sábado, 11 de abril de 2009

Caminando entre tinieblas


—Usted estaba en lo cierto madre; el mal existe. Recuerdo con qué ardor la rebatía de niña. En mi ingenuidad consideraba que los hombres infames eran víctimas de sus mentes perturbadas, que les llevaban a cometer abominables actos; me equivocaba. Lo he probado, me he medido con él y sus zarpazos desgarraron mi alma. Pero no sufra, ¡qué guerrera no muestra orgullosa las cicatrices ganadas en las batallas…!

Lodae permanecía arrodillada bajo el ardiente sol. Desenfundó su espada y, tomándola de la empuñadura con una mano y apoyando su punta en la yema de los dedos de la otra, se concentró mirando la hoja hasta sentir que ésta era una prolongación suya. A continuación la colocó sobre la tierra, frente a ella, y se inclinó encomendándose a sus antepasados. En cuanto hubo finalizado, depositó una flor sobre la tumba de su madre.

Se levantó y, con la tristeza afincada en su corazón, observó la aldea envuelta en la oscuridad. Se encaminó hacia la rudimentaria muralla de troncos anudados con lianas que rodeaba el poblado. Buscó la rendija por la que solía escaparse cuando era niña, y que su padre no tuvo tiempo de reparar, antes… De pronto su pensamiento varió el rumbo, recordando las palabras de su Maestro: «Todo pasa o deja de pasar por alguna razón en el Universo»; y cómo se divertía al objetarle: «Así el Universo siempre gana; juega con ventaja. ¡No es justo!». Ahora lo entendía.

Encontró más estrecha la grieta al pasar al otro lado, había transcurrido un lustro desde que la utilizó por última vez. Silencio y oscuridad. Sólo oía su agitada respiración y veía un pequeño destello de luz, unos metros más adelante. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo distinguir una silueta humana y unos árboles, desvaídos. Todo parecía tan cambiado…


Aquella pesadilla había comenzado muchos años atrás, en la aurora de un día como cualquier otro. La vida de los aldeanos transcurría sin sobresaltos, trabajando cada uno en su oficio para subsistir y por el bien de la comunidad; un extraño equilibrio fuera de sus fronteras, donde reinaban el caos y las guerras.

La familia de Lodae estaba sentada a la mesa desayunando unos cuencos llenos de leche de cabra y un poco de pan y queso cuando el llanto de un niño, que llegaba del otro lado de la muralla, les sorprendió. Daloc, el padre, era también el Jefe del poblado, un hombre cabal y hospitalario. Fue hasta el enorme portón de madera y lo abrió. Detrás de él las caras de las mujeres y los chiquillos se iluminaron al ver a un bebé dentro de un cestillo de mimbre. Lo tomó entre sus brazos y, observando que era un varón, decidió que él, ya viudo, lo acogería en aquella familia que los dioses sólo habían querido honrar con niñas. Se sintió bendecido. Kysih, El Bien Hallado, fue el nombre que impuso a su heredero.

Los años fueron pasando en la próspera aldea y Kysih crecía sin problemas de salud. Por fortuna no conoció ninguna de las típicas enfermedades que aquejaban a otros niños. A Daloc, el orgullo le salía por todos los poros: su hijo era fuerte, avispado y magnánimo; siempre dispuesto a ayudar a sus paisanos en las labores. Pero Lodae recelaba de su hermano; tras sus formas amables y dulces palabras, en alguna ocasión su mirada le había encogido el alma.

En las mañanas de primavera Lodae solía acompañar a su hermana mayor, Cloe, a intercambiar sus productos con los habitantes de las aldeas vecinas. Aquel día regresaban bromeando, felices con sus adquisiciones, cuando al tocar con la aldaba del portón principal nadie abrió. Insistieron. La sorpresa inicial dio paso a la preocupación. Entonces Lodae mostró a su hermana la entrada secreta por la que podrían acceder al interior.


Una vez dentro, caminaron aprisa hasta llegar a su cabaña, alcanzando a ver cómo Kysih lanzaba una soflama en mitad de la plaza a los aldeanos, que lo escuchaban encandilados. «¡Los débiles deben morir, salud para los fuertes!», eran sus despiadadas palabras. De pronto un lamento en el interior de la casa llamó la atención de las jóvenes. Era su padre, que, arrodillado junto a los cadáveres fríos de sus hermanas, mantenía sus manos asidas a la espada que atravesaba su vientre. Daloc repetía que él era el culpable, trayendo el deshonor y la desgracia al abrir la puerta al mal y darle abrigo. Extendía las manos hacia sus hijas, implorando con la mirada que actuaran según la Ley. Cloe se quedó petrificada debajo del dintel de la puerta. Lodae se acercó y, arrancando la espada del abdomen de su padre con las dos manos, alzó los brazos y sin titubear los bajó, decapitándolo. Después se desplomó de rodillas y permaneció unos minutos temblando, con el rostro cubierto de lágrimas. Cloe tomó a su hermana por los hombros y se abrazó a ella con el corazón quebrado, pensando que todavía era una niña; sólo tenía doce años.

En seguida se percataron de que su única salida era huir. Se encaminaron a la abertura con movimientos sigilosos, escondiéndose de Kysih detrás de las cabañas y de los árboles que encontraban, con la angustia y el dolor atenazándoles el corazón.

Una vez a salvo, sabían a dónde acudir a pedir asilo, aleccionadas por su padre: debían presentarse ante su Maestro, Ginko, con el que otrora compartió pan, lealtad y batallas. Las montañas de Sori eran su destino, pero el desierto de Gorna se interponía en su camino.

A Cloe le amedrentaba cruzar el desierto, pensando que acabarían perdidas y muertas por la sed. Pero Lodae la tranquilizó diciéndole que ella conduciría la marcha, explicándole que en sus escapadas había aprendido la ubicación de los oasis y de las estrellas en el firmamento, a pesar de que los vientos movían cada montículo de arena. Cuando llegaron al pie de las montañas estaban exhaustas, sucias, hambrientas y con el cuerpo dolorido por dormir en el suelo. Lodae se abalanzó a coger un jugoso fruto que colgaba de la rama de un árbol, pero un grito de su hermana la frenó en seco. Cloe conocía bien qué frutos eran comestibles y cuales venenosos, las plantas curativas y la manera de evitar a las alimañas. Fue así cómo la mayor tomó el relevo y guió a la menor enseñándola a ascender por la montaña, hasta llegar a la frondosa llanura donde se hallaba la aldea que sería su nuevo hogar.

Tres años después, Cloe era la feliz esposa de uno de los hombres más notables de la aldea y esperaba su segundo hijo. Mientras tanto, Lodae era instruida por las enseñanzas de Ginko.


Lodae aspiraba convertirse en una guerrera, pero su impaciencia actuaba como un poderoso lastre. Aquella mañana se había levantado pesarosa y fue a refugiarse al río. Observaba su reflejo en las aguas recordando las ocasiones en que Ginko, con un leve y veloz movimiento, la había hecho caer al suelo apenas sin advertirlo. Con el orgullo maltrecho y la desolación alojados en su alma, pensaba que jamás llegaría a honrar a su padre. De pronto escuchó aquella conocida melodía, Ginko siempre canturreaba la misma aria cuando la veía afligida. «Lodae, no te entristezcas; hiciste lo que debías. Actuaste según nuestro código: «La muerte no es eterna; el deshonor, sí». El Maestro sabía cuándo ser duro como el roble y cuándo flexible como el junco. El camino a la gloria exigía sacrificio, templanza, sentido de la justicia y lealtad. Pero en ocasiones la amargura y el odio lograban apoderarse del corazón de la joven. Anhelaba liberar el poblado, aunque no podía evitar deseos de vengar las muertes de su padre y hermanas. «Todavía no estás preparada. El mal te da lo que codicias y te dice aquello que quieres escuchar, para seducirte», insistía ante la testarudez de su discípula. «Haz lo correcto, pero no por motivos equivocados, si no los dioses te dejarán desamparada», era uno de los preceptos que trataba de inculcarle Ginko.

Ahora, Lodae caminaba sola entre tinieblas. Intentaba aguzar la vista, que apenas alcanzaba a distinguir unos árboles y una figura humana que parecía portar una antorcha y hacerle señas de que avanzara. «La luz te guiará», las palabras de su Maestro acudieron a su mente como un fogonazo. Se cubrió con el manto y dirigió sus pasos hacia la luminaria y al llegar allí vio a su abuelo sonriéndole, antes de esfumarse. Unos metros más allá vio un destello y otra figura humana, y algo más alejada otra. La joven, reconfortada y con los ojos acuosos, siguió el camino que le indicaban sus antepasados mientras sentía a su alrededor presencias que cruzaban fugazmente delante de ella, emitiendo un leve ulular.

Cuando su vista se acostumbró a la penumbra vio un paisaje que se le clavó como un puñal en el pecho: el leñador partía un leño inexistente; el herrero trabajaba en la fragua apagada; una madre cantaba una nana mientras mecía sus brazos vacíos. Tenían la mirada perdida y la sonrisa dibujada en los labios. «No lo olvides, el mejor logro del mal es pasar inadvertido, hacer pensar al hombre que es una quimera. Nos engañan cubriendo sus rostros con máscaras», solía advertirle Ginko.

Una vez eliminada la familia que lo acogió, Kysih había abierto el portón a otros seres demoníacos. Anularon la voluntad de algunos aldeanos mediante la seducción, sumiéndolos en un letargo. Otros se rebelaron luchando contra ellos en un combate desigual, siendo exterminados con ferocidad. Los diablos se movían con rapidez invadiendo la aldea, ocupando sus cabañas y aprovechándose del trabajo de los lugareños, mientras se recreaban entre ellos en una fiesta cruenta y orgiástica sin fin. Al ver aquella dantesca imagen recordó las palabras de su maestro: «El mal no duerme, por eso puede estar presente en todos los lugares, a cualquier hora ».


Lodae pasó de largo ignorando aquellos demonios, un guerrero debía buscar un oponente de igual rango. Llegó hasta la última antorcha, la que portaba su padre, que la miraba con dulzura. De inmediato le señaló la plaza donde se encontraba Kysih. Cuando llegó frente a la bestia se descubrió e invocó el nombre de su familia, su jerarquía y sus hazañas.

Kysih la observaba como si fuera una pulga insignificante y soltó una carcajada ante aquel juramento. Luego bufó junto a su rostro. Los cabellos de la joven ondearon como si un huracán le hubiera pasado por encima. Lodae no se inmutó y desenvainó su espada. Pero aquel diablo comenzó a narrarle cómo había disfrutado atormentando y asesinando a sus hermanas; cómo había esperado el regreso de Daloc y cómo se había deleitado con el dolor de su padre al ver la tragedia. Le contó que su benefactor, con el corazón destrozado, quiso acabar con él, pero el sentimiento de venganza le invadió, debilitándolo. Kysih se mofaba de lo sencillo que había sido someter su mente, haciendo que girase la espada hasta clavársela a sí mismo.

—Igual te pasará a ti, Lodae, mi querida hermana…

A la joven el corazón le latía salvajemente, miles de voces aullaban en su cabeza y sentía como un feroz deseo de venganza se apoderaba de ella. Su mano comenzó a temblar, su cuerpo a plegarse. «Tengo que acallarlas… esas voces… tengo acallarlas…», se repetía. De entre las brumas de su mente, en la lejanía, pudo escuchar unos susurros: «Lealtad…», «honor…». Después, la voz insistente de su Maestro hizo que se incorporara con furia: «Haz lo correcto, pero no por motivos equivocados...».

—¡Mi hoja es mi alma! ¡Mi alma de Dios! —exclamó mientras elevaba la espada al cielo.

Las nubes comenzaron a abrirse en mitad de ensordecedores truenos y un relámpago cayó tocando la punta de la espada de Lodae, que de un certero tajo separó la cabeza de la bestia de su tronco.

La aldea se iluminó y sus gentes despertaron del letargo. Desorientadas, contemplaron cómo los diablos se devoraban unos a otros.

Lodae estaba de rodillas, apoyándose en su espada, postrada ante los restos de la bestia, con las ropas, pelo y rostro, ensangrentados y mugrientos, cuando advirtió que una mano le entregaba un paño. Alzó la vista y se encontró con los ojos negros más penetrantes y la sonrisa más seductora que había observado en un muchacho.

12 comentarios:

  1. Me parece muy bueno.
    Un observación hecha con la mejor voluntad: tal vez es algo largo para leer en pantalla. Quizás publicado en dos partes sería acertado. Es una simple opinión.
    Un fuerte abrazo y disculpa.

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  2. Creo que lo había leído antes.En todo caso ha sido un verdadero placer releerlo: está muy bien escrito y tu estilo literario, que ya era bueno, ha mejorado mucho.
    Un beso.

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  3. Margarita, he leído tu relato y me ha gustado mucho. Es largo pero gracias a tu estilo se lee muy bien y resulta ameno. Haces unas citas que me parecen muy acertadas. Me han gustado porque transmiten muchos pensamientos positivos.
    Te felicito.
    Un abrazo
    Conchi

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  4. Margarita, chica, pero ¡qué cuento más espantoso! (Elogio, léase, please)

    Has pintado la mayor de las estafas -la que se gesta desde el útero que contiene a los infames que luego lo demolerán en provecho propio- con total soltura y manejo eficaz.

    Por ejemplo, ese demonio que se presenta envuelto en encanto y dueño presunto de una candidez tan extrema como poco creíble ¡y que sin embargo logra seducir -en base a dicha falacia- para luego diezmar el hogar que habita y desde allí someter a la comarca...! (Bueno, jeje, el mundo está lleno de ejemplos similares. Solo que en tu cuento, cobra dimensiones de fábula... Aunque a veces hay realidades que superan la ficción, justo es acotar)

    Hay algunos preceptos en boca del maestro de lucha que me asombraron gratamente, como por ejemplo:
    “Haz lo correcto, pero no por motivos equivocados, sino los dioses te dejarán desamparada”

    "..Cuando su vista se acostumbró a la penumbra vio un paisaje que se le clavó como un puñal en el pecho: el leñador partía un leño inexistente; el herrero trabajaba en la fragua apagada; una madre cantaba una nana mientras mecía sus brazos vacíos. Tenían la mirada perdida y la sonrisa dibujada en los labios."
    Terrible, desoladora escena ¡Excelente imagen!
    Sobran las palabras y el alma se oscurece... ¡Has logrado un párrafo verdaderamente sobrecogedor!

    Por otra parte, tiene tanta fuerza la imagen de Lodae luego de la faena, que casi no registré la descripción del muchacho que le alcanza el paño. ¡Claro que es Satán!

    Bueno, si la autora me desmiente, lo siento; el cuento ya ha cobrado vida propia. Y mucho más, semejante final.
    ¿Cómo puedo creer que así de simple, encuentra el amor y la bondad?

    No, no.

    Menos, si me regreso hacia atrás en el cuento:
    "… De pronto su pensamiento varió el rumbo, recordando las palabras de su Maestro: “Todo pasa o deja de pasar por alguna razón en el Universo”; y cómo se divertía al objetarle: “Así el Universo siempre gana; juega con ventaja. ¡No es justo!”. Ahora lo entendía.
    .....
    El mal te da lo que codicias y te dice aquello que quieres escuchar, para seducirte”

    Y cuánto más efectiva no será la invasión silenciosa del Mal, recreándose a sí mismo una y otra vez, como cuando te tiende una mano oportuna y seductora:

    "una mano le entregaba un paño. Alzó la vista y se encontró con los ojos negros y la sonrisa más hermosa que había observado en un muchacho." :

    "Los diablos se movían con rapidez"

    ¡BRRRRR! ¡BRRRRR! ¡BRRRRR!

    “No lo olvides, el mejor logro del mal es pasar inadvertido, hacer pensar al hombre que es una quimera. Nos engañan cubriendo sus rostros con máscaras”, solía advertirle Ginko."

    “El mal no duerme y por eso puede estar en todos los lugares”, recordó las palabras de su Maestro"

    Margarita, este cuento es aterrador.

    Su final, así develado, me recuerda el final de la película "El abogado del Diablo": Al Pacino vuelve de inmediato en la persona del buenoide periodista de pueblo: "Vanidad, mi pecado favorito", dijo en ese caso.
    The End.

    Aplausos, amigota.

    Un abrazo. (Corro en busca de un jarro de agua bendita, che. Por si acaso...)

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  5. Nada que disculpar, Felipe. Las observaciones son bienvenidas, para eso colgamos nuestras cosas. Es cierto que es un poco largo. Ya me ha pasado con otros cuentos, pero no veo claro donde partir la historia y dejar el resto para una segunda parte. Me alegro mucho de que te parezca bueno el cuento, es un estimulo grande para seguir trabajando.

    Un beso,

    Margarita

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  6. Juan, qué bueno verte por aquí. Sí, creo que este ya lo habías leído. Me alegro que te haya gustado releerlo. Bueno, pues tratando de mejorar día a día, aunque últimamente voy un poco a trompicones por falta de tiempo. Pero tengo el anhelo de que en el futuro pueda hacerlo de forma decente. Gracias por tu visita.

    Un beso,

    Margarita

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  7. Conchi, un gusto verte. Me alegro de que te gustase el cuento. Ah, sí, a mí también me gustan esas citas, también me parece que son positivas. En un cuento como este el bien y el mal están bien diferenciados, aunque, en la realidad, las luces y las sombras se aúnen en las personas, en mayor o menor medida y según el momento.

    Gracias, Conchi, es un estímulo que te lean y te comenten.

    Un beso,

    Margarita

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  8. Turke, ¿elogio? Ah, bueno, ¡menos mal! Es que al leer que era espantoso…upsss Entonces es que te gustó este cuento fantástico o fábula, yo para eso no soy buena. Ni te cuento lo que me cuesta clasificar las etiquetas en el blog. Así lo haré, jeje. Bueno, amiga, siempre dicen que la realidad supera la ficción, ¿no?

    Me alegro que te gustasen las sentencias del maestro. ¡Es mi personaje favorito! Sin él nada hubiera aprendido Lodae.

    Bueno, sí, el leñador sin leña, la madre que mece unos brazos vacíos, etc, esa es una imagen desoladora. Para mí toda la parte oscura lo es. Influencias de tragarme tantas pelis de terror.

    Hmm, dicen que el demonio es seductor, ¿no? El joven es Satán, sí, claro que lo es. Claro que a la pobre Lodae la vamos a hacer una gran faena, ya que piensa que acabó con él y se ve enfrente a ese muchachote que tan gentil le ofrece el pañuelo... pero, ¿qué le vamos a hacer…? Es su destino. Así que la autora no te desmiente. Y, sí, el amor y la bondad no aparecen así nada más, aunque ella haya hecho méritos para conseguirlos.

    Los diablos se mueven rápidos… No tenían artrosis…mujer, jajajajaja. Bueno, es un recurso que he visto en las pelis, ese efecto siempre me pone los pelos de punta, así que lo utilicé.

    Uff, menuda película, me encantó “El abogado del diablo”, y también me impactó… Creo que la figura del diablo en esa peli está muy bien recreada, así tan frío, tan medido, uff, como escarpias los pelos, niña.

    Sí, ves a buscar corriendo una jarra de agua bendita, pero no olvides de guardarme un poco, hablando de estos temas, una nunca sabe.

    Me alegro que te gustase y lo hayas encontrado terrorífico. Gracias por tu grata visita.

    Besotes,

    Margarita

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  9. Querida Margarita, me quito el sombrero ante tu creatividad. Dentro del amplio espectro de cuentos que escribes te desenvuelves de manera magnífica en cada uno de ellos, éste, en particular me ha parecido grandioso, pones pensamientos en boca de sus personajes que son todo un acierto.

    Te felicito, amiga!

    Blanca

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  10. Hola Margarita,
    Al fín he tenido tiempo suficiente para disfrutar de la historia que has escrito y pasarme por aqui que tenía muchas ganas ya. Me ha impresionado bastante la historia, algo cruda pero me ha gustado mucho el estilo literario. Que fuerte cuando Lodae arranca la espada del abdomen del padre. Por cierto pusiste una imagen en la historia de una de mis películas favoritas, que va sobre la historia de un guerrero asesino que intenta no matar, intenta hacer el bien, es la peli de Nobuhiro Watsuki: Kenshin. (no la serie, sino la película). Son dibujos manga pero que película, os la recomiendo. Bueno Margarita, encantada, ya tienes una lectora más:) un abrazo,
    Cris

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  11. Blanca, caray, que tú me digas eso… Cuando llevas tres novelas publicadas, de ninguna manera, si alguien se quita el sombrero aquí soy yo, amiga :).

    Me alegro de que los pensamientos, esas enseñanzas te hayan parecido acertados. Me he inspirado en muchos de los pensamientos orientales, espirituales, etc, una recopilación de los que más me han gustado para ponerlos en boca del Maestro.

    Gracias por tus palabras cariñosas, siempre son una inyección ánimo, un estimulo para seguir adelante.

    Un beso,

    Margarita

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  12. ¡Hola, Cristina! Bueno, sí, es un poco largo, pero suelo subir sólo un relato al mes, así se puede leer a plazos, porque siempre andamos mal de tiempo, es cierto. La verdad es que me alargo cuando me pongo a escribir; me emociono, jaja.

    Sí, es una historia un poco fuerte, y esa escena que dices del padre, pues está un poco basada en el harakiri y el rígido código de honor de los Samurai. Ah, no he visto esa película, pero pinta bien, si la encuentro la veré.

    Qué bueno, Cristina, me encantará contar con tus impresiones; siempre nos viene bien saber qué opinan de lo que trenzamos. Te agradezco la lectura y el amable comentario.

    Un beso,

    Margarita

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