martes, 15 de septiembre de 2009

El faro de Santa Ana


Transcurrieron diez largos minutos antes de que Simón Suárez, El Farero, recorriera la escasa distancia que lo separaba de la orilla de la playa y alcanzara el punto exacto donde el haz de luz del faro había iluminado la noche acariciando aquella figura femenina que tan bien conocía. El reuma, cosechado en los años de marino, fue el culpable de que, al llegar, sólo encontrase las huellas de las pisadas de la mujer, sobre la arena. Se inclinó y, tomando un puñado de aquel sílice, como si aún guardara fielmente la esencia de ella, se condolió: «¡Maldita sea, Jimena, siempre tan esquiva!».

Su memoria lo transportó al momento en que la vio por primera vez en Santa Ana; y recordó que ya entonces el destino se mostraba evasivo, pues Jimena Medina llevaba cinco veranos descansando, hospedada en casa de su anciana vecina, Maximina Pedraza, mientras él navegaba por el mundo. La joven extrañaba a su antigua ama de cría, más tarde convertida en su dama de compañía, hasta el día que el ilustre señor Dámaso de Armengol, viudo de la tía de la joven, prendado de su sobrina, la desposó. Quiso la casualidad que aquel verano Simón Suárez pudiera echarse a los ojos a la mujer que le fue vaticinada por un chamán maorí en uno de sus viajes a la Polinesia. Reconoció su melena negra, su mirada cristalina y cada detalle de aquel sereno rostro; tuvo la certeza que era ella, la mujer con la que en innumerables ocasiones se había cruzado en el laberinto del tiempo.

No pasaron muchos días antes de que Simón se enterase, por boca de Maximina, de que la joven padecía el mal de la melancolía. La anciana solicitaba su apoyo para que la sacara de su encierro, pues ésta no sentía deseos de salir ni de hablar ni aun de levantarse de la cama. Estaba preocupada por la niña Jimena y ella se sentía vieja. La ayuda que podía prestarle era escasa. Él era joven, apenas unos años mayor que Jimena, pero muy vividos; por lo tanto tendría asuntos y anécdotas interesantes para compartir con ella y recursos con los que ayudarle a salir de su aislamiento; concluyó que confiaba que su compañía sería beneficiosa para la muchacha. Simón Suárez vio el cielo abierto.


Los jóvenes solían dar largos paseos por la playa, tiempo que Simón aprovechaba para explicarle los pormenores de hacerse a la mar, las incidencias inesperadas que deparaban esas aventuras marinas y la manera como ganó el derecho a lucir los dos aretes de plata que pendían de una de sus orejas, tras atravesar los cabos de Hornos y de Buena Esperanza, en medio de terribles tormentas. Al final del recorrido, se sentaban sobre unas rocas a descansar y la muchacha perdía la mirada en el horizonte durante horas, mientras Simón la acompañaba en los silencios y la tomaba de la mano; gesto que ella no rechazaba.

Cuando Simón advirtió pequeños progresos en Jimena, que se mostraba menos fatigada, más habladora, e incluso sonreía, aun cuando esta tenía la marca de la tristeza, concibió que eran signos para un cambio de estrategia y dispuso lo necesario para llevarla de pesca.

Esa mañana Jimena Medina apareció compuesta con una indumentaria coqueta, un vestido de hilo, parasol y guantes de encaje, todo en un blanco impoluto, inadecuados para la salida, según pensó Simón Suárez, sin poder evitar una leve sonrisa que a la joven ofendió. Fue suficiente motivo para no escuchar su voz en toda la travesía, después de subir y sentarse en el bote. Cansado de ver el mismo cuadro, que pintaba a Jimena aferrada a la sombrilla, inmóvil, con la frente en alto y mirando al mar, se quitó la camisa en un acto de rebeldía. Un majadero insolente es lo que le pareció a ella, pero lo observaba de soslayo, pues le recordaba a las estatuas que había admirado en Grecia. Al marino lo embargó la satisfacción.


Al rato, Jimena seguía aferrada a la sombrilla, mirando al mar, por puro orgullo y dignidad, creía ella, mientras a Simón le parecía que lo hacía porque era estirada y terca como una mula, cuando la joven, de pronto, sintió cómo algo que parecía volar le rozaba el brazo y caía al lado de su asiento. Gritó al pescado. Fulminó con la mirada al joven que sostenía la caña en una mano y con la otra le tiraba un cuchillo al regazo, instándola a que lo limpiara. Puesto que ignoraba esas labores, al principio se negó, pero ante las burlas e insistencias de Simón, aguijoneada en su pundonor, acabó por seguir sus instrucciones, hasta que destripó aquel pescado y los que vinieron a continuación; para cuando acabó con todas las piezas, había adquirido una pericia que la complació. Entonces cayó en la cuenta de que sus ropas estaban desahuciadas y le brotó una risa tan franca como no la recordaba. «¡Aloha Jimena!», exhaló desde el alma Simón, como si la joven hubiera sido rescatada de otro mundo; un mundo de tinieblas.

En el trayecto que media entre el muelle y la casa, Jimena Medina bajó la guardia y se armó de valor para saciar su curiosidad y acabó preguntándole a Simón por el significado del tatuaje que lucía en su hombro izquierdo. El marino le contó que, para el pueblo maorí, los tatuajes tienen un carácter sagrado; y es el chamán el encargado de concebirlo tras una ceremonia donde recibe visiones que le revelan el pasado y el futuro del iniciado, tanto como los elementos que necesitará para combatir en este mundo, siendo por este motivo, únicos. El suyo le dotaba de la sabiduría con la que poder sanar el espíritu, don que necesitaría cuando encontrara a su alma gemela. «Tú, Jimena. Sucede que todavía no me has reconocido». Las palabras y la mirada intensa hicieron que la joven se ruborizara. Lo que Simón calló, por pudor, fue la advertencia del chamán, que le previno que, para llevar a buen puerto esa misión, debería desechar los ojos terrenales y valerse de los del alma, más capaces para dicho fin.

Un silencio incómodo los venció, como ocurre después de confesiones intensas, pero, de repente, empezaron las bromas y las risas, amoldándose ambos de nuevo la situación. Así, llegaron a la esquina que dobla la calle donde residían, dándose de bruces con un lujoso carruaje, el de Dámaso de Armengol, que esperaba delante de la puerta de la verja. Pasmado, repasó de pies a cabeza a su esposa, descalza, con el vestido sucio y ensangrentado, la melena al viento y un cesto de pescado colgando del brazo; toda ella apestaba.

—Sólo he estado pescando…Dámaso —le aclaró Jimena congelándose la sonrisa en su cara.
—No lo jures, Jimena. Excusatio non petita, accusatio manifesta—espetó el consorte mientras le señalaba la puerta con el bastón.

Jimena Medina entregó el cesto con la pesca al joven y entró en la casa de su ama de cría, seguida de Dámaso de Armengol. Simón Suárez se consideró un ser invisible, porque en ningún momento aquel petimetre de bigote engominado, bastón y guantes, parecía haberle prestado la menor atención. A partir de aquel día, el marino, se mantuvo vigilante de las entradas y salidas en la morada de su vecina, con la incertidumbre cosida al pecho, pues desconocía si Jimena regresaría a su mansión; ese pensamiento lo colmaba de desazón y temor.

Cinco largos días habían pasado cuando Simón advirtió, tras la ventana de su comedor, cargar los baúles al cochero en el carruaje. Su corazón, agitado por el recelo, lo impulsaba a especular con lo que iba a suceder. Al poco rato, vio salir a Dámaso de Armengol y cruzar con paso cansino el jardín, hasta alcanzar la calesa, se acomodó en el asiento, cerró la portezuela y golpeó con el báculo el techo, dando la la orden para que el vehículo se pusiera en marcha. Cuando lo perdió de vista, el marino suspiró de alivio y se apresuró hacia la casa, tocando en la puerta al llegar. Fue Maximina Pedraza quien la abrió y le comunicó que Jimena no estaba en disposición de recibirlo.

Aquel atardecer, Simón, marcado por la nostalgia, deambulaba por la playa, después de dos días de infructuosos intentos por ver a Jimena. Poco podía sospechar que el destino tutelaba sus pasos a fin de que la hallase justo en aquel lugar. Se sentó sobre la arena, al lado de la joven, contemplándola plácidamente bajo el resplandor de la luna, pero la luz del faro iluminó el rostro de la muchacha desenmascarando un pómulo tumefacto y el labio rasgado. «¡¿Es por mi culpa, Jimena?!», preguntó exasperado, Simón. Ella negó. Cerró los ojos y unas lágrimas rodaron por sus mejillas al recordar la noche de bodas, cuando su consorte la desposeyó del fino camisón de seda, examinándola embelesado mientras se interesaba por saber si su padre acostumbraba a aplicarle algún correctivo. Ante la negación de ella, le manifestó: «Verás, amor mío, yo lo haré. No quiero que te angustie la idea de que has obrado de modo incorrecto y lo tomes como un castigo, es más simple, me causa placer hacerlo; provoca mi excitación». Simón comenzó a beber sus lágrimas y ella callaba; siempre callaba. Jimena Medina descubrió la plenitud de los besos, la flama de las caricias y cómo se alcanzaba el cielo en medio de la marea del amor, en manos de aquel marino.

A la mañana siguiente, Jimena al llegar a la casa de su ama de cría, dispuso todo para marcharse de aquel lugar, inmediatamente. Lo vivido la noche anterior le aterrorizaba, se sentía como aquellas fieras amaestradas, que de niña veía actuar en el circo, a las que se les había arrebatado la libertad e incapaces de dar un paso sin el mandato de su domador; perdida y sin voluntad. Cargó un pequeño maletín en la carreta de Maximina y se puso en camino con la certeza de que se dejaba atrás media alma en aquella playa.

Para Simón Suárez ninguna de sus conjeturas tenían sentido, no hallaba explicación para la fuga despavorida de Jimena, pero lo único incuestionable era que con el paso de los días, semanas y meses, su sufrimiento, su rabia, su desesperación, no remitían. Ante su constante insistencia consiguió que Maximina le facilitara la dirección de la joven en la capital, donde esperaba descubrir las respuestas. Pero lo que encontró, tras vagar desde la mansión de Dámaso de Armengol hasta el Palacio de la Ópera, lugar al que lo remitieron los sirvientes de éste, fue la desolación, al ver a Jimena envuelta en seda, cubierta de joyas, sonriente, bajando las escaleras del brazo de su esposo, con el porte de una reina camino de su carroza. Jimena no parecía recordarlo en medio de tanto esplendor y la odió con toda el alma por amarla tanto y, arrebatado por los celos, a gritos la agravió, sin advertir, deslumbrado a causa de aquel brillo, que tras los ojos de la joven se escondía una infinita tristeza.

Aquellas ofensas mortificaron a Jimena, adueñándose de su maltrecho ánimo, echando dolorosas y profundas raíces. Semanas más tarde, una noche cuando estaba en el baño mientras oía a Dámaso de Armengol vociferar para que acudiera al lecho, las imágenes se agolparon en su mente, se sucedían unas a otras, la brutalidad y la obsesión de su esposo, el amor y el desprecio de Simón, su propia cobardía que mataba la esperanza, hicieron que sintiera un dolor en el pecho tan punzante que la obligó a arrodillarse. Dámaso volvió a requerirla. Jimena dejó de llorar, retiró las manos de su rostro y levantando éste fue cuando la percibió, agazapada en el rincón. La Muerte le sonreía, no le pareció espantosa ni fría como se decía, sino cálida, amable y la invitaba a partir con ella. Aquella dama vestida elegantemente de negro la acompañó y juntas tomaron la navaja de afeitar de Dámaso, sorprendiéndose de lo fácil que era acabar con todo.

Las noticias no tardaron en llegar a Santa Ana. Maximina Pedraza, desolada, le narró a Simón Suárez los hechos. Al parecer, según contaron los sirvientes, después de un rato sin obtener respuesta de la muchacha, Dámaso de Armengol violentó la puerta del baño, encontrándose el cuerpo inerte de Jimena en el suelo. Los alaridos del amo de la mansión acabaron por alertar al servicio, que, cuando acudieron, vieron que estaba abrazado a la joven, profiriendo todo tipo de blasfemias. Luego, cargándola en sus brazos subió a la azotea y con ella se arrojó al vacío, pagando así las consecuencias de sus propias crueldades, sin que ningún sirviente moviera un solo dedo para impedírselo. Simón y Maximina la lloraron amargamente largo tiempo.

Simón Suárez, al conocer los hechos, tuvo la certeza de que cuando vio en la lejanía a Jimena, unos días antes, en la playa donde se amaron, no fue un espejismo creado en su mente por mandato de su añoranza, sino una aparición y que ésta estaba esperándolo. Fue por esta razón por la que el marino se quedó en tierra al cuidado del faro de Santa Ana, con la esperanza de poder alcanzarla una noche, cuando el espíritu de Jimena se paseara por la playa. No pasó ni un solo día de su larga existencia en que no se maldijera por no haber tenido en cuenta las advertencias que le hizo aquel chamán maorí.

Ahora, viejo y cansado, Simón Suárez, con la arena de las huellas de Jimena en sus manos, se preguntaba anhelante, cuánto más debía esperar para que la dama negra lo viniera a buscar para llevarlo junto a su amada, pues es sabido que un alma gemela jamás asciende sin su otra mitad.

37 comentarios:

  1. Uff, ¡qué historia!

    Madre mía, Marisol, me ha puesto los pelos de punta.
    Al mejor estilo trágico de Romeo y julieta, estos amantes se encuentran, presumiblemente, más allá de la muerte. Pero más acá, en la vida, todo fue malentendido y tristeza, amor, devoción y muerte.

    Muy fuerte. un cuento terrible, muy meritorio, ejemplo de lo que puede lograr la incomunicación, el dolor y la sociedad, sobre un simple par de encajes, nunca mejor dicho.

    Te felicito. Tal vez vuelva. hoy no quise dejar pasar sin comentario esta historia impactante.

    Un abrazote.

    PD: por cierto, tienes un talento enorme para estos relatos. Mira, te temo, jaja. Vaya. Ahora deberé leer algo ligero para no alucinar con pesadillas.

    Besotes.

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  2. Tremendo relato, Margarita. Muy bien narrado, contiene toda clase de ingredientes: amor, desamor, tristeza y abandono. Y el amor de Damaso, leal hasta la muerte, incluso va más allá y piensa en el modo de reunirse con ella.
    Me ha recordado un poco la Trilogía de la Luna, de Luis Zafon, el de La rosa del Viento.En el primer volumen, el chico también cree ver cada noche el espectro de su amada en el barco fantasma surgiendo de las olas.
    Te felicto una vez más por tu creatividad. Un beso.

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  3. Hola, Margarita...!
    Una historia que debe leerse con tiempo, a fin de solazarse en sus méritos narrativos y degustar esa trama bien hilvanada, hasta ese final impecable.
    Más allá del tono general, subyace esa capacidad inigualable de lograr escribir cosas dignas de releerse.
    Recibe de mi parte saludos muy cordiales.

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  4. Hola, Margarita: Antes me equivoqué en el título de la trilogía, creo que es "La trilogía de la niebla. Yo sólo compré el priemr tomo, "El Principe de la niebla", los otros dos los cogí en la biblioteca pública.

    He vuelto a leer el relato, lo encuentro impresionante. El amor, la infelicidad, la luz de la esperanza y la muerte que acaba con todo. ¿Es tanto el dolor que siente el pobre que aún cree verla invitándole a pasear por la orilla del mar o realmente el amor perdura después aún de la muerte?
    "El amor no sé lo que es pero lo cura todo", y quizás la única receta para la enfermedad del chico sea suicidarse tras sus huellas.
    Te felicito, amiga.

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  5. Hola, Margarita. Me ha dado mucha alegría encontrar un nuevo relato tuyo. Ahora mismo no puedo pararme a leerlo con tranquilidad, como a mí me gusta, pero volveré.
    Te dejo un fuerte abrazo
    Conchi

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  6. Hola, Mónica, así no necesitas ir a la peluquería, jaja, te pasas por el relato y ya está. bueno, es algo terrible y trágico, sí, ya sabes que de vez en cuando me sale uno de estos. Me gusta cambiar de registro.

    Sí, yo creo que si se encuentran en la otra vida, porque en esta todo fueron obstáculos, claro que en esas épocas, no está determinada, pero pensé que sería sobre mediados a finales del XVIII, eran obstáculos insalvables. Y, sí, Jimena va cada noche a esperarlo para ascender juntos. Fijate que Dámaso también murió, pero ella se queda aquí esperando a que le llegue la hora a Simón. Si es fuerte, bien mirado, jaja.

    ¿Tal vez? Ah, cuándo quieras, amiga, siempre es un gusto verte por aquí y contar con tus comentarios y con tu buen ojo para desmenuzar las historias con tanto tino como poesía. Gracias por este comentario, un gusto.

    Jajaja, ¿me temes? Bueno, trataré de que sean terribles, pero solo hasta cierto punto. Ya vi que luego te pasaste por uno de hadas, sí, son más relajantes :). Pero, a veces…

    Un besazo,

    Marisol

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  7. Hola, Juan, ay, sí, es tremendo. Alguna vez toca uno de estos. Sí el amor de Simón es leal más allá de la muerte, ¿se puede pedir más? Y el de Jimena, amigo, porque si te fijas no se va con el marido muerto, sino que se queda a esperar a su amor. Claro que para qué se iba ir con su verdugo, también en el más allá, pobrecilla, anda ya…

    Una imagen preciosa esa del fantasma entre las olas, la del libro que me indicas. A mí me inspiró este relato la foto de la cabecera, cuando la vi, me dieron ganas de hacerle una historia, y me pareció que era una aparición en la playa. Siempre me han gustado los faros y también quería escribir algo sobre ellos, bueno y así salió esta, aunque luego el faro en el camino no es tan protagonista como tenía pensado en principio, porque se me cruzaron los maoríes, jaja, pero así funciona esto.

    "El amor no sé lo que es pero lo cura todo", Pues es cierto, tiene poderes benéficos y lo hace sentir a uno vivo.

    Uff, en cuanto al suicidio del prota, espero que no, ya ha habido bastantes en tan corto espacio. Mejor que se espere a su hora, total, Jimena le está esperando en esa playa.

    Gracias por estos comentarios interesantes y por las felicitaciones. Lo que me alegra es que te haya gustado, amigo.

    Un beso,

    Margarita

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  8. Hola, Luís, una alegría verte por aquí. Gracias por lo que me dices, pero, además es que me salen demasiado largas. Menos mal que no cuelgo muy a menudo y así doy tiempo a leerlas, jaja.

    Ah, caray, no sé qué decirte con tantas cosas bonitas que dices del relato. Un gracias enorme, compañero. Eso de que es digno de releerse, pues, me quedo como un pavo, hinchada. Me alegro mucho de que te gustase.

    Un abrazo,

    Margarita

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  9. Hola, Conchi. Gracias, lo sé. Me ha costado un poquillo arrancar, pero ahí vamos. No te preocupes, tranquila, ya sabes que tardo en subir otro, doy tiempo para que se pueda leer.

    Te agradezco tu apoyo y ánimos.

    Un beso,

    Margarita

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  10. Querida Margarita, por fin vine con tiempo de leer tu relato.
    Una vez más tengo que felicitarte por tus escritos. Una historia que te atrae desde el principio y que te lleva a un final con moraleja.
    Me ha gustado mucho tanto por el contenido como por la forma en que está escrito.
    Me alegro que sigas escribiendo y te agradezco que compartas tus relatos con nosotros.
    Espero que sigas bien, o al menos lo mejor posible.
    Un abrazo y feliz tarde de domingo.
    Conchi

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  11. Margarita: gracias por tu comentario en mi blog. Ya me tomaré el tiempo necesario para leer con atención estos relatos tuyos, no quiero decir una cosa por otra!!!
    Es bueno encontrar personas que comparten algo de nuestra identidad, en este caso nuestros apellidos.

    Te mando una abrazo!!!!!!

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  12. Hola, Conchi, me alegro que te haya gustado el relato. Esta vez es un tema algo más duro, pero de vez en cuando también me gusta contar algo más intenso o dramático. Así vamos variando. Qué bueno lo que me dices de la forma, porque también es importante, así que si te gustó, me alegras el día.

    Soy yo la agradecida de que dediquéis un rato a leer mis relatos, con la escasez que tenemos de tiempo. Y si encima me dejáis comentario con vuestro parecer, pues es una inyección de ánimo que me dais para seguir escribiendo y aprendiendo y que recibo encantada.

    Pues ahí vamos tirando para adelante, no nos queda otro remedio. Muchas gracias, amiga, por estar ahí.

    Un beso,

    Margarita

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  13. ¡Hola, Hernán Tenorio, bienvenido! Cuando puedas, aquí serás bien recibido tú y tus comentarios.

    Sí es curioso encontrarte con persona que lleven ese apellido, ya te dije que por aquí no se prodiga mucho. Me sorprendió esa casualidad. A ver si al final resultamos parientes :).

    Gracias por la visita y el agradable comentario.

    Un abrazo,

    Margarita

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  14. Margarita, una historia intensa, donde se conjugan los sentimientos de dos amores imposibles, de pasiones insalvables y de esperas eternas, donde la muerte en ambos casos es la salvación, la esperanza.

    Qué bueno que hayas vuelto a escribir!

    Muchos besos!
    Blanca

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  15. NIña !! me has dejado prendida a leerte y me he sumerjido tan gustosamente que he vivido las imagenes que tan bien me han llegado, es un placer leerte y seguir descubriendo que las letras nos roban sensaciones tan de la vida misma para bien o no estan alli algunas ya se vivieron otras de seguro se viviran, te dejo un abracito gigante y mis humildes felicitaciones, abracito porteño.

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  16. Que linda historia! me atrapo de principio a fin. Te felicito...

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  17. Margarita, acabo de poner una entrada en mi blog y hablo del libro de Blanca, El legado. Como sé que tú también lo has leído me gustaría que pasaras por allí cuando puedas.
    Llevo unas semanas fatal de tiempo. A ver si me adapto de nuevo al trabajo, jaja.
    Te mando un fuerte abrazo.
    Conchi

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  18. A mí me ha recordado también a Cumbres Borrascosas. Un estilo directo, propio de las grandes novelas del XIX.

    Supongo que presentarás tus relatos a concursos, ¿no? Si no lo haces, busca alguno en la red, que ahora en otoño hay muchas convocatorias y envía éste. Seguro que te cae algún premio :-)

    Suerte y un besazo, guapa.

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  19. Querida Blanca, qué bien que te haya gustado esta historia. Sí, es algo intensa, ya sabes que de vez en cuando disfruto escribiendo una de estas, jeje, donde hay una situación amorosa complicada entre los personajes, donde no hayan salida para las circunstancias que los mantienen atrapados. Para Jimena creo que sí fue una liberación, para Dámaso creo que no le quedó otra salida, era eso o vivir sin el objeto de su obsesión y eligió irse detrás de ella. Lo que sucede es que Jimena esperaba para estar en la eternidad a Simón.

    Gracias por tu lectura y el comentario tan conciso como certero.

    Un besote, amiga,

    Margarita

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  20. ¡Hola Colibrí! Un gusto tu visita. Ah, qué bueno que vivieras el relato de forma tan intensa que hayas visto las imágenes. Para mí es una satisfacción saberlo, y te agradezco que me lo digas, porque es un estímulo para seguir aporreando las teclas. Creo que inventar historia, darles vida y transmitir sensaciones a otras personas es lo que más me gusta de esto.

    Te agradezco mucho tu cariñoso comentario y ese cálido abrazo porteño :).

    Un beso,

    Margarita

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  21. Hola, Otra vez, bienvenid@ a mi blog. Qué bueno que el relato atrapó tu interés hasta el final y que la historia te gustase. Le puse mucho cariño a estos personajes, bueno, a Jimena y Simón, jeje.

    Gracias por dejar tu parecer, y sé siempre bienvenid@.

    Un abrazo,

    Margarita

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  22. Hola, Conchi. Gracias por el aviso. Me parece todo un bonito detalle para con Blanca. Ya me pasé por tu blog y dejé mis impresiones sobre esta estupenda novela.

    Ay, amiga, el tiempo, quién lo inventaría, siempre vamos escasos y corriendo para todos lados. Yo siempre me quejo de lo mismo, no sé si soy yo que no me cunde, jaja, pero veo que nos pasa a muchos.

    Un beso,

    Margarita

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  23. Ana, guauuu! Me he quedado encantada con tus palabras. Gracias, niña. Cumbres Borrascosas es una de mis historias amorosas preferidas, desde que vi la película siendo casi una niña, me quedé fascinada con la fuerza de la historia y sus personajes. Luego leí la novela.

    Pues no he presentado ningún relato a concurso, todavía. Tengo enlaces donde publican estos calendarios, pero a la hora de la verdad, no me animo. Así que te agradezco mucho que me lo hayas apuntado. Mira, lo intentaré con éste, a ver qué pasa.

    Te agradezco mucho que hayas leído el relato y este comentario que me ha llenado de satisfacción y ha sido una inyección de animo para continuar adelante.

    Un beso grande,

    Margarita

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  24. Ahhh que bonita historia, hoy que he podido, la acabo de leer despacio, me imagino lo guapo que debía estar Simón con sus aretes y su tatuaje, no me extraña que Jimena se volviera loca de amor por él.
    Muy bonita, seguramente Simón no se suicide, porque él es feliz cuando pasea por la playa y aunque no vea a su amada Jimena si que siente sus abrazos.
    Un beso

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  25. Hola Margarita,
    precioso relato, me alegra que te hayas decidido a dejar tu huella en mi blog para poder conocerte.
    Un saludo.

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  26. Hola Margarita,

    Menudo relato, me puso la piel de gallina. Me encantó, me recordó a Romeo y Julieta :). Voy a ver ahora tu otro blog. Un besote guapísima

    Cris

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  27. Hola, Margarita. Si tienes un momentito pásate por Compartiendo y nos dejas un pensamiento, ¿vale? Sé que el tiempo es nuestro enemigo, pero a ver si puede ser..
    Un fuerte abrazo, amiga. Espero que sigas bien.
    Conchi

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  28. Hola, Tomi, qué alegría verte por aquí. Ah, sí, ¿verdad? Imagina Jimena viviendo en un mundo tan distinto y con un marido como el suyo y llega y se encuentra con este Simón; no tenía nada que hacer, aparte de caer rendida, jaja.

    Supongo que Simón se siente reconfortado viendo a Jimena y esperando a que le llegue su hora. Quiero pensar que luego estarán juntos. Me alegra que te gustase este relato.

    Un beso,

    Margarita

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  29. ¡Hola, Lola!, creo que hemos coincidido por poco tiempo en el foro El Recreo. Sigo tu blog siempre que puedo, me resulta muy ameno e interesante. Me alegro que te haya gustado el relato. Siempre es un aliciente contar con vuestras opiniones. Gracias por la visita y comentar.

    Un abrazo,

    Margarita

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  30. Hola, Cristina, qué alegría verte en mi casa ;). Ah, bueno, pues me alegro que te haya provocado esas sensaciones, jaja. Y qué bien que te haya gustado. ¿Romeo y Julieta? Vaya, eres la segunda que lo piensa, debe ser por lo trágico de la relación. Es una pena, pero por eso al final lo dejo abierto, un amor más allá de la muerte. Es que soy una romántica empedernida.

    Pasa cuando quieras, siempre eres bienvenida.

    Un besazo,

    Margarita

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  31. Conchi, gracias por pensar en mí y por el aviso, porque haces unas experiencias para compartir muy imaginativas, divertidas y hermosas. Un gusto participar en ellas.

    Ahí vamos para adelante, pasito a pasito, amiga. Gracias. Un abrazo grande,

    Margarita

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  32. Hermoso relato, al estilo de Romeo y Julieta, ha sido un placer leerte
    que tengas una feliz semana
    un beso
    RMC

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  33. Bonita historia. Siempre es un placer volver.

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  34. Excelente relato, me ha dejado fascinado, merece la pena una relectura, es la primera vez que leo algo tuyo (creo) y he quedado gratamente sorprendido.
    Volveré más seguido a leer todo lo que no te he leido.
    Un abrazo y gracias por el buen momento de lectura

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  35. Hola RMC, perdona la tardanza en contestarte, pensé que ya lo había hecho. Me alegro que te haya gustado. Me sorprendió que varios lectores os remitiese a Romeo y Julieta, no se me había pasado por la cabeza.

    Gracias por leer y comentar este relato, siempre es un gusto contar con opiniones.

    Un beso,

    Margarita

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  36. Hola Felipe, qué bueno verte por aquí; para mí es un honor que alguien de tu valía como poeta lea mis relatos. Me alegro que te gustase. Gracias por pasar.

    Un abrazo,

    Margarita

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  37. Gustavo, un gusto verte. Ah, pues qué bueno que te hayas llevado esa impresión. Muchas gracias por tus palabras; todo un honor. Me alegro que hayas pasado un buen rato leyéndolo, de eso se trata.

    Vuelve cuando quieras, esta es tu casa :).

    Un abrazo,

    Margarita

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Gracias por tu visita y por dejarme tu opinión. Ellas son las que dan sentido a este blog :)