
—Son muchos los que niegan la existencia de la magia, pero os puedo asegurar que se equivocan.
Como siempre que el viejo padre Abel se disponía a narrar una de sus historias, los pequeños del Hospicio de San Nicolás se sentaban en el suelo frente al calor del hogar. Todos, menos uno. Miguel permanecía junto a la ventana observando los copos de nieve caer. El clérigo lo miró con ternura e inició el relato.
Les contó que hacía muchos, muchos años, cercana la Navidad, en el orfanato había ingresado un niño flacucho y sucio. Parecía tener dos alambres por piernas y de su afilado rostro sólo resaltaban unos grandes ojos verdes. Sucedió que una mañana la madre del pequeño, al encontrar tan vacíos los platos del desayuno como la alacena, presa de la desesperación, abrió la puerta de su casa y comenzó a caminar descalza, hasta que la imagen de su camisón se confundió entre la nieve.
Dos días después una vecina lo encontró solo, acurrucado en un rincón del comedor, muerto de hambre y de frío; enfermo de tristeza. Ella ya tenía muchas bocas que alimentar, así que sin perder tiempo lo llevó al hospicio.
El niño no se integró en la rutina del orfanato. No lo reanimaba tener un plato de comida sobre la mesa, ni lo confortaba las atenciones de sus compañeros; ni siquiera el hogar lograba sacudirle el frío de su corazón. ¡Los demás niños eran huérfanos! Pero él tenía una madre que no lo quería, ¡lo había abandonado…! Esa idea transitaba con fuerza desde su mente hasta su alma, magullándola. Se volvió huraño, indisciplinado y respondón. Fue entonces cuando el padre Santiago, el rector por aquella época, habló con él y, tratando de aplicarle un bálsamo, le reveló que la vida no nos hace pasar por experiencias que no podamos soportar y…
—¡Eso son bobadas! —interrumpió Miguel, con los puños cerrados.
—Te entiendo, hijo…—trató de calmarlo el padre Abel.
—¡Bah…! ¡Qué me va a entender un cura tonto y viejo…!
La mayoría de los niños exclamaron un ¡oh! de estupor, unos pocos hasta se levantaron, pero el padre Abel sonrió y les dijo que no tenía importancia, haciéndoles gestos para que se sentaran. Miguel les dedicó una mirada indolente, antes de dirigirse con pasos lentos hacia el último ventanal del salón. Después se sentó en una silla de enea y clavó su mirada en la nevada del exterior.
Con voz calmada, el sacerdote prosiguió relatándoles la historia a los chiquillos. Les contó cómo el padre Santiago, viendo el decaimiento de aquel pequeño, decidió llevárselo con él al pueblo para hacer las compras navideñas. Pensó que el viaje y la oportunidad de entregar la Carta de Reyes con las peticiones de sus compañeros y la suya, podría animarle.
No se equivocó. En el instante que la carreta entró por la calle principal, al niño se le fueron iluminado sus verdes ojos, al percibir el Espíritu de la Navidad presidiendo cada rincón. Guirnaldas confeccionadas con acebo y lazos rojos pendían de las calles; un coro cantaba villancicos en la esquina; las tiendas lucían aderezos navideños en sus escaparates y al fondo se podía contemplar un gran abeto colmado de estrellas doradas, en el centro de la Plaza Mayor.
Una vez guardadas las provisiones en la carreta, el padre Santiago llevó al niño al taller de Octavio, el carpintero. Un anciano que había aprendido el oficio al lado de Maese Gepeto y que estaba por salir de viaje a Oriente. El padre Santiago le explicó que no confiaba en el Servicio de Correo. Era más seguro dársela a Octavio, porque cada año él se encargaba de entregarle la Carta de los Reyes a uno de los pajes, en mano.
La felicidad del pequeño fue efímera, y, de la misma forma que el niño se acercaba al orfanato, la tristeza se aproximaba a él. Ya no se le desprendería en todas las fiestas. No podía evitar recordar las navidades del año anterior, con su padre haciendo un muñeco de nieve en el jardín mientras su madre cocinaba el tradicional pavo. Eran felices, hasta que meses después, una diligencia atropelló a su padre, dejándolos a su madre y a él en la pobreza más atroz.
El padre Abel sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó. A través del reflejo anaranjado de la lumbre contempló las caritas tristes de los chiquillos. Después lanzó una mirada de preocupación a Miguel y lo invitó a acompañarlos con un gesto. Él lo despreció antes de pegar la nariz al cristal de la ventana.
El cura carraspeó y moduló la voz para poder continuar narrándoles que apenas despuntó la mañana de Reyes unas voces despertaron al niño, quien fingió estar dormido mientras escuchaba una conversación en el recibidor del orfanato, entre el padre Santiago y otro de los clérigos. Preocupados comentaban que sólo habían dejado sesenta y dos juguetes y que faltaba uno. Para asegurarse repasaron el listado: espadas, caballitos, marionetas…en efecto, faltaba uno de los soldados.
El niño se dijo que con su mala estrella seguro era el que él había pedido y ya no pudo recobrar el sueño.
Pasado un buen rato, quizá horas, escuchó un ruido que parecía provenir de la puerta de la entrada. Curioso, por si eran Los Reyes Magos de Oriente, o algún paje que volvía para reponer el desliz, se levantó y se acercó sigilosamente al recibidor, quedándose inmóvil bajo el dintel de la puerta del dormitorio.
El corazón le latía con fuerza dentro del pecho. La puerta se entreabrió. Pero sólo pudo ver cómo la estela vaporosa de los rayos del sol se colaba en el interior alumbrando el árbol de Navidad con los juguetes a sus pies. Un ruido le hizo mirar hacia abajo, quedando fascinado ante lo imposible; un soldadito de madera caminaba con un gracioso balanceo. Cuando el soldado llegó junto a otro que parecía ser de mayor graduación, taconeó y, cuadrándose, le dijo: “¡Misión cumplida, señor!”. Sin tiempo para salir de su desconcierto, percibió una sombra en la puerta. Era su madre que con la mirada perdida seguía al juguete. Al verlo a él, como por arte de encantamiento lo reconoció, recobrando la memoria y la razón. Corrió a su lado y se fundieron en un cálido y largo abrazo, entre besos y sollozos.
Los ojos esmeraldas del padre Abel se humedecieron. Miró las caritas perplejas de los pequeños, pero emocionadas y satisfechas por el venturoso final. Menos la de Miguel, que apretaba los labios en una fea mueca intentado reprimir las lágrimas, pugnando por salir.
—¡Bah! ¡Sólo es un cuento estúpido…! —gruñó, mientras se pasaba la manga del jersey por la nariz.
—¿Te lo parece, hijo…? Anda, acércate y siéntate con nosotros, junto al fuego, que hace mucho frío. O acaso estás cosido a esa ventana…
El pequeño se encaminó hacia el hogar con fingida desgana. Se sentó junto a los compañeros, que ya le habían hecho un sitio mientras pedían que les contasen otra historia. Pero el cura primero se dirigió al recién integrado.
—Miguel, mañana me acompañarás al pueblo, haremos las compras navideñas y entregaremos la Carta de los Reyes Magos. ¡Ah!, y podrás conocer al viejo Octavio, antes de que parta para Oriente.
Como siempre que el viejo padre Abel se disponía a narrar una de sus historias, los pequeños del Hospicio de San Nicolás se sentaban en el suelo frente al calor del hogar. Todos, menos uno. Miguel permanecía junto a la ventana observando los copos de nieve caer. El clérigo lo miró con ternura e inició el relato.
Les contó que hacía muchos, muchos años, cercana la Navidad, en el orfanato había ingresado un niño flacucho y sucio. Parecía tener dos alambres por piernas y de su afilado rostro sólo resaltaban unos grandes ojos verdes. Sucedió que una mañana la madre del pequeño, al encontrar tan vacíos los platos del desayuno como la alacena, presa de la desesperación, abrió la puerta de su casa y comenzó a caminar descalza, hasta que la imagen de su camisón se confundió entre la nieve.
Dos días después una vecina lo encontró solo, acurrucado en un rincón del comedor, muerto de hambre y de frío; enfermo de tristeza. Ella ya tenía muchas bocas que alimentar, así que sin perder tiempo lo llevó al hospicio.
El niño no se integró en la rutina del orfanato. No lo reanimaba tener un plato de comida sobre la mesa, ni lo confortaba las atenciones de sus compañeros; ni siquiera el hogar lograba sacudirle el frío de su corazón. ¡Los demás niños eran huérfanos! Pero él tenía una madre que no lo quería, ¡lo había abandonado…! Esa idea transitaba con fuerza desde su mente hasta su alma, magullándola. Se volvió huraño, indisciplinado y respondón. Fue entonces cuando el padre Santiago, el rector por aquella época, habló con él y, tratando de aplicarle un bálsamo, le reveló que la vida no nos hace pasar por experiencias que no podamos soportar y…
—¡Eso son bobadas! —interrumpió Miguel, con los puños cerrados.
—Te entiendo, hijo…—trató de calmarlo el padre Abel.
—¡Bah…! ¡Qué me va a entender un cura tonto y viejo…!
La mayoría de los niños exclamaron un ¡oh! de estupor, unos pocos hasta se levantaron, pero el padre Abel sonrió y les dijo que no tenía importancia, haciéndoles gestos para que se sentaran. Miguel les dedicó una mirada indolente, antes de dirigirse con pasos lentos hacia el último ventanal del salón. Después se sentó en una silla de enea y clavó su mirada en la nevada del exterior.
Con voz calmada, el sacerdote prosiguió relatándoles la historia a los chiquillos. Les contó cómo el padre Santiago, viendo el decaimiento de aquel pequeño, decidió llevárselo con él al pueblo para hacer las compras navideñas. Pensó que el viaje y la oportunidad de entregar la Carta de Reyes con las peticiones de sus compañeros y la suya, podría animarle.
No se equivocó. En el instante que la carreta entró por la calle principal, al niño se le fueron iluminado sus verdes ojos, al percibir el Espíritu de la Navidad presidiendo cada rincón. Guirnaldas confeccionadas con acebo y lazos rojos pendían de las calles; un coro cantaba villancicos en la esquina; las tiendas lucían aderezos navideños en sus escaparates y al fondo se podía contemplar un gran abeto colmado de estrellas doradas, en el centro de la Plaza Mayor.
Una vez guardadas las provisiones en la carreta, el padre Santiago llevó al niño al taller de Octavio, el carpintero. Un anciano que había aprendido el oficio al lado de Maese Gepeto y que estaba por salir de viaje a Oriente. El padre Santiago le explicó que no confiaba en el Servicio de Correo. Era más seguro dársela a Octavio, porque cada año él se encargaba de entregarle la Carta de los Reyes a uno de los pajes, en mano.
La felicidad del pequeño fue efímera, y, de la misma forma que el niño se acercaba al orfanato, la tristeza se aproximaba a él. Ya no se le desprendería en todas las fiestas. No podía evitar recordar las navidades del año anterior, con su padre haciendo un muñeco de nieve en el jardín mientras su madre cocinaba el tradicional pavo. Eran felices, hasta que meses después, una diligencia atropelló a su padre, dejándolos a su madre y a él en la pobreza más atroz.
El padre Abel sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó. A través del reflejo anaranjado de la lumbre contempló las caritas tristes de los chiquillos. Después lanzó una mirada de preocupación a Miguel y lo invitó a acompañarlos con un gesto. Él lo despreció antes de pegar la nariz al cristal de la ventana.
El cura carraspeó y moduló la voz para poder continuar narrándoles que apenas despuntó la mañana de Reyes unas voces despertaron al niño, quien fingió estar dormido mientras escuchaba una conversación en el recibidor del orfanato, entre el padre Santiago y otro de los clérigos. Preocupados comentaban que sólo habían dejado sesenta y dos juguetes y que faltaba uno. Para asegurarse repasaron el listado: espadas, caballitos, marionetas…en efecto, faltaba uno de los soldados.
El niño se dijo que con su mala estrella seguro era el que él había pedido y ya no pudo recobrar el sueño.
Pasado un buen rato, quizá horas, escuchó un ruido que parecía provenir de la puerta de la entrada. Curioso, por si eran Los Reyes Magos de Oriente, o algún paje que volvía para reponer el desliz, se levantó y se acercó sigilosamente al recibidor, quedándose inmóvil bajo el dintel de la puerta del dormitorio.
El corazón le latía con fuerza dentro del pecho. La puerta se entreabrió. Pero sólo pudo ver cómo la estela vaporosa de los rayos del sol se colaba en el interior alumbrando el árbol de Navidad con los juguetes a sus pies. Un ruido le hizo mirar hacia abajo, quedando fascinado ante lo imposible; un soldadito de madera caminaba con un gracioso balanceo. Cuando el soldado llegó junto a otro que parecía ser de mayor graduación, taconeó y, cuadrándose, le dijo: “¡Misión cumplida, señor!”. Sin tiempo para salir de su desconcierto, percibió una sombra en la puerta. Era su madre que con la mirada perdida seguía al juguete. Al verlo a él, como por arte de encantamiento lo reconoció, recobrando la memoria y la razón. Corrió a su lado y se fundieron en un cálido y largo abrazo, entre besos y sollozos.
Los ojos esmeraldas del padre Abel se humedecieron. Miró las caritas perplejas de los pequeños, pero emocionadas y satisfechas por el venturoso final. Menos la de Miguel, que apretaba los labios en una fea mueca intentado reprimir las lágrimas, pugnando por salir.
—¡Bah! ¡Sólo es un cuento estúpido…! —gruñó, mientras se pasaba la manga del jersey por la nariz.
—¿Te lo parece, hijo…? Anda, acércate y siéntate con nosotros, junto al fuego, que hace mucho frío. O acaso estás cosido a esa ventana…
El pequeño se encaminó hacia el hogar con fingida desgana. Se sentó junto a los compañeros, que ya le habían hecho un sitio mientras pedían que les contasen otra historia. Pero el cura primero se dirigió al recién integrado.
—Miguel, mañana me acompañarás al pueblo, haremos las compras navideñas y entregaremos la Carta de los Reyes Magos. ¡Ah!, y podrás conocer al viejo Octavio, antes de que parta para Oriente.
Hola Margarita.
ResponderSuprimirEste é o meu primeiro comentário que lhe deixo aqui; já tenho passado pelo blog, várias vezes, e tenho lido os seus contos, os quais tenho achado interessantes; eu também gosto muito de ler, mas por vezes o tempo é pouco, e há sempre algo que fica para trás; não sou assim muito entendido nos meios literários mas acho que tem, uma forma de escrever cativante pela sua maneira de narrar as histórias, que nos envolvem, na atmosfera do imaginário, espero que continue, a nos deliciar, com os seus textos.
Despeço-me com amizade, tudo de bom, com os meus cumprimentos, até breve.
Un abrazo.
José Filipe 4-1-2009
Margarita, por fin tuve un ratito para leer tu cuento. Una vez más te felicito. Me ha gustado mucho tanto la historia, entre misteriosa y mágica, como la forma en que se desarrolló. El tema también me rondó por la cabeza estas navidades, el de los niños que no podrían pasar estas fiestas con su madre y su padre.
ResponderSuprimirUn abrazo y que sigas escribiendo!!
Conchi
Un cuento navideño muy tierno, Margarita.
ResponderSuprimirLo leí hace un par de días , pero no tuve tiempo de comentar nada.
Cada día escribes mejor.Te deseo que este año sea grande en ilusiones cumplidas.
Un beso.
Precioso cuento navideño que derrocha ternura y sentimiento por todas sus frases.
ResponderSuprimirY encima lo leo hoy con todo cubierto de nieve a mi alrededor para hacerlo más real.
Gracias por la visita a mi blog. Es un placer.
Nos vemos
Hola, José Filipe:
ResponderSuprimirGracias por tus visitas, y celebro que te decidieras a dejar comentario. Es bueno contar con las opiniones de los lectores. Me alegro de que mis cuentos te parezcan interesantes, que te agrade leerlos y que te parezca que engancha mi forma de narrar. Gracias mil por esos elogios. Son un aliciente para seguir escribiendo. Siempre me ha gustado la literatura, pero no ha sido hasta hace un par de años que comencé a escribir historias. Siempre bienvenido, amigo.
Un abrazo,
Margarita
Conchi, es cierto, nunca vamos bien de tiempo, en este mundo de las prisas. Así que te agradezco de corazón que leas mis cuentos y me des tu opinión. Supongo que es algo que siempre nos da que pensar en estas fechas. Es duro que los niños tengan que pasar por este tipo de situaciones. Los niños deberían estar a salvo de todo aquello que pudiera hacerles daño, pero la vida tiene luces y sombras, ya desde que nacemos.
ResponderSuprimirGracias por tus palabras de aliento. Bueno, ahora tuve que hacer un alto en el camino, pero en lo que pueda trataré de seguir escribiendo. Es algo que me encanta.
Un beso,
Margarita
Juan, mira que he “tardao” en contestar esta vez... Me supero, jeje. Uff, gracias, amigo. ojalá pueda ir mejorando, de eso se trata. Y, sí, a ver si se me cumplen las ilusiones que tengo, si no este año, alguno, jaja. Gracias por la visita y seguir leyendo mis cuentos.
ResponderSuprimirUn beso,
Margarita
Miguel, encantada de recibirte, aquí en mi “casa”. Me alegro de que hayas pasado un buen rato leyendo este cuento. Ah, qué bueno, eso es jugar con ventaja, lo digo por mi cuento, porque el escenario ya te predisponía, jeje.
ResponderSuprimirEn serio, me alegro de que te gustase, para eso escribimos. Así que gracias por la visita y tu comentario.
Sí, nos vemos.
Un abrazo,
Margarita
Hola, Margarita: ¡qué ternura de cuento! Es un cuento de Navidad en toda la regla. Un cuento como algunos de Andersen, pero con final feliz.
ResponderSuprimir¿Hay algo de cierto en eso que el padre Abel pudo ser aquel niño? Humm.
Tiene esa magia, yo no sé cómo haces para escribir terror, cuentos infantiles y descarado humor. Son cambios de registro de los cuales sales airosa y eso no es poca cosa.
Aunque a este cuento no le falta su carga de intriga que tanto te complace mechar en tus historias:
¿Qué fue primero? ¿Una historia que se repite, una preparación para la felicidad que se avecina o una profecía cumplida, cuyo secreto guarda el cura narrador?
Ahh, mira todo lo que dejas picando.
Es precioso. Creíble. Y sobre todo: querible. Un cuento entrañable y de prosa fluída; un delicioso cuento infantil de Navidad, digno de ser leído al calor del hogar en la vigilia de la Nochebuena.
Felicitaciones.
Un besote.
Qué bueno que te lo pareciera Turke. Pobre Andersen que sale perdiendo de lejos, jeje.
ResponderSuprimirSí, esa era mi intención cuando lo escribía, que el padre Abel estaba contando su propia historia y por un motivo especial. Eres muy buena lectora, porque está tan sutil dentro del cuento que…
Pues no sé, la verdad, me gusta variar y probar, y vaya si te pareció que salgo airosa, eso ya es mucho. ¡Gracias!
Bueno, lo de la intriga, es que no debo tener remedio, me gusta mucho el misterio, jeje, qué le vamos a hacer. Cuando me doy cuenta ya lo estoy metiendo en medio…Y los cuentos mandan, son más testarudos que yo, que ya es decir.
Caray, pensé en una mezcla de esas tres cosas. Qué bien lo viste, niña. Es así, el principal destinatario de ese cuento es Miguel. El padre Abel sabe por lo que está pasando porque él ya lo pasó primero.
Qué bueno que te parezca querible, y hermoso eso que me dices que es para ser leído al calor del hogar; suena precioso. Gracias mil, por un comentario tan bonito y certero.
Besos,
Margarita