A Mario. Porque hoy es nuestro vigésimo cuarto aniversario.
He viajado en un transatlántico mítico, de ensueño, elegancia y lujo. También navegué en barca por un río subterráneo. Mi vista se ha deleitado con animales exóticos, mis papilas gustativas inundado con los sabores exquisitos de la cena que nos sirvieron en un submarino. He visitado un mundo mágico: con ninfas; grutas y piratas; castillos, Caballeros Templarios y hasta un Papa. Todo en una semana y bajo la luna de Valencia.
Nada más traspasar las puertas del hotel Simba, un león enorme nos dio la bienvenida. El pobre está disecado, mostrado en actitud atacante y encerrado en una vitrina giratoria. El dueño del hotel era un gran aficio
nado a la caza mayor. En la parte lateral del edificio, a ambos lados de una escalera, se alzan dos poderosos colmillos de elefante, y en la parte trasera, se ubica un museo donde se exponen todas las piezas cobradas en sus viajes. La recepción está decorada con un busto de bronce del empresario, fotos del mismo con distintas personalidades políticas y varios cuadros donde se muestra a éste vestido de Dr. Livingston, ¿supongo?, rifle en ristre, disfrutando de sus momentos de gloria por los recónditos rincones de África. Sólo faltaba el negro de Banyoles detrás del mostrador para sentirse en Kenia.
Una vez en la confortable y bonita habitación, respiramos tranquilos… ¡no se divisaban más animales que el loro de una litografía! La verdad es que nos gustan más los animales vivos y en su hábitat. Acomodamos todo el equipaje, por insistencia mía, claro; por Mario hubiéramos dejado las maletas tal cual y salido corriendo como si los lugares a visitar se fueran a mover de su sitio. Al salir por la recepción mi vista se detuvo en aquel animal. Retrataban a un turista extranjero, rubio y colorado como una gamba a consecuencia de tomar el sol, al lado del león y me dio una idea. Advertí a Mario que le haría una foto en plan víctima, delante de la vitrina de Simba con su actitud atacante; de eso no le libraría nadie. Trató de esquivarla en vano. Esperé el momento adecuado y la oportunidad perfecta se presentó cuando él, inocentemente, se vistió con bermudas y camisa en plan safari.
Nada más traspasar las puertas del hotel Simba, un león enorme nos dio la bienvenida. El pobre está disecado, mostrado en actitud atacante y encerrado en una vitrina giratoria. El dueño del hotel era un gran aficio
nado a la caza mayor. En la parte lateral del edificio, a ambos lados de una escalera, se alzan dos poderosos colmillos de elefante, y en la parte trasera, se ubica un museo donde se exponen todas las piezas cobradas en sus viajes. La recepción está decorada con un busto de bronce del empresario, fotos del mismo con distintas personalidades políticas y varios cuadros donde se muestra a éste vestido de Dr. Livingston, ¿supongo?, rifle en ristre, disfrutando de sus momentos de gloria por los recónditos rincones de África. Sólo faltaba el negro de Banyoles detrás del mostrador para sentirse en Kenia.Una vez en la confortable y bonita habitación, respiramos tranquilos… ¡no se divisaban más animales que el loro de una litografía! La verdad es que nos gustan más los animales vivos y en su hábitat. Acomodamos todo el equipaje, por insistencia mía, claro; por Mario hubiéramos dejado las maletas tal cual y salido corriendo como si los lugares a visitar se fueran a mover de su sitio. Al salir por la recepción mi vista se detuvo en aquel animal. Retrataban a un turista extranjero, rubio y colorado como una gamba a consecuencia de tomar el sol, al lado del león y me dio una idea. Advertí a Mario que le haría una foto en plan víctima, delante de la vitrina de Simba con su actitud atacante; de eso no le libraría nadie. Trató de esquivarla en vano. Esperé el momento adecuado y la oportunidad perfecta se presentó cuando él, inocentemente, se vistió con bermudas y camisa en plan safari.
Después de comer nos dirigimos a las Cuevas de Sant Josep: unas grutas por las que transcurre un río subterráneo. Subimos a una barca de remo, con once pasajero
s más. El guía nos indicó la manera correcta de sentarnos para que la pequeña embarcación no volcase. Y apuntó que en algunas zonas la profundidad era de diez metros y el agua estaba como para hacerte castañear los dientes. Mario sabiendo de mi debilidad por el agua, me preguntó: “¿No quieres darte un bañito?”. Y a mí que no me es ajena su enemistad por las bajas temperaturas, le contesté: “No; ¿no te apetece a ti? Si está muy calentita…” Partimos en el bote y el recorrido se prolongó casi un kilómetro en el viaje de ida. Después caminamos doscientos metros por una galería seca hasta llegar a un embarcadero, desde donde haríamos el mismo trayecto de vuelta. Atravesamos distintas salas, unidas por estrechos sifones que teníamos que pasar con el cuerpo plegado al máximo, colocando la cabeza entre las rodillas, sino querías dejarte el cuero cabelludo pegado a la piedra. Los focos colocados estratégicamente, tanto dentro del agua, como camuflados entre las rocas, daban una iluminación tenue; junto a las caprichosas formas de las estalagmitas y las pequeñas riberas de arenas cobrizas, conferían al lugar una atmósfera casi irreal: la de un mundo fantástico en el que nos sentimos inmersos como en una ensoñación. A mí me evocó un pasaje de una de mis obras favoritas, “El Fantasma de la Opera”.
s más. El guía nos indicó la manera correcta de sentarnos para que la pequeña embarcación no volcase. Y apuntó que en algunas zonas la profundidad era de diez metros y el agua estaba como para hacerte castañear los dientes. Mario sabiendo de mi debilidad por el agua, me preguntó: “¿No quieres darte un bañito?”. Y a mí que no me es ajena su enemistad por las bajas temperaturas, le contesté: “No; ¿no te apetece a ti? Si está muy calentita…” Partimos en el bote y el recorrido se prolongó casi un kilómetro en el viaje de ida. Después caminamos doscientos metros por una galería seca hasta llegar a un embarcadero, desde donde haríamos el mismo trayecto de vuelta. Atravesamos distintas salas, unidas por estrechos sifones que teníamos que pasar con el cuerpo plegado al máximo, colocando la cabeza entre las rodillas, sino querías dejarte el cuero cabelludo pegado a la piedra. Los focos colocados estratégicamente, tanto dentro del agua, como camuflados entre las rocas, daban una iluminación tenue; junto a las caprichosas formas de las estalagmitas y las pequeñas riberas de arenas cobrizas, conferían al lugar una atmósfera casi irreal: la de un mundo fantástico en el que nos sentimos inmersos como en una ensoñación. A mí me evocó un pasaje de una de mis obras favoritas, “El Fantasma de la Opera”.La visita a la Ciudad de las Artes y las Ciencias es obligada si estás en Valencia. El conjunto arquitectónico es i
mpresionante y de una gran belleza. Sus grandes estanques de aguas turquesas contrastan con el impoluto blanco de los edificios futuristas, todo rodeado de cuidadas zonas verdes. Visitar sus instalaciones es tarea ardua que requiere de dos días de completa entrega.
Nosotros empezamos por la exposición itineraria del Titanic. Una alfombra roja nos hizo de guía hasta una pasarela que simulaba el embarque al mítico buque. Antes de comenzar la travesía te solicitan que mires a la cámara para inmortalizar tan magno momento. Una señorita te da un equipo de sonido individual. Una leve iluminación, la voz susurrante del narrador y la música de fondo de la película “Titanic” te pone en situación. Enormes fotos del barco, constructores, tripulantes y pasajeros te acompañan durante todo el recorrido, mientras escuchábamos las emotivas historias de muchos de ellos. Vitrinas repletas de vestigios rescatados del hundimiento: vajillas, joyas, ropas, documentos, te sumergen en un viaje en el tiempo. Reproducciones exactas de los camarotes, y la de un pasillo, con un logrado efecto del suelo que simula el movimiento de un barco consigue transportarte a aquella lejana noche, erizándote la piel. Mario y yo nos comunicábamos por señas y alguna vez tuvimos que para el equipo de sonido para entendernos, lo que hacía que tuviéramos que buscar el momento de la narración en el que estábamos y volver a sincronizarlos: ¡aquellos aparatos funcionaban como les venía en gana!
mpresionante y de una gran belleza. Sus grandes estanques de aguas turquesas contrastan con el impoluto blanco de los edificios futuristas, todo rodeado de cuidadas zonas verdes. Visitar sus instalaciones es tarea ardua que requiere de dos días de completa entrega.Nosotros empezamos por la exposición itineraria del Titanic. Una alfombra roja nos hizo de guía hasta una pasarela que simulaba el embarque al mítico buque. Antes de comenzar la travesía te solicitan que mires a la cámara para inmortalizar tan magno momento. Una señorita te da un equipo de sonido individual. Una leve iluminación, la voz susurrante del narrador y la música de fondo de la película “Titanic” te pone en situación. Enormes fotos del barco, constructores, tripulantes y pasajeros te acompañan durante todo el recorrido, mientras escuchábamos las emotivas historias de muchos de ellos. Vitrinas repletas de vestigios rescatados del hundimiento: vajillas, joyas, ropas, documentos, te sumergen en un viaje en el tiempo. Reproducciones exactas de los camarotes, y la de un pasillo, con un logrado efecto del suelo que simula el movimiento de un barco consigue transportarte a aquella lejana noche, erizándote la piel. Mario y yo nos comunicábamos por señas y alguna vez tuvimos que para el equipo de sonido para entendernos, lo que hacía que tuviéramos que buscar el momento de la narración en el que estábamos y volver a sincronizarlos: ¡aquellos aparatos funcionaban como les venía en gana!
Lo más sobrecogedor es la última sala: aquí la iluminación depende
únicamente de los enormes carteles luminosos que ocupan todas las paredes. En el centro, cajones de madera hacen las veces de asientos. El silencio, yo diría más bien un recogimiento, es mayúsculo: en los carteles están todos y cada uno de los nombres y edades de las víctimas de esta tragedia. Mario y yo nos miramos sobrecogidos. Distribuidos por categorías: la tripulación, los de primera, segunda y tercera clase. Es curioso ver cómo cuanto más bajaba la “categoría” más subía el número de víctimas. Después de un rato leyendo aquellos nombres, mil quinientas vidas, mil quinientas historias que se truncaron de noche en las frías aguas del Atlántico Norte, acongojados, salimos de allí. Como si se tratara de un parque de atracciones la salida da directamente a la tienda, con toda clase de souveniers del malogrado buque. Allí te hacen entrega de la foto, en sepia, montada en una recreación de un periódico de la época con los titulares de la desgraciada noticia; previo pago de cinco euros, claro. Pensé, casi indignada, “el ser humano es capaz de hacer negocio de todo”.
únicamente de los enormes carteles luminosos que ocupan todas las paredes. En el centro, cajones de madera hacen las veces de asientos. El silencio, yo diría más bien un recogimiento, es mayúsculo: en los carteles están todos y cada uno de los nombres y edades de las víctimas de esta tragedia. Mario y yo nos miramos sobrecogidos. Distribuidos por categorías: la tripulación, los de primera, segunda y tercera clase. Es curioso ver cómo cuanto más bajaba la “categoría” más subía el número de víctimas. Después de un rato leyendo aquellos nombres, mil quinientas vidas, mil quinientas historias que se truncaron de noche en las frías aguas del Atlántico Norte, acongojados, salimos de allí. Como si se tratara de un parque de atracciones la salida da directamente a la tienda, con toda clase de souveniers del malogrado buque. Allí te hacen entrega de la foto, en sepia, montada en una recreación de un periódico de la época con los titulares de la desgraciada noticia; previo pago de cinco euros, claro. Pensé, casi indignada, “el ser humano es capaz de hacer negocio de todo”.Después de comer, nos dirigimos al Museo de las Ciencias Príncipe Felipe. El edificio es magnífico; lamentablemente, no
se puede decir lo mismo del recorrido de cuatro horas. Cuatro horas en las cuales el cincuenta por ciento de la exposición tenía colgado el cartel “Módulo en revisión. Disculpen las molestias”, eso con suerte. Bastante cansados y decepcionados nos dirigimos a nuestro coche para regresar al hotel y asearnos antes de ir a cenar. Cuando llegamos al automóvil, Mario tomó una tarjeta del parabrisas, sonrió y me la entregó con cara socarrona. En ésta veo la fotografía a todo color de una hermosa ninfa y leo “Vissi d´Amore. Desde 50€. Y copa gratis de bienvenida”, el número de teléfono y su pagina Web, no lo transcribo, no voy a hacerles publicidad, ¡ya se dan buena maña ellas solitas! “¡Cómo se adaptan a los tiempos!, ¿no?”, le comenté, con cierta guasa y me guardé la tarjeta.
El oceanográfico es otra cosa. Es como para perderse en él y no salir en un lustro. Llegamos a primera hora y fue un no parar deleitándonos la vista con t
oda variedad de aves, peces exóticos y un bonito espectáculo en el delfinario más grande de Europa. Pero lo que más me impresionó fue la sección: Océanos. El tiempo no parecía correr en aquel acuario submarino. Yo estaba cumpliendo un sueño; una de mis asignaturas pendientes es el submarinismo y aquello era lo más cercano. Yo perseguía a los tiburones cámara fotográfica en mano, mientras Mario me perseguía a mí grabándome en el video de su móvil; llegó a pensar que no habría forma humana de sacarme de allí. Poder observarlos tan cerca fue una experiencia inolvidable.
Otra experiencia inolvidable la viví cuando al ir al servicio guardé la cámara en el bolso y no me quedó espacio para el móvil, estando como estaba a rebosar de recuerdos del Titanic que había comprado esa misma mañana. Sí, ya sé lo que dije más arriba, pero regresé y compré, compré; caí. Dejé encima del mármol el teléfono, el bolso y un anillo muy importante para mí. Cuando acabé de lavarme las manos, recogí mis enseres con la gran preocupación de no olvidar la preciada sortija, y no la olvidé. Seguí mi camino tan feliz, hasta que a las tres horas me dispuse a mandar un SMS y no hallé mi móvil; nunca más se supo de él.
se puede decir lo mismo del recorrido de cuatro horas. Cuatro horas en las cuales el cincuenta por ciento de la exposición tenía colgado el cartel “Módulo en revisión. Disculpen las molestias”, eso con suerte. Bastante cansados y decepcionados nos dirigimos a nuestro coche para regresar al hotel y asearnos antes de ir a cenar. Cuando llegamos al automóvil, Mario tomó una tarjeta del parabrisas, sonrió y me la entregó con cara socarrona. En ésta veo la fotografía a todo color de una hermosa ninfa y leo “Vissi d´Amore. Desde 50€. Y copa gratis de bienvenida”, el número de teléfono y su pagina Web, no lo transcribo, no voy a hacerles publicidad, ¡ya se dan buena maña ellas solitas! “¡Cómo se adaptan a los tiempos!, ¿no?”, le comenté, con cierta guasa y me guardé la tarjeta.El oceanográfico es otra cosa. Es como para perderse en él y no salir en un lustro. Llegamos a primera hora y fue un no parar deleitándonos la vista con t
Otra experiencia inolvidable la viví cuando al ir al servicio guardé la cámara en el bolso y no me quedó espacio para el móvil, estando como estaba a rebosar de recuerdos del Titanic que había comprado esa misma mañana. Sí, ya sé lo que dije más arriba, pero regresé y compré, compré; caí. Dejé encima del mármol el teléfono, el bolso y un anillo muy importante para mí. Cuando acabé de lavarme las manos, recogí mis enseres con la gran preocupación de no olvidar la preciada sortija, y no la olvidé. Seguí mi camino tan feliz, hasta que a las tres horas me dispuse a mandar un SMS y no hallé mi móvil; nunca más se supo de él.
En compensación, la vida te regala momentos mágicos. Y uno de ellos lo pudimos vivir como privilegiados espectado
res, poco después. Nos encontrábamos visitando la zona del Ártico, en la planta submarina. Habíamos pasado buenos ratos contemplando los divertidos juegos subacuaticos de leones marinos, focas y morsas. Encaminamos nuestros pasos hasta el último gran estanque. En él se mostraba esquiva una preciosa ballena beluga. Quieta, en un rincón, flotando en la superficie, no nos dejaba ver otra cosa que no fuera su vientre y cola. Casi habíamos desistido verla de cerca, ya nos íbamos cuando escuchamos, “¡Sebas, no!”, eran las voces de unos preocupados padres. Un niño de unos cuatro años había traspasado la barandilla de protección y se había pegado junto al cristal. No golpeó el grueso vidrio, ni hizo movimiento alguno; pero su presencia llamó la atención del animal. La beluga se sumergió hasta quedar suspendida a su altura, al otro lado y lo miraba con ojos inteligentes; parecían entenderse como sólo dos seres puros e inocentes pueden hacerlo. La escena duró unos minutos, luego, Sebas alzó su mano como si con ella estuviera acariciando el hocico del animal y se acercaron al unísono a la separación dándose un beso. El numeroso público que estábamos congregados viendo aquella increíble escena permanecíamos mudos. El silencio sólo era interrumpido por los ruidos de las cámaras de fotos.
Esa noche cenamos como los dioses, en el Restaurante Submarino d
el Oceanográfico; eso fue todo un lujo para los sentidos. Casi siempre acabábamos cenando bocadillos en un chiringuito junto a la playa, dada las intempestivas horas en las que lográbamos acabar con la apretada agenda de visitas que tenía programada Mario. El ambiente del restaurante era cálido y envolvente. Nos dieron una acogedora mesa junto al acuario circular que rodea todo el comedor. Mientras disfrutábamos de un delicioso arroz con bogavante, podíamos contemplar los peces plateados y alguna raya, bajo la vaporosa luz de la gran lámpara central que simula un banco de medusas.
el Oceanográfico; eso fue todo un lujo para los sentidos. Casi siempre acabábamos cenando bocadillos en un chiringuito junto a la playa, dada las intempestivas horas en las que lográbamos acabar con la apretada agenda de visitas que tenía programada Mario. El ambiente del restaurante era cálido y envolvente. Nos dieron una acogedora mesa junto al acuario circular que rodea todo el comedor. Mientras disfrutábamos de un delicioso arroz con bogavante, podíamos contemplar los peces plateados y alguna raya, bajo la vaporosa luz de la gran lámpara central que simula un banco de medusas.La Albufera es otro de los lugares emblemáticos que no hay que perderse; es inmensa, pero diez veces menor q
ue cuando se formó. Con el tiempo el hombre le fue ganando terreno para convertirlos en cultivos de arroz, dada su escasa profundidad, apenas los dos metros en los lugares con más calado. Hoy día está declarado parque natural y se puede observar una gran variedad de especies de aves. Llegamos justo a tiempo para subirnos a la barca que ya se iba alejando del embarcadero; a instancias de su hijo, el barquero paró y volvió por nosotros. Fue toda una suerte porque sino hubiéramos tenido que esperar una hora, que es lo que dura el paseo y no habríamos disfrutado de los mismos acompañantes. Imperdonable. Llegó un momento que no sabía que me interesaba más: la Albufera o éstos. Enfrente nuestro teníamos a un torero, lo supimos porque él parecía tener la obligación de comunicárnoslo a todos y deleitarnos e ilustrarnos con todo lujo de detalles los entresijos de su arte, durante todo el recorrido. Le acompañaba su chica, una especie de aprendiz de Barbie, que no movió ni una ceja en toda la hora. Sentada muy recta, sin apoyar la espalda, con las piernas cruzadas, las manos encima de las rodillas, se ocultaba detrás de sus enormes gafas de sol. Iba vestida escrupulosamente de prestigiosas marcas, y su oxigenada melena, recogida en un estiradísimo moño. De la voz, nada puedo decir, pues, al contrario que su compañero, no despegó los labios en todo el trayecto. A los cinco minutos envidié aquel recogido. Mi melena al viento -nunca mejor dicho-, se empezaba a enmarañar y pasé todo el trayecto peleándome con ella, porque la muy rebelde se agitaba en todas las direcciones y acababa chocando contra mi cara. Ella, llegó con el recogido incomprensiblemente intacto, y yo, con mi melena hecha unos zorros. Juro que nunca más volveré a subir en barca, barco, o similar, sin llevar un socorrido coletero a mano.
ue cuando se formó. Con el tiempo el hombre le fue ganando terreno para convertirlos en cultivos de arroz, dada su escasa profundidad, apenas los dos metros en los lugares con más calado. Hoy día está declarado parque natural y se puede observar una gran variedad de especies de aves. Llegamos justo a tiempo para subirnos a la barca que ya se iba alejando del embarcadero; a instancias de su hijo, el barquero paró y volvió por nosotros. Fue toda una suerte porque sino hubiéramos tenido que esperar una hora, que es lo que dura el paseo y no habríamos disfrutado de los mismos acompañantes. Imperdonable. Llegó un momento que no sabía que me interesaba más: la Albufera o éstos. Enfrente nuestro teníamos a un torero, lo supimos porque él parecía tener la obligación de comunicárnoslo a todos y deleitarnos e ilustrarnos con todo lujo de detalles los entresijos de su arte, durante todo el recorrido. Le acompañaba su chica, una especie de aprendiz de Barbie, que no movió ni una ceja en toda la hora. Sentada muy recta, sin apoyar la espalda, con las piernas cruzadas, las manos encima de las rodillas, se ocultaba detrás de sus enormes gafas de sol. Iba vestida escrupulosamente de prestigiosas marcas, y su oxigenada melena, recogida en un estiradísimo moño. De la voz, nada puedo decir, pues, al contrario que su compañero, no despegó los labios en todo el trayecto. A los cinco minutos envidié aquel recogido. Mi melena al viento -nunca mejor dicho-, se empezaba a enmarañar y pasé todo el trayecto peleándome con ella, porque la muy rebelde se agitaba en todas las direcciones y acababa chocando contra mi cara. Ella, llegó con el recogido incomprensiblemente intacto, y yo, con mi melena hecha unos zorros. Juro que nunca más volveré a subir en barca, barco, o similar, sin llevar un socorrido coletero a mano.El Castillo de Peñiscola es una maravilla construida, al parecer, por los musulmanes; luego, pasó a manos de los Caballeros Templarios, en el año 1294. De éstos hay una exposición en una enorme sala, que se muestra con todo lujo de detalles: vestimentas, c
abalgaduras, documentos, etc. A principios del siglo XV, la Orden cedió el castillo al Papa Benedicto XIII: el Papa Luna, convirtiéndola en su sede pontificia. Está situado en el pico del precioso pueblecito blanco del mismo nombre, de calles empedradas, llenas de puestecitos de artesanías varias y bisutería de estética hippie, y disfruta de unas privilegiadas vistas al mar. “Los antiguos no eran tontos…”, le dije a Mario, a lo que me contestó, “Los ricos, nunca lo han sido”. Estábamos en la cola para sacar las entradas y visitar el interior del Castillo, cuando, sin querer, escuché reconfortada cómo una pareja joven se interesaba por la cultura. “Si sólo son piedras…”, le decía ella. “Vamos a entrar… verás que guapo”, alegó él. “¡Jo! Las entradas valen cuatro euros, y yo con ese dinero prefiero beberme esta noche una jarra de sangría a entrar aquí”. No seré yo quien dictamine cuál es la prioridad de cada quien; y una jarra de sangría…es una jarra de sangría.
abalgaduras, documentos, etc. A principios del siglo XV, la Orden cedió el castillo al Papa Benedicto XIII: el Papa Luna, convirtiéndola en su sede pontificia. Está situado en el pico del precioso pueblecito blanco del mismo nombre, de calles empedradas, llenas de puestecitos de artesanías varias y bisutería de estética hippie, y disfruta de unas privilegiadas vistas al mar. “Los antiguos no eran tontos…”, le dije a Mario, a lo que me contestó, “Los ricos, nunca lo han sido”. Estábamos en la cola para sacar las entradas y visitar el interior del Castillo, cuando, sin querer, escuché reconfortada cómo una pareja joven se interesaba por la cultura. “Si sólo son piedras…”, le decía ella. “Vamos a entrar… verás que guapo”, alegó él. “¡Jo! Las entradas valen cuatro euros, y yo con ese dinero prefiero beberme esta noche una jarra de sangría a entrar aquí”. No seré yo quien dictamine cuál es la prioridad de cada quien; y una jarra de sangría…es una jarra de sangría.En Cullera, un pueblecito costero, volvimos a las grutas. Esta vez sin río y a una profundidad de veinte metros, na
da más. Se dio la circunstancia de disfrutar de la guía turística para nosotros solos; así que no cabía la posibilidad de distraerse, aunque, con aquella historia, tuve que reconducir mi imaginación más de una vez para atender a lo que amablemente nos explicaba. Mi mente fraguaba un relato en aquel lugar y reconozco que en alguna ocasión asentía y sonreía escuchando su voz de fondo mientras fantaseaba. Mario se encargó de hacer las preguntas de rigor. La simpática guía nos explicó que en el siglo XVI, el pirata Dragut, lugarteniente de Barbarroja, invadió el pueblo. Llegaron por mar, pero hicieron la incursión de noche y por el río, así que cogieron desprevenidos a la población y tomaron muchos rehenes. Conocedor de esta gruta, que en aquella época sólo se podía ver y entrar por mar, los mantuvo cautivos allí hasta canjearlos por una gran cantidad de oro. Se puede contemplar: armas de la época, armaduras, distintas banderas piratas, que la guía nos explicó sus significados y una sala repleta de instrumentos de tortura. Claro, ¿a quién no le vuela la imaginación con semejantes ingredientes?
da más. Se dio la circunstancia de disfrutar de la guía turística para nosotros solos; así que no cabía la posibilidad de distraerse, aunque, con aquella historia, tuve que reconducir mi imaginación más de una vez para atender a lo que amablemente nos explicaba. Mi mente fraguaba un relato en aquel lugar y reconozco que en alguna ocasión asentía y sonreía escuchando su voz de fondo mientras fantaseaba. Mario se encargó de hacer las preguntas de rigor. La simpática guía nos explicó que en el siglo XVI, el pirata Dragut, lugarteniente de Barbarroja, invadió el pueblo. Llegaron por mar, pero hicieron la incursión de noche y por el río, así que cogieron desprevenidos a la población y tomaron muchos rehenes. Conocedor de esta gruta, que en aquella época sólo se podía ver y entrar por mar, los mantuvo cautivos allí hasta canjearlos por una gran cantidad de oro. Se puede contemplar: armas de la época, armaduras, distintas banderas piratas, que la guía nos explicó sus significados y una sala repleta de instrumentos de tortura. Claro, ¿a quién no le vuela la imaginación con semejantes ingredientes?Morella es un precioso pueblo que conserva sus murallas medievales y sus calles porticadas intactas. Y, por supuesto, no podía faltar su histórico castillo, edificado por los íberos; está en lo más alto de lo más alto de una peña, a mil metros de altura. Sus
ancianos y derruidos muros han albergado: reyes y papas, santos y militares, poetas y caballeros, héroes y traidores. Ahora, las palabras que pronunció aquella joven, dos días antes, resonaban en mi mente cuando vi las rampas y escalones que debían conducirme a su cima, a mil metros: “Si sólo son piedras…”. “Marga, mira, por aquí pasó el Cid Campeador”. “Sí, pero seguro que él lo hizo a caballo y no en agosto bajo el abrasador sol del mediodía”. Mario leía todas las placas explicativas, casi emocionado. “¿Dice ahí si los caballeros conocían las medidas? Porque cada escalón tiene una altura muy distinta. Mira éste, me llega a las rodillas. ¡Por Dios! ¡¿Se supone que los subían con las armaduras puestas?!”, refunfuñé. La verdad es que las vistas merecen la pena y el “paseíto” te abre el apetito, que pudimos saciar cuando bajamos, en la calle principal, en la terraza de un rústico restaurante, mientras una rondalla tocaba.
El final de fiesta lo vivimos durante la última cena, nos habíamos quedado por comodidad en el hotel, pues todavía teníamos que hacer las maletas. Cuando llegamos al pequeño salón, aquella familia, de más de treinta miembros, estaba celebrando un cumpleaños y ocupaban la mitad del comedor, sentados en una larga mesa. En las cuatro restantes sólo habíamos dos parejas, que mirábamos divertidos, de vez en cuando, la algarabía que se traían nuestros compañeros. A la hora del pastel escuchamos una pequeña detonación, aplausos y risas, tras unos cantos alentadores, a coro: “¡Venga!, ¡venga!, ¡venga!”. La primera vez no pude ver nada, pero cuando el camarero trajo una nueva botella de Cava y la colocó encima de la mesa, yo me dispuse a no perder detalle. Una señora de unos cincuenta y tantos años la sujetaba por el cuerpo con una mano y con la otra, cerrada, acariciaba arriba abajo el cuello de aquel envase. Sus parientes comenzaron a corear aquel mantra, de nuevo. Cada vez imprimía más ritmo con gran pericia; derrochaba maestría. En pocos minutos la fricción dio sus frutos y el tapón de corcho saltó por los aires, la mujer siguió con sus ardorosos movimientos hasta que la espuma salió derramándose en el mantel. Los demás comensales, los cuatro gatos, cruzamos nuestras atónitas miradas antes de estallar en risas, que en vano tratamos de disimular.
ancianos y derruidos muros han albergado: reyes y papas, santos y militares, poetas y caballeros, héroes y traidores. Ahora, las palabras que pronunció aquella joven, dos días antes, resonaban en mi mente cuando vi las rampas y escalones que debían conducirme a su cima, a mil metros: “Si sólo son piedras…”. “Marga, mira, por aquí pasó el Cid Campeador”. “Sí, pero seguro que él lo hizo a caballo y no en agosto bajo el abrasador sol del mediodía”. Mario leía todas las placas explicativas, casi emocionado. “¿Dice ahí si los caballeros conocían las medidas? Porque cada escalón tiene una altura muy distinta. Mira éste, me llega a las rodillas. ¡Por Dios! ¡¿Se supone que los subían con las armaduras puestas?!”, refunfuñé. La verdad es que las vistas merecen la pena y el “paseíto” te abre el apetito, que pudimos saciar cuando bajamos, en la calle principal, en la terraza de un rústico restaurante, mientras una rondalla tocaba.El final de fiesta lo vivimos durante la última cena, nos habíamos quedado por comodidad en el hotel, pues todavía teníamos que hacer las maletas. Cuando llegamos al pequeño salón, aquella familia, de más de treinta miembros, estaba celebrando un cumpleaños y ocupaban la mitad del comedor, sentados en una larga mesa. En las cuatro restantes sólo habíamos dos parejas, que mirábamos divertidos, de vez en cuando, la algarabía que se traían nuestros compañeros. A la hora del pastel escuchamos una pequeña detonación, aplausos y risas, tras unos cantos alentadores, a coro: “¡Venga!, ¡venga!, ¡venga!”. La primera vez no pude ver nada, pero cuando el camarero trajo una nueva botella de Cava y la colocó encima de la mesa, yo me dispuse a no perder detalle. Una señora de unos cincuenta y tantos años la sujetaba por el cuerpo con una mano y con la otra, cerrada, acariciaba arriba abajo el cuello de aquel envase. Sus parientes comenzaron a corear aquel mantra, de nuevo. Cada vez imprimía más ritmo con gran pericia; derrochaba maestría. En pocos minutos la fricción dio sus frutos y el tapón de corcho saltó por los aires, la mujer siguió con sus ardorosos movimientos hasta que la espuma salió derramándose en el mantel. Los demás comensales, los cuatro gatos, cruzamos nuestras atónitas miradas antes de estallar en risas, que en vano tratamos de disimular.
Me alegro que vivieras con esa intensidad las vacaciones de verano, bien merecidas por cierto. Aprovechad ahora lo que no pudisteis aprobechar cuando jóvenes, pues vino un "garbancito" que os ocupó todo vuestro tiempo jeje
ResponderSuprimirQue paséis una feliz velada este fin de semana. Que sepáis que yo me quito de en medio jeje
un beso muy fuerte y felicidades por esos 24 añazos casados,+ los de noviazgo (que se dice pronto)
besos
LUNA
Margarita: ¡CLAP! ¡CLAP!¡CLAP! ¡CLAP!¡CLAP! ¡CLAP!
ResponderSuprimirEspectacular crónica de un viaje. Es como si hubiera estado allí. Me fascinó absolutamente todo. Hay algunas perlas que destacan tu calidad a la hora de trasmitir las emociones e impresiones:
"He visitado un mundo mágico: con ninfas; grutas y piratas; castillos, Caballeros Templarios y hasta un Papa. Todo en una semana y bajo la luna de Valencia."
¡Nunca mejor dicho!
"Un niño de unos cuatro años había traspasado la barandilla de protección y se había pegado junto al cristal, no golpeó el grueso vidrio, ni hizo movimiento alguno; pero su presencia llamó la atención del animal. La beluga se sumergió hasta quedar suspendida a su altura, al otro lado y lo miraba con ojos inteligentes; parecían entenderse como sólo dos seres puros e inocentes pueden hacerlo. La escena duró unos minutos, luego, Sebas alzó su mano como si con ella estuviera acariciando el hocico del animal y se acercaron al unísono a la separación dándose un beso. El numeroso público que estamos congregados viendo aquella increíble escena permanecíamos mudos. El silencio sólo era interrumpido por los ruidos de las cámaras de fotos. "
Esto es... conmovedor. Esa clase de momentos que te suspendes en el universo de las emociones. ¡Qué bien transmitido está!
"En frente nuestro teníamos a un torero, lo supimos porque él parecía tener la obligación de comunicárnoslo a todos y deleitarnos e ilustrarnos con todo lujo de detalles los entresijos de su arte, durante todo el recorrido. Le acompañaba su chica, una especie de aprendiz de Barbie, que no movió ni una ceja en toda la hora. Sentada muy recta, sin apoyar la espalda, con las piernas cruzadas, las manos encima de las rodillas, se ocultaba detrás de sus enormes gafas de sol. Iba vestida escrupulosamente de prestigiosas marcas, y su oxigenada melena, recogida en un estiradísimo moño. De la voz, nada puedo decir, pues, al contrario que su compañero, no despegó los labios en todo el trayecto"
¡Genial!, las descripciones, incluso con "distancia". La distancia justa. Eso es lo que más gusto da. Que apenas te involucras con la "causa" (indispensable, esta cualidad, para el cronista, casual o no ).
¡Excelente!
Lo he disfrutado terriblemente.
Ahora tengo que ...snifff... pensar en mañana, en el centro de Buenos Aires, y casi lloro, mira.
Pero debe ser muy subjetivo el asunto: veo turistas de todas partes entusiasmadísimos ¡con el Obelisco! si habrá monumento más inútil... Y con toda clase de edificio que uno transita indiferente todos los días de Dios.
En fin. ¡Gracias por este imperdible boleto de ida!
Excelente crónica de un viaje inolvidable. Muy bueno. Te felicito.
Un abrazo grande.
Yo también me alegro, ja, ja, ja. Bueno, “garbancito”, je, je, así es como te llamaba tu padre cuando apenas eras eso y aún no habías visto la luz, hay un tiempo para todo. Y tener un hijo cuando todavía eres muy joven para nosotros ha sido una preciosa experiencia. Poder disfrutar de la alegría vital que te contagian los niños y verte crecer y avanzar en la vida, cuando aún derrochas energías es una gozada y además el salto generacional es mucho menor. Y, fíjate, con una hija tan considerada que se quita de en medio, todo lo bueno que todavía podemos vivir, porque seguimos siendo razonablemente jóvenes.
ResponderSuprimirGracias por ese poema que nos dedicaste en nuestro aniversario. Ya te dejé comentario en tu blog.
Muchos, muchos besos,
Mamargarita
Turkesa, qué bueno verte por mi casa :). Anda, anda que exagerada con los aplausos, siempre me sacas los colores...y me subes la autoestima a las nubes, eso sí.Recuérdame avisarte cuando la tenga por los suelos, ja, ja, ja, gracias, amiga.
ResponderSuprimirMe alegro que hayas disfrutado leyendo el viaje. A ver si un día puedes verlo tú en vivo y en directo. Ese párrafo del principio también es de lo que más me gustó, la verdad.
Bueno, es que realmente fue un momento mágico que se me quedó grabado y es así mismo como tú lo dices, te suspendes, y en momentos así parece que todo se pare, ¿no? es bien curioso como nos cambia las percepciones de los lugares y del tiempo, según nos encontremos.
“Esto es... conmovedor. Esa clase de momentos que te suspendes en el universo de las emociones. ¡Qué bien transmitido está!”
Ay, Turke, la barbie y el torero en esa barca me despertaban más curiosidad que todas las especies de aves que habían en La Albufera y mira que son bonitas, eh. Si hubiéramos estado unas cuantas que tú y yo sabemos, juntas en esa barca…impagable, seguro nos hubiéramos entendido sin hablar ni nada. Momentazo, te digo. Eso sí, no vuelvo a ir sin coletero a mano a ningún lado, siempre se aprende de todo y de todos.
Aiss, lo siento, y espero que te sea leve. Pero te digo que si yo estuviera de turista en buenos Aires daría saltos de alegría, ves. Lo que pasa que para ti es tu lugar y lo tienes visto, igual nos pasa a todos. Mira que Barcelona es bonita, pero como para mí es cotidiana no le doy importancia, nos pasa un poco a todos.
Gracias por pasarte, amiga. Ha sido un alegrón verte viajando por mi crónica.
Besos, muchos,
Margarita
Buenos sitios para visitar. Sí, señor.
ResponderSuprimirhola, Persio, la verdad es que sí es un bonito lugar; aunque creo que todos los sitios tienen su encanto.
ResponderSuprimirTe agracezco que pasaras a leer por aquí y dejaras constancia.
Saludos,
Margarita
También yo dejo constancia de mi tercera o cuarta lectura, es una crónica buenísima.
ResponderSuprimirFelicidades a ti y a Mario por esos 24 años de proyectos y sueños juntos.
Abrazos.
Juan Pan
Juan, se me pasó este comentario, disculpa. Gracias por ser tan buen lector, eso es porque también eres un gran amigo ; ).
ResponderSuprimirMe gusta mucho eso de que te pareció una buena crónica, es la primera que hago. Te agradezco tus felicitaciones.
Un beso,
Margarita
Hola:
ResponderSuprimirTrabajo en turismo y me ha encantado tu entrada.
Quizá lleve a unos clientes al Submarino, pero estoy pensando en que mejor me llevo a mi chico y me voy yo...
Un besito.
Hola, Pipuchi:
ResponderSuprimirAh, es un bonito trabajo, pero, trabajo al fin y al cabo. Así que eso de ir con lo de los clientes, pues está bien, pero mejor ir con tu chico, sin ninguna duda. Si vas te va a encantar, es super romántico el sitio, aparte de muy fino, como para una ocasión especial. ¡Y se come de muerte!
Gracias por la visita.
Un beso,
Margarita