domingo 20 de abril de 2008

El sereno


Era una fría noche de diciembre, en plena posguerra, y ni un alma deambulaba por las calles de Jácara de la Frontera. Sólo algún que otro jornalero tambaleante que, como cada sábado, se dejaba buena parte de la paga en ahogar las penas de su mísera existencia.

Raimundo Granados sacó orgullosamente su reloj de bolsillo, herencia de tiempos mejores, de cuando vivía en la capital, y lo miró: las once. Apuró su copa de aguardiente y se despidió del tabernero y de los allí presentes: “Quédense con Dios. Hasta dentro de un rato”. Con el gaznate y las entrañas calientes, pensó que ya estaba en condiciones para hacer su habitual ronda por el pueblo: era el sereno. Sacó su paquete de picadura y allí mismo, bajo el dintel de la puerta, se lió un cigarrillo de tabaco picado; luego subió el cuello del gabán y puso los pies fuera del local.

Todas las noches eran iguales y se sentía hastiado de tanta tranquilidad. En el pueblo era bien sabido que siempre estaba renegando del sosiego que había allí. Añoraba y presumía ante sus vecinos de los días de opulencia y la buena vida que decía haber llevado en la ciudad. “En este pueblo perdio de la mano de Dios, nuca pasa ná. Lo mismo de tó los días”, se lamentaba. Llevaba recorrido tres manzanas sin ninguna novedad, cuando de improviso, sintió un viento helado que lo envolvía al mismo tiempo que notaba la presencia de alguien a su espalda. Se giró rápidamente, pero debajo de la anaranjada luz de la farola no halló a nadie, y en la profundidad de la calle sólo encontró una tupida cortina negra. Instintivamente, palpó el revólver que guardaba en el cinto y ya no lo soltó hasta que, pasados unos minutos, comprobó que estaba solo.

Todavía le quedaba más de la mitad del recorrido para finalizar aquella ronda. Tenía que bajar por la calle del Rosal, atravesar la avenida de Santa Ana hasta llegar a la plazoleta del Ayuntamiento y luego subir por el lado este hasta la otra punta del pueblo, donde haría otro descanso en la taberna.

Lo que acababa de suceder le creaba inquietud, así que apresuró el paso para concluir cuanto antes sus obligaciones, pero, al doblar la esquina, la acompasada danza de su corazón se aceleró: Al fondo de la avenida apenas se vislumbraba una sombra vestida de negro. Caminaba deprisa, y pudo distinguir que se trataba de una silueta femenina, pues los movimientos atropellados hacían enredar su larga falda entre sus piernas. “¡¿Quién va?! ¡Alto ahí!”, acertó a decir. La figura no obedeció su orden. La siguió, tratando de darle alcance, pero a medio camino algo se interpuso: varias sombras oscuras comenzaron a girar a su alrededor como etéreos velos de tul movidos por el viento, mientras escuchaba indescifrables susurros en sus oídos. A medida que aumentaba el ritmo del macabro baile, también lo hacía la intensidad de los sonidos, convirtiéndose en silbidos punzantes que se incrustaban en su cerebro y le impedían moverse. A los pocos segundos todo cesó. “¡Cago en la leche, esto parece cosas de encantamiento!”.

El miedo subía por su cuerpo cual enredadera venenosa, echando profundas raíces en él. Así que decidió hacer el resto del recorrido con la porra en una mano y la otra bien asida a la funda del revólver, la cual había desabrochado en previsión de tener que utilizarlo por primera vez en toda su trayectoria profesional.

Continuó caminando lo más rápido que pudo, estaba sobrecogido y deseaba acabar aquella ronda cuanto antes. Por fin llegó a la Plaza del Ayuntamiento, pensando, aliviado, que ya le quedaba menos. Echó un vistazo y todo parecía estar en calma. De pronto, en medio de la negrura, reparó que a unos dos metros estaba aquella mujer, sentada en un banco, dándole la espalda; pero antes de que lograra reaccionar se evaporó, dejó de verla, sin más. “¡Virgen santísima!, ¡¿será una bruja…?!”. No tuvo tiempo para salir de su asombro, porque sintió que una mano presionaba fuertemente su hombro derecho. Haciendo acopio del poco valor que le quedaba giró la cabeza en dirección a su hombro y miró, consiguiendo distinguir unos finos y cuidados dedos femeninos, mientras sentía un gélido aliento en la nuca. Dio un grito tan desgarrador que fácilmente podría haberse confundido con el de cualquier alimaña de los montes que rodeaban la localidad.

Corrió. Corrió a grandes zancadas, descubriendo una velocidad que nunca había osado pensar que poseía. Avanzaba rápidamente por el itinerario de vuelta, con la vana esperanza de toparse con otro ser humano por el camino; pero no fue así y llegó a la taberna justo con el último resuello de aire que le quedaba en los pulmones. Los cuatro gatos que apuraban unos chatos de vino le miraban boquiabiertos, al verle blanco como la pared, encogido y jadeando de aquella manera. Felipe, el cantinero, un tanto despistado se dirigió a él: “Raimundo, ahora mismo acaba de salir una señora, muy bien portada ella, con sombrero y tó. Ha estao preguntando por ti. Te la ties que haber cruzao”. Raimundo negó con la cabeza. “Sí, hombre, es imposible que no te la tropezaras. Igual quería que la acompañaras a algún lao”.

En ese mismo instante entraron dos parroquianos buscando al aterrorizado sereno, traían aviso de que a pocos metros de allí había una reyerta, entre dos borrachos. Raimundo les hacía señas de calma con la mano, la voz no le salía del cuerpo. Tras un par de minutos, farfulló: “¡Maldita sea mi estampa, pero si aquí nunca pasa ná!”. Reuniendo todo el coraje del que fue capaz, se encaminó al lugar que le habían indicado para cumplir con su deber. “Nobleza obliga”, se dijo para sus adentros, infundiéndose ánimos.

Al tomar el camino que le llevaría a la segunda calle, le salió súbitamente al paso la misteriosa mujer y se detuvo en mitad de las densas tinieblas. Esta vez le habló: “Raimundo, no vayas solo”. El sereno creyó reconocer la voz, pero no podía ser…”Hay un hombre escondido y te matará”, continuó diciéndole. La figura se adelantó unos pasos y la vaporosa luz de las farolas la alcanzó dejando helado a su hijo con su visión. Raimundo la miraba, desconcertado, pues su madre había abandonado el mundo de los vivos treinta años atrás. La aparición se desvaneció.

Raimundo regresó a la taberna y, siguiendo los consejos de la difunta, pidió a sus paisanos que lo acompañaran. Tres fueron los que quisieron darle apoyo, aunque antes se pertrecharon con unos buenos garrotes. Se dirigían al lugar, cuando comenzaron a escuchar la discusión a voces que mantenían los dos borrachos. Raimundo, al recordar las palabras de la aparición, se disponía a mandar en avanzada a los tres compañeros cuando, de un oscuro soportal ubicado a sus espaldas, se le abalanzó un individuo aferrando un puñal. Sus acompañantes se interpusieron y lo redujeron, salvándole la vida.

Desde aquel día se cuenta en Jácara de la Frontera, no sin cierta sorna, que Raimundo Granados jamás volvió a quejarse por la tranquilidad de la localidad.

domingo 6 de abril de 2008

El regreso


Asomado a una de las ventanas de su palacio, Apolodoro contempla el faro, una de las dos maravillas de Alejandría. La otra, no la puede divisar desde allí. Sonriente, piensa que el mundo se equivoca, la otra maravilla no es la biblioteca con sus más de medio millón de volúmenes, sino su esposa.

Apolodoro se había quedado fascinado en el mismo instante en que sus ojos repararon en ella. Poseía una belleza serena, ademanes refinados y una mirada ígnea que le abrasó el corazón. No obtuvo paz hasta que averiguó su nombre, Penélope. Luego, su espíritu no se sosegó hasta que se las ingenió para conversar con ella, descubriendo así que era beneficiaria de otros dones insólitos entre las mujeres de su época. Una gran inteligencia, acompañada de una exquisita instrucción redondeaba un conjunto de virtudes irresistibles para él. Asedió a sus padres para que hablaran con los de Penélope y concertaran un matrimonio entre familias y la tomó como esposa. Inmediatamente trabajó con denuedo en la conquista de su cuerpo y de su alma, sintiéndose bendecido por los dioses cuando lo consiguió.

Nunca hubiera imaginado que la vida le depararía tanta dicha. Sus negocios le absorbían mucho tiempo, y esto era lo único que le angustiaba. Tenía que dedicarles la mayor parte del día y le impedían disfrutar más de su esposa. Como acostumbraba cada día antes de irse a sus quehaceres, se dirigió a la alcoba para despedirse de ella. Penélope estaba sentada en el borde del lecho, peinándose uno de sus bucles con los dedos. Apolodoro se arrodilló frente a ella, rodeando su ensanchada cintura con sus brazos. La besó en el vientre depositando su rostro sobre él y comenzó a hablarle a su hijo. Penélope lo miraba con ternura mientras le acariciaba los cabellos. Él se incorporó y ambos fundieron sus labios dulcemente.

Apolodoro se encaminó hacia el Gran Puerto por una de las principales y amplias avenidas, llegando en pocos minutos. El sol salpicaba de destellos plateados las aguas turquesas del mar. Al final del rompeolas se alzaba majestuoso, el faro. Pero su mirada se dirigió hacia la flotilla de buques de la que era propietario. Era un día importante, se había embarcado en una gran empresa. Si al finalizar la jornada todo salía bien, se asociaría con un importante armador griego, instaurando la mayor línea marítima comercial conocida hasta el momento.

Repasó concienzudamente el orden del día, antes de recibir a su futuro socio; nada debía quedar al azar. Tenía previsto enseñarle sus métodos de trabajo. La forma en que cargaban las naves, los cuidados que recibían las mercancías una vez depositados en la bodega, cómo se revisaba cuidadosamente los víveres y la tripulación antes de que se hicieran a la mar… cuando, de improviso, vio frente a él a uno de sus sirvientes. Le comunicó que su esposa estaba de parto y comenzó a notar como la emoción iba aposentándose en él.

Transcurridas cuatro horas, apenas reparaba en que su esposa estaba por alumbrar a su hijo. Habían surgido unos problemas al embarcar unas sedas, estropeándose parte de la mercancía. También se demoraba la llegada de una partida de perfumes, que debían viajar en uno de sus navíos. Por error ahora descansaban amontonados en el muelle del Puerto del Buen Regreso, al otro lado del faro y ordenó a sus porteadores que fueran en su busca. Con estos inconvenientes se sentía abrumado ante su invitado griego. De nuevo se presentó ante él su sirviente, esta vez traía noticias preocupantes. El parto se había complicado y una hemorragia estaba acabando con las fuerzas de la parturienta. Penélope requería su presencia. El griego le sugirió que acudiera a su lado, pero Apolodoro le dijo a su criado que tan pronto tuviera dominada la situación iría. Poco podía hacer él en esas circunstancias y su esposa estaba en manos de mujeres expertas.

Al crepúsculo, Apolodoro vio aparecer nuevamente a su sirviente. No corría como en las anteriores ocasiones y mostraba su cara compungida.

“¡No!”. Leandro se despertó gritando, agitado y empapado en sudor. Otra vez le atormentaba la misma pesadilla que le acompañaba muchas noches, desde hacía tanto tiempo que ni recordaba cuando fue la primera vez que la soñó. Por fortuna quedó inconclusa, ahorrándose las peores escenas. Aquellas en que podía ver a Penélope depositada sobre el lecho, inerte y ensangrentada al costado de su pequeña hija, ambas muertas. Se había ahorrado sentir el terrible dolor como propio. Se había ahorrado la angustia de ver llegar a la vejez a Apolodoro envuelto en la fría soledad y la culpa abrasadora. Solo, en medio del mármol de su palacio.

Se levantó aturdido, como siempre que tenía esas ensoñaciones, las sentía tan reales y vívidas como si esos acontecimientos le hubieran sucedido a él, el día anterior. Después de ducharse sintió su mente más despejada. Se enfundó en los primeros vaqueros y camiseta que extrajo de la secadora. Luego, preparó el desayuno a base de cereales y leche desnatada, dejándolos a medio consumir encima de la mesa de la cocina, por falta de tiempo. Bajó al garaje en busca de su coche, saliendo algo apurado y en la carretera se encontró con una densa circulación que hizo que llegara tarde al hospital. Así que entró directamente a la consulta de Obstetricia. Sólo hacía una semana que trabajaba en ese lugar, él había sido contratado en otro hospital, en otra provincia, pero un cúmulo de casualidades le llevó hasta allí. Mientras se vestía con su bata blanca, le indicó a la enfermera que hiciera pasar a la primera paciente. Ya sentado detrás de su escritorio se dispuso a buscar su historial clínico entre los que tenía en el fichero lateral, pero no lo halló.

— Doctor, Clara Almenar. Es su primera visita con nosotros —le indicó la enfermera a Leandro.
— Siéntense —dirigiéndose a la paciente y a su acompañante.

El médico dejó de buscar el historial para levantarse a saludar a su nueva paciente y se quedó con las manos apoyadas en los brazos del sillón, petrificado. Allí, frente a él, contemplaba el fantasma escapado de sus sueños, Penélope. La misma dulzura, movimientos elegantes y mirada abrasadora, que le turbaban. Era real; existía. Los labios de Clara pronunciaron unas palabras apenas perceptibles para él.

— ¿Nos conocemos? Me ha parecido verte antes —Leandro, haciendo un esfuerzo se concentró y dedujo qué le había dicho. Se levantó para estrecharle la mano.
— No lo creo. Tan sólo hace una semana que estoy por esta zona —no podía apartar la vista de la mujer de sus sueños. No sabía cómo, pero tenía dos evidencias: era ella y estaba alojada en su corazón.
— ¡Qué curioso! Nosotros hace sólo un mes que nos trasladamos a esta ciudad. Estoy preparando la inauguración de mi librería, unas calles más abajo, en el Centro Comercial El Arenal. ¿Lo conoces? Me encantaría que os pasarais por él —Leandro sonreía, deleitándose con su elocuencia, tan familiar para él; tenía la percepción de estar viviendo un reencuentro.

Clara se disculpó por haberlo entretenido y le entregó la orden de derivación y el historial. El médico lo estudió y luego examinó a la embarazada con sumo interés. Estaba a la mitad de la gestación y todo parecía ir perfecto, pero Leandro se demoraba a conciencia en cada paso de la exploración para poder disfrutar más de su presencia. Sentía que fluía una corriente energética, en ambas direcciones.

Al finalizar sus consultas, todavía se sentía impregnado por la esencia de Clara. Fue entonces cuando reparó en el hecho de que apenas había prestado atención a su pareja, Ricardo, y se sintió molesto. Seguía todavía con el mismo malestar mientras iba conduciendo de regreso a su pequeño apartamento de soltero, cuando desvió el coche de forma mecánica de su ruta, deteniéndolo frente a la biblioteca. En cuestión de unos minutos, tras consultar a la bibliotecaria, se había hecho con un montón de libros en los que explicaban algunas teorías referentes a la reencarnación y a La Ley del Karma. La experiencia del consultorio le había impresionado profundamente y necesitaba algún tipo de respuestas. Al llegar a su destino, desplegó todos los libros sobre su cama y sonrió pensando que estaba perdiendo el juicio. Él nunca había creído en esas cuestiones, pero una poderosa fuerza en su interior le gritaba que no se equivocaba.

En los tres meses siguientes se convirtió en un versado en el tema. No le cabía la menor duda de que tanto Clara como él se conocieron en otro tiempo, en Alejandría. Los sueños, el parecido de Clara con Penélope, sus sentimientos hacia ella, incluso su vocación. Por fin, las brumas se despejaban. Ahora sabía que siempre vivió amándola y por eso ninguna mujer pudo ocupar su lugar. La necesidad de verla, de tenerla cerca, se acrecentó de tal forma que no le bastaban las quincenales visitas médicas y se dejaba caer por la librería entre medias. Siempre encargaba libros cuya búsqueda resultase espinosa, así se garantizaba la excusa perfecta para aparecer por allí seguido.

Esta vez no le despertó ninguna pesadilla, sino el hiriente sonido de una llamada telefónica en mitad de la madrugada. Clara estaba de parto, faltaban ocho semanas y se presentaba con complicaciones: placenta previa. Al oír estas palabras de su interlocutor se levantó como si le hubieran soltado un latigazo. No se explicaba cómo las ecografías no lo habían desvelado, sólo en raras ocasiones sucedía. La noticia lo puso nervioso y con las prisas acabó de vestirse en el ascensor. De camino al hospital conducía a la misma velocidad a la que cabalgaba su corazón.

Entró por Urgencias y se encontró con Ricardo que estaba sentado plegado sobre sí, con las manos cubriéndole el rostro. Éste, se levantó nervioso al ver al médico y se dirigió hacia él, su expresión afligida daba buena cuenta de cómo se sentía. Sólo él podía entender al compañero de Clara perfectamente; estaban hermanados en la preocupación. El médico trató de tranquilizarlo fingiendo una serenidad de la que él mismo carecía, se disculpó con Ricardo y dando una pequeña carrera llegó al quirófano.

A Leandro lo sacudió un espejismo. Clara estaba acostada en la camilla, pálida, frágil y cubierta por una sábana sanguinolenta, al verlo, ella se relajó. Sin perder un segundo el médico tomó el control y demandó que le informasen de la situación. La placenta cubría totalmente la abertura cervical, impidiendo al feto salir. La parturienta había sufrido una grave hemorragia y tanto la criatura como la madre estaban en peligro, era necesario practicar una cesárea sin más dilación. Leandro ordenó al anestesista que procediera. Mientras las enfermeras se afanaban preparando el instrumental, él se acercó a Clara para explicarle todo y ella le ofreció la mano: “Confío en ti”. “Esta vez no te fallaré. Todo saldrá bien”. Tenía la absoluta seguridad que había regresado y había vivido preparándose para ese momento. Y se reconfortó pensado que de alguna forma el espíritu de Penélope, abriéndose paso entre las nebulosas que adormecían a Clara, le sonrió al reconocerlo.

Quince días después, Clara estaba radiante dando de mamar a su pequeña. Leandro entró a hacer su ronda médica, quedándose embelesado ante la escena. Ricardo, desde un rincón de la habitación, preguntó a la madre si quería llevarse todos los ramos de flores, ya había preparado la maleta y guardado los regalos para el bebé en unas bolsas. La imagen le resultó agridulce, envidiaba la suerte de Ricardo, no podía evitarlo; aún a sabiendas que éste era merecedor del amor de Clara. Sabía que era su karma, pero a la vez maldecía aquel peso que le abatía. Un fugaz pensamiento hizo que su humor cambiase, acababa de firmar el alta de la paciente y dejaría el hospital. En pocos minutos veía a los felices padres alejarse por el pasillo a medida que se acercaba su desolación.

Leandro tuvo la certeza de que a partir de ese instante se iba a convertir en el lector más empedernido. Rogaría a las fuerzas del universo que le otorgaran su momento, esperando pacientemente que los designios de esta vida le permitieran disfrutar un tiempo al lado de Clara.
(Quiero agradecer a mi amiga Turkesa que me haya brindado la oportunidad de escribir este relato. Ella dejó un “disfraz” en Prosófagos —el foro literario en el que ambas participamos—, y nada más leerlo me enamoró y prendió mi inspiración. Para los que no sepáis de qué va esto del “disfraz” os cuento que son unas pequeñas pautas sobre los personajes y el inicio de una historia que dejamos los participantes en esta “Fiesta de disfraces”, otro compañero elige el “disfraz” que más le guste y con él trenza un relato. Gracias Turke).