sábado, 19 de enero de 2008

Posada "El paso"


El Paso” era una posada de abolengo. Una sólida construcción, en piedra y madera. Disponía de numerosas estancias en la planta superior, además de un gran salón comedor y una taberna, en la planta baja. Las caballerizas y bodegas, siempre limpias y bien pertrechadas. La posada había pertenecido por varias generaciones a los Alarcón. Carlos y Manuel eran hermanos, los últimos de su estirpe. Toda su familia había perecido víctima de unas fiebres. Ahora, rozando la treintena, estaban solos frente al legado familiar. Trabajaban duro; las diligencias hacían parada allí. Atendían a los cansados viajeros que ansiaban comer, refrescarse y reposar para continuar su camino. Así transcurría su tranquilo día a día.


Afuera una muchacha caminaba aprisa bajo un manto lluvioso y sobre un sendero enlodado. Caía la tarde y el paisaje estaba cubierto por un cielo plomizo, rasgado por algún relámpago. A lo lejos divisó un pequeño centelleo; aceleró la marcha dirigiéndose hacia él. Al acercarse distinguió una casa. Llegó y respiró algo más serena. Sus ojos se alzaron y repararon en el letrero de madera. La inscripción rezaba: Posada “El Paso”. Tomó el picaporte y golpeó con sus últimas fuerzas.


Carlos abrió la puerta y alumbró con un candil. Bajo su tenue luz vio a una joven, de apenas veinte años, pálida, temblorosa, que a duras penas se mantenía en pie. La invitó a pasar. Estaba calada hasta los huesos y algo sucia. Su blusa desgarrada, sus brazos y escote marcados por arañazos; seguramente hechos con los ramajes. Al cruzar el umbral, sus fuerzas la abandonaron, invadiéndole la oscuridad.


Pasada la media mañana se despertó, sorprendida, en un lecho desconocido. Estaba limpia y llevaba un camisón radiantemente blanco. No lo recordaba pero Carlos la había aseado y curado sus arañazos. Se levantó y, dirigiéndose hacia la puerta, vio su reflejo en el gran espejo de la alcoba. Hacía tiempo que no se había visto: estaba muy hermosa. Su mano recorrió su rostro y su busto con complacencia. Salió de la estancia y bajó las escaleras.


Su aparición en el salón provocó un auténtico terremoto en el corazón de Carlos. Al verla se levantó de un impulso, tirando al suelo la servilleta que reposaba en sus piernas, sin poder despegar los ojos de ella. Manuel, al advertir asombrado la actitud de su hermano se giró. Era la joven más bella que había tenido la oportunidad de admirar. No era como las muchachas del pueblo. Parecía fina y distinguida; sus movimientos eran cadenciosos y elegantes. Su larga y oscura melena de ensortijado cabello, al andar, cobraba vida; su piel, color miel, se adivinaba como la seda; sus ojos, de un azul intenso como el mar; sus labios, carnosos, sensuales. Bajo aquel ligero camisón de hilo se adivinaban sus curvas, repartidas magistralmente por su escultural anatomía. Sí, la naturaleza había sido extraordinariamente generosa con aquella criatura divina. Su llegada a la mesa los sacó del embeleso.


La invitaron a sentarse. Carlos retiró la silla y le sirvió un café. Manuel le preparó unos huevos con tocino. Se sentaron con ella, mirando divertidos como devoraba el desayuno; por un momento el hambre borró aquella grácil elegancia. Preguntaron su nombre. “Me llamo Ángela”, les dijo. “No podía ser de otra forma”, pensó Carlos; “qué bien le sienta el nombre”, caviló Manuel. A ésta siguieron más preguntas, querían saber qué le había pasado, cómo había llegado allí andando bajo aquella tormenta, sola, exhausta, herida…Ella les contó que las únicas imágenes que veía en su mente eran las de un lujoso carruaje; viajaba con dos personas mayores, un caballero y una señora, de apariencia distinguida, posiblemente sus padres, no estaba segura. Transitaban por un camino boscoso: la tormenta, la lluvia, un rayo, el relinchar de los caballos, y luego: la nada. No recordaba nada más que ir caminando sin rumbo hasta que vio una luz y llegó allí. No pudo continuar. Sus sollozos estallaron con violencia ahogando sus palabras. Los hermanos intentaron consolarla, “no te preocupes. Ya recordarás”. Ofrecieron su casa durante el tiempo que fuera necesario y prometieron ayudarla; indagarían sobre lo ocurrido.


Así pasaron dos meses, sin avanzar en las pesquisas. Nadie sabía de un accidente de carruaje por aquellos parajes, ni reclamaba a ninguna joven desaparecida. Ángela seguía sin recordar nada, ni siquiera sus apellidos. Se había adaptado bien a la rutina de la posada y colaboraba en las labores como si lo hubiera hecho toda la vida.


Carlos la apoyaba sin reservas, de igual modo que la amaba. Cuando la miraba sentía un estremecimiento, cuyo epicentro nacía en las entrañas y cuyas ondas llegaban al corazón, provocándole palpitaciones. Y cuando ella le respondía con una sonrisa coqueta, él sentía unas irrefrenables ganas de estrecharla entre sus brazos y besarla. Así que le pidió ser su esposa y ella aceptó.


Pasado ese tiempo, Ángela seguía siendo una completa desconocida; nada sabían de ella con certeza. Manuel, que también la amaba en secreto, no acababa de verlo claro; sentía una sombra de duda. Y así se lo hizo saber a su hermano, pidiéndole que esperara, que retrasara la boda por un tiempo hasta que hubieran averiguado algo. Carlos se ofendió y lo desoyó; discutieron seriamente por primera vez en años. Manuel espero el momento idóneo para hablar a solas con Ángela, pero ésta lo miró con insolencia y le dio la espalda sin despegar sus labios. Él agarró con fuerza el brazo de su futura cuñada volviéndola, “no sé qué tramas. Pero estaré vigilando”. Ella, sonrió. Se soltó de un golpe de hombro, “pues aquí te espero”, lanzó un beso al aire y se alejó sin inmutarse.


El breve noviazgo duró lo que tardaron en tener en regla la documentación provisional que se dan en estos casos. Llegó el gran día: Ángela lucía divina, Carlos creía estar rozando el cielo con la yema de sus dedos y Manuel sintió que lo exiliaban al averno. Después una ceremonia de ensueño, celebraron un banquete en la posada. Todo era perfecto, pensaba el nuevo esposo: las mesas adornadas con finos manteles y flores, la comida, la música; su esposa. “Me he casado con un ángel”, no se cansaba de repetir a todo el que quería escucharlo. La noche de bodas, el ángel le esperaba en el lecho con su camisón nupcial, tapándose tímidamente con las sabanas. Él se deslizó entre ellas. Ella le pidió que bajara la luz del quinqué con voz melosa. El sonrió y obedeció, pues sabía de la cortedad de su esposa. La estrechó entre sus brazos y la besó con ardor. Sus cuerpos se entrelazaron, alcanzando la gloria. “No se puede ser más feliz, mi vida”, le dijo él después del envite amoroso.


Los miércoles, Carlos viajaba a la ciudad para abastecerse en los almacenes de todo lo necesario. Pasaba el día fuera. Manuel y Ángela se quedaban a solas. La joven ceñía su talle, se desprendía del lazo de la blusa y entreabría su escote, insinuando su generosa anatomía a su cuñado. Le atraía con la mirada y sus sinuosos movimientos. Ella se había metido en sus venas como un veneno. La amaba. Verla en los brazos de su hermano, de día, y escuchar su goce en el lecho, por la noche, se le hacia insufrible. Los celos lo devoraban. Ahora la tenía frente a él, mirándolo con sus dulces ojos, tan cerca que su aliento nublaba su razón. La tomó y la besó con pasión contenida. Su mano buscó con avidez sus turgentes senos. Ángela se apartó, “No, no puedo seguir. ¡Por Dios! ¡Es tu hermano!”. “¡¿Dios?! ¡¿Ángela?! ¿Quién te puso el nombre? ¡Satanás! ¡¿Tu padre?!”, bramó furioso.


Tras aquel incidente, Manuel se trasladó a una pequeña casa del pueblo. Carlos se molestó. No entendía, su hermano parecía resentido con él. Discutieron acaloradamente. Poco podía sospechar lo que pasaba a sus espaldas. Manuel pensó que así se evitaba los sinsabores de las noches. Aunque seguía viéndola de día, y lo más duro: a solas. Ángela cumplía su macabro y semanal ritual: “Quiero ser tuya”, le espetó, mientras se le adosaba. “Querrás decir que lo que deseas es burlarte de mí, una vez más”, le contestó desdeñado. “No. Yo te amo. Y deseo tus ojos, tu boca, tu sangre… ¿No me crees?”, continuó mientras sus dedos jugaban con uno de sus bucles. “No”, fue su escueta y amarga respuesta. “Es un riesgo que deberás correr”, musitó mientras acercaba sus codiciados labios a los de su cuñado. Si Ángela se hubiera insinuado mil veces, mil veces habría caído él. La amaba y la deseaba por encima de todo. Esta vez sus anhelos se cumplieron sobre una mesa del salón. Se entregó a la pasión como un lobo hambriento y su cuñada lo compensó desplegando todas sus artes, cautivándolo por completo.


Valiéndose de sus encantos y del momento, Ángela le propuso que vendiera su parte del negocio a su hermano y después se fugase con ella. El dinero les daría alas para volar lejos de allí y alcanzar la felicidad. “Se acabó este infierno. Será mía. Mi mujer”, pensó él. A su vez, la joven, mostró sus dotes de persuasión con su esposo para que comprara la mitad a su hermano, “es lo mejor, cariño. Desde que se fue de la casa no está a buenas con nosotros. Él tiene que hacer su vida, ¿no?, y nosotros la nuestra”, esgrimió. Carlos no le negaba nada a su dulce esposa. “Lo mejor sería pedir un crédito y pagarlo poco a poco. No toquemos el metálico de la caja de caudales, es mejor dejarlo para los malos tiempos y para cuando nos vengan los hijos”, seguía adoctrinando a su esposo, mientras se deshacía en mimos y carantoñas.


Eran las cinco de la mañana, la hora acordada para fugarse. Ángela todavía no había aparecido por la estación de ferrocarril. Manuel lamentaba engañar a su hermano, se sentía como un miserable, pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Llegó el tren sacándolo de sus tribulaciones; esa máquina le llevaría al norte, a la libertad, a la felicidad con la mujer amada. Manuel comenzó a inquietarse por la tardanza de su cuñada y subió para buscar acomodo para cuando ella llegase, sentándose en los duros asientos de madera. Mantenía la vista fija a través de los cristales, con incertidumbre y nervioso. De pronto notó una mano en su hombro, volvió el rostro y suspiró aliviado: era ella. Sonrió y depositó un beso sobre aquellos delicados dedos que le guiarían a su felicidad.


Ángela se perdió en sus pensamientos. Vio la caja fuerte, abierta y vacía, y a Carlos dormido plácidamente en el lecho. Fue hasta allí y se subió a la cama sentándose a horcajadas sobre él. Se inclinó y lo besó en la frente. Él apenas tuvo tiempo de abrir los ojos: sintió un punzante dolor en el pecho que le cortó la respiración. Su esposa lo apuñalaba con una furia y fuerzas inusitadas para una joven delicada como ella. Intentó atrapar sus brazos, quitarle el arma, pero no pudo. Se asfixiaba. Ella hundía el puñal una y otra vez en una danza frenética sin fin. Ángela se detuvo, su respiración era entrecortada, fruto de la excitación y el esfuerzo; tomó aire unos segundos mientras lo miraba. Carlos parecía un muñeco de trapo: roto, desgarrado, sanguinolento. Ella se irguió y vio su imagen reflejada en el gran espejo de la alcoba. Su camisón ya no era blanco, toda ella estaba bañada en rojo. Arrojó el puñal, miró sus manos ensangrentadas y las lamió con avidez, paladeando la vida.


La locomotora silbó sacándola del trance y besó a Manuel en la mejilla. “Siéntate, cielo. Ya salimos”, le dijo éste, y acomodó su maletín junto al de él. Frente a ellos, un caballero maduro admiraba la belleza de la joven, furtivamente, dejando de lado el artículo del diario que estaba leyendo. Ángela le dedicó una dulce sonrisa.

8 comentarios:

  1. me gusta como escribes. Paso un buen rato cuando te leo.
    He agregado tu blog a mis "bitácoras amigas", así puedo volver e visitarte más fácilmente.
    Abrazos.

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  2. ¡Hola mamargarita!

    Tremendo relato y tremendo personaje el de Ángela. Por lo visto es la típica "mosquita muerta" y también lo que hoy en día se conoce como "una trepas" jeje

    Me ha gustado mucho la historia, pobres hermanos que tan tranquilos estaban cuidando de su posada y viene el "angelito" a removerlo todo...

    Desde luego,a las buenas arpías les suelen salir bien las jugadas, ya no se lleva lo de ser una buena persona aish...

    Bueno mamargarita, un fuerte saludo y beso... y hasta esta noche que me voy por ahí con los amigos ahora jeje

    un beso
    LUNA

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  3. Hola wpetona,
    Que cuentos más bonitos escribes ¡me encantan! y también estoy encantada con tu visita, pues así me has brindado la oportunidad de venir a conocerte.

    Te dejo un abrazo bien fuerte y la amenaza de volver por aquí... jejeje

    Besitos,

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  4. Ángela, la dulce, la bella. Cuando ella despierta, a la mañana siguiente, y tiene ánimos para verse hermosa en el espejo...Mmm... se supone que acaba de sufrir una experiencia traumática, despierta en un lugar desconocido, y ¿se ocupa de verse hermosa? ¿Es casi lo primero en lo que se detiene? Esta chica parece más que coqueta.
    ¡Claro que sí! Es una araña tejiendo su tela, y en ella envuelve a los dos hermanos.
    No es una mera cazaforturnas con pocos escrúpulos; es una asesina por vocación, por deseo de matar. Y la araña, al final del cuento ¿se está preparando para atrapar a su próxima víctima? Mmm... así lo parece...

    Y sabes... esa línea, esa línea donde lo asesina... ¡Brr! Escalofríos, escalofríos... una de tus mejores líneas, Margarita, sin dudarlo. Pero me gusta todo el texto; el cuento está narrado sin quiebres, incluyendo progresivamente más datos acerca de Angela; eso me gusta, porque como lector puedo ir haciéndome una imagen de ella y de los “resultados” de su relación con los hermanos; el que uno logre suponer hasta dónde llegará ella, o no logre suponerlo, es anecdótico; el punto es que el asesinato no aparece como un golpe de efecto, sino como una de las posibles consecuencias. Y un buen final, que abre interrogantes.

    Sigue escribiendo, compañera, que muchos queremos seguir leyéndote.

    Besos,
    Esther

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  5. Felipe, me alegro que te guste pasarte por mi blog, es un honor : ). Te agradezco que me hayas agregado a tus blogs amigos, yo también puse el enlace al tuyo. Si la persona que lee mis cuentos, pasa un buen rato haciéndolo, pues misión cumplida, no se pretende otra cosa. Nos seguimos leyendo.

    Un abrazo,

    Margarita

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  6. ¡Hola, guapetona! Qué bueno tenerte de fiel lectora y que te gusten mis cosillas, pues es una satisfacción grande : ). Ángela es uno de los personajes que más guerra me han dado para salir, así salió ella. Tiene su carácter propio, porque al principio no era esa época, ni en la primera idea era tan mala, y de armas tomar salió, je, je,je. Pues sí, es una “mosquita muerta”, ya lo dice el refrán “líbreme Dios del agua mansa, que de la brava ya me libro yo”, o algo así. La verdad es que los hermanos me daban pena, tan solos y llevando una vida tan dura, llena de trabajo y llega esta Ángela y acaba con ellos. Sí, petalín, todavía hay gente buena, más de lo que nos pensamos, pero también hay que ir con cuidado en un mundo como este.

    Muchos besos,

    Mamargarita (en exclusiva para ti, je, je)

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  7. Hola, Hada, ah, gracias por pasarte por mi casa. Me alegro que te gusten mis cuentos. Pues ojeando los blogs amigos de Felipe fue que di con el tuyo y me gustó mucho la plástica con que lo tienes adornado y la sensibilidad de tus palabras. Cuando quieras cumple esa “amenaza”, será un gusto verte por aquí :). Nos iremos leyendo.

    Un beso,

    Margarita

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  8. Ay, Esther, esta Ángela es como un veneno, me salió un pelín retorcidilla. Repasa la mercancía frente al espejo, son sus armas y las utiliza para sus fines. No se te escapa detalle, amiga. ¿La araña? Sí, es como una viuda negra esta Ángela, exacto, el dinero no es su principal objetivo, aunque tampoco le hace ascos, pero podría haberlos desplumado dejándolos vivos, ella disfruta matando. Y, sí, ya en el tren está echando el anzuelo a su siguiente víctima. ¿Te dio escalofríos? Lo siento, pero me alegro, je, je, je, es un halago para mí, entiende… ah, me alegro de la interpretación que haces, claro que tú eres una estupenda lectora, escritora también, conste, y desmenuzas los cuentos mejor que el propio autor. Sí, esa era mi idea, ir avanzando en su personalidad y descubriéndola poco a poco, hasta mostrar a la verdadera Ángela, la asesina, pero como tú dices sin golpes de efecto ni estridencias. Bueno, quizá algún día pueda escribir algo más largo, profundizando más en este personaje que por lo visto ha gustado a más de uno. Ay, amiga, gracias por esos ánimos, seguiremos aprendiendo y escribiendo. La sequía creo que se va alejando, en cuanto aleje, también, a unos cuanto virus me pongo con algo que me ronda la cabeza desde hace un tiempo.

    Besos,

    Margarita

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