
–¡No me diga…! Lo siento. Bueno, Sra. Rosaura, el pobre ya descansa en paz.
–¿Qué pasa? –le pregunté a mi compañero de oficina, Antonio, después de que colgara el teléfono.
–Nada, que el tirano del dueño ya estiró la pata.
De esta grácil manera fue como me enteré de que don Joaquín Torralba había abandonado el mundo de los vivos, sin poder disfrutar de la cena que pensaba ofrecer a proveedores, clientes y empleados, por primera vez en su vida y sin que sirviera de precedente. En pocos días iba a celebrar por todo lo alto el veinticinco aniversario de la fundación de su empresa.
Una empresa líder en su sector, en su región, y tercera en todo el país. Una empresa que había creado desde la nada a fuerza de trabajo, sudor y mucha austeridad, junto a su esposa Rosaura. Una empresa que era su vida, su orgullo, y que pensaba dejar en manos de alguien de su entera confianza, su único hijo, Joaquín Júnior, Jr. para los empleados.
Como suele suceder en esta clase de lances, dedicamos el resto del día a recabar información del suceso e intercambiar pareceres sobre su vida y su obra para homenajearlo: “Esto se veía venir, fumaba como un condenado…”. “Sí, es cierto. Y el muy avaro se fumaba hasta la boquilla”. “Sí, era muy ahorrador. Por ahorrar, ahorraba hasta en palabras”. “Y nunca se cogió unas vacaciones”. “Sí, y bien que nos reprochaba que nosotros sí las hiciéramos”. “Y encima pagadas. Eso sí que lo enfermaba”. “Y lo que teníamos que batallar con él cada subida salarial, ¿qué?”. “Se creía que iba a ser eterno. Pues, ya ves…”. “¡Ay!, no somos nadie”.
Después de pasar toda la mañana haciendo un recordatorio en su honor, nos organizamos distribuyendo las plazas disponibles en los coches que algunos compañeros ponían a disposición del resto para ir al funeral, al día siguiente. Tarea nada fácil, pues éramos más de cien personas, y eso nos llevó toda la tarde.
A la mañana siguiente, bien temprano, nos presentamos todos los trabajadores de la empresa en el tanatorio. El portero nos condujo a la sala del final del pasillo. Sus dimensiones y el lujo que la adornaba nos enmudecieron. Todo en mármol gris, sillones de terciopelo negro, con más centros de flores que en una boda real y amenizada con una exquisita música clásica. Parecíamos tontos, tan callados, sin saber cómo romper el hielo con los presentes. Menos mal que Antonio es de esos que siempre tienen un comentario apropiado para cada ocasión: “¡Así da gusto morirse!”. Unos señores muy trajeados lo miraron raro, hay gente demasiado estirada por ahí.
No habíamos salido de nuestro asombro cuando vino a recibirnos la sra. Rosaura, serena, sobria y sencilla, como siempre. La peluquería era un terreno inexplorado por ella y jamás daba por perdidos un par de zapatos antes de que el quinto agujero hiciera acto de presencia. Algunos comentaban que no era por cosas de la economía, sino porque le gustaba tener los pies bien ventilados. Por lo visto sufría un problema de exceso de transpiración.
Nos saludó besándonos, uno por uno, y agradeció amablemente nuestra presencia allí. Después de las preguntas y palabras de consuelo de rigor, le indicamos que era nuestro deseo darle el último adiós a don Joaquín Torralba, por lo que queríamos pasar, en pequeños grupos, a la sala contigua donde se encontraba el féretro. Doña Rosaura nos indicó con dulzura que, puesto que la sala era reducida y estaba llena de autoridades, abogados, empresarios y lo mejor de cada casa de la ciudad, lo adecuado sería que esperáramos fuera, en la calle. ¡En pleno invierno!
Antes de seguir sus cordiales indicaciones no pude por menos que asomar mi cabeza en aquella sala. Un irrefrenable deseo se había apoderado de mí, y no, pese a lo que dijeron después las malas lenguas, no fue por curiosidad, sino una profunda preocupación al oír unos desgarradores lamentos desde el interior. Era Paco, nuestro jefe, el encargado del almacén, tenía la cara arrasada en lágrimas y lloraba amargamente mientras el Alcalde de la ciudad trataba de consolarlo creyendo que era el hijo del occiso. Y no fue el único en confundirse. Claro, como Jr. permanecía templado, sin echar una lágrima, sentado en un rincón, quizá porque se sentía reconfortado ante las últimas palabras que le dedicó a su padre: “No te preocupes, papá. Yo continuaré tu labor y llevaré a esta empresa a ser la número uno del país”. Quizá porque estaba acompañado de su flamante esposa, Jessica, que le infundía ánimos y le subía la moral. Algunos decían que eso de subir y subir no era nada nuevo para ella, y que la escalada era el deporte donde destacaba, gracias a sus afiladas uñas. Antonio, también muy preocupado, se había asomado detrás de mí y me agarró del brazo haciéndome un gesto con el que me indicaba que debíamos irnos.
Una vez que estuvimos en nuestro lugar, la calle, los compañeros nos envolvieron interesándose por lo que había ocurrido dentro y nos hicieron las preguntas más corrientes en estos eventos: que si a don Joaquín Torralba lo habían dejado guapo o parecía un muñeco de madera… que si Jessica llevaba los morros de rojo pasión, como era su costumbre… que si el hijo lloraba mucho, o poco… Llegados a este punto Antonio, pidió un poco de calma y saber estar dado el acontecimiento. Pero, a los pocos minutos, viendo nuestro desanimo, decidió deleitarnos con sus dotes artísticas regalándonos una magistral imitación de Paco y sus lloros, para hacer más corta la espera. Esto hizo caer en la cuenta a los compañeros que Paco era un privilegiado y podía permanecer dentro, calentito y codeándose con lo mejor de la ciudad. Pero Antonio les explicó que, sí, lo habían dejado estar con ellos, porque todo funeral de postín debe tener sus plañideras y a éste ya lo tenían en nómina. Al parecer, las carcajadas con las que habíamos premiado la actuación de Antonio se escuchaban en el interior y dos guardias de seguridad se acercaron. Nos dijeron que la Sra. Rosaura agradecería que nos retiráramos un poco más allá de la puerta. Nosotros, dada las circunstancias, la complacimos con gusto, con tanto que cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos montándonos en los coches para regresar a nuestro sitio.
Un mes después, Jr., completamente implicado en la palabra dada a su padre, que convertiría la empresa que él había creado en la número uno, estaba dispuesto a demostrar a todo el mundo de lo que era capaz. Desde luego, capacitación no le faltaba, pues se había graduado en dos carreras: derecho e ingeniería. Y fue capaz de pedir créditos bancarios en más de veinte entidades, aprovechando el buen nombre que había heredado de su padre. Y ese dinero, fue capaz de invertirlo en comprar la nave industrial más grande de toda la comarca para convertirla en su sede central. Y capaz fue de contratar a todo un nutrido grupo de asesores y ejecutivos. Y fue capaz de preocuparse sobremanera de que éstos pudieran hacer su trabajo a gusto, y agasajar a los potenciales clientes, que en pocas ocasiones concretaban el negocio. De modo que los gastos de representación de la empresa eclipsaron de largo al de los beneficios en pocos meses.
Jr. no se amedrentó por ello, y solía emplear su templanza, y hasta su sentido del humor, riéndose de los alarmantes estados de cuentas que le presentaban sus subordinados. “¡Parecéis viejas asustadizas! Nada, nada que no pueda arreglar otro crédito”, solía esgrimir. Después, se dedicaba a comprar toda novedad tecnológica con la que poder introducir mejoras en la empresa, principalmente en su despacho y en su garaje y en los de sus asesores. Tampoco se olvidaba de nosotros, sus empleados de base, y siempre que podía organizaba una reunión en el almacén para pedirnos que nos implicáramos en el proyecto: mucho esfuerzo y moderación salarial. “Esta apuesta requiere ciertos sacrificios, pero saldremos adelante y os recompensaremos”, nos decía con su impecable sonrisa.
Y, sí, nos esforzamos tanto que después de una dura campaña nos quisieron recompensar y de esta manera fue como descubrimos que Jessica, pese a las apariencias, era una joven generosa y pulcra. Porque cuando su suegra, doña Rosaura, le propuso invitarnos a pasar un domingo en su chalet, y disfrutar de una barbacoa y su piscina, Antonio le oyó contestarle: “bueno, está bien, pero después tendremos que vaciar la piscina y mandar a desinfectarla, ¿no?”. No, estas no eran las únicas virtudes que adornaban a Jessica. Ella era tan trabajadora como la que más, se empleaba a fondo, con tanto ardor y empuje que se pasaba horas encerrada en el despacho del atractivo Director de Marketing.
Había cosas que comenzaban a pesar en la cabeza de Jr., después de un tiempo las ventas seguían descendiendo, y a él ya no le quedaba dinero para gastar, ni crédito en los bancos, ni buen nombre en el mundillo empresarial y se vio obligado a empezar a vender sus propiedades para intentar reflotar la empresa. Curiosamente, a medida que su patrimonio disminuía también lo hacía, proporcionalmente, el amor que Jessica sentía por él hasta que se evaporó, haciéndola desaparecer.
Pocos días después estrenamos la monumental Sala de Juntas, que Jr. había diseñado con esmero para lanzar la empresa al estrellato. Éste había reservado su inauguración para una ocasión importante. Al entrar, doña Rosaura nos recibía en la puerta y nos ofrecía una carta, uno por uno. Amablemente nos indicó que nos sentáramos para escuchar a su hijo. Jr., con el rostro compungido, nos presentó el balance de cuentas, quiero decir que el número de acreedores era tan extraordinario…Que él había estado dando largas al asunto, pero ya no esperaban más para cobrar, así que tenía una orden de embargo y lamentaba enormemente tener que cerrar la empresa y despedirnos. Paco estalló en llanto. Y Antonio que era una persona muy considerada y siempre tenía una palabra de aliento, se acercó a consolarlo: “Ves, pelota. Pero no te preocupes. Tú tienes a tu mujer en casa y dos manos para trabajar, no como el inútil este”.
Quién nos lo iba a decir el día del funeral de don Joaquín Torralba. Siempre habíamos oído decir que de una boda salía otra boda, en esta ocasión de un funeral salió otro funeral, el de su empresa.
–¿Qué pasa? –le pregunté a mi compañero de oficina, Antonio, después de que colgara el teléfono.
–Nada, que el tirano del dueño ya estiró la pata.
De esta grácil manera fue como me enteré de que don Joaquín Torralba había abandonado el mundo de los vivos, sin poder disfrutar de la cena que pensaba ofrecer a proveedores, clientes y empleados, por primera vez en su vida y sin que sirviera de precedente. En pocos días iba a celebrar por todo lo alto el veinticinco aniversario de la fundación de su empresa.
Una empresa líder en su sector, en su región, y tercera en todo el país. Una empresa que había creado desde la nada a fuerza de trabajo, sudor y mucha austeridad, junto a su esposa Rosaura. Una empresa que era su vida, su orgullo, y que pensaba dejar en manos de alguien de su entera confianza, su único hijo, Joaquín Júnior, Jr. para los empleados.
Como suele suceder en esta clase de lances, dedicamos el resto del día a recabar información del suceso e intercambiar pareceres sobre su vida y su obra para homenajearlo: “Esto se veía venir, fumaba como un condenado…”. “Sí, es cierto. Y el muy avaro se fumaba hasta la boquilla”. “Sí, era muy ahorrador. Por ahorrar, ahorraba hasta en palabras”. “Y nunca se cogió unas vacaciones”. “Sí, y bien que nos reprochaba que nosotros sí las hiciéramos”. “Y encima pagadas. Eso sí que lo enfermaba”. “Y lo que teníamos que batallar con él cada subida salarial, ¿qué?”. “Se creía que iba a ser eterno. Pues, ya ves…”. “¡Ay!, no somos nadie”.
Después de pasar toda la mañana haciendo un recordatorio en su honor, nos organizamos distribuyendo las plazas disponibles en los coches que algunos compañeros ponían a disposición del resto para ir al funeral, al día siguiente. Tarea nada fácil, pues éramos más de cien personas, y eso nos llevó toda la tarde.
A la mañana siguiente, bien temprano, nos presentamos todos los trabajadores de la empresa en el tanatorio. El portero nos condujo a la sala del final del pasillo. Sus dimensiones y el lujo que la adornaba nos enmudecieron. Todo en mármol gris, sillones de terciopelo negro, con más centros de flores que en una boda real y amenizada con una exquisita música clásica. Parecíamos tontos, tan callados, sin saber cómo romper el hielo con los presentes. Menos mal que Antonio es de esos que siempre tienen un comentario apropiado para cada ocasión: “¡Así da gusto morirse!”. Unos señores muy trajeados lo miraron raro, hay gente demasiado estirada por ahí.
No habíamos salido de nuestro asombro cuando vino a recibirnos la sra. Rosaura, serena, sobria y sencilla, como siempre. La peluquería era un terreno inexplorado por ella y jamás daba por perdidos un par de zapatos antes de que el quinto agujero hiciera acto de presencia. Algunos comentaban que no era por cosas de la economía, sino porque le gustaba tener los pies bien ventilados. Por lo visto sufría un problema de exceso de transpiración.
Nos saludó besándonos, uno por uno, y agradeció amablemente nuestra presencia allí. Después de las preguntas y palabras de consuelo de rigor, le indicamos que era nuestro deseo darle el último adiós a don Joaquín Torralba, por lo que queríamos pasar, en pequeños grupos, a la sala contigua donde se encontraba el féretro. Doña Rosaura nos indicó con dulzura que, puesto que la sala era reducida y estaba llena de autoridades, abogados, empresarios y lo mejor de cada casa de la ciudad, lo adecuado sería que esperáramos fuera, en la calle. ¡En pleno invierno!
Antes de seguir sus cordiales indicaciones no pude por menos que asomar mi cabeza en aquella sala. Un irrefrenable deseo se había apoderado de mí, y no, pese a lo que dijeron después las malas lenguas, no fue por curiosidad, sino una profunda preocupación al oír unos desgarradores lamentos desde el interior. Era Paco, nuestro jefe, el encargado del almacén, tenía la cara arrasada en lágrimas y lloraba amargamente mientras el Alcalde de la ciudad trataba de consolarlo creyendo que era el hijo del occiso. Y no fue el único en confundirse. Claro, como Jr. permanecía templado, sin echar una lágrima, sentado en un rincón, quizá porque se sentía reconfortado ante las últimas palabras que le dedicó a su padre: “No te preocupes, papá. Yo continuaré tu labor y llevaré a esta empresa a ser la número uno del país”. Quizá porque estaba acompañado de su flamante esposa, Jessica, que le infundía ánimos y le subía la moral. Algunos decían que eso de subir y subir no era nada nuevo para ella, y que la escalada era el deporte donde destacaba, gracias a sus afiladas uñas. Antonio, también muy preocupado, se había asomado detrás de mí y me agarró del brazo haciéndome un gesto con el que me indicaba que debíamos irnos.
Una vez que estuvimos en nuestro lugar, la calle, los compañeros nos envolvieron interesándose por lo que había ocurrido dentro y nos hicieron las preguntas más corrientes en estos eventos: que si a don Joaquín Torralba lo habían dejado guapo o parecía un muñeco de madera… que si Jessica llevaba los morros de rojo pasión, como era su costumbre… que si el hijo lloraba mucho, o poco… Llegados a este punto Antonio, pidió un poco de calma y saber estar dado el acontecimiento. Pero, a los pocos minutos, viendo nuestro desanimo, decidió deleitarnos con sus dotes artísticas regalándonos una magistral imitación de Paco y sus lloros, para hacer más corta la espera. Esto hizo caer en la cuenta a los compañeros que Paco era un privilegiado y podía permanecer dentro, calentito y codeándose con lo mejor de la ciudad. Pero Antonio les explicó que, sí, lo habían dejado estar con ellos, porque todo funeral de postín debe tener sus plañideras y a éste ya lo tenían en nómina. Al parecer, las carcajadas con las que habíamos premiado la actuación de Antonio se escuchaban en el interior y dos guardias de seguridad se acercaron. Nos dijeron que la Sra. Rosaura agradecería que nos retiráramos un poco más allá de la puerta. Nosotros, dada las circunstancias, la complacimos con gusto, con tanto que cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos montándonos en los coches para regresar a nuestro sitio.
Un mes después, Jr., completamente implicado en la palabra dada a su padre, que convertiría la empresa que él había creado en la número uno, estaba dispuesto a demostrar a todo el mundo de lo que era capaz. Desde luego, capacitación no le faltaba, pues se había graduado en dos carreras: derecho e ingeniería. Y fue capaz de pedir créditos bancarios en más de veinte entidades, aprovechando el buen nombre que había heredado de su padre. Y ese dinero, fue capaz de invertirlo en comprar la nave industrial más grande de toda la comarca para convertirla en su sede central. Y capaz fue de contratar a todo un nutrido grupo de asesores y ejecutivos. Y fue capaz de preocuparse sobremanera de que éstos pudieran hacer su trabajo a gusto, y agasajar a los potenciales clientes, que en pocas ocasiones concretaban el negocio. De modo que los gastos de representación de la empresa eclipsaron de largo al de los beneficios en pocos meses.
Jr. no se amedrentó por ello, y solía emplear su templanza, y hasta su sentido del humor, riéndose de los alarmantes estados de cuentas que le presentaban sus subordinados. “¡Parecéis viejas asustadizas! Nada, nada que no pueda arreglar otro crédito”, solía esgrimir. Después, se dedicaba a comprar toda novedad tecnológica con la que poder introducir mejoras en la empresa, principalmente en su despacho y en su garaje y en los de sus asesores. Tampoco se olvidaba de nosotros, sus empleados de base, y siempre que podía organizaba una reunión en el almacén para pedirnos que nos implicáramos en el proyecto: mucho esfuerzo y moderación salarial. “Esta apuesta requiere ciertos sacrificios, pero saldremos adelante y os recompensaremos”, nos decía con su impecable sonrisa.
Y, sí, nos esforzamos tanto que después de una dura campaña nos quisieron recompensar y de esta manera fue como descubrimos que Jessica, pese a las apariencias, era una joven generosa y pulcra. Porque cuando su suegra, doña Rosaura, le propuso invitarnos a pasar un domingo en su chalet, y disfrutar de una barbacoa y su piscina, Antonio le oyó contestarle: “bueno, está bien, pero después tendremos que vaciar la piscina y mandar a desinfectarla, ¿no?”. No, estas no eran las únicas virtudes que adornaban a Jessica. Ella era tan trabajadora como la que más, se empleaba a fondo, con tanto ardor y empuje que se pasaba horas encerrada en el despacho del atractivo Director de Marketing.
Había cosas que comenzaban a pesar en la cabeza de Jr., después de un tiempo las ventas seguían descendiendo, y a él ya no le quedaba dinero para gastar, ni crédito en los bancos, ni buen nombre en el mundillo empresarial y se vio obligado a empezar a vender sus propiedades para intentar reflotar la empresa. Curiosamente, a medida que su patrimonio disminuía también lo hacía, proporcionalmente, el amor que Jessica sentía por él hasta que se evaporó, haciéndola desaparecer.
Pocos días después estrenamos la monumental Sala de Juntas, que Jr. había diseñado con esmero para lanzar la empresa al estrellato. Éste había reservado su inauguración para una ocasión importante. Al entrar, doña Rosaura nos recibía en la puerta y nos ofrecía una carta, uno por uno. Amablemente nos indicó que nos sentáramos para escuchar a su hijo. Jr., con el rostro compungido, nos presentó el balance de cuentas, quiero decir que el número de acreedores era tan extraordinario…Que él había estado dando largas al asunto, pero ya no esperaban más para cobrar, así que tenía una orden de embargo y lamentaba enormemente tener que cerrar la empresa y despedirnos. Paco estalló en llanto. Y Antonio que era una persona muy considerada y siempre tenía una palabra de aliento, se acercó a consolarlo: “Ves, pelota. Pero no te preocupes. Tú tienes a tu mujer en casa y dos manos para trabajar, no como el inútil este”.
Quién nos lo iba a decir el día del funeral de don Joaquín Torralba. Siempre habíamos oído decir que de una boda salía otra boda, en esta ocasión de un funeral salió otro funeral, el de su empresa.
Hola Margarita, tu cuento es reflejo de lo que sucede cuando se heredan ienes que no se han ganado a pulso. Me gustaron los detalles de fina ironía, y el humor ácido que imprimiste al relato, lo hiciste ameno y fácil de leer, sin que por ello no haya dejado una moraleja.
ResponderSuprimirTe felicito, tu blog es muy bonito,
Cariños,
Blanca
¡Blanca, bienvenida! Un gusto verte por aquí. Pues es cierto, son personajes muy identificables, de estos tenemos en todas partes, je, je. Ay, la ironía y el humor ácido, yo creo que nací con ella, y te confieso que en ocasiones me preocupa, porque se me escapa, como si la controlara un duendecillo malévolo y en los peores momentos.
ResponderSuprimirEn serio, a veces te quedas pensando si puedes molestar a alguien (cosa que no me gustaría), esto del humor y la ironía no a todo el mundo le gusta. Creo que es mi forma de expresar el espíritu crítico :). Así que me alegro mucho que te haya gustado y también el blog.
Ya sabes, cuándo quieras, ésta es tu casa.
Un besote,
Margarita
Un buen final!
ResponderSuprimirTodo un universo de ofinas condensado en un rápido relato. Enhorabuena!
Hola, Vitolink. Tu visita ha sido un regalo para mi moral, como un día de Reyes Magos, en agosto. Me alegro que te gustase este relatillo, hasta el final. Gracias por pasarte.
ResponderSuprimirNos iremos viendo.
Un abrazo,
Margarita
Hola, Margarita: un cuento que muestra cómo se puede retratar un drama desde el sarcasmo y un humor -no negro- sino logradísimo a tono con la historia; no exento de gracejo y ese toque burlón o ... casi te diría bufonesco, que lo distingue y es apreciado por parte del lector.
ResponderSuprimirEsa mano tuya, amiga, ha sabido exhibir destreza para mostrar lo peor de cada personaje, sin caer en el melodrama ni en el extremo del humor esperable.
Ha sido un placer volver a leerte.
Te mando un abrazo.
Bueno, bueno... parece que obtuvieron dos funerales por el precio de uno. ¡No cualquiera consigue una ganga de esta naturaleza!
ResponderSuprimirHumor ácido, Margarita, ácido, pero sin entrar en el exceso. Un retrato de tantas situaciones similares, que terminan dejando en la calle a un montón de gente que, sin tener responsabilidad alguna, es la que sufre los despropósitos del “heredero”.
El tal don Joaquín fue un hombre con visión de futuro, y ahorrativo. ¿Ahorrativo? ¡Avaro, amarrete! ¡Ni siquiera era capaz de publicitar su empresa con una cena anual! Porque, vaya, si ésta es la primera vez.... y sin que sirva de precedente para años subsiguientes... jejejeje. Es de estos empresarios capaces de obligar a sus empleados a subir y bajar diez pisos por escalera todos los días, bajo la excusa de “así se mejora la salud”, con tal de no pagar el service del ascensor.
La descripción de la sala mortuoria, Paco, Jr., Jessica... las amables indicaciones de la viuda... es mi parte favorita. El contraste entre el lujo de la sala y la pobreza franciscana que uno imagina en la empresa; el contraste entre los pobres empleados, echados afuera, al frío, y las autoridades vecinales y los personajes importantes. Paco, que llora desconsoladamente, mientras el hijo piensa en su brillante futuro en la empresa. Y Jessica, ¡ah, Jessica! Jejejeje... me encantó ese personaje. ¡Su marido se la tiene bien merecida!
El final me encantó, con esa Sala de Juntas que termina siendo inaugurada con el anuncio del cierre de la empresa y del despido de todos. Una idea realmente muy buena, Margarita.
¡Ojalá supiera escribir cuentos como éste!
Un abrazo grande,
Esther
Turke, bueno, qué te digo…tú siempre me ves con buenos ojos, amiga.
ResponderSuprimir¿Destreza? Ahora se le dice así…jajajaja, mirar con un poquillo de mala leche, creo. Claro, si pongo todas las cualidades buenas de los personajes, pues no creo que tuviera el mismo resultado. Aunque todos tenemos luces y sombras, ninguno somos perfectos. Así que te pareció equilibrado, sin caer en ningún extremo, pues para una libra eso no es nada fácil, déjame decirte. Me alegro que lo pienses, siempre me preocupa pasarme o quedarme corta.
El placer es tu visita, siempre me pones una inyección de animo :)
Besos,
Margarita
Esther, qué alegría verte. Soplaron vientos de tango por este cuentito. Claro, dos por uno, recuerda que eran ahorrativos, hasta para eso. Ah, que bien, a ti también te pareció que no me pasé…umm, esto de tomar los funerales a guasa…me preocupaba pasarme de largo o quedarme corta, así que agradezco vuestros comentarios en este sentido.
ResponderSuprimirDescribiste muy bien a don Joaquín, espero que no te tocara en suerte ningún ejemplar de jefe como este. Bueno, subir pisos va bien para la salud, ¿no?
Vaya que te quedas con la parte más “heave” del cuento. Esto me hace pensar que a la próxima igual subo algún grado y a ver qué pasa. Jessica, sí, es la mujer ideal para caer en una familia como esa, no sólo el marido, se la merecen toditos. Tanto ahorrar para que llegue Jessica…
Ah, por favor, tú escribes cuentos así y mejores que éste. Anda, anda…
Un beso,
Margarita