
—¡Date prisa y mete esas bolsas en el maletero!
—¡Tranquila, Andrea…! ¡No ves cómo nos miran los niños!
—Está bien, pero aligera. Debemos irnos de aquí antes de la medianoche.
Hugo resopló y pensó que sería mejor no llevarle la contraria a su esposa. Andrea era pertinaz cuando se trataba de seguir una de sus corazonadas. A consecuencia de esos impulsos había realizado algunas extravagancias en su vida.
Hacía varios meses que Andrea se pasaba largos ratos observando un vetusto arcón que descansaba en el aparador de la tienda de antigüedades. “Así te podremos tener los dos a la vez y ya no me sentiré celoso…”, le había dicho Hugo a su esposa, ante la cara de sorpresa que puso al ver el apreciado mueble instalado en medio de su comedor.
El arcón no estaba vacío y Andrea disfrutó rebuscando, extrayendo y examinando los tesoros ocultos en él, como si por encantamiento hubiera regresado a su infancia. La mayoría eran objetos inservibles, llenos de óxido, moho y polvo, que le hacía estornudar. Cuando llegó al fondo encontró un pequeño libro, con las tapas algo desvencijadas y las hojas amarillentas. Lo abrió expectante y comenzó a leerlo con avidez. Se trataba de un manuscrito perteneciente a un sacerdote que regía la parroquia de Rioseco y databa del año 1808.
Durante las semanas siguientes, el manuscrito se convirtió en su fiel compañero y solía llevárselo a la oficina para leerlo en sus ratos libres, tanto como en su casa. Hacia la mitad se recogía un insólito acontecimiento iniciado la misma noche de difuntos de ese año. Desde Rioseco se estuvo observando unos destellos en distintos puntos de Teral, la ciudad vecina situada a un kilómetro. Al principio no le dieron importancia, pensando que se trataba de algún evento con motivo de los festejos y, al finalizar los suyos, los habitantes del pueblo se fueron a dormir con total normalidad. El tono en que el párroco narraba los hechos era solemne y apesadumbrado, distinto del que había sostenido hasta ese momento. Andrea sintió una punzada e intuyó que tenía en sus manos una joya de incalculable valor histórico para su ciudad.
Cuando Rioseco amaneció, según rezaba el manuscrito, ya eran visibles varias columnas de un humo negro y denso. La gente formaba corrillos en las calles y, alarmados, hacían cábalas sobre qué debía estar ocurriéndoles a sus vecinos y la conveniencia de acercase a la ciudad. Antes de que pudieran decidir qué hacer, por la avenida principal, vieron una carreta tirada por dos caballos, al galope. Era Arístides, el herrero de Teral. Acalorado, sudoroso y con la ropa y cara cubiertos de hollín, les contó, casi sin resuello, que toda la ciudad estaba en llamas. Durante la noche se incendiaron todas las casas, de forma inexplicable. Uno de los vecinos aseguraba que había visto salir extraños rayos desde la mansión Miraval, la última en caer, pero lo hizo bajo el incendio más pavoroso. Andrea cerró el librito de un golpe, sobrecogida. Temía lo que podría encontrarse si continuaba leyendo. Nunca escuchó decir que semejante tragedia hubiera ocurrido en su ciudad.
Tardó dos días en retomar la lectura del manuscrito; pero sentía la obligación moral de llegar al final y, dependiendo de lo que averiguara, entregarlo a las autoridades locales, después. El sacerdote narró cómo se organizaron formando brigadas para acudir a socorrer a sus vecinos. En menos de una hora partieron cuatro carretas hacia Teral. Cuando llegaron se quedaron paralizados ante aquel paraje dantesco: heridos recostados en el suelo, muebles carbonizados y casas derruidas sobre sí mismas; Teral era lamentos, cenizas y humo. Andrea no pudo reprimir unas lágrimas.
Pronto las brigadas se pusieron en acción, atendiendo a los heridos y evacuándolos en las carretas. Buscaban supervivientes, pero en el camino también se toparon con muchos cadáveres, que depositaban agrupados en una explanada sin edificar. Así fueron avanzando por la ciudad hasta que llegaron a la mansión Miraval, encontrando a sus habitantes carbonizados. Ya estaban a punto de abandonar el sitio cuando escucharon un ruido que parecía salir del sótano de la casa. Apartando muebles y tablones quemados, aún calientes y humeantes, dieron con la escalera que daba acceso al lugar. Bajaron por ella, pero apenas se podía ver hasta que uno de los rescatadores encendió un quinqué. Sin saber bien de dónde, salió Marian, la hija de la familia, que se abrazó llorando a uno de los hombres. En seguida revisaron a la niña; no tenía ni un rasguño. El sótano también estaba intacto, lo único que se había calcinado era una maqueta de la ciudad, que descansaba sobre una mesa, indemne. Andrea, acomodada en su sofá, siguió leyendo febrilmente, dominada por la historia.
El trayecto de regreso a Rioseco, después de la dura jornada, discurría en silencio. La carreta estaba ocupada por el párroco, otros vecinos del pueblo y Marian, que permanecía muda y acurrucada en una manta. De pronto, Jonás, el arriero, reparando en la fecha, rememoró una historia que le había contado su abuela, que a su vez le había contado la abuela de ésta. No era la primera vez que Teral era arrasado por las llamas. Según la leyenda, esto ya había sucedido en 1608. Unos meses antes del siniestro, Teral sufrió una de las peores plagas de peste que se recordaba. Éste hecho se le atribuyó a una joven, quien fue señalada por una vecina que le envidiaba su belleza y el marido. Resultó condenada por brujería y estando en la hoguera, en medio de los alaridos por los terribles dolores, profirió una maldición: Teral, los vecinos y sus descendientes pagarían su culpa, siendo arrasada cada doscientos años. La noche de difuntos de ese mismo año, el juramento se cumplió al declararse un espantoso incendio que asoló la ciudad. Andrea se quedó petrificada. Faltaban pocos días para que el plazo expiase.
Ya había leído más que suficiente y estaba sumamente preocupada. Hugo ya dormía, así que no pudo ponerle al día. De todas formas, él no creía en la autenticidad del manuscrito ni de su autor. Sabía que nadie la creería. No durmió en toda la noche pensando qué debía hacer con su descubrimiento.
Al día siguiente le trazó su plan a Hugo. La noche de difuntos saldrían a las afueras de la ciudad; si ella estaba en lo cierto y la historia se repetía, podrían actuar a tiempo, avisando a las autoridades, al menor atisbo. Si erraba regresarían tranquilamente a la mañana siguiente y ella misma quemaría el manuscrito en la chimenea, olvidando el tema para siempre. Él aceptó con tal de calmarla.
Hugo arrancó el coche resignado a pasar la noche de difuntos sin dormir y haciendo inútilmente de vigía. El coche se encaminaba hacia la salida de Teral, cuando una discusión entre los niños, distrajo la atención del padre al volante. Su hija se había desabrochado el cinturón de seguridad y él se giró un instante. Fue suficiente para que perdiera el control en mitad de una curva. El vehículo dio varias vueltas sobre sí mismo, chocando, finalmente, contra una roca que provocó que acabara incendiándose.
La niña salió despedida del coche. Se levantó del asfalto sin un rasguño y comenzó a desandar el camino.
Margarita, vine a agradecerte tus visitas y comentarios en mis blogs y me encontré con este nuevo relato tuyo. No te dejé comentario porque no tenía tiempo para leerlo, pero ahora lo he hecho y tengo que decirte que me ha gustado mucho y que me has dejado intrigada!
ResponderSuprimir¿Continuará?
¿Qué les pasó a los padres de esa niña?
Ayyyyy, qué buen final supiste dar a esta magnífica historia.
Un abrazo.
Conchi
Cada vez me gusta más este cuento, Margarita. Es uno de los mejores que te he leído.
ResponderSuprimirMe encanta el final: es un final de ésos que me gustaría escribir a mí. Sorprende, coloca a todos los hechos en una perspectiva definida, pero que no es aquella que parece ser la perspectiva previa. En realidad, estaba todo dicho antes… sólo que uno “deja pasar” las pistas, jejejeje. Mmm… es el narrador. El narrador es omnisciente, pero se apega estrictamente a lo que vive la protagonista. No va más allá, sigue fielmente la lectura del libro y las ideas que éste le suscitan a ella. ¡Bravo!
Me gustó mucho el eje en la lectura del libro: está escrito de tal forma, que realmente parece que Andrea está leyendo, y uno sigue esa lectura… cada vez más inmerso en una historia que se vuelve misteriosa paso a paso.
Mmm… la línea de cuentos de misterio o fantásticos te viene bien, ¿sabías, compañera?
Jejejeje…
Besos!
Esther
Margarita, pasé a saludarte y a darte las gracias por tu visita y comentario. Espero que estés ya enfrascada en tu próximo relato.
ResponderSuprimirUn abrazo.
Conchi
Eres buena escribiendo. Un abrazo y felices fiestas.
ResponderSuprimirHola, Conchi, disculpa la tardanza en contestarte. Y no tienes nada que agradecer. te entiendo, el tiempo siempre nos lleva de cabeza. A veces he pensado en colgar los cuento en un par de veces, pero no me acaba de convencer eso. Nunca sabes dónde colocar el “continuará…”, así que lo dejo a elección de quien vaya a leerlo.
ResponderSuprimirMe alegro de que te gustase mucho. Uy, el destino de los padres… lo dejo un poco en el aire, pero si sólo la niña sale del coche y éste se incendia, pues no creo que salgan de allí. No había pensado en hacer una segunda parte, pero lo pensaré, quién sabe por dónde te lleve la historia.
Me gustaría escribir más seguido, pero, ya sabes, no siempre podemos dedicarnos a las aficiones. Pero en pocos días subiré otro relato que tiene que ver con estas fechas de fiestas. Espero que te guste.
Un beso,
Margarita
Esther, también te pido disculpas, se me pasan los días y ná que se me acumula la cosa :).
ResponderSuprimirPues cuánto me alegro de que te vaya gustando más… Gracias, amiga, por eso que me dices, ya sabes, tratamos de ir mejorando.
Bueno bueno… que tú escribes muy bien, ni se diga. Esa es una de las cosas que me divierte al escribir este tipo de cuentos, sembrar alguna pista sutil, de esas que se escapan y sólo cuando vuelves atrás las ves claras; soy un poco perversa, jejeje.
Eso me gusta que lo destaques, lo del narrador, intenté que el lector no supiera más que la prota cuando iba leyendo el manuscrito.
Ah, qué bueno que te lo parezca. No sé si se me da bien, pero me vengo dando cuenta que misterio, fantasia y magia es lo que me está dando por escribir últimamente. No sé, ¿irá a rachas…? :). Gracias por este comentario profundo y cariñoso. Un gusto verte por aquí.
Besos,
Margarita
Felipe, caray, muchas gracias. Tus palabras son un estimulo para mí, viniendo de quien vienen; me animan a seguir dándole a las teclas.
ResponderSuprimirUn beso, y que pases unas felices fiestas.
Margarita
Hola, Margarita:
ResponderSuprimirDesde que comencé a leer no dejé de devorar la historia, sin preguntarme adónde irías a parar. Y sin sospechar un final completamenten inesperado, bien tratado, sólido y convincente. ¡Y en pocas palabras!
Al principio, pensé que la bruja era Andrea; ni por las tapas... mira, le has pegado un giro tan novedoso como sorpredente y que guarda suma coherencia con la trama que lo sostiene desde un desarrollo acertado por el manejo de la intriga.
¡Bien por la dosis de intriga!
Total que envías al lector para un lado, entretenido pensando en quien sabe qué cosas espantosas sucederían esa noche, para luego acorralarlo por la espalda, con un passing-shot tan contundente como abrasivo de las especulaciones que inútilmente ha venido elucubrando, que lo dejas con la boca abierta y colgando del asombro más terrorífico.
Esto es Muñeca, que le dicen.
Te felicito, ES UN CUENTAZO. O un Señor Cuento.
Un besote.
Mónica, qué bueno que lo hayas devorado y que el final te sorprendiera. Bueno, traté de hacer pasar inadvertida a la bruja, ahora reencarnada en la niña, hija de Andrea. Sí, eso pensé, malévolamente, lo confieso, jajaja, intenté hacer pensar al lector que Andrea acabaría descubriendo que la bruja del pasado era ella. Es la pimienta que le eché.
ResponderSuprimirTe digo que me sacaste una sonrisa, por la manera tan divertida que lo explicaste. Así que acorralo al lector, ¡y por la espalda!
“Total que envías al lector para un lado, entretenido pensando en quien sabe qué cosas espantosas sucederían esa noche, para luego acorralarlo por la espalda, con un passing-shot tan contundente como abrasivo de las especulaciones que inútilmente ha venido elucubrando, que lo dejas con la boca abierta y colgando del asombro más terrorífico”.
Bueno, no sé la mano cómo ande… Tú que me ves con buenos ojos. Mira, ya sabes que la mitad del tiempo me la paso quejándome de la sequía. Qué vamos a hacer…¡Claro que ahora es cierto! Jeje.
Gracias por pasar y por este comentario tan animoso, porque es como recibir una inyección de ánimos; así da gusto seguir dándole a las teclas.
Besotes,
Margarita