
Maricruz era una alegre niña de siete años, que vivía apaciblemente con sus padres en un hermoso pueblecito andaluz lleno de embrujo. Sus calles eran angostas, empinadas y empedradas, de casas blanqueadas adornadas con macetas colmadas de flores fucsias y moradas, desparramando su galanura. La paz y el silencio envolvían aquel lugar y sus habitantes, sin más sobresaltos que el trinar de los pájaros y el tañido de las campanas de la iglesia, bajo un inmaculado cielo azul y un sol ardiente.
Aquel día veraniego era como otro cualquiera, todo discurría dentro de la calmosa normalidad. Maricruz iba al patio para jugar, pero para acceder a éste debía atravesar la alcoba de sus padres. Al cruzar bajo el dintel de la puerta se quedó inmóvil ante lo que vio. Observó tumbado sobre el suelo un hombre, a dos metros de ella. Éste empezó a erguirse muy lentamente, de una forma muy extraña, totalmente rígido, de igual manera que lo haría un tablón al que pisan uno de sus extremos. Nada en él se arqueó ni lo más mínimo. Ya de pie giró muy despacio su cabeza, clavando sus ojos en los de la chiquilla. Permaneció inerte, ningún músculo de su cuerpo o de su rostro se movió, ni siquiera pestañeó, su mirada fría heló la sangre de la pequeña. Tras unos segundos eternos aquel hombre se evaporó ante una atónita Maricruz.
Por fin pudo reaccionar y buscó rápidamente el refugio de su madre para contarle aquella macabra experiencia. “¡No puede ser! ¡No mientas, Maricruz!”, fue la respuesta que obtuvo. “¡Es verdad, mamá! ¡Ese señor se parecía a papá!”, protestó, enérgicamente la niña. “Tu padre está en el trabajo”, le argumentó su madre. “¡No, no…no era papá! ¡Yo he dicho que se parecía a papá!”, exclamó la niña mostrando absoluta convicción. Ante la insistencia y seguridad de las palabras de su hija, Rocío llamó al trabajo y comprobó que su esposo estaba allí. Después de pensar un rato, la madre exhortó a la pequeña a que le hiciera una descripción detallada, tanto del individuo como de lo ocurrido.
Mientras la niña lo narraba, la madre estudiaba sus movimientos y reacciones. Hablaba atropelladamente, pero con firmeza, y en su cara se dibujaba el miedo. Sabía que no acostumbraba a mentir y le pidió que volviera a contárselo desde el principio, para asegurarse. “¡¿Otra vez, mamá?! Le espetó, mirándola inocentemente. “Sí, mamá se ha despistado en alguna cosilla”. La niña le relató palabra por palabra la misma versión y Rocío comenzó a inquietarse.
A partir de aquel momento, cuando se iba a dormir la chiquilla hacía una exhaustiva revisión de su habitación antes de acostarse. Miraba detrás de la puerta, en el interior del armario, revisaba los visillos, bajaba las persianas y, finalmente, escrutaba debajo de su cama. Cuando concluía su exploración se metía dentro de ésta abrazada a su gran osito de peluche, como si él fuera su caballero andante y la pudiera proteger de lo intangible. Sus padres la arropaban y le daban el acostumbrado beso de las buenas noches, pero antes de que la dejaran a merced de la soledad de su cuarto ella imploraba mimosa: “Mamá, porfa, no me apagues la lamparita hasta que me duerma, ¿si?”.
Los domingos por la tarde solían visitar la casa de su primo Francisco. La niña disfrutaba jugando con sus primas, que eran de su misma edad. Después de un buen rato de carreras y risas y mejillas encendidas, de trenzas y coletas desmadejadas, avisaron a las pequeñas que había llegado la hora de la merienda. Un trozo de pan, unos cuadraditos de chocolate y un gran tazón de Cola Cao esperaba a cada una encima de la gran mesa del comedor.
Estaban relamiéndose los dedos con las últimas trazas del pequeño festín cuando vieron que Carmen, la esposa del primo Francisco, se acercaba con una gran caja de madera de roble grabada exquisitamente. Dentro contenía las fotos familiares.
Rocío llamó la atención de su hija y, entre bromas, le comentaba: “Ahora está calvo, pero verás qué melena tenía tu primo Francisco de joven”. Y las niñas, tras mirarlo, rieron divertidas. Rocío volcó la caja creando una montaña de fotografías sobre la mesa. Las mujeres esparcieron las fotos hasta formar un gran tapete gráfico. “Maricruz mira a tu primo cuando era joven”, dijo Carmen mostrándole la foto. La chiquilla miraba la superficie de la mesa, de pronto abrió los ojos desmesuradamente y tomando de forma apurada otra fotografía, apuntó: “¡Mamá, este es el hombre que vi en tu alcoba!”.
Los adultos se quedaron turbados, y Rocío fue atravesada por un escalofrío que le erizó el vello. Acababa de confirmar la sospecha: el día de la aparición, su hija le había descrito a Pedro, un tío de su esposo y padre de Francisco, que murió veinticinco años atrás y la pequeña lo había identificado. “¿Estas segura que era él?”, le preguntó. “¡Sí, sí, es el señor que vi, mamá!”.
Días antes Rocío y Carmen habían estado comentando lo sucedido a la niña y, sorprendidas ante el hecho y la descripción de ésta, decidieron prepararle una pequeña trampa: retirarían todas las fotos de Pedro de la caja menos una, y desviarían la atención de Maricruz hacia las otras, esperando ver si ella sola era capaz de reconocerlo entre ellas.
Aquella mañana el sol irradiaba con fuerza y el calor era sofocante. Maricruz estaba asomada al pozo del patio de su casa algo aburrida, mientras tiraba piedrecillas al fondo y observaba las ondas que se formaban. Cuando el agua se aquietaba, miraba su reflejo y volvía a tirar otra chinita. De pronto vio pasar rápidamente una sombra detrás de ella en aquel espejo. Se giró sobresaltada y vio aquel extraño hombre parado justo frente a ella, apenas separados por un palmo, rígido, con los brazos pegados al cuerpo y sin expresión. Sintió que un intenso frío se apoderaba de ella y gritó. Gritó con todas sus fuerzas, fue un chillido desgarrador que surgió desde sus entrañas, saliendo por su pequeña garganta como un torrente. El hombre se volatilizó.
Cuando Rocío llegó junto a su hija la encontró tiritando de frío, lívida, sus labios amoratados y su mirada pérdida. Frotó su cuerpecito para hacerla entrar en calor. Al reaccionar, le explicó a su madre todo lo que había sucedido y ésta la abrazó temerosa.
Sus padres estaban angustiados y se sentían inútiles ante aquellas visiones que atormentaban a su niña. No sabían qué significaban, qué hacer, ni cómo protegerla. Después de esta última experiencia, la pequeña se mudó a la alcoba de sus padres: le horrorizaba dormir sola. En el transcurso de las siguientes semanas, los hechos cesaron y ésta, más tranquila, regresó a su cuarto.
Maricruz acababa de despertarse de su reparadora siesta, se desperezó y a los cinco minutos dio un brinco, levantándose con energía renovada y dispuesta a derrocharla jugando. Calzada con sus sandalias, dirigió sus pasos hacia la puerta con su osito en ristre.
Una fuerte corriente de aire cerró violentamente la puerta del cuarto, asustando a la pequeña. Giraba nerviosa el pomo, pero no conseguía abrirla y se sintió aterrada. Viéndose indefensa llamó a voces a su madre, que acudió rápidamente, abriéndola sin ningún problema. Extrañada, pensó que el miedo habría paralizado a la niña. Tras el susto, fue al comedor y encendió el televisor para ver sus dibujos favoritos y cuando éstos terminaron decidió ir al patio a jugar. Conforme iba acercándose veía una sombra cruzar por la puerta una y otra vez, como si hubiera un centinela haciendo guardia. Siguió adelante, aferrada fuertemente a su osito.
El hombre se interpuso en su camino y alzó la mano, dándole el alto. Por primera vez parecía querer hablarle, pero un estruendo ensordecedor, que provenía a espaldas de él, le impidió escucharle. La casa colindante estaba precipitándose: sus muros y las vigas del techo, de madera maciza, se caían en mitad del patio, llenándolo de cascotes y escombros. Unos cayeron a los pies de la niña, otros la rozaron; pero ninguno impactó sobre su impávido cuerpecito. Una nube polvorienta lo cubrió todo y dejó de ver al hombre.
Rocío había escuchado el desplome, su corazón se encogió horrorizado y corrió en busca de su pequeña. La entrevió en mitad de la niebla de polvo, respirando aliviada. Estaba de espaldas a ella, sosteniendo en la mano a su osito de peluche que rozaba el suelo. Permanecía quieta delante del lugar donde hasta hacía apenas unos segundos habían estado el muro y la puerta que daban acceso al patio. Ante ella aparecía una enorme montaña de ruinas y sobre ellas, el cielo abierto. Ya no quedaba nada en pie, todo el exterior había sido devastado.
La madre llegó junto a la chiquilla y se arrodilló frente a ella, abrazándola con fuerza. No pudo evitar estallar en llanto. Tratando de serenarse enjugaba sus lágrimas con la mano, no quería inquietar más a la pequeña. Después retrocedió un paso y la revisó para ver si estaba bien. Una fina película de polvo cobrizo la cubría por completo y Rocío sacó un pañuelo del bolsillo de su delantal y limpió su carita. Miraba a su hija dulcemente y, dedicándole una sonrisa, le preguntó:
-¿Qué has visto, mi reina?
- He visto al señor que me sale a veces, él no me dejó pasar al patio.
Increíble. Una historia fascinante. Pobre Maricruz, tan pequeña… Bueno, ya sabes que mi debilidad son los niños y ni en los cuentos tolero que sufran, pero desde luego la narración es espeluznante. Me ha puesto la piel de gallina, una niña tan pequeña y que tenga que ver al “patitieso” ese aparecer y desaparecer a su antojo.
ResponderSuprimirAl final, parece que no la quería asustar, simplemente advertir de que no pasara al patio ya que si no se le hubieran caído todos los escombros encima, pero desde luego no fue la mejor manera de avisarla, pobrecita jeje.
Pero el relato, desde luego (y no es porque seas mi madre), es genial y considero que la ambientación es de lo más acertada: el patio dónde juega la niña, el pozo… perfecto!
Me ha gustado mucho
Besos de tu niña
Ya lo conocía, Margarita, pero me ha gustado mucho volver a él.
ResponderSuprimirEncuentro que debes revisarlo bien pues es un tema que lo merece.
Ya te comentaré por correo. Un beso.
¿Te gustó? Pues me alegro mucho, hija. La verdad es que es para quedarse traumada si te ocurre algo así siendo tan pequeña. Pues sí, venía a avisarla y protegerla, su difunto tío era algo así como su ángel de la guarda, pero podía haberse hecho presente sin meterle semejantes sustos en el cuerpo, ¿no? ¡Pobre criaturita! Se puede ser un fantasma más sutil, digo yo que los habrá, je, je.
ResponderSuprimirClaro, claro, no es porque sea tu madre, quién podría pensar eso : ), me alegro que te gustase la ambientación, porque a mí también. Tú sabes que he descrito más o menos la casa de una de mis tías, donde pasaba unos maravillosos veranos, y que el utilizar un pueblo andaluz como escenario es un deliberado homenaje a mi familia, todos andaluces. Ese patio con ese pozo, me trae preciosos recuerdos de toda la familia reunida alrededor de una gran mesa, los de allí y los que habían emigrado. Quizá uno de estos días haga un cuento sobre ello.
Besos, guapetona,
Mamargarita
Sí, Juan, este ya lo has leído unas cuantas veces, ja, ja y a fondo además, se agradece mucho. Me imagino que te evoca a la tierra, a mí también y ya estoy echando de menos darme un paseíto por esos lugares y por mi gente.
ResponderSuprimirYa lo he revisado. Gracias, amigo, por la cirugía fina que me mandaste por correo, me ha servido de mucho. Ahora ha mejorado bastante. Bien dicen que cuatro ojos ven más que dos, además tú tienes más experiencia en esto de darle a las letras, y tienes una sensibilidad especial a la hora d escribir. Un gusto contarte entre mis amigos.
Un beso,
Margarita