
Era una fría noche de diciembre, en plena posguerra, y ni un alma deambulaba por las calles de Jácara de la Frontera. Sólo algún que otro jornalero tambaleante que, como cada sábado, se dejaba buena parte de la paga en ahogar las penas de su mísera existencia.
Raimundo Granados sacó orgullosamente su reloj de bolsillo, herencia de tiempos mejores, de cuando vivía en la capital, y lo miró: las once. Apuró su copa de aguardiente y se despidió del tabernero y de los allí presentes: “Quédense con Dios. Hasta dentro de un rato”. Con el gaznate y las entrañas calientes, pensó que ya estaba en condiciones para hacer su habitual ronda por el pueblo: era el sereno. Sacó su paquete de picadura y allí mismo, bajo el dintel de la puerta, se lió un cigarrillo de tabaco picado; luego subió el cuello del gabán y puso los pies fuera del local.
Todas las noches eran iguales y se sentía hastiado de tanta tranquilidad. En el pueblo era bien sabido que siempre estaba renegando del sosiego que había allí. Añoraba y presumía ante sus vecinos de los días de opulencia y la buena vida que decía haber llevado en la ciudad. “En este pueblo perdio de la mano de Dios, nuca pasa ná. Lo mismo de tó los días”, se lamentaba. Llevaba recorrido tres manzanas sin ninguna novedad, cuando de improviso, sintió un viento helado que lo envolvía al mismo tiempo que notaba la presencia de alguien a su espalda. Se giró rápidamente, pero debajo de la anaranjada luz de la farola no halló a nadie, y en la profundidad de la calle sólo encontró una tupida cortina negra. Instintivamente, palpó el revólver que guardaba en el cinto y ya no lo soltó hasta que, pasados unos minutos, comprobó que estaba solo.
Todavía le quedaba más de la mitad del recorrido para finalizar aquella ronda. Tenía que bajar por la calle del Rosal, atravesar la avenida de Santa Ana hasta llegar a la plazoleta del Ayuntamiento y luego subir por el lado este hasta la otra punta del pueblo, donde haría otro descanso en la taberna.
Lo que acababa de suceder le creaba inquietud, así que apresuró el paso para concluir cuanto antes sus obligaciones, pero, al doblar la esquina, la acompasada danza de su corazón se aceleró: Al fondo de la avenida apenas se vislumbraba una sombra vestida de negro. Caminaba deprisa, y pudo distinguir que se trataba de una silueta femenina, pues los movimientos atropellados hacían enredar su larga falda entre sus piernas. “¡¿Quién va?! ¡Alto ahí!”, acertó a decir. La figura no obedeció su orden. La siguió, tratando de darle alcance, pero a medio camino algo se interpuso: varias sombras oscuras comenzaron a girar a su alrededor como etéreos velos de tul movidos por el viento, mientras escuchaba indescifrables susurros en sus oídos. A medida que aumentaba el ritmo del macabro baile, también lo hacía la intensidad de los sonidos, convirtiéndose en silbidos punzantes que se incrustaban en su cerebro y le impedían moverse. A los pocos segundos todo cesó. “¡Cago en la leche, esto parece cosas de encantamiento!”.
El miedo subía por su cuerpo cual enredadera venenosa, echando profundas raíces en él. Así que decidió hacer el resto del recorrido con la porra en una mano y la otra bien asida a la funda del revólver, la cual había desabrochado en previsión de tener que utilizarlo por primera vez en toda su trayectoria profesional.
Continuó caminando lo más rápido que pudo, estaba sobrecogido y deseaba acabar aquella ronda cuanto antes. Por fin llegó a la Plaza del Ayuntamiento, pensando, aliviado, que ya le quedaba menos. Echó un vistazo y todo parecía estar en calma. De pronto, en medio de la negrura, reparó que a unos dos metros estaba aquella mujer, sentada en un banco, dándole la espalda; pero antes de que lograra reaccionar se evaporó, dejó de verla, sin más. “¡Virgen santísima!, ¡¿será una bruja…?!”. No tuvo tiempo para salir de su asombro, porque sintió que una mano presionaba fuertemente su hombro derecho. Haciendo acopio del poco valor que le quedaba giró la cabeza en dirección a su hombro y miró, consiguiendo distinguir unos finos y cuidados dedos femeninos, mientras sentía un gélido aliento en la nuca. Dio un grito tan desgarrador que fácilmente podría haberse confundido con el de cualquier alimaña de los montes que rodeaban la localidad.
Corrió. Corrió a grandes zancadas, descubriendo una velocidad que nunca había osado pensar que poseía. Avanzaba rápidamente por el itinerario de vuelta, con la vana esperanza de toparse con otro ser humano por el camino; pero no fue así y llegó a la taberna justo con el último resuello de aire que le quedaba en los pulmones. Los cuatro gatos que apuraban unos chatos de vino le miraban boquiabiertos, al verle blanco como la pared, encogido y jadeando de aquella manera. Felipe, el cantinero, un tanto despistado se dirigió a él: “Raimundo, ahora mismo acaba de salir una señora, muy bien portada ella, con sombrero y tó. Ha estao preguntando por ti. Te la ties que haber cruzao”. Raimundo negó con la cabeza. “Sí, hombre, es imposible que no te la tropezaras. Igual quería que la acompañaras a algún lao”.
En ese mismo instante entraron dos parroquianos buscando al aterrorizado sereno, traían aviso de que a pocos metros de allí había una reyerta, entre dos borrachos. Raimundo les hacía señas de calma con la mano, la voz no le salía del cuerpo. Tras un par de minutos, farfulló: “¡Maldita sea mi estampa, pero si aquí nunca pasa ná!”. Reuniendo todo el coraje del que fue capaz, se encaminó al lugar que le habían indicado para cumplir con su deber. “Nobleza obliga”, se dijo para sus adentros, infundiéndose ánimos.
Al tomar el camino que le llevaría a la segunda calle, le salió súbitamente al paso la misteriosa mujer y se detuvo en mitad de las densas tinieblas. Esta vez le habló: “Raimundo, no vayas solo”. El sereno creyó reconocer la voz, pero no podía ser…”Hay un hombre escondido y te matará”, continuó diciéndole. La figura se adelantó unos pasos y la vaporosa luz de las farolas la alcanzó dejando helado a su hijo con su visión. Raimundo la miraba, desconcertado, pues su madre había abandonado el mundo de los vivos treinta años atrás. La aparición se desvaneció.
Raimundo regresó a la taberna y, siguiendo los consejos de la difunta, pidió a sus paisanos que lo acompañaran. Tres fueron los que quisieron darle apoyo, aunque antes se pertrecharon con unos buenos garrotes. Se dirigían al lugar, cuando comenzaron a escuchar la discusión a voces que mantenían los dos borrachos. Raimundo, al recordar las palabras de la aparición, se disponía a mandar en avanzada a los tres compañeros cuando, de un oscuro soportal ubicado a sus espaldas, se le abalanzó un individuo aferrando un puñal. Sus acompañantes se interpusieron y lo redujeron, salvándole la vida.
Desde aquel día se cuenta en Jácara de la Frontera, no sin cierta sorna, que Raimundo Granados jamás volvió a quejarse por la tranquilidad de la localidad.
Raimundo Granados sacó orgullosamente su reloj de bolsillo, herencia de tiempos mejores, de cuando vivía en la capital, y lo miró: las once. Apuró su copa de aguardiente y se despidió del tabernero y de los allí presentes: “Quédense con Dios. Hasta dentro de un rato”. Con el gaznate y las entrañas calientes, pensó que ya estaba en condiciones para hacer su habitual ronda por el pueblo: era el sereno. Sacó su paquete de picadura y allí mismo, bajo el dintel de la puerta, se lió un cigarrillo de tabaco picado; luego subió el cuello del gabán y puso los pies fuera del local.
Todas las noches eran iguales y se sentía hastiado de tanta tranquilidad. En el pueblo era bien sabido que siempre estaba renegando del sosiego que había allí. Añoraba y presumía ante sus vecinos de los días de opulencia y la buena vida que decía haber llevado en la ciudad. “En este pueblo perdio de la mano de Dios, nuca pasa ná. Lo mismo de tó los días”, se lamentaba. Llevaba recorrido tres manzanas sin ninguna novedad, cuando de improviso, sintió un viento helado que lo envolvía al mismo tiempo que notaba la presencia de alguien a su espalda. Se giró rápidamente, pero debajo de la anaranjada luz de la farola no halló a nadie, y en la profundidad de la calle sólo encontró una tupida cortina negra. Instintivamente, palpó el revólver que guardaba en el cinto y ya no lo soltó hasta que, pasados unos minutos, comprobó que estaba solo.
Todavía le quedaba más de la mitad del recorrido para finalizar aquella ronda. Tenía que bajar por la calle del Rosal, atravesar la avenida de Santa Ana hasta llegar a la plazoleta del Ayuntamiento y luego subir por el lado este hasta la otra punta del pueblo, donde haría otro descanso en la taberna.
Lo que acababa de suceder le creaba inquietud, así que apresuró el paso para concluir cuanto antes sus obligaciones, pero, al doblar la esquina, la acompasada danza de su corazón se aceleró: Al fondo de la avenida apenas se vislumbraba una sombra vestida de negro. Caminaba deprisa, y pudo distinguir que se trataba de una silueta femenina, pues los movimientos atropellados hacían enredar su larga falda entre sus piernas. “¡¿Quién va?! ¡Alto ahí!”, acertó a decir. La figura no obedeció su orden. La siguió, tratando de darle alcance, pero a medio camino algo se interpuso: varias sombras oscuras comenzaron a girar a su alrededor como etéreos velos de tul movidos por el viento, mientras escuchaba indescifrables susurros en sus oídos. A medida que aumentaba el ritmo del macabro baile, también lo hacía la intensidad de los sonidos, convirtiéndose en silbidos punzantes que se incrustaban en su cerebro y le impedían moverse. A los pocos segundos todo cesó. “¡Cago en la leche, esto parece cosas de encantamiento!”.
El miedo subía por su cuerpo cual enredadera venenosa, echando profundas raíces en él. Así que decidió hacer el resto del recorrido con la porra en una mano y la otra bien asida a la funda del revólver, la cual había desabrochado en previsión de tener que utilizarlo por primera vez en toda su trayectoria profesional.
Continuó caminando lo más rápido que pudo, estaba sobrecogido y deseaba acabar aquella ronda cuanto antes. Por fin llegó a la Plaza del Ayuntamiento, pensando, aliviado, que ya le quedaba menos. Echó un vistazo y todo parecía estar en calma. De pronto, en medio de la negrura, reparó que a unos dos metros estaba aquella mujer, sentada en un banco, dándole la espalda; pero antes de que lograra reaccionar se evaporó, dejó de verla, sin más. “¡Virgen santísima!, ¡¿será una bruja…?!”. No tuvo tiempo para salir de su asombro, porque sintió que una mano presionaba fuertemente su hombro derecho. Haciendo acopio del poco valor que le quedaba giró la cabeza en dirección a su hombro y miró, consiguiendo distinguir unos finos y cuidados dedos femeninos, mientras sentía un gélido aliento en la nuca. Dio un grito tan desgarrador que fácilmente podría haberse confundido con el de cualquier alimaña de los montes que rodeaban la localidad.
Corrió. Corrió a grandes zancadas, descubriendo una velocidad que nunca había osado pensar que poseía. Avanzaba rápidamente por el itinerario de vuelta, con la vana esperanza de toparse con otro ser humano por el camino; pero no fue así y llegó a la taberna justo con el último resuello de aire que le quedaba en los pulmones. Los cuatro gatos que apuraban unos chatos de vino le miraban boquiabiertos, al verle blanco como la pared, encogido y jadeando de aquella manera. Felipe, el cantinero, un tanto despistado se dirigió a él: “Raimundo, ahora mismo acaba de salir una señora, muy bien portada ella, con sombrero y tó. Ha estao preguntando por ti. Te la ties que haber cruzao”. Raimundo negó con la cabeza. “Sí, hombre, es imposible que no te la tropezaras. Igual quería que la acompañaras a algún lao”.
En ese mismo instante entraron dos parroquianos buscando al aterrorizado sereno, traían aviso de que a pocos metros de allí había una reyerta, entre dos borrachos. Raimundo les hacía señas de calma con la mano, la voz no le salía del cuerpo. Tras un par de minutos, farfulló: “¡Maldita sea mi estampa, pero si aquí nunca pasa ná!”. Reuniendo todo el coraje del que fue capaz, se encaminó al lugar que le habían indicado para cumplir con su deber. “Nobleza obliga”, se dijo para sus adentros, infundiéndose ánimos.
Al tomar el camino que le llevaría a la segunda calle, le salió súbitamente al paso la misteriosa mujer y se detuvo en mitad de las densas tinieblas. Esta vez le habló: “Raimundo, no vayas solo”. El sereno creyó reconocer la voz, pero no podía ser…”Hay un hombre escondido y te matará”, continuó diciéndole. La figura se adelantó unos pasos y la vaporosa luz de las farolas la alcanzó dejando helado a su hijo con su visión. Raimundo la miraba, desconcertado, pues su madre había abandonado el mundo de los vivos treinta años atrás. La aparición se desvaneció.
Raimundo regresó a la taberna y, siguiendo los consejos de la difunta, pidió a sus paisanos que lo acompañaran. Tres fueron los que quisieron darle apoyo, aunque antes se pertrecharon con unos buenos garrotes. Se dirigían al lugar, cuando comenzaron a escuchar la discusión a voces que mantenían los dos borrachos. Raimundo, al recordar las palabras de la aparición, se disponía a mandar en avanzada a los tres compañeros cuando, de un oscuro soportal ubicado a sus espaldas, se le abalanzó un individuo aferrando un puñal. Sus acompañantes se interpusieron y lo redujeron, salvándole la vida.
Desde aquel día se cuenta en Jácara de la Frontera, no sin cierta sorna, que Raimundo Granados jamás volvió a quejarse por la tranquilidad de la localidad.
