sábado, 2 de febrero de 2008

La delgada línea



Por fin soy feliz, y mi familia, también.

Todo comenzó hace poco más de tres años, cuando Ernesto, mi esposo, me regaló un paquete envuelto en un precioso papel dorado y un gran lazo rojo. Al abrirlo me encontré con dos bonitos puzzles de 500 piezas cada uno. Después de cenar me dispuse a comenzar la tarea. Extendí cuidadosamente sobre la mesa todas las piezas de la primera bolsa y comencé a separarlas por colores. Una vez hechos los distintos montoncitos me dispuse a unirlas, una tras otra, hasta que alrededor de las dos de la madrugada finalicé el primero. Contemplaba mi pequeña obra, orgullosa, y esto me dio renovadas energías para meterle mano al segundo puzzle. Cuando el reloj de pared marcaba las cuatro, Ernesto se levantó, se acercó a mí por detrás, y me susurró al oído, “cielo, vente a la cama que está muy fría sin ti”. “Sí, ahora voy. Me quedan sólo 150 piezas por colocar”, le contesté sin levantar la vista de mi objetivo. Acabé a las cinco de la mañana, me acosté en medio de los ronquidos de Ernesto, con los ojos echándome chispas y con una extraña satisfacción jamás experimentada.

El sábado solemos ir a comprar al hipermercado y nada más atravesar las puertas encaminé el carrito al pasillo de los juguetes. Hileras de cajas de puzzles con fotos y dibujos fantásticos, todo un nuevo mundo por explorar se desvelaba delante de mí: réplicas de cuadros famosos, fotos de naturaleza y animales, retratos de niños… Casi tuve que pellizcarme para darme cuenta de que no estaba soñando. Los había de todos los tamaños y formas, ¡hasta en tres dimensiones! Mis ojos creyeron haber hallado el paraíso. Después de un buen rato, y algún suspiro de Ernesto, tomé varias cajas de las estanterías, era imposible decantarme por una sola; las escogí desde las 1.500 a las 8.000 piezas.

En las dos semanas siguientes devoré tres cajas: de 1.500, 3.000 y 5.000 piezas. Estaba hinchada por haber hecho tal proeza, poco me importaba que hubiera tenido que robarle alguna que otra hora al sueño; ni que algún día me quedara sin comer o cenar; ni que Ernesto comenzara a protestar por los escasos momentos de amor que vivíamos. Él no podía entenderme, no. Yo sentía una terrible angustia si no podía hacer los puzzles. Tampoco tenía ni idea de la alegría que se siente cuando ves cómo se va formando el dibujo poco a poco, cómo cobra vida; o cuando te falta por poner un montoncito y tus ojos se clavan en una pieza, e instintivamente sientes un respingo en el corazón y te dices: “¡Esa es! ¡Esa es la que estoy buscando!”; ni el gozo que da plantar, lentamente, la última después del gran esfuerzo. Se siente un júbilo difícilmente explicable, tus ojos se quedan prendidos contemplando aquella maravilla y tu mano se desliza acariciando la superficie con sus minúsculos desniveles.

Tras dos años de gran afición por este tema, decidí dejarme de tonterías y pasar a palabras mayores. Había convertido la salita de mi casa en el almacén donde depositaba todos mis puzzles, una vez terminados y pegados a un cartón. Prácticamente no cabía ni uno más. Así que adquirí, sin decirle una palabra a Ernesto, el último modelo que salió al mercado de 18.000 piezas. Un precioso colage compuesto por diversas fotos de la ciudad de Nueva York. Cuando mi esposo llegó a casa, yo había desocupado la habitación de invitados, puesto que el puzzle, una vez finalizado, ocuparía 276x192 cms y necesitaba todo el suelo despejado para poder maniobrar con comodidad. Tardé un mes de arduo trabajo sólo para separar las piezas y varios más en liquidarlo. Me vi obligada a dormir sólo tres horas diarias, a hacer una única comida al día, a ducharme una vez a la semana y hasta a pedir una baja laboral, porque de otra forma no habría podido con tamaña empresa; prácticamente vivía en ese cuarto. Al fin, acabé. No hay palabras para describir lo que se siente cuando una alcanza su difícil meta, simplemente me eché a llorar como una niña bajo el dintel de la puerta, mientras admiraba el puzzle que ocupaba toda la superficie del suelo de la habitación. Claro, que luego estuve una semana metida en la cama, para poder recuperarme.

A los pocos días, navegando por Internet, me topé de bruces con un anuncio: ¡El puzzle más grande del mundo! ¡24.000 piezas! Ni siquiera me fijé en el dibujo. Lo compré. Cuando el chico de la empresa de mensajería me trajo la enorme y pesada caja sentí una gran excitación y temblorosa me aferré a ella abrazándola. Esperaba ansiosa el momento en que pudiera enseñar mi nueva adquisición a Ernesto, quería ver su cara. Al entrar en el comedor él se quedó petrificado y abrió los ojos como platos. Se acercó y miró el lomo de la caja: “428 x 157 cms”, leyó. “¡¿Dónde piensas montarlo?!”, me preguntó. “Pues, en el único sitio que cabe, niño: el comedor. Claro, para eso tenemos que sacar todos los muebles”, le contesté. Entonces me dijo que yo tenía un gran problema, que sufría una obsesión y que hablaría con mis padres, muy seriamente. Repliqué con fuerza, le grité que sólo era una afición. Entre todos, y bajo el consejo de un psiquiatra, decidieron internarme en una clínica especializada.

Los médicos y enfermeras hacían lo posible para que yo me sintiera a gusto. Tratando de que me distrajera me invitaron a que colaborara en el taller de pintura. Cuando mis manos percibieron la dureza de la paleta, la textura de las pinturas, la caricia de los pinceles, entré en otro universo de intensas y dulces sensaciones; y tuve la certeza de que mi vida se movería entre lienzos y caballetes.

Lo que mis ojos y mi imaginación plasmaban en mis cuadros, gustaba. Decían que eran soberbios, así que en poco tiempo el personal de la clínica comenzó a comprármelos. El cuñado de uno de los médicos, marchante de arte, me preparó una exposición que fue todo un éxito. Me dieron el alta. Ahora pinto a todas horas, prácticamente no tengo tiempo de hacer otra cosa: ni comer, ni dormir, ni asearme, ni nada de nada, porque mis creaciones se las quitan de las manos a Ernesto, que ha dejado su trabajo para convertirse en mi marchante. ¡Está contentísimo!, dice que gracias a mi afición por la pintura nuestro nivel de vida se ha triplicado. Algo desconcertada le pregunto: “¿Qué diferencia hay entre mi antiguo gusto por los puzzles y el de pintar?”. “¡Cómo vas a comparar ambas cosas! Lo tuyo es arte, cariño. ¿Acaso piensas que Dalí y van Gogh eran unos obsesos? ¡Ay! ”, me dice. “Sí, pero en las dos ocasiones me he entregado en cuerpo y alma de igual manera”, le contesto. “Verás, mi vida, hay una delgada línea entre afición y obsesión, que quizá tú no puedas percibir”, me argumenta. Supongo que se refiere a la delgada línea del perfil de las tarjetas de crédito.

6 comentarios:

  1. Margarita, me ha gustado este relato porque me dejé llevar atraída por la curiosidad de saber cómo cerrarías tu mundo de puzzles. Es amena, y tiene un cierto toque de ternura desde el comienzo cuando Ernesto aparece con algo que podría verse como inusual, pero termina siendo la raíz de una obsesión. ¡Menos mal que la casa era grande! Ah, la imagen que usaste es el complemento. Un abrazo.

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  2. Jajaja. La última parte es para desternillarse. Sólo puedo catalogar este relato con una palabra... LOCURA!! jajaja. Vaya tela...

    Una historia muy divertida, mamargarita. Sigue así, que lo haces muy bien.

    Besos
    LUNA

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  3. ¡Hola, Vivian! Qué grata visita. Bueno, me alegro que despertara tu interés por ver qué pasaba al final. Esto de la ternura ya me lo dijeron en un foro antes, no sé, supongo que al ser en primera persona yo vería así a la prota, porque en realidad, pobrecilla, menudo maridito le salió; al final, un interesado. Pues sí, termina siendo la raíz de una obsesión, aunque parece algo inocente, y es que uno se puede obsesionar con todo. Ah, me alegro que me digas eso de la imagen de la foto, porque he visitado tu blog y pones unas imágenes estupendas, es muy visual. Gracias por pasar.

    Un beso,

    Margarita

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  4. Petalito, esta muy bien tu síntesis, añádele otra palabra a la locura: interesado. Porque cuando la cosa da dinero ya no es obsesión, es arte. Esto planteó un poco de debate en el foro, porque es cierto que los artistas si no se implican 100 % en lo que hace, habrían muchas menos obras maestras, para desarrollarlas hay que emplearse en cuerpo y alma. Y lo que los mueve a hacerlas, normalmente, es una necesidad interna y no el vil metal, pero… ¿y a sus familiares? Ains, que me puse a pensar y no es lo mío, ja, ja, ja. Me alegro que te divirtieras y gracias por los ánimos que das. Se te agradecen mucho y es un gusto contar con una lectora tan fiel, inteligente, guapa, buena persona, y mucho más, como tú. Claro que no sé si soy muy imparcial, ja, ja, ja.

    Besos,

    Mamargarita

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  5. Mi primera impresión: este cuento me dice cómo es posible escribir sobre las miserias y glorias de nosotros, los homos sapiens, sin dramatismo ni grandes tragedias, sin efectos especiales, siquiera sin desopilante humor irónico, y a partir de cosas simples y sencillas.

    Has moderado tu natural (y maravillosa) capacidad para el humor y la ironía, dándole un sutil equilibrio al relato; se lee con un regusto divertido, pero sin poder dejar de lado el que la historia no es para nada alegre, una combinación que no es de las más fáciles de lograr, por cierto.

    La felicito, compañera.

    Los puzzles... ¡Ah! Podría ser cualquier otra su obsesión, la protagonista parece tener una fuerte tendencia a volverse adicta a lo que se le presente, pero me gusta mucho que sea sobre los puzzles, algo que no suele estar en la lista top de los causantes de obsesiones. Pero sí... a través de la lectura la imaginé a ella, sufriendo y maravillándose por sus fracasos y éxitos y por la posibilidad de vencer cada vez retos más duros... es perfectamente posible obsesionarse con los rompecabezas, cómo que no.

    Y luego ingresa al mundo de la pintura. Y de una pintura que gusta y que vende.

    Sus manías obsesivas han dejado de serlo, para el mundo, ahora ¡es una artista! Y también para su marido. Ja, ahora sí dejó de gustarme, este buen hombre. En definitiva, lo que le interesa es el dinero y las comodidades que puede conseguir con él. Ya no le importa que su esposa se olvide de él, que no coma, no duerma, no se bañe... mientras el dinero fluya, él es feliz. ¿Y el psiquiatra y todos los otros psiquiatras de la clínica? Bien, gracias, démosle de alta, es una artista.

    El final es perfecto. Amargo. Porque sí, hay una línea delgada que a veces separa al arte de la locura. A veces, que no siempre. O a lo mejor en ciertos casos esa línea no existe. Pero no se trata de eso, aquí, sino meramente de disfrutar de ciertas ventajas económicas, sociales. Nada más. Por eso el final me parece perfecto y amargo. Qué miseria, la de tantos.

    No de ella. Ella no. Ella, simplemente, es una obsesa... que ha encontrado una obsesión “socialmente productiva”, “socialmente aceptada”, “socialmente interesante”, porque es un artista, ya se sabe... Y ahora es feliz, tiene permiso para ser feliz. Ese es el punto, ahora la sociedad le ha dado permiso para hacer lo que desea y ser feliz con ello.

    Besos, muchos
    Esther

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  6. Ah, Esther, ni yo misma sé cómo es posible, yo suelo escribir por instinto. Hay ocasiones que tengo la historia toda armada en la cabeza, cuando me siento a escribirla sólo la transcribo. Otras ocasiones cambio sobre la marchar algunas cosas, y en otras es como si la escribieran por mí por que apenas tengo un leve esbozo, pero salen. Es algo extraño, pero seguro que a todos nos ha pasado. Si en este caso la ironía la ves más moderada es porque internamente lo sentí así, pero no es deliberado, ya te digo.

    Claro, las obsesiones pueden ser tan variadas como seres humanos habemos, aunque es cierto que hay algunas que suelen ser más recurrentes.

    Desde luego algo no funciona en ella, o quizá en la pareja, porque vaya usted a saber el por qué una persona se obsesiona con algo. Quizá supla una carencia…

    Este es un tema difícil, cuando el obseso es artista y si da dinero... Si repasamos las obras de la mayoría de artistas reconocidos, es muy fructífera y para llegar a hacerlas seguro que han empleado mucho tiempo y se han volcado en cuerpo y alma… ¿son obsesos? ¿Si no lo hubieran sido podrían haber sacado todo eso fuera? ¿Su obsesión es disculpable? Ay, que no lo tengo claro. Estos “artistas obsesos” nos han legado muchas obras maravillosas…

    Eso sí, cuando el dinero fluye la cosa cambia, ese es el motor de la sociedad civilizada. Y el marido se acomoda y deja de importarle que duerma, coma o se asee, en este caso es así. Los médicos, lo mismo, es una artista y eso le da prestigio, deja de ser patología, según su visión. Como dices se vuelve en una “obsesión socialmente productiva”, “socialmente aceptada”, “socialmente interesante”, y le dan permiso para ser feliz, no es sano, igual que con los puzzles, pero ahí radica la delgada línea.

    Esther, tus comentarios, como siempre, un lujo y un gusto. Gracias.

    Besos,

    Margarita

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