jueves, 29 de mayo de 2008

Soñé con ángeles



A mi madre

Ya han transcurrido cinco largos años desde aquella remota noche en la que los ángeles me visitaron en sueños. La recuerdo nítidamente, como si hubiera sido la pasada. Permanecía en penumbra, recostada en el butacón de la habitación de un hospital, era la vigía de la débil respiración de mi madre. Hacía dos meses que nuestro campamento estaba allí. Su estado, desgraciadamente, había empeorado en las últimas semanas. Cada madrugada recibía la visita de dos crisis respiratorias con exquisita puntualidad británica, la primera a la una y la segunda a la seis.

Mi mente voló siete años atrás, al momento en que aquella guerra comenzó. Nos hallábamos en la consulta de una clínica en el centro de la Ciudad Condal, esperando el resultado de su mamografía. La llamaron, pero el médico me impidió pasar. Al salir me dijo: “Nada, que ya está aquí. Es cáncer”. Las mujeres que estaban sentadas a mi lado la miraron y quedaron pasmadas. Sí, la poesía nunca ha sido su fuerte; ella nunca se ha andado por las ramas; es fiel seguidora de “al pan, pan y al vino, vino”. Ambas sabíamos muy bien qué significaba ese “ya está aquí”, pues tres de sus cinco hermanos habían padecido la enfermedad y ninguno la superó más de tres años. Siempre nos había dicho: “Es nuestra losa familiar. No es ni mejor ni peor que la que cargan otros, pero a la gente le da pánico tan sólo escuchar la palabra cáncer. Ni que aquí nos fuéramos a quedar alguno. Qué tontería”. Yo estaba aturdida por la noticia, no por esperada era menos impactante. Incrédula, contemplaba aquella fortaleza inexpugnable a la que siempre acudíamos sus dos princesas cuando éramos atacadas por algún dragón. “La vida hay que tomarla según nos viene. No todo es juerga, de esas hay pocas”, es una de sus frases predilectas. Y acto seguido diseñaba varios planes: de ataque, de emergencia y primeros auxilios, con los que socorrernos. Ahora le habían declarado la guerra a ella, y yo pondría mi espada a su servicio, aunque temía no estar a su altura.

Nos aguardaban arduas batallas. Todavía no lo sabíamos, pero la derivación con la petición para ser visitada en el hospital oncológico se había traspapelado. Y después de un mes sin haber recibido la llamada telefónica en la que nos comunicaran la fecha de su cita, extrañadas, enviamos un par de faxes, reclamándola, pero seguíamos sin respuesta.

No hallo explicación para lo que sucedió en mi casa a partir de ese momento. Talvez alguien desde el más allá quería avisarme de estos contratiempos para conseguir cita médica. Una noche, cuando ya dormíamos, la lamparilla de mi mesita de noche se encendió sin que nadie la hubiera tocado; no le di importancia, “una sobrecarga en la red”, pensé. A partir de ese momento, casi todas las noches se encendían solas, tanto la de mi marido como la mía. También notaba a veces como mi cabezal se movía. Incluso perdí incomprensiblemente un anillo, regalo de mi madre. Me extrañó porque me iba muy justo y no podía sacármelo, su marca estuvo tres días en mi dedo y apareció una semana después en un sitio que había revuelto y limpiado a fondo el día anterior. Hasta que una noche un estruendo me despertó. Intenté encender la lamparita, pero noté algo encima del cabezal, era delgado y plano, al tacto frío y duro. Al fin, prendí la luz, encontrándome con el espejo del ropero, que se había desprendido, justo encima de mi cabeza. El providencial cabezal había hecho de parapeto. Dos meses duraron estos hechos, y seguíamos sin recibir respuesta del hospital, hasta que decidimos personarnos allí para ver qué pasaba. La visitaron ese mismo día y los fenómenos extraños cesaron.

Al entrar en la consulta, aquel médico, que estaba predestinado a ser su ángel de la guarda, se levantó dirigiéndose hacia nosotras, ofreciéndonos su mano y una amplia sonrisa. Era joven y debajo de su radiante bata, se ocultaba lo que parecía un artesano hippie: pelo largo y estropajoso recogido en una coleta, cuerpo enjuto, algo desaliñado y aire despistado. Sí, de esos que venden sus creaciones en los puestos de las Ramblas de las flores, más que un prestigioso oncólogo. “No es de los más guapos. Los he visto mejores. Pero, le vamos a plantar cara, ¿verdad?”, nos dijo. Por supuesto, él todavía no conocía bien a aquella briosa mujer. Tiempo después tuvo oportunidad de comprobarlo, durante los duros enfrentamientos que mantuvieron juntos, en su lucha contra aquel dragón innombrable.

Mi madre estaba curtida en mil batallas. Sabía muy bien lo que era luchar. Había nacido raquítica, justo finalizada la Guerra Civil, y no pudo andar hasta los tres años, pero esto no le impedía hablar hasta por los codos, por lo visto. Una vecina, del patio donde vivía, le decía a mi abuela: “Mírala; si no se la ve, pero bien que se la oye. No para de cascar la jodía”, mientras ella permanecía sentada en una sillita de nerja al sol, pues mis abuelos habían oído que éste era beneficioso para su dolencia. ¿Los médicos? No eran tiempos de esos lujos y sólo eran llamados en casos extremos. Y los que siguieron tampoco fueron mucho mejores. A los siete años se quemó el vientre y parte de un muslo con el café que preparaba para el desayuno. “Me salió la piel como si fuera una serpiente cuando muda”, y al serle levantada la cura por el médico, ella exclamó: “¡Burro!”, nos contaba en ocasiones medio divertida y apurada, a mi hermana y a mí. El médico la visitó un par de veces, del resto se encargó mi abuelo que la curaba con emplastes hechos a base de plantas medicinales. De la misma manera se convirtió en su enfermero dos años después, siguiendo las indicaciones de la curandera local, para acabar con una culebrina que estuvo a punto de estrangular su cintura, “Me faltaban cuatro dedos para que se juntaran la cabeza con la cola, cuando tu abuelo me curó con pólvora”. Quizá por eso se había forjado un carácter fuerte en ese pequeño cuerpo; luchadora, con los pies en la tierra, detesta la hipocresía, los remilgos y las zalamerías. Pero, igualmente, generosa, compasiva y siempre al pie del cañón de todo aquel que la necesitara.

Sí, habían luchado durante siete años, codo a codo. El ángel con sus certeros diagnósticos y tratamientos y mi madre con su fuerza, voluntad, entereza. Siempre llevó con una gran dignidad todos los tratamientos. Dos operaciones, dos recaídas y dos duros ciclos de quimioterapia de seis meses cada uno, durante los cuales siempre la acompañaba. Los miércoles eran nuestros días, así lo tomábamos. A las ocho, analítica; después nos íbamos a desayunar y a comprar la revista El Mueble, que ojeábamos en la sala de espera, escogiendo nuestros futuros hogares y enseres, los que compraríamos tras ganar la lotería; a las once la visitaba el médico que le daba el visto bueno para que le administraran la quimio. Si ésta era por la tarde, nos íbamos a comer a los centros comerciales cercanos, y, por supuesto, mirábamos trapitos. Regresábamos al hospital, a ella le aplicaban el tratamiento, normalmente de tres horas, mientras yo me sentaba con mi libro en la butaca para los acompañantes; ¡si me habré leído libros! Durante los dos días siguientes notaba los efectos secundarios y se dejaba ayudar, en servicios mínimos. Pero pasado ese periodo no había manera de echarle una mano, “Mientras mi cuerpo me haga sombra, nadie me mangonea”, suele decir. De nada servían mis protestas.


Y ahora, en la penumbra, se la veía tan débil. Hacía dos meses que había recaído. Las células malignas invadían sus pleuras; tenía líquido en los pulmones. No estaba en condiciones de resistir los tratamientos agresivos. Y en el laboratorio luchaban contra reloj, experimentando con sus células y sustancias para dar con alguna que hiciera remitir la enfermedad, y ganar así tiempo para restablecerla lo suficiente para aplicarle el tratamiento. Esa misma mañana, tras superar su crisis respiratoria de las seis, me había dicho, “Mari, ya no puedo más. Diles que me duerman”. Yo sabía lo que esto significaba. Lo habíamos hablado. Era la primera vez en todos esos años que daba muestras de rendirse. Sí, estaba mal, de otra forma jamás se hubiera permitido decírmelo. Le expliqué que no podía ser, que ya estaban buscando la solución, que tenía que seguir siendo fuerte y aguantar un poco más. Sus ojos opacos me devolvieron conformidad, yo le pasé toallitas húmedas por sus pálidos y huesudos rostro y cuerpo, se relajó y se durmió. A la una le repitió la crisis, cuando ésta estuvo controlada, salí con los médicos al pasillo para preguntar qué tal la habían encontrado. Una joven doctora me dijo que no le había gustado el comportamiento de su corazón y me dio una palmada en el hombro. Unas dos horas más tarde, mi madre, me avisó con la mano, me acerqué y me dijo: “¿Sabes que me he visto a los pies de la cama mirándome?”. Yo le contesté que seguro que sería efecto de los medicamentos, que tratara de dormir, pero la verdad es que me heló la sangre. Volví a recostarme en el butacón y rogué, siempre le había pedido por su restablecimiento, a Dios, a la energía suprema, al cosmos, ¡qué sé yo!; pero esta vez le exigí, tanto si el resultado final era su recuperación como su partida, que lo hiciera, que dejara de sufrir ya. Al rato, miré la hora en el móvil, las cinco. Sin poder resistir más, cabeceé.

Aparecí en la playa. Era noche cerrada; apenas iluminada con la vaporosa luz de las farolas de la carretera; la temperatura, muy agradable; la brisa agitaba mi melena y sentía el fresco de la arena bajo mis pies descalzos. Guiada por un impulso caminaba hacia la orilla mientras distinguía el olor a mar y la espuma de las olas cuando estas morían. Un extraño sosiego me inundaba. Iba al encuentro de tres figuras que había vislumbrado a lo lejos. Llegué hasta ellos; eran ángeles. Permanecían de espaldas a la enorme y oscurecida masa de agua, frente a mí, a poco más de un metro. El que estaba en medio vestía de negro y sus alas eran del mismo color; los dos de las bandas de blanco refulgente así como las alas, estaban un paso por detrás del otro. Su vestimenta era ajustada, como una segunda piel; no disponían de costuras y la parte superior acababa en un gran pico, que dejaba ver parte de sus pectorales. Eran muy altos y sus cuerpos atléticos y bien proporcionados. Sus alas eran grandes, espesas y tan largas que casi acariciaban la tierra. Sus rostros bellísimos y varoniles, de ojos marrones y labios carnosos. Todos tenían pelo corto y moreno; parecían modelos italianos. El que estaba en medio, el de ropas sombrías, me miraba de forma severa; los otros dos, los luminiscentes, lo hacían con mucha dulzura, mostrándome una etérea sonrisa. No sé el tiempo que pasamos así, pero, hubiera estado toda la eternidad sintiendo esa placidez. Se miraron entre ellos; los de los extremos dieron un paso adelante; el de oscuro fijó en mí su dura mirada que tornó sonrisa y dio media vuelta, alejándose hacia el mar, dejándome ver sus majestuosas alas en toda su magnífica dimensión. Se confundió entre las tinieblas. Dejé de verlo y me desperté de golpe, como si alguien me hubiera arrancado de aquella playa en contra de mi voluntad, yo jamás me habría ido. Miré la hora, eran casi las seis y me preparaba para ejercer de la fiel escudera en la que me había convertido en el transcurso de los años, pero las seis pasó de largo, y las siete, y las ocho…sin ninguna novedad en el frente.

El médico pasó su visita y se sorprendió al ver que el nivel de líquido en los pulmones empezaba a batirse en retirada. Mejoró lo suficiente como para mandarla a casa a los tres días. En el laboratorio se encontró la sustancia combativa, que no fue otra que una hormona. Una diminuta y simple pastilla diaria significaba la victoria en esta épica batalla y la retirada, provisional, del temible enemigo.

16 comentarios:

  1. Me ha gustado relato. Sólo una observación con la mejor voluntad, quizás es algo largo para publicarlo en un blog. Tal vez dos capítulos hubiera sido una buena idea. Disculpa el atrevimiento.
    Un abrazo.

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  2. Querida Margarita. Sabes? estoy en la oficina. Y ahora vengo del baño, he tenido que ir allí a llorar. Es todo muy extraño, porque hacía mucho que no lloraba de esa forma. No sabría decir todo lo que he sentido mientras. Pero es que me ha hecho bien. No sé, que decirte, sólo que me ha tocado mucho el corazón.

    Un beso inmenso,
    pepsi

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  3. Felipe, nada que disculpar, para eso colgamos en la red nuestras cosas, para que los demás lo lean y opinen. Estas observaciones nos hacen avanzar. Tienes razón, es un poco largo para el formato de un blog (una página más de la media del resto de lo que subo), de hecho, cuando subo mis textos, viendo lo estrecho que queda y el tamaño de la letra, me da la misma impresión y en Internet todos vamos con prisas, y sé que a más de uno al ver la longitud le debe desanimar leer. Lo difícil es decidir dónde das el corte, pero lo tendré en cuenta para el futuro.

    Se agradece tu paso por aquí, la observación y me alegro que te gustase.

    Un abrazo,

    Margarita

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  4. Ay, Pepsita, mi niña, y qué te digo yo ahora. Este relato lo colgué en BV hace un año, y ya me planteé hacerlo o no, porque ya sabes que me gusta más hacer reír, pero… en su día necesité plasmar todo esto en un relato. Y no lo volví a colgar en ningún lado, hasta ahora. Recientemente se lo di a leer a mi madre, y le gustó mucho, así que eso me hizo decidirme por subirlo al blog y tenerlo así guapo, con su foto. Qué puedo decirte, sé de tu sensibilidad, y, bueno, así es la vida, con sus claroscuros. Que te haya tocado el corazón no me extraña nada, uff, y con lo grande que lo tienes…lo bueno, es que luego te hayas quedado bien, eso pasa después de una llorera, descargamos lastre innecesario.

    Recuerdo que te debo una historia de esas que te gustan, románticas y con final feliz. Sólo que no te puedo decir para cuándo, ya sabes, el puñetero tiempo, pero que la escribo: fírmalo.

    Un abrazo enorme, amiga,

    Margarita

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  5. Te devuelvo la visita y me encuentro una grata sorpresa. a mí también me encanta tu blogg. Escribes muy bien. El relato sobre los Angeles y tu madre luchadora tiene muy buena narrativa. No solo cuentas las cosas , sino que lo haces bien.
    Creo que seré lectora asidua de tus letras.
    Te invito a participar de las mias.
    Un saludo.

    http://xilguerinparleru2.blogspot.com/


    http://xilguerinparleru.spaces.live.com/default.aspx

    Éste aún no lo conoces. También es mío.

    Hasta pronto

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  6. Hacer de lo trágico algo bello a través de la fe es algo que comparto, porque lo siento, pero a veces me resulta extraño.
    No digo que tu texto sea extraño, es muy lindo. Y la escena de los ángeles también lo es...
    No sé que decir.

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  7. Más: tienes que venir un día a la tertulia del Ateneo a compartir tus más que dignos relatos.
    Abrazos.

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  8. ¡Hola, V.nas! Me alegro que te haya gustado el blog y éste relato tan especial para mí. Se agradece tu visita, y tus cariñosas palabras, también. Me encantará recibirte cuando quieras pasarte.
    Pasaré a hacerte una visita al otro blog, ya te contaré.

    Un abrazo,

    Margarita

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  9. Hola, Elisita, me alegro que te haya gustado todo el relato, y el sueño de los ángeles. Entiendo lo que dices, a mí también me resulta extraño, pero es que la vida se compone de cosas que no podemos explicar, también. Tiene su magia y su misterio, todavía por desentrañar; algún día igual habrá explicación.

    Bueno, te has explicado muy bien, te entendí. Gracias por tu visita, y sé siempre bien recibida.

    Un abrazo,

    Margarita

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  10. Felipe, agradezco mucho tus palabras; viniendo de un poeta y artista como tú, pues las recibo como una inyección de moral, que me viene muy bien en estos momentos.

    Bueno, no quiero parecer descortés, la invitación a la tertulia es un honor para mí, pero tengo que decirte que mi timidez no me dejaría articular palabra, ¡en serio!

    Gracias, por estas deferencias.

    Un beso,

    Margarita

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  11. ¡Impresionante, tierno y excelentemente escrito!
    Gracias, Margarita, por compartir parte tan personal de tu vida. Con estos relatos,no haces mas que confirmar lo que ya sé de ti: eres una buenísima persona como hija, madre, esposa y amiga.
    También veo en tus relatos a una futura escritora de fama y éxito reconocidos.
    Un beso.

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  12. Ah, gracias, amigo, muchas gracias. Bueno, Juan, fue una especie de catarsis. Lo escribí el año pasado por estas fechas, cuando supimos que el dragón le planteaba otra dura batalla, de nuevo. Y en estas seguimos, gracias a Dios,a su médico y a su férrea voluntad.

    Uff, pues ya ves más que yo, je, je. Ay, no sé, ya sabes tú que yo me dedico a esto como aficionada y que empecé hace poco más de un año. Ahora, que me ha gustado leerlo y me has puesto los ánimos por las nubes, amigo :).

    Besos,

    Margarita

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  13. Hola, Margarita. He pasado a saludarte después de encontrar un comentario tuyo en uno de mis blogs, en el que cuelgo mis pinturas y mis manualidades, esos sueños que se hacen realidad.
    Me han impresionado tus escritos, sobre todo este sobre tu madre. La mía falleció hace nueve meses. Vino derecha a por ella. En una semana se fue. Fue muy duro y aún no me he repuesto.
    Bueno, te invito a otro de mis blogs en el que jugamos a escribir para compartir y aprender, sobretodo pensando en los niños. Si te apetece, claro.
    Un abrazo desde Córdoba.
    Conchi
    http://compartirexperienciasyaprender.blogspot.com/

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  14. Vaya, Conchi, siento lo de tu madre. No me extraña nada que no te hayas recuperado, son situaciones muy duras y sólo con el tiempo se puede atenuar. Pero hay que seguir adelante y mirarse en su espejo, tirar de todo lo que nos han legado. Es una enfermedad muy dura, ahora la mía está en un proceso un poco crítico, tendrá que ser intervenida en pocos días y espero que también salga bien librada de esta batalla, pero, el enemigo cada vez se hace más fuerte.

    Sí que pasaré por ese blog, cuando pueda me doy una vuelta. Parece muy interesante.

    Gracias por pasarte, y por compartir una parte tan tuya.

    Ah, y tienes una gran sensibilidad para las manualidades. Haces unas cosas muy bonitas.

    Un beso,

    Margarita

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  15. Margarita, lo que he leído me ha conmovido, no hablaré de si está bien escrito o no, es lo que contiene, es tu fortaleza y la de tu madre, son tus sueños y tus deseos plasmados en una historia que debe saber el mundo, pues será la huella que dejarás en la mente de quienes te lean. Admiro a tu madre por su valentía, por la infancia que le tocó vivir, y a ti por tener la sensibilidad de hija que desea hacer algo pero que no es médico, y que aunque sea con palabras trata de ayudar.
    Qué puedo decir, no puedo decir que me encantó, pues no es un tema que podamos escoger, es la realidad de la vida.

    Un fuerte abrazo, compañera,
    Blanca

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  16. Blanca, muchas gracias por pasarte por este relato tan especial para mí y dejarme este cariñoso comentario. La fuerte es mi madre, yo únicamente trato de estar a su lado, ser un poco su soporte.

    La época que le tocó vivir a mi madre en su infancia y juventud fue muy difícil aquí en España. Es una generación que tuvo que luchar duro para salir adelante, y no estoy segura de si la juventud de ahora sabe valorar por todo lo que ellos pasaron.

    Un beso,

    Margarita

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