domingo, 27 de enero de 2008

La bacteria Lela


A mi bacteria

Ni siquiera ella misma sabía con total seguridad por dónde había entrado en ese cuerpo; la pobre era muy despistada. Lela era una joven bacteria en busca de su primera morada. A sus treinta y tantos años estaba harta de escuchar a su mamá decirle que ya era hora de que se emancipara. “¡Qué más quisiera yo, mami!; pero ya sabes lo mal que está el panorama para los jóvenes hoy día”, era el sólido argumento que solía esgrimir ante su paciente progenitora. Pero en el fondo sabía que había llegado la hora de abandonar el nido, muy a su pesar, de ser independiente y de enfrentarse a la vida sola. Así que ahí estaba ella recorriendo aquel organismo, revisando bien la zona donde pretendía anidar.

Después de dar varias vueltas de inspección, hizo su primera visita, a los pulmones. “¡Guauuu! Qué amplio y bien ventilado. Aquí me monto yo, con unas cuantas amigas, una neumonía de tres pares de narices”. Sí, amigos, nuestra pequeña amiguita estaba dispuesta a seguir el mandato bíblico, “creced y multiplicaos”, al pie de la letra. Pero de pronto reparó que aquellos pulmones ya habían sido ocupados en dos ocasiones, en las que unas colegas suyas habían provocado en otros tiempos dos pulmonías. “No sé, ya han sido habitados, se ven algo usados…No, no, qué va, definitivamente no me quedo en los pulmones, eso es como vivir de segunda mano; yo aspiro a algo mejor”.

Así que se subió a la siguiente vena dejándose arrastrar por el torrente sanguíneo, en busca del lugar adecuado para anidar. Bajó al poco. “Tengo que reconocer que el transporte está muy bien en esta zona”, iba pensando mientras caminaba, cuando se encontró de bruces con el hígado. “¡Aquí, aquí puede ser un buen lugar!”, se dijo atraída por las dimensiones de éste y entró. “¡Menudo chasco! Las paredes están pintadas de amarillo, pero si está pasado de moda. Ay, no aquí tampoco me quedo, la bilis nunca ha sido de mi agrado”.

“Margarita, ¿quieres que te lleve agua?”, escuchó que le decían al cuerpo en el que ella se encontraba y ésta contestaba retumbando su voz en todo el interior “No, ya tengo. Ahora me pongo el termómetro”. “¿Margarita? ¿El cuerpo se llama Margarita? Como la de Rubén Darío: Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar; yo siento en el alma una alondra cantar tu acento. Margarita, te voy a contar un cuento”. Sí, nuestra Lelita era aficionada a la literatura, como nosotros; ¿o, acaso, lector, eres de los que piensan que una bacteria no tiene derecho a instruirse? Vamos, vamos amigo. En su antigua casa, en sus ratos libres, por las tardes, gustaba subir al cerebro y echar mano del archivo y acomodarse en una hendidura de aquella materia gris, leyendo durante horas.

Un tanto decepcionada por no hallar el lugar adecuado para ella, Lela, se dirigió hacia el sur. Decidió ir caminando, dando un tranquilo paseo para poder disfrutar del paisaje. Al rato se topó con un bonito parque, leyó el letrero “Parque de los Intestinos” y resolvió quedarse a jugar en sus largos toboganes. Disfrutaba lanzándose a toda velocidad por ellos hasta llegar abajo, mientras gritaba con los brazos en alto y le entraba la risa: era feliz; luego, subía corriendo para volver a tirarse por ellos y así estuvo durante largo rato. Pero se dio cuenta que debía continuar camino, debía seguir buscando y emprendió de nuevo el vuelo.

Después de andar otro ratito llegó a un edificio llamado “Vejiga”, una preciosa piscina esférica y entró para darse un baño y refrescarse así de la caminata. Pero resultó que estaba climatizada y olía fuerte, se habían pasado con el ¿cloro? o lo que le echaran a aquel líquido. Se acercó al borde y vio con suma sorpresa su silueta reflejada en él, “¡por Dios! Pero si me he puesto redonda. Claro, desde que entré aquí no paro de engullir plaquetas y linfocitos a todas horas como si fueran gominolas. Lelita, te atiborras y luego quieres estar delgada. Ahora te tocará hacer dieta”, se decía nuestra pequeña protagonista.

Miró hacía el sur pero su orografía no reunía las condiciones exigibles, necesarias y hasta deseables para vivir en ella. Se trataba de dos extensiones bastante largas, sí, pero llenas de músculos fibrosos con apenas espacios vacíos donde moverse cómodamente, llamadas piernas, y después, la nada, el vacío. Así que ni corta ni perezosa dio media vuelta y se encaminó otra vez hacía arriba llegando a los riñones. “Bueno, es un duplex, sí, pero cada habitáculo es muy reducido y a mí no me gusta vivir con estrecheces… ¡No señor!” No, Lela, estaba acostumbrada a otra cosa; vamos, que era un poco pija y con tanta vacilación había dejado pasar tres valiosos días sin decidirse por cuál sería el lugar donde echar raíces.

Tres días en los que el cuerpo que había invadido decidió acudir a un centro hospitalario, ya que los picos de fiebre, entre los 39 y 40 grados, le habían alertado de que algo en su interior no marchaba, pues ni los medicamentos que tomaba surtían efecto. Margarita se encontraba en urgencias, en el pasillo, sentada en una silla de ruedas, coja, pues sólo disponía de un reposapiés; sí, cosillas de la Seguridad Social. Mandaba montones de SMS por su móvil a sus seres queridos, de forma clandestina, con el teléfono camuflado dentro de su bolso y bajo la cómplice mirada de su médico que le sonreía, pues estaba prohibida su utilización. Lela, no se enteraba de nada, para variar. Hasta que escuchó la voz del médico dándole explicaciones a la enferma “tienes una bacteria por ahí dando vueltas. Hay suerte, no ha anidado todavía. No está en la sangre. Aquí tienes el tratamiento, si no mejoras en cuatro días tienes que volver y seguramente te quedarás aquí”. “¡Será entrometido y chivato el tío! ¿Qué derecho tiene a hablar de mí, largando mis cosas?, ¡es mi intimidad!, ¿no? ¡Quiero un abogado!”, espetó, bastante mosqueada la bacteria.

A las 24h, nuestra amiguita comenzó a sentirse mal: quizá el atracón de plaquetas y linfocitos estaba haciendo de las suyas; o, tal vez, sería ese líquido blanquecino que se le había adherido a su piel y que parecía haberle formado unas espantosas ronchas descamando su linda epidermis, después de que el cuerpo ingiriera los antibióticos; esa pudiera ser la causa de sus males. Sea lo que fuere se estaba debilitando y bien que se lo merecía por boba, por indecisa. Ya se lo decía su madre “Lelita, en la vida hay que ser más decidida, hija, hay que comerse al mundo antes de que éste te coma a ti”, estos eran sus pensamientos, mientras, con cada hora que marcaba el reloj, ella se encontraba peor.

Aún así resistió, a duras penas, varios días más antes de fallecer. Parece mentira la guerra que puede llegar a dar una cosita tan pequeñita, casi inapreciable, casi insignificante, algo viscosa, asquerosa, maloliente, nauseabunda… Suerte tenía de ser microscópica, porque de haber tenido un tamaño mayor y el valor suficiente como para dar la cara la muy cobarde, Margarita, sin duda, la hubiera cogido del cuello retorciéndoselo como a un pollo y no la hubiera soltado hasta verle un palmo de lengua fuera…Ejem, ejem; ruego a los señores lectores sepan disculparme, reconozco haberme excedido en mis funciones; la narradora, ajena, al fin y al cabo, debe ceñirse a contar la historia, nada más.

Bien, Lelita, murió.

Descanse en paz…


Y yo también.

7 comentarios:

  1. Me has hecho sonreír esta mañana, un poco estúpida, de martes. Te doy las gracias.

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  2. Me alegro que te alegrara un poco el cuento, no tiene otra pretensión que la de hacer pasar un rato agradable al lector. Que los siguientes días te sean más amables. Gracias a ti por pasarte por mi casa, Felipe.

    Margarita

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  3. Pues sí, sí, se nota mucho que la narradora es ajena eh... jajaja.

    Bueno, lamento mucho la muerte de Lelita, lo siento (pero por fin te dejó tranquila!!)

    La verdad que los cuentos que más me gustan son los que haces de humor. Y de ellos, este es uno de mis favoritos.

    Sigue así!!

    un beso
    LUNA

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  4. ¡¿Yo?! Totalmente ajena, nada que ver… Cualquiera diría que la echas de menos, je, je,je. Yo también siento su pérdida, pero era ella o yo, y ya sabes lo egoísta que somos los seres humanos, tenemos el espíritu de supervivencia muy marcado. Qué le vamos a hacer :)

    Me alegro que te gusten mis cuentitos de humor, son golpes de inspiración que me regalan de algún sitio, a mí que me registren. Así que invocaremos a los Dioses y que ellos repartan suerte, cuando lo crean conveniente.

    Muchos besos, petalito,

    Mamargarita

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  5. Bueno, Margarita... Lela no pierde su encanto, más bien lo gana con el tiempo, como los buenos vinos (según dicen, jejejeje).

    El cuento es desopilante. Comenzando por la dedicatoria. Creo que sólo a vos se te ocurren estas ideas ¡dedicarle un cuento a la bacteria que te enfermó! Que no es una bacteria lela, pese a su nombre, nada que ver. No es lela, sino algo pretenciosa con respecto a su vivienda. Que si está pintada de amarillo, si está usada, si es pequeña, ¡nada la conforma! ¿Ves? Una lección a aprender: no seas pretencioso, porque después vienen los antibióticos y te matan.

    ¿Así que el transporte anda bien? ¿Y hay toboganes en el Parque del Intestino? ¿Y es posible acomodarse en un pliegue de la masa gris, a leer? Digamos que, en general, el cuerpo de la tal Margarita parece ser un excelente lugar, tiene de todo como para que la vida de una dulce bacteria sea lo más interesante y cómoda posible. De hecho, creo que tiene más comodidades que muchos humanos, esta Lela. Pero, otra vez, es una pretenciosa insatisfecha, ¡mira que rechazar la piscina por estar climatizada! ¿Y un poco de cloro? ¿A quién le hace mal?

    En fin, me parece que tenía bien merecido su destino, por ser tan ambiciosa y tan poco sesuda. Aunque, confieso que me quedé algo triste por su muerte, primero sufriendo hora tras hora, con esa horrible pátina blanca que la va cubriendo, y después...Y encima, me parece que esta tal Margarita, desaprensiva y egoísta, ni le debe haber hecho un funeral decente, si hasta tiene el tupé de decir que es ella la que va a descansar, ahora que la pobre bacterita está muerta. ¡no debería descansar! Debería quedarse despierta todas las noches, avergonzada y con remordimientos por haber sido tan cruel.

    ¡Qué imaginación, Margarita! Qué imaginación, para imaginar todo esto, describir el interior del cuerpo de una forma tan original y divertida. Sí, claro, no es la primera vez que la literatura o el cine “se meten” con el interior, visto de otra forma, pero esto de observarlo con los ojos de un inquilino diminuto, con ganas de jugar, y que busca domicilio fijo....esto sí es imaginativo.

    Me gustó mucho la vuelta de tuerca del final, cuando el narrador pierde totalmente su objetividad,
    “Parece mentira la guerra que puede llegar a dar una cosita tan pequeñita, casi inapreciable, casi insignificante, algo viscosa, asquerosa, maloliente, nauseabunda…“ En el medio de la línea se produce el “cambio” de narrador objetivo a narrador completamente subjetivo (Margarita, claro está), que además tiene problemas de conciencia por escapar a su rol, pero, pobre ¡no puede evitarlo!


    Aplausos muchos, amiga. Aplausos muchos.

    Y un abrazo grande
    Esther

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  6. Eso dicen del vino, no es que yo lo haya comprobado, eh. Bueno, un poco de un buen tinto no hace daño a nadie ;).

    Realmente tenía que dedicárselo a ella, fue mi inspiradora. Y como se trataba así de un tema desenfadado…imagina que el tema hubiera sido serio y se lo dedico, me hubieran hecho mirar rápido. Es un poco pija, como decimos por aquí, todo le parece poco y anda pensando las cosas demasiado, así le va a la pobre. Tan despistada que cuando vino a darse cuenta ya tenía los antibióticos encima.

    No sé si será un excelente lugar para vivir, pero que no corra la voz. Como dice el dicho “virgencita que me quede como estoy”, je, je. Aiss, sí, no la conformaba ni una piscina, algo que ya daríamos muchos por tener. Sí, a mí también me dio mucha penita, sobre todo cuando vi que no anidó en ningún lado…eso es cierto, amiga, soy una desconsiderada total, ni un funeral decente le hice, claro que hubiera sido difícil encontrar cajitas de ese tamaño y encontrarla a ella, porque esta “muchachita”, déjame decirte que es microscópica, pero le escribí este cuento en compensación, tampoco se puede tener todo en esta vida. Ja, ja, ja. Sólo me faltaba eso quedarme insomne por una bacteria.

    Pues no sé Esther, surgió de unas bromas, mi hermana ya no preguntaba por mi salud, sino que me escribía SMS preguntando qué tal andaba Lelita, así que ya ves. Luego me dio la media locura y la escribí del tirón, hasta pensé si debía publicarla, por eso de ponerme de coprotagonista, pero aquí está.


    Pues lo del cerebro como biblioteca, es una asociación de ideas, ¿dónde almacenamos información? Y los libros qué son, pasó por mi cabeza como un relámpago y lo escribí todo del tirón. Ja, ja, supongo que se lo pasaría bien en el Parque de los Intestinos, sí, es una de los párrafos que más me gustaron escribir. Ah, claro, para ese entonces ya le hemos cogido cariño, a pesar de ser caprichosa. Pareceré tonta pero después de hacerle pasar por tanto jolgorio a mí también me dio pena matarla, pero…

    Claro, y es que no se puede ser juez y parte, es muy difícil y pasa lo que pasa… la narradora se implica demasiado en el tema y pierde los papeles, pero cuando se da cuenta, seguramente, carraspea, bebe un poco de agua y reconduce su actitud de distancia.


    Me alegro que hayas pasado un buen ratito recordando a este Lelita.

    Besos, amiga,

    Margarita

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  7. no te conozco, y esta es una entrada vieja, pero por cosas del destino y google, llegué a parar a este post tuyo. Me gustó tu historia, escribes bien, en una de esas comienzo a seguir tu blog.Saludos:P

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