domingo, 6 de abril de 2008

El regreso


Asomado a una de las ventanas de su palacio, Apolodoro contempla el faro, una de las dos maravillas de Alejandría. La otra, no la puede divisar desde allí. Sonriente, piensa que el mundo se equivoca, la otra maravilla no es la biblioteca con sus más de medio millón de volúmenes, sino su esposa.

Apolodoro se había quedado fascinado en el mismo instante en que sus ojos repararon en ella. Poseía una belleza serena, ademanes refinados y una mirada ígnea que le abrasó el corazón. No obtuvo paz hasta que averiguó su nombre, Penélope. Luego, su espíritu no se sosegó hasta que se las ingenió para conversar con ella, descubriendo así que era beneficiaria de otros dones insólitos entre las mujeres de su época. Una gran inteligencia, acompañada de una exquisita instrucción redondeaba un conjunto de virtudes irresistibles para él. Asedió a sus padres para que hablaran con los de Penélope y concertaran un matrimonio entre familias y la tomó como esposa. Inmediatamente trabajó con denuedo en la conquista de su cuerpo y de su alma, sintiéndose bendecido por los dioses cuando lo consiguió.

Nunca hubiera imaginado que la vida le depararía tanta dicha. Sus negocios le absorbían mucho tiempo, y esto era lo único que le angustiaba. Tenía que dedicarles la mayor parte del día y le impedían disfrutar más de su esposa. Como acostumbraba cada día antes de irse a sus quehaceres, se dirigió a la alcoba para despedirse de ella. Penélope estaba sentada en el borde del lecho, peinándose uno de sus bucles con los dedos. Apolodoro se arrodilló frente a ella, rodeando su ensanchada cintura con sus brazos. La besó en el vientre depositando su rostro sobre él y comenzó a hablarle a su hijo. Penélope lo miraba con ternura mientras le acariciaba los cabellos. Él se incorporó y ambos fundieron sus labios dulcemente.

Apolodoro se encaminó hacia el Gran Puerto por una de las principales y amplias avenidas, llegando en pocos minutos. El sol salpicaba de destellos plateados las aguas turquesas del mar. Al final del rompeolas se alzaba majestuoso, el faro. Pero su mirada se dirigió hacia la flotilla de buques de la que era propietario. Era un día importante, se había embarcado en una gran empresa. Si al finalizar la jornada todo salía bien, se asociaría con un importante armador griego, instaurando la mayor línea marítima comercial conocida hasta el momento.

Repasó concienzudamente el orden del día, antes de recibir a su futuro socio; nada debía quedar al azar. Tenía previsto enseñarle sus métodos de trabajo. La forma en que cargaban las naves, los cuidados que recibían las mercancías una vez depositados en la bodega, cómo se revisaba cuidadosamente los víveres y la tripulación antes de que se hicieran a la mar… cuando, de improviso, vio frente a él a uno de sus sirvientes. Le comunicó que su esposa estaba de parto y comenzó a notar como la emoción iba aposentándose en él.

Transcurridas cuatro horas, apenas reparaba en que su esposa estaba por alumbrar a su hijo. Habían surgido unos problemas al embarcar unas sedas, estropeándose parte de la mercancía. También se demoraba la llegada de una partida de perfumes, que debían viajar en uno de sus navíos. Por error ahora descansaban amontonados en el muelle del Puerto del Buen Regreso, al otro lado del faro y ordenó a sus porteadores que fueran en su busca. Con estos inconvenientes se sentía abrumado ante su invitado griego. De nuevo se presentó ante él su sirviente, esta vez traía noticias preocupantes. El parto se había complicado y una hemorragia estaba acabando con las fuerzas de la parturienta. Penélope requería su presencia. El griego le sugirió que acudiera a su lado, pero Apolodoro le dijo a su criado que tan pronto tuviera dominada la situación iría. Poco podía hacer él en esas circunstancias y su esposa estaba en manos de mujeres expertas.

Al crepúsculo, Apolodoro vio aparecer nuevamente a su sirviente. No corría como en las anteriores ocasiones y mostraba su cara compungida.

“¡No!”. Leandro se despertó gritando, agitado y empapado en sudor. Otra vez le atormentaba la misma pesadilla que le acompañaba muchas noches, desde hacía tanto tiempo que ni recordaba cuando fue la primera vez que la soñó. Por fortuna quedó inconclusa, ahorrándose las peores escenas. Aquellas en que podía ver a Penélope depositada sobre el lecho, inerte y ensangrentada al costado de su pequeña hija, ambas muertas. Se había ahorrado sentir el terrible dolor como propio. Se había ahorrado la angustia de ver llegar a la vejez a Apolodoro envuelto en la fría soledad y la culpa abrasadora. Solo, en medio del mármol de su palacio.

Se levantó aturdido, como siempre que tenía esas ensoñaciones, las sentía tan reales y vívidas como si esos acontecimientos le hubieran sucedido a él, el día anterior. Después de ducharse sintió su mente más despejada. Se enfundó en los primeros vaqueros y camiseta que extrajo de la secadora. Luego, preparó el desayuno a base de cereales y leche desnatada, dejándolos a medio consumir encima de la mesa de la cocina, por falta de tiempo. Bajó al garaje en busca de su coche, saliendo algo apurado y en la carretera se encontró con una densa circulación que hizo que llegara tarde al hospital. Así que entró directamente a la consulta de Obstetricia. Sólo hacía una semana que trabajaba en ese lugar, él había sido contratado en otro hospital, en otra provincia, pero un cúmulo de casualidades le llevó hasta allí. Mientras se vestía con su bata blanca, le indicó a la enfermera que hiciera pasar a la primera paciente. Ya sentado detrás de su escritorio se dispuso a buscar su historial clínico entre los que tenía en el fichero lateral, pero no lo halló.

— Doctor, Clara Almenar. Es su primera visita con nosotros —le indicó la enfermera a Leandro.
— Siéntense —dirigiéndose a la paciente y a su acompañante.

El médico dejó de buscar el historial para levantarse a saludar a su nueva paciente y se quedó con las manos apoyadas en los brazos del sillón, petrificado. Allí, frente a él, contemplaba el fantasma escapado de sus sueños, Penélope. La misma dulzura, movimientos elegantes y mirada abrasadora, que le turbaban. Era real; existía. Los labios de Clara pronunciaron unas palabras apenas perceptibles para él.

— ¿Nos conocemos? Me ha parecido verte antes —Leandro, haciendo un esfuerzo se concentró y dedujo qué le había dicho. Se levantó para estrecharle la mano.
— No lo creo. Tan sólo hace una semana que estoy por esta zona —no podía apartar la vista de la mujer de sus sueños. No sabía cómo, pero tenía dos evidencias: era ella y estaba alojada en su corazón.
— ¡Qué curioso! Nosotros hace sólo un mes que nos trasladamos a esta ciudad. Estoy preparando la inauguración de mi librería, unas calles más abajo, en el Centro Comercial El Arenal. ¿Lo conoces? Me encantaría que os pasarais por él —Leandro sonreía, deleitándose con su elocuencia, tan familiar para él; tenía la percepción de estar viviendo un reencuentro.

Clara se disculpó por haberlo entretenido y le entregó la orden de derivación y el historial. El médico lo estudió y luego examinó a la embarazada con sumo interés. Estaba a la mitad de la gestación y todo parecía ir perfecto, pero Leandro se demoraba a conciencia en cada paso de la exploración para poder disfrutar más de su presencia. Sentía que fluía una corriente energética, en ambas direcciones.

Al finalizar sus consultas, todavía se sentía impregnado por la esencia de Clara. Fue entonces cuando reparó en el hecho de que apenas había prestado atención a su pareja, Ricardo, y se sintió molesto. Seguía todavía con el mismo malestar mientras iba conduciendo de regreso a su pequeño apartamento de soltero, cuando desvió el coche de forma mecánica de su ruta, deteniéndolo frente a la biblioteca. En cuestión de unos minutos, tras consultar a la bibliotecaria, se había hecho con un montón de libros en los que explicaban algunas teorías referentes a la reencarnación y a La Ley del Karma. La experiencia del consultorio le había impresionado profundamente y necesitaba algún tipo de respuestas. Al llegar a su destino, desplegó todos los libros sobre su cama y sonrió pensando que estaba perdiendo el juicio. Él nunca había creído en esas cuestiones, pero una poderosa fuerza en su interior le gritaba que no se equivocaba.

En los tres meses siguientes se convirtió en un versado en el tema. No le cabía la menor duda de que tanto Clara como él se conocieron en otro tiempo, en Alejandría. Los sueños, el parecido de Clara con Penélope, sus sentimientos hacia ella, incluso su vocación. Por fin, las brumas se despejaban. Ahora sabía que siempre vivió amándola y por eso ninguna mujer pudo ocupar su lugar. La necesidad de verla, de tenerla cerca, se acrecentó de tal forma que no le bastaban las quincenales visitas médicas y se dejaba caer por la librería entre medias. Siempre encargaba libros cuya búsqueda resultase espinosa, así se garantizaba la excusa perfecta para aparecer por allí seguido.

Esta vez no le despertó ninguna pesadilla, sino el hiriente sonido de una llamada telefónica en mitad de la madrugada. Clara estaba de parto, faltaban ocho semanas y se presentaba con complicaciones: placenta previa. Al oír estas palabras de su interlocutor se levantó como si le hubieran soltado un latigazo. No se explicaba cómo las ecografías no lo habían desvelado, sólo en raras ocasiones sucedía. La noticia lo puso nervioso y con las prisas acabó de vestirse en el ascensor. De camino al hospital conducía a la misma velocidad a la que cabalgaba su corazón.

Entró por Urgencias y se encontró con Ricardo que estaba sentado plegado sobre sí, con las manos cubriéndole el rostro. Éste, se levantó nervioso al ver al médico y se dirigió hacia él, su expresión afligida daba buena cuenta de cómo se sentía. Sólo él podía entender al compañero de Clara perfectamente; estaban hermanados en la preocupación. El médico trató de tranquilizarlo fingiendo una serenidad de la que él mismo carecía, se disculpó con Ricardo y dando una pequeña carrera llegó al quirófano.

A Leandro lo sacudió un espejismo. Clara estaba acostada en la camilla, pálida, frágil y cubierta por una sábana sanguinolenta, al verlo, ella se relajó. Sin perder un segundo el médico tomó el control y demandó que le informasen de la situación. La placenta cubría totalmente la abertura cervical, impidiendo al feto salir. La parturienta había sufrido una grave hemorragia y tanto la criatura como la madre estaban en peligro, era necesario practicar una cesárea sin más dilación. Leandro ordenó al anestesista que procediera. Mientras las enfermeras se afanaban preparando el instrumental, él se acercó a Clara para explicarle todo y ella le ofreció la mano: “Confío en ti”. “Esta vez no te fallaré. Todo saldrá bien”. Tenía la absoluta seguridad que había regresado y había vivido preparándose para ese momento. Y se reconfortó pensado que de alguna forma el espíritu de Penélope, abriéndose paso entre las nebulosas que adormecían a Clara, le sonrió al reconocerlo.

Quince días después, Clara estaba radiante dando de mamar a su pequeña. Leandro entró a hacer su ronda médica, quedándose embelesado ante la escena. Ricardo, desde un rincón de la habitación, preguntó a la madre si quería llevarse todos los ramos de flores, ya había preparado la maleta y guardado los regalos para el bebé en unas bolsas. La imagen le resultó agridulce, envidiaba la suerte de Ricardo, no podía evitarlo; aún a sabiendas que éste era merecedor del amor de Clara. Sabía que era su karma, pero a la vez maldecía aquel peso que le abatía. Un fugaz pensamiento hizo que su humor cambiase, acababa de firmar el alta de la paciente y dejaría el hospital. En pocos minutos veía a los felices padres alejarse por el pasillo a medida que se acercaba su desolación.

Leandro tuvo la certeza de que a partir de ese instante se iba a convertir en el lector más empedernido. Rogaría a las fuerzas del universo que le otorgaran su momento, esperando pacientemente que los designios de esta vida le permitieran disfrutar un tiempo al lado de Clara.
(Quiero agradecer a mi amiga Turkesa que me haya brindado la oportunidad de escribir este relato. Ella dejó un “disfraz” en Prosófagos —el foro literario en el que ambas participamos—, y nada más leerlo me enamoró y prendió mi inspiración. Para los que no sepáis de qué va esto del “disfraz” os cuento que son unas pequeñas pautas sobre los personajes y el inicio de una historia que dejamos los participantes en esta “Fiesta de disfraces”, otro compañero elige el “disfraz” que más le guste y con él trenza un relato. Gracias Turke).

6 comentarios:

  1. ¡Hola, Margarita!

    Qué gusto re-encontrarme con este cuento... tan rico en personajes y en trama.
    Apolodoro es contradictorio: ama enloquecidamente a su esposa, y se queja porque el trabajo no le deja tiempo para ella... y al mismo tiempo, cuando está de parto, ¡la olvida! Aparta de su mente a su esposa, por los negocios. Y luego... luego vive una vida de culpas, justamente, porque la olvidó. La dejó de lado, inmerso en sus negocios, y ésa es la traición que no puede perdonarse a sí mismo.

    Y los siglos pasan. ¿Es esa culpa la que permanece en algún limbo, en algún lugar, agarrada con fuerza a la trama de la existencia? Supongo que sí. Durante años, Apolodoro vivió un infierno particular de amor, culpa y dolor. Todo eso, entremezclado... quedó, en algún lugar.

    Y llegó a los sueños de un joven médico de esta época. Y él la encuentra, a ella, a Penélope-Cecilia. Una línea (hermosa línea) lo dice todo:

    “No sabía cómo, pero tenía dos evidencias: era ella y estaba alojada en su corazón. “

    Leandro descubre, un día cualquiera, que ha vivido amando a una mujer muerta siglos antes, y que esa mujer está de nuevo con él. Ella, ahora casada con otro, y otra vez esperando un hijo, ahora de otro. Él ha vivido toda su vida anterior para llegar a este instante preciso: desenredar el tiempo y perdonarse a sí mismo. No se repiten los hechos para que Penélope, ahora Claudia, salve su vida y la de su hija; se repiten para que Apolodoro, de la mano de Leandro, se perdone a sí mismo. Y hasta aquí, la historia termina en el momento en que el bebé nace. El círculo se completó, y el tiempo puede volver a deslizarse como siempre.

    Pero el caso es que la historia continúa: Leandro sigue vivo. ¿Qué sucederá de ahora en más con Claudia y con Leandro? Ella, inconsciente de todo, regresa a su vida familiar, a su librería, a su felicidad. ¿Y él? ¿Cuál será su destino, de ahora en más?

    Me gusta, Margarita, esta historia. Escapa a lo común en el género, los amantes que vuelven a encontrarse y se aman por los siglos de los siglos, o bien la venganza se consuma. No aquí: los amantes no se re-encuentran, y tampoco hay venganzas. Sí, me gusta mucho.

    Me gusta, también, el que el nexo entre ambas épocas se haga a través de sus sueños. Esto es, el salto temporal se suaviza al introducir el cambio de época como una pesadilla. Claro, no es sólo un salto temporal, sino también de ambiente y de lugar. Dos ambientes totalmente diferentes. Incluso inicialmente los libros (la biblioteca) son una maravilla que sirve de comparación de Penélope; al final, los libros (la librería) constituyen el nexo entre Leandro y Clara. Creo que esta relación que dan los libros da buena cuenta del cambio de ambiente.

    Cariños,
    Esther

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  2. Hola, Margarita: magnífico brillo para un disfraz que se las traía. Una historia contada con excelencia; de sólida estructura, se lleva las palmas la resolución IM-PE-CA-BLE del reencuentro.

    Me gustó mucho la sorpresa que sacude de pronto, sin previo aviso. Es que el lector anda enfrascado allá por ese mar que parece no reconocer el paso del tiempo, cuando de pronto se topa con este siglo, con Leandro y su sueño recurrente. Es genial el enlace de un tiempo al otro.

    Es que iba yo muy tranquila paseándome por las "amplias avenidas" de Alejandría, guiada por las bondades de ese día, en que "El sol salpicaba de destellos plateados las aguas turquesas del mar. Al final del rompeolas se alzaba majestuoso, el faro." Una descripción acertada, suficiente y única, para que uno desee sin más darse una vuelta y, de paso, probar los perfumes y las sedas.

    Margarita, ¡Qué precisas y agradables pinceladas has logrado en la ambientación! Parece uno estar viviendo el movimiento del puerto, el suave vaivén de las embarcaciones. Me ha resultado estupendo este fragmento, y lo he disfrutado:

    "... su mirada se dirigió hacia la flotilla de buques de la que era propietario."

    "Habían surgido unos problemas al embarcar unas sedas, estropeándose parte de la mercancía. También se demoraba la llegada de una partida de perfumes, que debían viajar en uno de sus navíos. Por error ahora éstos descansaban amontonados en el muelle del Puerto del Buen Regreso, al otro lado del faro. Ya había ordenado a sus porteadores que fueran en su busca. Con estos inconvenientes se sentía abrumado ante su invitado griego."

    Pese a que estás narrando la serie de inconvenientes que acontecen al comerciante, dado que previamente ha quedado fija en la mente de esta lectora la imagen del sol salpicando de oro las aguas turquesas, la policromía que suponen "unas sedas", aún estropeadas -curiosamente, tal detalle incrementa el instantáneo primer plano de las sedas-, así como la "partida de perfumes" saturaron de inmediato el aire de esencias orientales; ¡Qué quieres que te diga! Quiero volver a estar en ese puerto. Sólo un instante. Y he estado, gracias a tu pluma.

    Luego, Leandro y sus pesadillas. Leandro y un reencuentro inmediatamente reconocido por ambos. Clara y la librería... Y ese amor regresado sólo para pagar el karma adeudado: acompañar a su esposa en el alumbramiento.

    Bello y atinado. Nada de cuestiones estridentes. Es una historia, entre miles que contiene el útero de una gran ciudad: un médico, una paciente, un karma que se paga, un poco de otros tiempos colado entre el ulular de las sirenas y las luces de neón. La vida continúa abriéndose camino, impetérrita mientras se suceden partes del todo, que no vemos.

    "La necesidad de verla, de tenerla cerca se acrecentó de tal forma que no le bastaban las quincenales visitas médicas y se dejaba caer por la librería entre medias. Siempre encargaba libros cuya búsqueda resultase espinosa, así se garantizaba la excusa perfecta para aparecer por allí seguido."

    Me gustó mucho este fragmento, el ardid de encargar libros raros. JAJA. Como cualquiera haría, antes, ahora y siempre. Esas cosas no cambian.

    "Leandro tuvo la certeza de que a partir de ese instante se iba a convertir en el lector más empedernido. Rogaría a las fuerzas del universo que le otorgaran su momento, esperando pacientemente que los designios de esta vida le permitieran disfrutar un tiempo al lado de Clara"

    Este final, buenísimo, acompaña y cierra el cuento con el broche de oro adecuado. Equilibra la historia, y la vuelve por lo tanto, creíble, dentro del género y el tema abordado; ese abordaje que por ello es respetuoso de la inteligencia del lector.

    Me ha gustado mucho. Pero antes, me ha impresionado.

    Fragmentos y líneas indispensables para guardar en el bolsillo izquierdo del corazón
    "la otra maravilla no es la biblioteca con sus más de medio millón de volúmenes, sino su esposa."

    "una mirada ígnea que le abrasó el corazón"

    "trabajó con denuedo en la conquista de su cuerpo y de su alma"

    "Aquellas en que podía ver a Penélope depositada sobre el lecho, inerte y ensangrentada al costado de su pequeña hija, ambas muertas. Se había ahorrado sentir el terrible dolor como propio. Se había ahorrado la angustia de ver llegar a la vejez a Apolodoro envuelto en la fría soledad y la culpa abrasadora. Solo, en medio del mármol de su palacio."

    ¡Ufff, si que tiene carga e impacto este semblanteo impiadoso del cruel futuro que aguarda...

    “Ella le ofreció la mano: “Confío en ti”. “Esta vez no te fallaré. Todo saldrá bien”.

    "De camino al hospital conducía a la misma velocidad a la que cabalgaba su corazón."

    Un abrazo, amiga. Y mi admiración. (¿No crees que pueda dar para una continuación? Yo pienso seriamente que sí.)

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  3. Esthercita, disculpa la tardanza, ya sabes, tratando de ponerme al día.

    Bueno, pues así somos los seres humanos, contradictorios, sí. Es cierto, la ama, pero ante los inconvenientes que se le presentan en ese día laboral va dejando de lado el parto de la esposa. Por eso, como bien dices, es que se siente culpable. Claro, poco podía él hacer en el parto, para eso estaban las mujeres que la atendían, pero sí darle compañía a la mujer y es ahí donde está la raíz de lo que le atormentará por vida y más allá de esa vida.

    No sé si la culpa quedó registrada allí en el limbo, según las últimas noticias, parece que no existe. Pero en algún lugar donde descansaba su espíritu quedaría y cuando regresó ese se convirtió en el karma a pagar, para quedarse tranquilo y por eso sin saber su instinto lo guió a estudiar obstetricia, el instinto es muy sabio, deberíamos hacerle caso más a menudo.

    “Leandro descubre, un día cualquiera de su vida, que ha vivido amando a una mujer muerta siglos antes, y que esa mujer está de nuevo con él. No, no lo descubre así, tan de pronto; son días y días en los que piensa, trata de encontrar razones, argumentos y lógicas que le permitan entender qué le está pasando, qué hilo conecta sus pesadillas, a Clara... al fin, consigue encontrar ese hilo. Sabe que irremediablemente ha encontrado al amor que nunca lo dejó.”

    Claro es difícil vivir teniendo unos sueños recurrentes y toparse de bruces con la mujer que sale en ellos. Uno debe quedar tocado, e imagino que buscará respuestas para esto. Supongo que internamente debe saberlo, pero somos tan racionales que tiene que informarse y aceptarlo de forma gradual.

    “Leandro debería haber sabido que se presentarían dificultades en el parto. ¿Lo supuso? ¿No se animó a decírselo a sí mismo? ¿Que la historia se repetiría? Sí, se repitió. Pero ahora él ya no es Apolodoro, sino un médico; sin embargo ambos coexisten en ese momento y lugar”

    Tienes razón, debió sospechar que algo pasaría en el parto, pero de nuevo nos puede lo racional y nos negamos a ver con los ojos interiores, la intuición.

    “Leandro ha vivido toda su vida anterior para llegar a este instante preciso: desenredar el tiempo y perdonarse a sí mismo. No se repiten los hechos para que Penélope, ahora Claudia, salve su vida y la de su hija; se repiten para que Apolodoro, de la mano de Leandro, se perdone a sí mismo”.

    Así es, ese era el objetivo para el cual se ha estado preparando aun sin saberlo. Y, vuelves a ver entre líneas magníficamente, ella se hubiera salvado con él como médico igual que lo hubiera hecho con otro, hoy disponemos de los medios. Quizá por ello es sujeto pasivo y no se entera de su vida anterior ni de su relación con Leandro, porque todo ha sucedido por él, para que él pueda quedar en paz consigo mismo.

    “¿Qué sucederá de ahora en más con Claudia y con Leandro? Creo que él pasará el resto de sus días amándola sin esperanza. Seguirá yendo a la librería, será quizás amigo de la familia, atenderá a la niña en sus dolencias...”

    Bueno, esto lo dejé abierto, para que cada uno elija según su gusto. No sé, quizá tenga su segunda oportunidad, o quizá no, la historia era el karma y ahí lo dejé, seguir hubiera sido hacer el relato demasiado largo y me planteaba otros dilemas, Clara vive ajena a toda su vida anterior y feliz con su compañero. La cosa se complicaba un poco, da para varios folios más.

    Coincidimos de nuevo en las líneas que destacas, es curioso. Me alegro que te guste el cambio temporal, es una de las cosas que vi claras desde que leí el disfraz. También me alegro que te haya gustado el desarrollo del cuento.

    Un gusto tenerte como lectora y comentarista, Esther. Disfruté mucho con tu comentario, como siempre, porque son bastante profundos y atinados.

    Besos,

    Margarita

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  4. Turkesa, disculpa que haya tardado tanto en contestarte, seguro que sí :). Mil gracias por dejar este disfraz que me ha brindado la oportunidad de trenzar este relato. Desde que leí ciertas palabras: Alejandría, reencarnación, biblioteca, etc, enseguida supe que era el que iba a colocarme, me encantó.

    Me alegro mucho que te gustase el desarrollo que le di al reencuentro. La verdad es que enseguida me vino esta idea a la cabeza, que todo partiera de sueños que tenía Leandro sobre su vida pasada que le tortura y por eso se le manifiesta de este modo. Estos temas siempre me gustaron e intrigaron mucho.
    Ojalá pudiera darse uno una vuelta por estos lugares. Ah, y el antiguo Egipto, sería una gozada, realmente. Me alegro que te lo pareciera.

    “Una descripción acertada, suficiente y única, para que uno desee sin más darse una vuelta y, de paso, probar los perfumes y las sedas”.

    La parte del sueño, la antigua, también me gustó mucho imaginarme ese palacio desde donde se podía ver el mítico faro y el puerto. Pues es un gusto que la diseñadora del disfraz la haya disfrutado. Era una responsabilidad.

    “Parece uno estar viviendo el movimiento del puerto, el suave vaivén de las embarcaciones”.

    Ja, ja, ja, esto me hizo gracia. Yo también quisiera, no creas…y de alguna forma cuando escribimos y leemos podemos estarlo, es la magia de esto.

    “Quiero volver a estar en ese puerto. Sólo un instante. Y he estado, gracias a tu pluma”.

    Pues sí, así lo imaginé, si estuvo en su antigua vida penando tanto por su abandono en el parto que conllevó la muerte de su esposa, en esta, trataría de remediarlo, de ahí que se convirtiera en médico y que enfocara su vida en ello, aún sin saber el porqué. Me alegro que me digas que está narrado sin estridencias, me gusta hacerlo de forma sencilla que resulte natural, así que si te lo pareció, pues qué más se puede pedir.

    Pues no cambian, no. cuando uno está enamorado se las ingenia para conseguir ver al objeto de su amor. Nada nuevo bajo el cielo. Sería interesante un libro donde se recogieran la de trucos que se han utilizado, seguro que habrán muchos y muy curiosos, ja, ja, ja.

    Claro que da aliento un comentario como el tuyo, si hasta me dieron ganas de hacer la segunda parte donde Leandro encuentra su segunda oportunidad bien merecida, claro que la tendrá que ganar a pulso tal como están las cosas en la vida de Clara ahora. Ya veré. Se agradece todos los halagos que me haces, aunque creo que te pasaste, no niego que vienen estupendamente, amiga. Y me alegro que destaques algunas de las líneas que más me gustaron montar.

    Ah, y las aguas no pueden ser ya de otro color en mis cuentos, que lo sepas, amiga. Siempre turquesas :).

    Un abrazo bien fuerte y un besote,

    Margarita

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  5. Buen relato, partiendo de una ciudad mítica para muchos (incluido el que suscribe), Alejandría, para traernos a una realidad cercana y a una historia de amor imposible.

    Enhorabuena!

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  6. Sí que es una ciudad mítica. Pasearse por Alejandría tenía que ser fascinante, ah, y por el antiguo Egipto. Siempre he pensado que si existiese una máquina del tiempo habría muchos lugares de la antigüedad a dónde iría de vacaciones. Mientras tanto nos conformaremos con tratar de describirlos, según nos los imaginemos.

    Bueno, la historia, si leíste, me la prestó aquí mi amiga Turkesa. Y, sí, cuando leí su “disfraz” no me lo pensé ni medio. Me gustó mucho poder desarrollarla.

    Gracias por tu visita.

    Un abrazo,

    Margarita

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