
–Mami, ¿te gustan ahora más mis dibujos?
A Gloria la embargó un profundo sentimiento de ternura al contemplar la sonriente carita de su hija, Laura, de cuatro años, mientras le mostraba orgullosa su última creación: una casa con jardín alfombrado de flores multicolores y un sol radiante en el cielo.
Atrás parecían haber quedado los tiempos en que sus dibujos eran sombríos, despertando la inquietud en sus padres, hasta el punto que decidieron consultar un psicólogo.
Era una niña muy despabilada y curiosa, fuera de lo común para su edad. Pero, en ocasiones, con sus dibujos y comentarios había preocupado a sus padres, que no entendían de dónde podía haber tomado esos pensamientos a tan tierna edad.
Cuando Laura comenzó a dibujar, lo hizo como todos los niños, trazando líneas irregulares, garabatos que ella mostraba como pequeñas obras de arte y que no tenía inconveniente en repartir generosamente sobre cualquier superficie: hojas de papel, paredes y el sofá, principalmente. Las líneas pronto dejaron paso a las espirales concéntricas. Y aunque tenía una caja de lápices de muchos colores, ella siempre escogía el color negro, dejando los demás intactos.
A los dos años incorporó un coche a sus dibujos de espirales y seguía manteniéndose fiel a su color favorito. Sus padres trataban de convencerla de que esbozara niños, árboles, casas, como sus compañeros de la guardería, pero Laura se mostraba inamovible en sus principios, y sólo añadió unas llamas color rojo envolviendo el vehículo y dos pasajeros dentro. Fue entonces cuando el desconcierto se tornó en desvelo y preguntaron a la niña el porqué de esa novedad. Pero ella bajó la cabeza negando y enmudeció durante unos minutos.
Pocos días después, Gloria, no podía imaginar que su pequeña fuera a sorprenderla de nuevo. Madre e hija disfrutaban mutuamente de su compañía, la merienda y un documental que ofrecía la televisión, donde aleccionaban a los turistas de qué no debían perderse en su visita a París. En el monitor se fijó una imagen de la Torre Eiffel y a Laura le llamó poderosamente la atención.
–¡Mamá, yo he estado allí!
Gloria no le dio excesiva importancia y pensó que su hija habría visto esas imágenes anteriormente. Pocos minutos después la pantalla se convirtió en una postal de la pirámide vidriada del Louvre.
–¡Aquí también he estado!
La madre lo negó.
A Gloria la embargó un profundo sentimiento de ternura al contemplar la sonriente carita de su hija, Laura, de cuatro años, mientras le mostraba orgullosa su última creación: una casa con jardín alfombrado de flores multicolores y un sol radiante en el cielo.
Atrás parecían haber quedado los tiempos en que sus dibujos eran sombríos, despertando la inquietud en sus padres, hasta el punto que decidieron consultar un psicólogo.
Era una niña muy despabilada y curiosa, fuera de lo común para su edad. Pero, en ocasiones, con sus dibujos y comentarios había preocupado a sus padres, que no entendían de dónde podía haber tomado esos pensamientos a tan tierna edad.
Cuando Laura comenzó a dibujar, lo hizo como todos los niños, trazando líneas irregulares, garabatos que ella mostraba como pequeñas obras de arte y que no tenía inconveniente en repartir generosamente sobre cualquier superficie: hojas de papel, paredes y el sofá, principalmente. Las líneas pronto dejaron paso a las espirales concéntricas. Y aunque tenía una caja de lápices de muchos colores, ella siempre escogía el color negro, dejando los demás intactos.
A los dos años incorporó un coche a sus dibujos de espirales y seguía manteniéndose fiel a su color favorito. Sus padres trataban de convencerla de que esbozara niños, árboles, casas, como sus compañeros de la guardería, pero Laura se mostraba inamovible en sus principios, y sólo añadió unas llamas color rojo envolviendo el vehículo y dos pasajeros dentro. Fue entonces cuando el desconcierto se tornó en desvelo y preguntaron a la niña el porqué de esa novedad. Pero ella bajó la cabeza negando y enmudeció durante unos minutos.
Pocos días después, Gloria, no podía imaginar que su pequeña fuera a sorprenderla de nuevo. Madre e hija disfrutaban mutuamente de su compañía, la merienda y un documental que ofrecía la televisión, donde aleccionaban a los turistas de qué no debían perderse en su visita a París. En el monitor se fijó una imagen de la Torre Eiffel y a Laura le llamó poderosamente la atención.
–¡Mamá, yo he estado allí!
Gloria no le dio excesiva importancia y pensó que su hija habría visto esas imágenes anteriormente. Pocos minutos después la pantalla se convirtió en una postal de la pirámide vidriada del Louvre.
–¡Aquí también he estado!
La madre lo negó.
–Sí, mami, dentro hay dibujos en las paredes. Yo fui con mi hermano, el que tenía antes.
Gloria se quedó atónita, Laura era hija única y jamás habían puesto los pies en París.
Por esas fechas, la niña comenzó a tener pesadillas, despertándose bañada en sudor y llamando a su hermano a gritos. Su comportamiento cambió, se volvió más retraída. Ante la creciente preocupación que sentían, sus padres decidieron llevarla a la consulta de Eduardo, un psicólogo infantil.
Después de algunas sesiones en las que fue ganándose la confianza de la niña, el psicólogo consiguió descifrar el dibujo: un coche accidentado, seguramente algo que habría visto en televisión impresionándola, como las imágenes de París y unas espirales por las que decía se podía pasar flotando. La interpretación de Eduardo fue que Laura era muy sensible e imaginativa, pero se sentía sola, deseaba tener un hermano y, con total seguridad, si colmase su anhelo, las pesadillas y las brumas desaparecerían de su mente.
Los padres así lo hicieron. A medida que el embarazo de Gloria crecía, la nebulosa de Laura disminuía y ellos creyeron que rozaban la paz de nuevo. La niña se sentía alegre y esperaba ansiosa la llegada de su hermanito, y suplicó que la dejaran a solas con él, cuando lo trajeran a su casa. Intrigados y preocupados por tan extraña petición, temiendo que los celos hubieran hecho peligrosamente acto de presencia, consultaron a Eduardo. Éste les propuso que accedieran a la petición de Laura, para llegar al fondo de la cuestión. Previamente instalarían una cámara oculta gracias a la cual podrían ver y controlar sus movimientos, e intervenir a tiempo en el caso de que ésta quisiera dañar al bebé.
Y el día llegó. Depositaron al bebé en su cuna y permitieron a Laura quedarse a su lado, no sin cierta desazón. Se dispusieron a observar sus movimientos atentamente desde la habitación contigua. La niña se acercó a su hermanito y lo miró henchida de cariño, sus ojos centelleaban y deslizó el dorso de su mano por el pequeño rostro, en una caricia. Entonces le tomó la manita al bebé y le habló:
–Ya estás aquí conmigo, otra vez. Ahora tendrás que contármelo tú, porque a mí se me está olvidando.
Margarita:
ResponderSuprimirSiempre es un places venir a tu casa y sentarse a leer cosas tan bien elaboradas.
Un abrazo.
Siempre eres bienvenido, Felipe. Y si encima te gustó el relato, pues mejor. Gracias por tus palabras, ániman para seguir en el camino de aporrear las teclas :).
ResponderSuprimirUn abrazo,
Margarita
Hola, Margarita, Un paseo por tu jardín es suficiente para alegrame el día. Precioso relato. Nos "vemos" en el foro.Un beso.
ResponderSuprimirJuan, siempre es un gusto recibir a los amigos en mi casa. Gracias por pasar y dejarme comentario :).
ResponderSuprimirSí, nos "vemos" en el foro, en los blog y con suerte nos tomamos un café un día, por allí abajo o por aquí arriba ;).
Besos,
Margarita
Un bello relato, tierno cual brioche o cruasán galo... Sobre todo para mí, que soy un reciente padre cuyo hijo ha venido físicamente de París.
ResponderSuprimirLe estoy echando un ojo a tu blog y me gusta como escribes. Me verás más por aquí.
Por si quieres devolverme la visita, estoy en...
http://palabrasmicrobioticas.wordpress.com
Un saludo!
Ah, Vitolink, eres un papá que va de estreno…¡felicidades! No hay otra experiencia que se pueda comparar a criar a un hijo.
ResponderSuprimirBueno, pensaba que la fabrica de París había cerrado hace tiempo…
Tus palabras son una inyección de moral para mí, me animan a seguir aporreando el teclado, así que muchas gracias. Siempre serás bienvenido.
Claro, en cuanto tenga un ratito me paso a ver cómo es tu página.
Un abrazo,
Margarita