
Constanza Salvatierra conocía poco acerca de aquel lugar, sólo lo que su difunto padre, Pelayo, solía contarle en las tardes de verano a la hora de la siesta, mientras los dos descansaban tumbados bajo un viejo sauce. Le gustaba evocar los días felices de su infancia, las noches de parranda en su juventud, pero siempre mudaba la expresión al recordar la forma abrupta con la que abandonó su casa. Pelayo discutía constantemente con su padre, Don Rodrigo, pues el viejo hacendado nunca aceptó a la esposa de su hijo. Levantaron una muralla que no supieron franquear con el nacimiento de la nieta, ni a la muerte de la madre de la pequeña, dos años después. Ambos siguieron ahogándose en su orgullo.
A Don Rodrigo la vida le había golpeado duramente al conocer la muerte de su único hijo. Lejos estaba de ser el arrogante aristócrata de antaño, ahora sólo era un abuelo anhelante por cuidar de su nieta. Quizá por ello, no esperó a que Constanza entrara y fuera anunciada por el mayordomo, como hubiera hecho en otro tiempo mientras esperaba sentado detrás del escritorio, sino que recorrió con agilidad la distancia entre ellos sin acordarse de los achaques de la edad. El corazón le había ganado y se abrazó a su nieta con una emoción intensa, alimentada por los años perdidos.
A la joven no le costó adaptarse al nuevo hogar; su abuelo la colmaba de afecto, la instruía en el manejo de la intendencia de la villa y delegaba responsabilidades en ella. Esa noche Don Rodrigo celebraba una cena en honor de su nieta para presentarla a sus vecinos. Constanza lucía radiante, sus ojos chispeaban y de su boca no se borró la sonrisa en toda la velada. Se desenvolvía con destreza como anfitriona conversando con los invitados, especialmente con uno que absorbía casi toda su atención, Don Diego de Arce, conde de Benasalem, cuyas tierras eran colindantes con las de su abuelo. Había despertado su ternura, pues parecía estar revestido de tristeza. Él se quedó prendado de su hermosura, alegría y la cálida luz que irradiaba, reconfortando su alma gélida. El viejo Salvatierra se alarmó al advertirlo, poseía la suficiente experiencia de la vida para reconocer la atracción que sentían los dos jóvenes, y lo que menos deseaba era ver cerca de su nieta al conde de Benasalem.
Cuando los invitados se hubieron marchado, Rodrigo se sentó al lado de su nieta. Le tomó una mano y se la acarició con cariño mientras, pinchado por su inquietud, le contaba los lances de tan aciago linaje. Infamia y sangre eran los blasones del conde de Benasalem. Desde su infancia había sido cebado por los rencores. Venganzas entre familias que se perdían en los tiempos le llevaron a apropiarse de terrenos mediante extorsiones y crímenes que nunca podían ser probados, ya que contaba con importantes influencias, pues estaba emparentado al monarca. Todos le temían. Constanza no podía dar crédito a lo que le estaba contando su abuelo; ella había sentido su tristeza, su fondo noble. Quizá fueran exageraciones de los lugareños, envidiosos de su fortuna y sus habilidades para negociar. Intentó tranquilizar al anciano, prometiéndole que nunca se vería con Diego, si bien los latidos de su corazón le presagiaban lo contrario.
Aquella mañana de primavera el sol brillaba en un cielo despejado. Constanza salió a montar, según era su costumbre. Le gustaba sentir la caricia de los rayos en la piel, el viento en el rostro, y el olor de la hierba; cabalgar le hacía encontrarse en comunión con la vida y la naturaleza. Siempre se dirigía al mismo lugar, un paseo escoltado por cerezos en flor a ambos lados, tocando el límite de la villa. Descabalgó y acercándose a un árbol tomó una de sus flores rosas.
“No las envidies. Tú eres más hermosa que ellas”, escuchó a aquella irresistible voz varonil. Constanza se giró y sonrió al galante jinete que estaba desmontando de su corcel. A Diego le embelesaba verla enmarcada entre los cerezos, vestida de terciopelo rubí. La melena suelta, oscura y lacia, le confería un aire salvaje que le arrebataba los sentidos. Gozar de su amada era un sueño que vivía en secreto desde hacía seis meses y del que esperaba no despertar jamás. La envolvió fuertemente con sus brazos por el talle y bebió de su apacible mirada hasta que se hubo saciado. Luego la recostó contra el tronco de un cerezo e incitado por el generoso escote comenzó a acariciarlo con el dorso de la mano, que fue subiendo sin prisa por su largo cuello hasta llegar a su boca. Observaba complacido cómo la respiración de Constanza se tornaba más agitada. Ella le besó en los dedos, y él besó su boca con ardor iniciando una coreografía conocida y anhelada por ambos.
La joven entró en la casa como una exhalación, radiante y con las mejillas arreboladas. Don Rodrigo la esperaba impaciente; al verla llegar suspiró aliviado y la hizo pasar a la biblioteca. Aquella madrugada los miembros varones de los Ródenas habían sido aniquilados, incluido el benjamín que contaba doce años; seis personas en total. Todos sabían quién estaba detrás, el conde de Benasalem ayudado por sus esbirros; hacía años que codiciaba esas tierras. A Constanza le cayó el mundo encima. La biblioteca parecía girar alrededor de ella mientras la voz de su abuelo se hacía lejana. Rodrigo se dirigió frente a su nieta y la sacudió por los hombros, sacándola de su turbación. Preocupado por los posibles disturbios, le hizo prometer que no saldría de la hacienda hasta que las cosas se hubieran calmado.
Pasó la noche en vela, envuelta en las tinieblas de sus pensamientos. “Te regalaré la villa de los Ródenas. Toda la comarca será tuya cuando seas mi esposa”, las palabras dichas semanas antes por Diego con desenfado, y que ella tomaba como fanfarronadas, ahora le helaban el alma. Recordó los zarpazos repartidos por su piel, que esa misma mañana había besado con devoción creyendo que eran heridas provocadas por un animal salvaje, sin sospechar que la alimaña era él. Las lágrimas corrían por sus mejillas hasta llegar a su boca y ella probó el sabor salado de aquellas fuentes inagotables. Lo único que la confortaba era saber que su abuelo desconocía su relación. La joven se dirigió a la alcoba de aquél, entreabrió la puerta y se preguntó cuánto tiempo podría verlo dormir plácidamente. Estaba segura de que al no acudir a sus citas secretas, Diego vendría a buscarla. Allí mismo tomó una resolución.
Al alba entró en la biblioteca y dejó una carta en la que le revelaba a su abuelo todo lo acontecido, y la firme decisión que había tomado. Cruzó el jardín y antes de partir echó una mirada al castillo del conde de Benasalem, observando que las brumas lo sitiaban y las aves volaban bajo. Se apresuró antes de que comenzara la tormenta. Sus pasos se encaminaron hasta el convento de Santa Clara, donde ingresó Constanza Salvatierra para convertirse en la hermana María.
“¡Al diablo con ella! ¡Olvídala! ¡No la necesitas! ¡Nunca has necesitado a nadie!”, fue la letanía que bramó durante semanas el conde de Benasalem, cuando alcanzaba la embriaguez.
Meses después, en el convento de Santa Clara, Sor María trabajaba en el huerto bajo un fuerte sol. Se detuvo para reposar y enjugarse el sudor. Después miró sus encallecidas manos recordando cómo había sido su existencia desde que vivía entre muros. Unas lágrimas se deslizaron por su rostro al pensar en su larga melena, ésa que Diego adoraba y que no volvería a acariciarle jamás: siguiendo las normas de su congregación se la cortaron el mismo día de su llegada. Rememoró la forma en la que pasó de los lujosos vestidos de seda de Damasco al austero hábito de grueso algodón. Atrás había quedado la vida mundana intentando alcanzar algo de paz; plegarias, ayunos y trabajo eran su día a día. Aún así le era imposible desprenderse del amor por el conde, que en la distancia le abrasaba.
El único evento destacable en ese tiempo fue la construcción de una extraña torre, frente al patio del convento. Las hermanas se divertían haciendo cábalas sobre la finalidad que tendría, ¡en pleno campo! Guiada por estos pensamientos levantó el rostro en aquella dirección, y, allí, en la ventana de la torre, estaba el conde de Benasalem. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Diego la contemplaba hondamente, su alma voló transportada por el viento hasta encontrarse con la de aquella clarisa. Sus miradas quedaron suspendidas en el tiempo. Constanza anhelaba salir corriendo a su encuentro, volver a sentirse entre sus brazos, codiciaba sus caricias, besarlo, pero, asustada ante sus propios sentimientos, dio media vuelta y se dirigió hacia el claustro. El conde, fuera de sí, gritó: “¡Constanza! ¡¿Qué te has hecho?! ¡¿Qué nos has hecho?! ¡Nos has condenado a la infelicidad!”. Diego se derrumbó sobre el alféizar de la ventana. Acudió todos los días, pasando horas en aquella torre mandada construir para poder ver a su amada, con la esperanza de calmar su atormentado espíritu.
Transcurrieron dos meses de martirio. Esa noche, Sor María estaba reclinada al pie de su camastro rezando como todos los días, pidiendo perdón porque Constanza ambicionaba escaparse y permanecer unida a Diego. Voces en el pasillo y golpes de puertas violentadas la sacaron de su recogimiento. Apenas le dio tiempo de incorporarse cuando el conde irrumpió en su celda. Al verlo, el ritmo de su corazón se aceleró.
El escándalo hizo que algunas hermanas se congregaran junto a la puerta. En la atmósfera reinaban miradas de asombro, acompañadas por cuchicheos causados por el estupor. Dos monjas entraron en la celda y trataron de sacar al conde. No existía fuerza humana capaz de hacerle desistir de su empeño y llegó frente a Constanza. Sus ojos preñados de deseo revelaban su propósito, pero la delgadez de ella, su rostro pálido y ojeroso se le clavaron como flechas incandescentes. Acarició su mejilla haciendo que la joven se estremeciera y cerrara los ojos. El olor de su piel la transportó al dulce aroma de los cerezos en flor. Aturdida apartó con un gesto brusco la mano que le quemaba, sintiendo una presión en el pecho que no la dejaba respirar.
Constanza se desmayó a sus pies. Diego hizo ademán de recogerla, pero se quedó paralizado. La clarisa, todavía inconsciente, empezó a elevarse, como si alguien la estirara de los hombros. Algunas hermanas se arrodillaron. Cuando Sor María llegó a la altura del conde levantó la cabeza y clavándole la mirada, habló: “Diego, esta noche vas a morir. Vagarás cabalgando a lomos de tu caballo para pagar tus pecados. A mi muerte yo te vigilaré desde arriba, y algunas veces te acompañaré para ayudarte a purgar tus crímenes”. La monja se desplomó. El conde de Benasalem, con el horror dibujado en su cara, huyó despavorido como si le persiguiera el diablo.
Varias noches después, Sor María se despertó, sobresaltada, al oír el galope y el relinchar de un caballo. Cada vez lo oía más cerca y se levantó para comprobar quién andaba rondando el convento. Asustada, fue hacia la ventana y la abrió. Miraba en todas las direcciones, asida a las rejas, pero en la densa oscuridad no distinguía nada. De pronto percibió que el caballo pasaba frente a ella, deteniéndose un instante. Advertía una presencia mirándola, y un intenso frío la estremeció, atravesando su espinazo. Aguzando la vista pudo distinguir un ligero vaho, pero el jinete emprendió la huida, dejando sólo visible una columna de polvo bañada por la luna. Regresó a su camastro, pero no pudo conciliar el sueño en toda la noche.
A la mañana siguiente, la joven clarisa se dirigía a hacer sus labores, caminando por el claustro, cuando algo llamó su atención en el patio. Un corrillo de monjas discutían haciendo aspavientos. Intrigada, corrió hasta ellas y les preguntó qué pasaba. Una hermana le señaló el objeto de la disputa y ella se quedó sobrecogida al comprender. Había oído decir que el amor siempre se abre paso, pero nunca creyó que lo hiciera desde más allá de la muerte. En la fachada de la torre contempló incrustadas las huellas de unas herraduras que llegaban hasta la ventana, y al lado de ésta, emergía un corazón de piedra.
Cuenta la leyenda que en las largas y frías noches de invierno se puede ver el espectro del conde cabalgando al galope hasta la torre, dejando un fuerte olor a azufre a su paso.
felicidades por tu relato
ResponderSuprimirabrazos
Margarita:
ResponderSuprimirConfieso que mientras leía, se me puso la piel de gallina. Encontré un relato bellísimo acerca de la historia de un amor tórrido y oscuro, que ha vencido al averno para encontrar otro infierno: el de la separación de los amantes.
Me encanta -de todo encantamiento- lo de las brumas que sitiaban el castillo y las aves que volaban bajo. Y esa imagen, la de una columna de polvo bañada por la luna. Ahhh... Esta tiene tu sello. ¡¡Ainsss!!, como dicen ustedes. ¡¡Qué bien se te da el terror amoroso!!
La parte de la levitación, desde la torre hasta el final, está logradísima. ¡Qué se me han puesto los pelos de punta!
Ha sido un placer leerte.
Enhorabuena, amigota.
Un besote.
Hola, Jorge. Gracias por pasarte por mi blog y dejar comentario. Me alegro que te gustase.
ResponderSuprimirUn abrazo,
Margarita
Querida Turkesa, qué bueno verte por aquí. Me alegro que se te pusiera la piel de gallina, je, je. Esta historia está basada en una leyenda real, apenas se conocen unas pinceladas, pero fueron suficientes para que me fascinara y me quedara con las ganas de profundizar más en ella; cosa que, como sabes, me costó mucho. Una vez superado eso…te confieso que algún día me gustaría hacer algo más largo con esta historia. Vamos, unas cuantas hojas más…
ResponderSuprimirEstás en lo cierto, no creo que pueda haber peor averno para unos enamorados que la separación, independientemente de los motivos. Que te gustaran esas imágenes…a mí me llena de satisfacción. ¿Mi sello? Ah, pero yo tengo de eso… che! :). El terror amoroso…je, je, pues me gusta mucho esa definición. Bueno, es unir dos de las cosas que más me gustan, el romanticismo y el misterio y el terror.
Esa parte final fue la que me costó más, por ciertos contratiempos tuve prisa en acabarla. Y gracias a las observaciones de ciertas amigas, lo reescribí siguiendo sus consejos y quedó bastante mejor.
Gracias por todo Turke, y me dio mucho gusto verte por aquí.
Besos, muchos,
Margarita
Muy buenas. He tropezado con tu blog siguiendo un tortuoso camino de enlaces y blogs que sería incapaz de repetir, asi que me he tomado la libertad de grabarlo en favoritos. Y lo grabo despues de leer este relato. Me ha gustado y me ha entretenido. Te felicito. Esa es mi primera impresión y para mi, es la que cuenta. Yo escribo teatro y cuando el telón se cierra sólo hay quince segundos para aplaudir o no. Segundas impresiones para los criticos.
ResponderSuprimirLo dicho, seguire leyendote.
Salud y Suerte.
Muy bueno, con tu permiso voy a llevarlo a mi blog y así difundirlo, me ha encantado.
ResponderSuprimirUn abrazo.
Hola, Miguel. Me alegro que te haya gustado este relato. Y también que encontraras mi blog, así tendré la oportunidad de pasarme por el tuyo a ver eso que cuentas de que escribes teatro; parece muy interesante.
ResponderSuprimirSiempre que quieras pasearte por aquí, serás bienvenido. Gracias por el comentario.
Un abrazo,
Margarita
Hola Triana, me alegro que te gustase como para ponerlo en tu blog. Sólo que se te pasó dejar el enlace. Me gustaría hacer una visita al tuyo, para verlo.
ResponderSuprimirUn abrazo,
Margarita
Buen relato. Bien narrado y bien ambientado. Una observación con la mejor voluntad: tal vez deberías haber puesto alguna ilustración, ya sabes que leer en pantalla se hace más difícil que en un libro, una pausa no hubiera ido mal. Por lo demás, enhorabuena.
ResponderSuprimirUna historia de amor como “las de antes”... de leyenda, verdaderamente. Ella, que regresa a la casa solariega de su familia —a la que no había conocido, antes—, a reencontrarse con su abuelo, sin pensar que la frase: “esas tierras están en el límite del mal” serían proféticas para su vida. El amor que todo lo barre, hasta ese día aciago en el que supo verdades que se negaba a sí misma. ¡Uff! Qué cosa dolorosa... recordar un encuentro de amor, y encontrarse con el recuerdo pervertido por verdades que cambian totalmente lo que ella vivió (lo que creyó vivir).
ResponderSuprimirSin embargo, en esta o en la otra vida, por amor o castigo, ambos quedan unidos indisolublemente, monja y guerrero, clarisa y fantasma. El símbolo está en esa torre ... ¡ah, qué cosa impactante! La torre... construir una torre sólo para mirar a la mujer amada, y la mirada de él a través del espacio, llegando hasta ella, ella sabiendo que él está allí, del otro lado del aire que los separa, en la ventana... Y también en el caballo, galopando en la oscuridad, fantasma entre fantasmas... “dejando sólo visible una columna de polvo bañada por la luna.”
(preciosa línea)
Un hermoso cuento, Margarita, y que has pulido y dejado brillante, brillante. Un placer volver a leerlo, por cierto.
Besos,
Esther
PD: la foto... magnífica para este cuento.
Hola, Felipe. Disculpa la tardanza en contestarte. Normalmente me gusta la sobriedad, pero en este caso tienes razón, es algo largo para un blog. Ya he añadido unas ilustraciones que estuve sopesando poner en el encabezamiento y al final me decidí por los cerezos. Ahora tienen su sitio, también.
ResponderSuprimirMe alegro mucho que te haya gustado. Se agradece tu visita y tu opinión.
Un beso,
Margarita
Esther, pues sí, a la antigua, de esos amores para siempre. Me encantan las leyendas. Claro, cómo iba a imaginar esta jovencita inocente que va a vivir con su abuelo, que lo que le decía el cochero se convertiría en profético. Lo normal es pensar que son supersticiones de los pueblerinos. Tiene que ser terrible, sí, venir toda en una nube, después de tener un encuentro con tu amado y ver que éste es un asesino. Una pesadilla.
ResponderSuprimirAh, lo de la torre parece que gustó y me alegro. Es uno de los detalles que más me gustaron y también de los que más me costaron, intentar reflejar qué debían sentir esos dos amantes torre en medio. Es otro de los momentos dolorosos del cuento. Me alegro que te guste esa línea, es una imagen desoladora, uff, está ahí, observándola ya fantasma, pero ella solo puede percibirlo, y sólo ve esa columna de polvo…
Ah, bueno, si está pulida es gracias a las observaciones y correcciones de los compañeros, entre ellos, tú; como siempre estás ahí al pie del cañón, amiga. Esther, tengo que agradecerte mucho todo lo que he aprendido de ti.
Besos,
Margarita