenes, brotó un rosal, y desde esa fecha, todas las primaveras regala sus rosas blancas. Cuentan que Joanes, que permaneció solo el resto de sus días, acudía todos los años a recoger las más bellas; luego, depositaba un gran ramo en la tumba de Graciana, y guardaba el resto para él. Cuentan, que siendo éste muy anciano, y estando en su lecho sobrellevando su agonía, sentía gozo, pues al fin iba a reunirse con su amada.


Este relato está inspirado en una visita que hice a las cuevas de Zugarramurdi (Navarra). Aunque es totalmente de ficción, sí he tomado información de algunos folletos explicativos que cogí in situ, y de algunas páginas de Internet, tanto referente a los ritos y hábitos que se dieron entre las “brujas” del lugar, como de la “purificación” de las cuevas que ofició el párroco con los granos de mostaza; esto es auténtico aunque parezca increíble. Asimismo, reales las persecuciones y condiciones en que fueron ajusticiados en Logroño, en 1610, los detenidos; he de decir que pasé de puntillas tan sólo. Los nombres de mis personajes también han sido tomados de los ajusticiados, como modestísimo homenaje a su brutal e irracional persecución.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Lo confieso: soy mema


Verá, señor, soy mema de nacimiento. Sí, no me ponga esa cara, como lo oye; desde el mismo momento en que nací. Yo se lo explico. Nada más salir me tomó un hombre por los tobillos, me volteó cabeza abajo y me metió una nalgada. Yo no lloré, no, qué va, eso no va conmigo, una tiene su dignidad, caray. Aquel tío volvió a arremeterme con más fuerza, y pensé, “¡cabrón!”, mientras apretaba mis labios. Repitió la operación unas cuantas veces más, pero me mantuve firme y no consiguió sacarme ni una sola lágrima. Veía tan feliz y sonriente a mi madre contemplándome que no quería estropearle aquel bello momento.

Mis primeros meses de vida transcurrieron con normalidad. Exceptuando cuando el cura me torturó, marcándome con aquel aceite pringoso en la frente, acercándome la llama de una vela, ¿qué quería? ¿Prenderme?, y luego tirándome agua helada sobre mi pobre cabeza, llegando a taparme los ojos y las fosas nasales, dejándome ciega y sin poder respirar. Pero, ¡por Dios! ¿Qué le había hecho yo? Entendí no sé qué de un pecado de mis padres, y pensé, “¡pues entonces mortifícalos a ellos, jolín!” Claro que entonces yo no sabía, no.

-Señorita, es necesario…-pero no pudo concluir su frase.

-Espere y verá por qué le digo -retomando de nuevo su verborrea.

A los seis meses, como es de rigor, empezaron a darme a probar distintos sabores, que a ver si le gusta el dulce a mi niña, que si ahora pruebe lo salado. Así que un día estando en una comida familiar noté que todos cuchicheaban y se hacían señas. Mi abuela se acercó con algo amarillo en la mano. Yo estaba tan tranquila sentada en mi trona, comiendo mi rica papilla y sin meterme con nadie. Habían cubierto todo el ángulo de mi visión con las cabezas de mis abuelos, mis padres y mis tíos, que me miraban con expectación. Mi abuela me dio a probar: era medio limón. Aquello sabía a rayos encendidos, pero no quería despreciar su ofrecimiento, así que empecé a paladearlo mientras le decía: “¡Umm…mm…!” Todos empezaron a mirarse entre sí. “Trae la pimienta”, dijo mi tía Manuela sin contemplaciones. ¡Gracias, tita! ¡Jamás lo olvidaré! A continuación espolvoreó el limón y lo puso junto a mis labios. Nadie pestañeaba, el silencio se mascaba en el ambiente. Yo no podía defraudarles y lo lamí. La nariz me picaba, las mejillas me ardían y brotaron dos lagrimitas de mis ojitos, pero les sonreí. “Bah, con esta niña no se puede”, dijo mi tío Miguel decepcionado. Y dieron media vuelta sentándose de nuevo a la mesa y dejándome sola. Desde aquel día supe qué se podía esperar de la familia.

-Al grano, señorita, vamos…-deshaciéndose el nudo de la corbata y desabrochándose el primer botón de la camisa, un tanto ansioso.

-¡Ya llegamos, ya! ¡Qué prisas! Todo a su tiempo, hombre.

A los tres años conocí a mi primer chico. Fue amor a primera vista: con su pelo rizado, sus chispeantes ojos marrones y esos mofletes y hoyuelos tan lindos, ¡ay! Tenía mi misma edad y era un chico duro, rompedor, con sus vaqueros y cazadora de aviador. Siempre coincidíamos en el parque y jugábamos juntos con la arena. Todos los días le guardaba uno de mis caramelos para regalárselo, después de abrazarlo y darle muchos besitos. Aquella tarde estaba con mi cubito, mi pala y mi rastrillo, trabajando duro para construir un castillo. Él llegó, su mamá lo depositó a mi lado y empezamos con nuestro cotidiano ritual: el abrazo, los besos, el caramelo…hasta que incomprensiblemente mi chico se separó de mi abrazo y me señaló la pala, como pidiéndomela. Yo pensé que iba a ayudarme en la ardua tarea, así que le dediqué mi caída de ojos, mi mejor sonrisa y se la di. Él la llenó de arenita y me la arrojó a la cara. ¡Coño, qué sutil! Menuda manera de poner fin a lo nuestro, podía haberlo dicho de otra forma, no sé el típico: “Nuestra relación no avanza, no va hacia ningún lado”. No, que así me dejó ciega una semana el muy...

Verá, es que yo con los hombres no he tenido nunca mucha suerte. No me mire así que me desconcentra y no puedo continuar. Tenga, beba un poco de agua se le ve acalorado. Recuerdo a Oscar, mi amor desde la secundaria hasta los exámenes de selectividad. Me conquistó por muchas cosas, pero entre sus virtudes no contaba con la inteligencia. Así que estando enamorada como lo estaba, hasta las trancas, no me quedaba otro remedio que hacer primero su evaluación, pasársela y luego continuar con la mía. Sí, es cierto que yo estudiaba durante horas cuando estábamos en mi cuarto, mientras que a él le gustaba pasar el tiempo jugando a la Play Station, pero no era cosa de dejar las partidas a medias, hay que acabar aquello que se empieza, ¿no? Después de aprobar la selectividad, escogimos carreras distintas, así que mi Oscar decidió que éramos muy jóvenes todavía y debíamos vivir libres por un tiempo. Luego me enteré que salió con la empollona de su promoción y que al finalizar la carrera también se agotó su amor; más tarde se lió con la jefa de su sección en el trabajo, rompiendo poco después y terminó por casarse con la hija del dueño, hace pocos días. ¡Ay!, el amor es así… por lo menos el de ellas.

-Señorita, ¡por Dios! ¡Por la Virgen! ¡Y por todos los Santos! ¡Al grano! ¡Al grano! Su vida me parece muy interesante pero tenga un poco misericordia conmigo –mientras se seca el sudor de su frente con un pañuelo, se quita la chaqueta y se desabrocha un nuevo botón.

-¡Está bien! ¡Qué nervioso es usted! es para que entienda. Vamos, que tampoco es para ponerse así. Lo que a usted le interesa es que le cuente el asunto de mi novio por Internet, ¿no?

-Eso, veo que ya me comprende. Por favor, si tuviera la amabilidad de ir al meollo se lo agradecería. Me gustaría saber qué hacía usted allí –contesta asintiendo e intentando cargarse de paciencia.

Bueno, pues me encuentro a los veintidós años, sola, y una amiga me dice, “Por qué no entras en un Chat de esos de Internet y haces amistades masculinas”. Y voy yo, le hago caso y entro. Pocos días después conozco a un chico, de treinta años, que se hace llamar Ilusionista. Notamos una buena vibración, química, ya sabe, estábamos conectados. Y me da por saber más de él. Le pregunto el por qué de su nick, y me dice: “Vendo ilusión, espejismos y quimeras”. Y yo le contesto “qué cosa tan rara. ¿Se paga bien?”. Entonces me aclara que es artista, un mago que se gana la vida con sus juegos malabares. Enseguida se enamora de mí y empieza a cortejarme. Me regala el oído con frases románticas, nunca escuchadas antes por mí, y me pide que le mande una foto por e-mail. Y se la envío. Cuando la ve me dice que tiene la certeza de que yo estoy predestinada a ser su esposa. Con sus galanterías acaba derribando mis últimas barreras defensivas. Comenta que viene a mi ciudad para una actuación y que podemos aprovechar para conocernos en persona. Yo le digo que sí y me da la dirección de su hotel.

Llega el gran día, hoy, en el que conocería al padre de mis futuros hijos. Durante el trayecto a su encuentro recibo una llamada suya al móvil “mi vida, sube a la habitación 315 cuando llegues que todavía no estoy listo”. Subo en el ascensor con el corazón dándome brincos por la emoción. Llego ante la puerta y toco con mis nudillos. Él la abre escondido tras ella y mirando a todos lados. Yo entro como una exhalación. “Qué ganas tenía de verte y tenerte así, en vivo” me dice sin darme tiempo a contestar. Me abraza con fuerza y me besa metiéndome su lengua hasta el estómago sin haberme dejado decir ni mu. “Siéntate, ponte cómoda, cielo…” me sirvió una copa generosa de whisky, vamos, hasta el borde y entró en el lavabo. Yo pensé que se iba a arreglar para la comida como habíamos quedado, pero de pronto sale de un saltito con los brazos abiertos y diciendo: “Tachan, voilà”, había hecho uno de sus trucos mágicos en el baño haciendo desaparecer toda su ropa, bueno, todo menos los calcetines. Yo me levanto de un brinco algo aturdida por la bebida. Los siguientes minutos fueron de persecución, él se acercaba a mí con sus calcetines blancos y su varita mágica al aire y yo trataba de guardar distancia, hasta que me alcanzó. Acabamos en la cama haciendo el amor, al menos eso me dijo él que habíamos hecho, aunque yo ni me enteré. No me mire así, caray, que ya llego al grano. Hay que tener un poco de paciencia en esta vida y no resople, hombre. Después de ducharnos me comunicó que comeríamos con un amigo suyo. “Guárdame este paquete, es un presente, anda, tú llevas un bolso grande, cariño” me dijo mientras me lo entregaba. Salimos a la calle y tomamos un taxi hasta las ramblas de las flores. Había quedado con él en una plaza aledaña. Yo no me movía mucho por esa zona y al bajar algo no me gustó, sabe, una está al tanto. En una esquina había una señorita con una minifalda de cuero roja y muy apretada, con un top muy ceñido, transparente y los labios como salchichas. Entramos por un callejón maloliente, los pocos viandantes que cruzamos parecían estar hipnotizados. Al llegar a la plazoleta, en un rincón, un chico le pasaba una bolsita con algo a otro y éste le metía un billete en el bolsillo de la camisa, como le digo. Y algunos mendigos dormitaban en los bancos. Mi mago vio a su amigo y le hizo señas, se acercó y me lo presentó. ¿Usted ha visto el guitarrista de los Rollings?, pues igual, oiga. “¿Es de buena calidad?”, le preguntó. A mí me pareció de muy mala educación hablar así de un regalo, máxime cuando todavía no lo has visto. “Saca el presente y dáselo a mi amigo, cielo” me indicó, y yo lo saqué orgullosa. Después, la locura. Algunos de los mendigos se despertaron de golpe, sacando sus armas mientras gritaban: “¡Alto! ¡Policía!”. Yo lo miraba todo atónita en mitad de la plaza y con el presente en la palma de mi mano. Llegaron hasta nosotros, bueno hasta mí, porque el de los Rollings ya no estaba, y mi mago había reservado su mejor truco para el final, el del escapismo, y desapareció. Me detuvieron y me trajeron aquí, ante usted. Y empezó a querer que yo le contara todo y a decirme: “¡Confiese! ¡Confiese!” y eso es lo que estoy haciendo, señor inspector: le confieso que soy mema.