
Después de leer aquella carta, me invadió un profundo estado de satisfacción. Instintivamente miré el cuadro que colgaba de la pared de mi comedor; luego me pareció ver, a través de los visillos de la ventana, la silueta de Eleodora alejándose por la verja de mi jardín. Sonreí.
Quince años hacía que el destino quiso llevarme a aquel pequeño pueblo costero. Acababa de diplomarme. Sola en el andén, inquieta e ilusionada, un sin fin de sensaciones encontradas bullían dentro de mí; me preguntaba si sabría desenvolverme bien en mi primera misión como maestra.
Llegó el tren y subí a él. Ya dentro del vagón advertí que estaba vacío, salvo por una pasajera sentada al fondo. Acomodé mi equipaje, sentándome luego. Al rato observé de reojo a mi compañera de viaje. Era una anciana, e iba vestida de blanco impoluto, sus ojos chispeaban y en su larga melena de plata llevaba prendida una orquídea. Detrás de ella, sobre una de las paredes del vagón, descansaba su bicicleta con cestillo de mimbre incorporado, también del mismo color de sus ropas.
Quince años hacía que el destino quiso llevarme a aquel pequeño pueblo costero. Acababa de diplomarme. Sola en el andén, inquieta e ilusionada, un sin fin de sensaciones encontradas bullían dentro de mí; me preguntaba si sabría desenvolverme bien en mi primera misión como maestra.
Llegó el tren y subí a él. Ya dentro del vagón advertí que estaba vacío, salvo por una pasajera sentada al fondo. Acomodé mi equipaje, sentándome luego. Al rato observé de reojo a mi compañera de viaje. Era una anciana, e iba vestida de blanco impoluto, sus ojos chispeaban y en su larga melena de plata llevaba prendida una orquídea. Detrás de ella, sobre una de las paredes del vagón, descansaba su bicicleta con cestillo de mimbre incorporado, también del mismo color de sus ropas.
Yo no paraba de estornudar y casi había acabado con la reserva de pañuelos, cuando al levantar la vista la octogenaria me hizo señas para que me acercara a ella. Fui hasta su lado y me senté enfrente. La anciana comenzó a preguntarme por mi estado de salud y a darme recetas de remedios herbales totalmente desconocidos por mí. Tisanas de tomillo, agrimonia y extracto de equinácea, para el resfriado; para la tos, infusiones de malvavisco; jalea real, en ayunas, para reforzar el sistema inmunológico. El viaje pasó como una exhalación en su compañía. Resultó que las dos bajábamos en la misma estación. Eleodora me deseó suerte en mi nueva andadura y se puso a mi disposición diciéndome que podía ir a visitarla a su casa cuando lo deseara, pero que tampoco tardara mucho en hacerlo; me explicó que no tenía pérdida pues era la única que estaba situada a pie de playa. Montó en su bicicleta, alejándose calle abajo.
Me dirigí al colegio para presentarme y hablar con Álvaro Bustillo, el director del centro, sin sospechar que en poco más de un año ambos se convertirían en toda mi vida. Casi al término de nuestra conversación le pregunté si conocía a la anciana de la playa. Me contó de su llegada desde América al pueblo cuando era una jovencita que apenas pasaba la veintena. Su comportamiento extraño y liberal hizo que los lugareños en aquella época la tildaran de medio loca y no tuvieran casi tratos con ella. Todavía recelaban. Solía vérsela abrazando a los árboles, caminar descalza bajo la lluvia y él mismo, de niño, una noche en medio del bosque situado detrás de la casa de Eleodora la vio sentada en la posición del loto, meditando con los ojos cerrados mientras numerosas luciérnagas revoloteaban a su alrededor.
Un mes llevaba instalada en el pueblo y me había adaptado bien a mi nuevo apartamento, a mi trabajo, pero no podía evitar que me asaltara la nostalgia de mi familia y amigos. Para paliar un poco mi soledad daba largos paseos después de la cena, inspeccionando los alrededores. Una noche un leve centelleo a lo lejos, en la playa, llamó mi atención, me acerqué sigilosamente y me escondí detrás de unos matorrales. Sobre la arena un caminito de velas prendidas llevaba hasta el mar. Bajo la caricia de la luna llena, Eleodora, vestida de blanco y sumergida en el agua hasta la cintura, lanzaba pétalos de flores y alzaba su rostro al cielo, como si pronunciara alguna plegaria. Quedé fascinada e intrigada por la visión y decidí hacerle una visita al día siguiente.
Me recibió alborozada como una niña, me invitó a pasar y a tomar una taza de poleo menta. Su casa era como ella, nada convencional: unos pocos muebles de mimbre, velas, inciensos, flores y un montón de coloridos cojines desperdigados por el suelo. Sentía curiosidad por su vida, ¿habría tenido pareja e hijos? De pronto reparé en una antigua fotografía de un hombre que descansaba sobre una repisa. La señalé y le pregunté por ella:
— ¿El difunto?
— ¡Ah!, ¿falleció? —contesté algo sorprendida.
— Ignoro si sigue respirando, pero para mí palmó en el mismo instante que cruzó el umbral de esa puerta —me respondió con un aire de fingida indiferencia.
Después del pequeño resbalón me sentí algo incómoda, desvié la vista hacía la pared y reparé en un cuadro de una bella joven tumbada en la arena de la playa, desnuda, delante del mar.
— Sí, soy yo.
— Ah, qué…
— ¿Joven?
— No, quería decir que eras muy agraciada —contesté algo ruborizada—. ¿Quién te pintó? ¿El difunto? —empecé a pensar que no daba una.
— Él mismo. Un día llegó con sus lienzos, pinceles y sus hermosos ojos, alborotó mi vida por un tiempo y después se fue… ¡Ay, hija!, yo era un helado entre sus ardientes manos.
Me quedé petrificada ante esa declaración.
— ¡Ay! Pero, ¡¿qué os pasa a los jóvenes?! ¡¿Piensas que ya nací vieja?!
Nuestras miradas se cruzaron unos instantes antes de estallar en carcajadas. Eleodora era toda vida.
A esa tarde siguieron muchas tardes de porche, paladeando tazas de tisanas, sabias palabras de Eleodora y reparadores silencios frente al mar. Ella se convirtió en la llama que deshelaba mi soledad, en los brazos que me alzaban cuando caía y en el archivo de la experiencia de vida donde bebía. Una tarde me habló de un manuscrito que contenía toda la historia de su vida y sus conocimientos, de algunos ya me había hecho participe en nuestras charlas. Me contó que había intentado publicarlo hacía algunos años y que ahora descansaba en un cajón comiendo polvo. Le rogué que me lo dejase leer. Se levantó y me lo entregó. Leí con voracidad varios capítulos. Me pareció fantástico y le animé a que volviera a intentar publicarlo.
— No está en mi destino publicarlo.
— Es una verdadera lástima que no veas tus palabras impresas en un libro.
— Las veré.
— No entiendo…
Al marcharme me dijo:
— Cuídalo, te he entregado mi alma. Niña, ahora tienes una gran responsabilidad —y soltó una carcajada al ver mi cara de circunstancias—. Saldrás adelante, no te preocupes, siempre se sale adelante —y me acarició la mejilla.
A las tres de la madrugada tocaban insistentemente el timbre de mi apartamento. Era Álvaro con la cara demudada. Me pidió que me cambiase de ropa a prisa, Eleodora me necesitaba. Por el camino me contó con la voz entrecortada que unos vándalos habían entrado a su casa, la habían arrastrado fuera y golpeado brutalmente, dejándola mal herida. Después, rociaron con gasolina la vivienda y huyeron dejando abandonada a la anciana.
Cuando llegamos a la playa la casa era una hoguera que los bomberos trataban de sofocar. Los camilleros cargaban a Eleodora en la ambulancia. Intenté llegar hasta la camilla, pero los enfermeros se interponían, uno me preguntó airado: “¡¿Tú eres algo suyo?!”. “Soy su nieta”, mentí arrasada en lágrimas. Me dejaron pasar. Cogí su mano y la sostuve entre las mías, ella no apartaba la vista de mí. El camino se hacía largo por aquella carretera polvorienta. Poco antes de llegar al hospital me sonrió y cerró los ojos en paz.
A la mañana siguiente Álvaro vino al hospital a acompañarme y ayudarme con los trámites. Me contó que la casa de la playa era una mancha de ceniza. Él había estado allí antes de venir a buscarme. No se había salvado nada, tan sólo, milagrosamente, el cuadro de Eleodora delante del mar. Lo recogió para guardármelo. “Justo anoche me entregó algo muy especial. Ella lo sabía. Ella siempre lo supo…”, me eché a llorar. Álvaro me abrazó infundiéndome ánimos. Al rato, más serena, comencé a caminar, él se mantuvo a mi lado; desde entonces no ha dejado de hacerlo.
Aquella carta me había llenado de satisfacción. Tras años de lucha, por fin era una contestación afirmativa de una editorial para publicar el manuscrito “La anciana de la playa”. Hoy tengo el primer ejemplar entre mis manos.
Hola, Margarita,
ResponderSuprimirEste relato ya lo conocía y creo que te dije lo mucho que me gusta ese personaje de Eleodora y lo mucho que transmite. Es un personaje que se hace querer. El cuento me gusta mucho.
Volveré otro día por tu blog, es estupendo.
Un abrazo, Boris.
Hola, Margarita:
ResponderSuprimirAl igual que Boris,te digo que este relato ya lo conocía;pero lo he disfrutado de nuevo.
Un beso.
Hola maMargarita,
ResponderSuprimirpues ya somos tres que conocíamos la historia jejeje, pero me he vuelto a quedar parada delante del ordenador, con aquella sensación agridulce...
Te vuelvo a decir que esta historia es digna de una novela y su posterior peliculón en los mejores cines. Desde luego imaginación no te falta y tampoco buenas palabras para expresar todo con tal musicalidad.
Simplemente tremendo, genial
Desde luego es mi relato favorito, mira que me gustan los tuyos de humor, pero este no tiene punto de comparación con ningún otro, es brutal
besos omaita!
Hola, Margarita. Llego a tu Blog por accidente (¿se puede caer en un lugar más común?) y he visto los dos Blogs. Te confieso que no sé cuál me gusta más y no me decido en cuál poner mi primer comentario, así que para que los dos lados de mi cerebro no discutan entre sí, lo pondré en ambos Blogs.
ResponderSuprimirMuchas felicidades
Hola, Boris. Me alegró mucho encontrarte por aquí de visita. La verdad es que Eleodora es uno de los personajes a los que le he puesto más cariño, me resultó entrañable crearla. Y sé que hay algunas Eleodoras por ahí. Me alegro que te haya gustado el cuento y el blog.
ResponderSuprimirVuelve cuando quieras, aquí tienes tu casa ;).
Un abrazo,
Margarita
Hola, Juan, sí, ya lo habíais leído muchos en el foro. Si te gustó leerlo de nuevo, pues me doy por contenta. Gracias por pasarte por aquí y dejar tu comentario.
ResponderSuprimirUn abrazo,
Margarita
¡Hola, guapa!
ResponderSuprimirVaya, parece que la conocía todo el mundo :). Sí, sé a lo que te refieres, la misma que sentí yo cuando la escribí. Pero me ganó la parte buena, siempre prevalece, mira, siempre vivirá en la maestra que la recordará por todo lo bueno que le aportó en la vida.
Bueno, no sé, la historia, no sé, pero yo no creo que de cómo para escribir algo tan largo, me resultaría un poco complicado. Con los cuentos ya tengo bastante por ahora, quizá más adelante, quién sabe ;)
Gracias por tus palabras y cariños, con lectoras e hijas como tú, la vida resulta gratificante.
Besos, bien apretaos,
Mamargarita
Pues bienvenido sea ese accidente, Ripp y tu comentario, también.
ResponderSuprimirHaces bien, buena decisión salomónica, porque los hemisferios son muy suyos, caprichosos y algo envidiosillos, así se llevaran bien.
Además, yo te lo agradezco, porque siempre viene bien contar con la opinión de los que entran a visitarte.
Un abrazo,
Margarita
Hola, Margarita: la historia que desgranas me dejó atribulada y pensativa. Amén de su impecable ritmo narrativo que arrastra al lector adentro de la historia sin provocarle ansiedad, pero con resolución -un equilibrio raro, digno de destacar- tiene aspectos sociales interesantes, anudados a los sentimientos que se abren a medida que avanza el relato.
ResponderSuprimirAtribulada, porque me dio pena -así, sin más- el final de Eleodora. Pensativa, porque hay mucho más en este cuento. Hay soledad, intolerancia, comprensión, indiferencia y, claro: la astilla que no encaja en la uniforme madera social debe ser eliminada. El lustre podrá llevarse luego a cabo sin inconvenientes.
El mundo avanza, pero está detenido en algunos de los pecados capitales, desde antes que se descubrieran. Muestras cómo la ira, la intolerancia y otras yerbas marginaron a esa mujer que seguramente pudo ofrecer mucho de su sabiduría a un pueblo noño, que la terminó entregando a los vándalos, indirectamente.
La reacción de la gente: la espiaban, era rara, liberal por caminar abajo de la lluvia, hacer meditación, ofrendas al mar... lo que nunca se llega a comprender y me llama la atención, es que el rechazo y la tachadura en base a prejuicios conlleva el miedo a ¿qué? ¿A ser obligados a las prácticas del supuesto escandalizador/a? No entendieron que todo supone una opción. Siempre hay opciones. Nadie arrastra a nadie, ni quita nada a nadie, que no quiera ser arrastrado o despojado. En definitiva, lo que sucede en esa microsociedad, es un espejo del mundo desde que es mundo.
Es curioso: si no integras una fracción social cualquiera, y te uniformas, siempre se corrió, se corre y se correrá el riesgo de los precios de la marginación. Sin protección.
En fin, esta historia me ha invitado a filosofar, así sin más. Es un cuento bellísimo, desde un tremendo y amplio punto de vista.
Un abrazo.
Bueno, Turkesa, lo primero disculpa que no te haya contestado antes, pero tú sabes…La verdad es que no es muy alegre, así que no me puedo quejar si supe transmitir la historia. Me ha gustado mucho que me digas eso del ritmo, porque no es intencional, ya sabes que escribo por instinto, así que dejo que la historia y sus personajes se apoderen de mí, como en un trance.
ResponderSuprimirHas hecho un análisis estupendo que he disfrutado mucho. Me ha gustado que resaltes los problemas sociales y la manera tan poética que tienes de decir las cosas. Muy bonito, amiga.
“la astilla que no encaja en la uniforme madera social debe ser eliminada. El lustre podrá llevarse luego a cabo sin inconvenientes.”
Seguramente pudo ofrecer mucho de sus conocimientos al pueblo, pero…ah, el miedo a lo desconocido, el aferrarse a sus costumbres pensando que cualquier cambio pueda llegar a perturbar su paz, a desestabilizar su sociedad, esas cosas aterran, sí, y es mejor eliminar a quien se sale de la norma o aislarle para que no propague su “mal”, aun sin saber muy bien cuál es y cuáles serían sus consecuencias. Siempre fue así y casi seguro que seguirá siéndolo, como bien dices.
Ah, no, ha sido un comentario estupendo, que he disfrutado.
Besos, muchos,
Margarita