sábado, 11 de octubre de 2008

Un bibliógrafo en la familia


Cuando alcancé el último peldaño, mis piernas flaquearon. Mis padres vivían en el ático de un edificio antiguo y sin ascensor. Descansé tratando de recobrar el aliento antes de tocar al timbre. Al otro lado de la puerta me esperaba una madre hambrienta de cariño, capaz de acabar con el poco resuello que me quedase. Aquella puerta me devolvía sentimientos encontrados: ganas de entrar, y, más, de salir.

Me armé de valor y llamé. Antes de que me diera cuenta tenía colgada a mi madre del cuello, que me llenaba de besos sonoros toda la cara a la vez que me hacía multitud de reproches por aparecer sólo en Navidad. Primer asalto: la ineludible cuestión de mi falta de novio. Cómo le explicas a tu madre que jamás se cruzó en tu camino el ansiado príncipe azul, sino sólo algún que otro sapo.

–Nena, se te va a pasar el arroz. ¡Uy! ¡El arroz! ¡Ven a la cocina!

Arroz con leche era el tradicional postre navideño en mi casa. Sí, este postre es más propio de Semana Santa, pero, digamos que mi madre es original. Nada de arbolito, guirnaldas y bolas de purpurina; nada de belenes; nada de turrones y mazapanes; nada de pavo…Nada de nada. Aún así quise congraciarme con ella.

–¡Tiene una pinta deliciosa!

–¡¿Tú también vas a comerlo?!

Giré la cabeza y la encontré mirándome por el rabillo del ojo. Le contesté con otra pregunta.

–¿Por?

–Cielo… ¡Es que se te está poniendo un trasero enorme! Así no habrá manera de que te cases nunca ni me llenes la casa de nietos.

Segundo asalto perdido, en cinco minutos me había hundido en la miseria. Era imposible lidiar con ella. Decidí entrar al despacho a saludar a mi padre.

Mi padre repartía su tiempo de ocio entre el despacho, donde cultivaba su desmedida afición por los libros, y los mercadillos de ocasión, adquiriendo sorprendentes gangas literarias con las que repoblaba las estanterías que ocupaban totalmente las paredes de su rincón favorito.

–Hola. ¿Otra vez por aquí?

Fue todo lo que dijo mientras depositaba sobre el escritorio un ejemplar de “Cien años de sobriedad”, que estaba estudiando. También cerró el cuadernillo negro en el que hacía sus anotaciones. No hubo besos. Siempre pensando en cómo economizar, debía estar convencido de que su esposa ya había hecho suficiente dispendio. A veces estaba persuadida de que mi progenitor, en una vida anterior, había conocido a Charles Dickens, y que aquél lo tomó como modelo del Sr. Scrooge.

Un murmullo de regocijo invadió el despacho. Provenía del exterior, obviamente. Era mi hermano con su esposa y su pequeño retoño de doce años, Jonathan. Milagros era tan distinguida, avispada y locuaz… Esto último, con excepción de cuando trataba de definir a su marido: “Ya sabes cómo es tu hermano: cortito”.

Fui al comedor a saludarlos. A Milagros nunca pude volver a verla de igual forma desde aquel aciago día en que entré en su dormitorio, despistadamente, sin tocar con los nudillos: Milagritos enfundada en cuero negro, máscara incluida, y fusta en mano, blasfemaba y sacudía la vara sobre su montura: mi hermano. Aquella frase entre bromas con la que él solía amenizar las sobremesas de las bodas y demás eventos familiares: “Trátame mal y tendrás hombre para toda la vida”, cobró una fuerza inusitada.

Mi padre también salió para atender al resto de la familia. Sentía debilidad por Jonathan, un chico muy serio, inteligente y maduro. Estaba orgulloso del interés que su nieto mostraba por la literatura y pasaban juntos horas encerrados en el despacho, hablando, leyendo y ordenando los libros en sus estanterías.

De pronto sonó el timbre de la puerta. Mi madre la abrió y un Papa Noel cargado con paquetes hasta las cejas nos dijo: “¿El señor Jonathan Pérez? Traigo el pedido que hizo por Internet”. Ante nuestra perplejidad, el niño se fue abriendo paso hasta llegar delante de aquel repartidor de unos famosos grandes almacenes. “Deje los paquetes junto al sofá”, ordenó con decisión. Y dándole las gracias y un billete de cincuenta euros de propina, lo despidió con el aplomo de un caballerete.
Todavía estábamos desconcertados, cuando Jonathan tomó uno de los paquetes y se lo entregó a mi madre con gran esfuerzo, pues parecía pesado. La abuela, expectante, se deshizo rápidamente del lazo y del papel dorado. Y al abrir la caja de cartón se encontró con un microondas último modelo, al tiempo que lanzaba un grito. La sorpresa hizo que cruzáramos las miradas de inmediato. Milagros, ilusionadísima y orgullosa, nos explicó que su hijo llevaba meses ahorrando la paga para hacernos unos buenos regalos navideños.

Jonathan se encaminó de nuevo hasta llegar a los paquetes, tomó uno pequeño, vino hacia mí y me lo entregó. Yo no me atrevía a desvelar el secreto, visto lo anterior, tragué saliva y rasgué el papel dorado, topándome de bruces con la foto de una video cámara digital en la caja. Me quedé muda y pensando en cuántas golosinas habría tenido que renunciar mi pobre sobrino para hacerme tamaño regalo. Me emocioné.

De nuevo, Jonathan tomó firme otro de aquellos paquetes y se lo entregó a su padre. Feliz, como siempre, con esa felicidad que da la bendita inocencia, abrió su regalo encontrándose con un navegador GPS para su coche. Besó y abrazó a su niño entusiasmado, llevaba mucho tiempo soñando con uno de esos aparatos, porque siempre se perdía cuando conducía, y cuando no, también. Pero eso ya es otra historia…

Mi madre dijo que algo no encajaba, que si no nos habíamos dado cuenta del importe al que ascendía aquellos regalos, más los que estaban por abrir, todavía. Milagros, ofendida, volvió a insistir en que su hijo llevaba mucho tiempo ahorrando su paga. Los ánimos se iban caldeando y la abuela dijo que aquello era imposible, que parecía que Jonathan hubiera asaltado un almacén de electrodomésticos. Milagros gritó que la abuela siempre había sentido animadversión por el nieto y no sé qué de una bruja que no acabé de oír bien. Ella sabía que Jonathan los había encargado por Internet y pagado con un giro postal, ¡con sus ahorros! Mi hermano, callaba. Yo les recordé cómo me había extrañado que mi sobrino entregase ¡cincuenta euros de propina al repartidor! Y la abuela gruñó a Milagros: “¡Ahí lo tienes! ¡Ni que le dieras una paga de ministro al niño…!”. Entonces vi mi oportunidad y la aproveche, lanzándole a mi madre: “¡Ves!, ¿para eso tienes tanto empeño en que me case y te dé nietos…?”. El niño, con compostura, dijo que sólo quería regalarnos aquellas cosas que nunca habíamos podido comprarnos gracias a la tacañería del abuelo. En medio de todo aquel alboroto me percaté de que mi padre ya no nos acompañaba en aquellas pequeñas disquisiciones familiares.

En aquel preciso instante, mi padre entraba en el comedor con una pila de libros y la libreta negra de la que jamás se despegaba y los dejó encima de la mesa. Intrigada, les dediqué una rápida ojeada: “El nombre de la bolsa”, “La casa de Bernarda Avara”, “El señor de los dinerillos”, “D’Artagnan y los tres peseteros”, ¡claro, menudas gangas! Un pequeño rayo de luz se abrió paso en mi mente. El abuelo pidió silencio y, ante nuestra expectación, abrió la libreta negra, tomó el primero de los libros y declamó: “Página, 143: 100 euros; página, 270: 50 euros; página, 368: 200 euros” y así hasta que llegó al final de la pila de libros: “En total: 1.400 euros, ¡míos!, que tenía ahorrados, y que el pequeño Alí Babá, ¡ha dilapidado en estúpidos regalos para vosotros!”.
¡Nos miramos atónitos! Cómo podíamos imaginar que aquella devoción por la literatura sólo fuera una tapadera con la que convertir su despacho en un paraíso fiscal.

12 comentarios:

  1. Hola, Margarita: ¡jajajajajaaaaaa! ¡Dios mío! Sí que me has hecho reir a carcajada limpia. Creo que junto con... -bueno, tendría que mencionar bastantes cuentos tuyos-, pero iba a decir que junto a "Ay, mis vecinos", es una de las historias más hilarantes que te he leído. Y disfrutado. Amen que uno ignora totalmente a qué vienen tantos regalos hasta el último instante de lectura. El misterio se descubre sobre las últimas líneas y de golpe y porrazo. Creo que has manejado muy bien el factor de resolución sorpresiva, lo que la hace una anécdota muy lograda e imperdible.

    Algunas líneas te las destaco por la puntería expresiva que encierran, en forma escueta y eficiente:

    "Aquella puerta me devolvía sentimientos encontrados: ganas de entrar, y, más, de salir."
    Sí que sucede.

    "Primer asalto: la ineludible cuestión de mi falta de novio. Cómo le explicas a tu madre que jamás se cruzó en tu camino el ansiado príncipe azul, sino sólo algún que otro sapo." ."
    Grandes interrogantes maternos que subsisten a través de las eras y los siglos, je. Genial.

    "–Cielo… ¡Es que se te está poniendo un trasero enorme! Así no habrá manera de que te cases nunca..."
    Es lo que decía; hay amores que matan, jajaa.

    "...mientras depositaba sobre el escritorio un ejemplar de “Cien años de sobriedad”, que estaba estudiando."
    ¡Cien años de sobriedad"! No sé cómo pudo ocurrírsete; me dio muchísima gracia.

    "siempre se perdía cuando conducía, y cuando no, también."
    ¡Pobre hombre !

    "Intrigada, les dediqué una rápida ojeada: “El nombre de la bolsa”, “La casa de Bernarda Avara”, “El señor de los dinerillos”, “D’Artagnan y los tres peseteros”, ¡claro, menudas gangas!"
    "... aquella devoción por la literatura sólo fuera una tapadera con la que convertir su despacho en un paraíso fiscal."

    Entre los títulos de los libros y lo del "paraíso fiscal", no he dejado de reírme. Y de admirar tu impecable manejo del humor y la humorada.

    Una narrativa ágil y ocurrente a cada momento hacen que este cuento se prodigue en una lectura deliciosa.

    Me dio un gusto enorme volverte a leer.

    Un abrazo grande.

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  2. Me alegro mucho de que te rieras, Turke. Esa era la intención, así que estoy contenta al leer tu comentario. ah, que bueno, como siempre, viéndome con buenos ojos. Eso de que recuerdes mis cuentos y te sigan gustando después del tiempo, es toda una inyección de moral para mí, se agradece.

    Bueno, pensé que parte de la gracia estaba en darle cierto misterio al tema de los regalos y de los libros, que no se supiera cuál era su función-relación hasta el final. De no ser así, pensaba que no sería lo mismo, me gusta que lo menciones.

    “"Aquella puerta me devolvía sentimientos encontrados: ganas de entrar, y, más, de salir."
    Sí que sucede.”

    Je, je, parece que gustó, creo que es reconocible esto…aunque sea la puerta del trabajo .

    “"Primer asalto: la ineludible cuestión de mi falta de novio. Cómo le explicas a tu madre que jamás se cruzó en tu camino el ansiado príncipe azul, sino sólo algún que otro sapo." ."
    Grandes interrogantes maternos que subsisten a través de las eras y los siglos, je. Genial.”

    Ah, las relaciones madre e hija, ahí tiene que haber algo atávico, impertérrito en el correr de los siglos y las generaciones. Qué le hacemos, madre es madre…

    “"–Cielo… ¡Es que se te está poniendo un trasero enorme! Así no habrá manera de que te cases nunca..."
    Es lo que decía; hay amores que matan, jajaa.”

    Ja,ja,ja, me reí al leer esto… totalmente de acuerdo contigo, cien por cien

    “"...mientras depositaba sobre el escritorio un ejemplar de “Cien años de sobriedad”, que estaba estudiando."

    ¡Cien años de sobriedad"! No sé cómo pudo ocurrírsete; me dio muchísima gracia”.

    Bueno, creo que los títulos iban con el abuelo. Quizá elegía esos libros porque se llegaba a identificar con los títulos. Capaz pensara que podrían ayudarle a ser más “sobrio”


    "siempre se perdía cuando conducía, y cuando no, también."
    ¡Pobre hombre !”

    Pues sí, y si encima tiene a la milagros con la fusta en la mano...¡uff! no me extraña que con tanta presión se pierda el pobre .

    “"Intrigada, les dediqué una rápida ojeada: “El nombre de la bolsa”, “La casa de Bernarda Avara”, “El señor de los dinerillos”, “D’Artagnan y los tres peseteros”, ¡claro, menudas gangas!"

    "... aquella devoción por la literatura sólo fuera una tapadera con la que convertir su despacho en un paraíso fiscal."

    Entre los títulos de los libros y lo del "paraíso fiscal", no he dejado de reírme. Y de admirar tu impecable manejo del humor y la humorada”.

    Pues me alegro que te gustase, porque pensé que igual esto de distorsionar títulos fuera…no sé. Me alegro. Claro, imagina si lo guarda en un banco, tendría que pagar impuestos, tenerlo declarado estando hacienda al tanto, y lo que es peor, su familia sabría de su existencia, quita, quita, capaz y no dormía del desasosiego. Ahí los tiene más controlados; los billetes, digo.

    Ah, bueno, cuantos piropos, che! Mi animo por las nubes, un gusto leer tu comentario.

    Gracias por todo, Turke, por animarme...

    Besotes,

    Margarita

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  3. Hola, Margarita. Vengo a agradecerte tu visita a uno de mis blogs y tu comentario. Me he encontrado una larga entrada la tuya y ahora mismo no puedo pararme a leerla, pero volveré.
    Te quería comentar que estamos enfrascados en un proyecto educativo. Si quieres colaborar escribiendo un cuento, así como tu hija (me dijiste que era maestra, ¿no?), pues estaremos encantados.
    Pásate por mi blog de Compartiendo experiencias, si puedes.
    Un abrazo.
    Conchi

    Ah, si pintas algo en cristal, avísame!

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  4. Querida amiga, leyendo tu maravilloso cuento se me han quitado las ganas de invitarte e leer el último mío: "El profesor", pues aunque también el protagonista es un niño,el tema es muy diferente a este que nos presentas.
    Te felicito de nuevo por tu cuento, no me canso de leerlo.
    Un beso

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  5. Hola, Margarita. Tenía pendiente venir con tiempo para leer tu cuento y aquí estoy, además feliz de haberlo hecho. Me ha encantado. Tuviste unos puntos de humor muy buenos. Ya ves, no me imaginé el final, pensé que el chico había comprado los regalos por internet en estas tiendas de bajo precio (no sé los nombres pero sé que las hay), y que te los mandan de Japón o vete tú a saber de dónde.
    Pero me ha gustado mucho más tu final.
    Te felicito.
    Un abrazo.
    Conchi

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  6. Eres divertida y sabes decir las cosas. Tienes que venir al Ateneo a contarnos una tarde tus relatos.
    Un fuerte abrazo.

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  7. Conchi, no te preocupes si no tienes tiempo de leer mis cuentos de una vez. Son largos para un blog, lo sé, pero es que participo en algún foro literario y antes los cuelgo allí y solemos hacerlos algo largos.

    Me alegro que el cuento te haya hecho pasar un buen rato. Esa era su única finalidad. Sí, sé que hay esas tiendas de ofertas, de hecho alguna me manda su publicidad y están muy bien.

    Sí, ya me pasé y me parece una iniciativa muy interesante. Te agradezco la invitación, pero últimamente voy mal de tiempo. A la próxima me apunto, porque hacéis cosas que están muy bien y siempre es un soplo de aire fresco hacer cosas para los niños.

    Bueno, lo de las manualidades, desde que escribo, lo tengo un poco parado, pero si hago algo te aviso, seguro.

    Gracias por tu visita.

    Un beso,

    Margarita

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  8. Juan, amigo, qué tontería, ni que una fuera Cervantes… ¡No me seas modesto!, que tienes una novela publicada y has ganado más de un concurso de cuentos, aparte que te han publicado algún relato en revistas. ¡Ya quisiera yo! Igual me animo y empiezo a hacerte la competencia, jeje.

    Es cierto que tu niño y el mío parten de temas muy distintos.

    Gracias por ser tan fiel lector y, lo que es mejor, amigo.

    Un beso,

    Margarita

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  9. Felipe, gracias por tu visita y este simpático comentario. No sé si seré divertida, pero lo que sí te digo es que también soy tímida. Gracias por tu invitación al Ateneo. Me iré haciendo a la idea, para cuando me salga la voz… Muchas gracias por tenerme en cuenta, en serio.

    Un beso,

    Margarita

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  10. Margarita, me he reído muchísimo con este cuento. Tiene tu sello, sin lugar a dudas: irónico, divertido, con un narrador inmerso en la historia, pero que sin embargo narra como si estuviera mirando desde afuera, algo lejano; y eso hace que la ironía resalte más, sin necesidad de acentuarla.

    “–Nena, se te va a pasar el arroz. ¡Uy! ¡El arroz! ¡Ven a la cocina! “
    ¡Ay, mi madre, qué madre! Ya sólo con esta línea es suficiente: uno la lee, y sabe con qué madre se encuentra... jejejeje.

    “Segundo asalto perdido, en cinco minutos me había hundido en la miseria.”
    Conciso, directo... y contundente. La pobre no tiene más que hacer, salvo prepararse para soportar un tormento tras otro. En cinco minutos perdió dos asaltos: está liquidada. A menos que el destino, el azar, la moira, la salven.

    Menuda familia. Madre, padre, hermano y cuñada: que Dios ayude a la protagonista, con semejante parentela a cuestas. Por suerte está el sobrino: un chico serio, maduro, inteligente... amante de la literatura y que pasa horas con su abuelo. ¿Cuántos chicos de doce años pasan horas con su abuelo, encerrado en una biblioteca? ¡Jonhatan es un ejemplo, un niño ejemplar! Ahorra, ¡y con qué eficiencia ahorra! Ahorra tanto, pero tanto, que de una simple mesada, de una paga de niño ¡consigue comprar microondas, GPS, de todo! El niño perfecto: lo es... para esa familia. El chico aprendió, y aprendió muy bien la lección de vivir con tales padres y abuelos. Sobre todo, ¡con tal abuelo!

    El chico piensa en darle a los demás lo que el tacaño del viejo les niega. Tiene un cierto aire a Robin Hood, este Jonhatan. Tiene generosidad. Me gusta el chico (pero no se lo cuentes al abuelo, que todavía debe andar furiosísimo... jejejeje).

    Lo repito: es un cuento para divertirse en grande.

    Besos!
    Esther

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  11. Me gusta tu forma de expresarte, he ojeado por encima ts relatos, y tengo que volver con calma para recrearme en ellos.

    Un abrazo

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  12. Hola, Kety, me da gusto verte por aquí. Me alegro que te haya gustado lo que has visto. Gracias por darme tu parecer, nos viene bien contar con las opiniones de quienes nos han leído. Regresa cuando quieras, encantada de tenerte en mi casa.

    Sé que no estás pasando por un buen momento, así que te agradezco especialmente la deferencia de entrar a mi blog a leer y dejar tu comentario. Quiero mandarte mi ánimo y fuerza desde aquí para seguir adelante; sé por lo que estás pasando, amiga.

    Un abrazo fuerte,

    Margarita

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Gracias por tu visita y por dejarme tu opinión. Ellas son las que dan sentido a este blog :)