domingo, 1 de noviembre de 2009

Habitando en el pasado


“Aquello que habita en el pasado y aquello que habita en el futuro es solo una pequeña cosa comparado con aquello que habita dentro de nosotros".
Ralph Waldo Emerson


Sabrina Tirado, desconcertada, detuvo el coche ante la verja de la mansión perteneciente a su familia, no estaba habitada desde hacía varias generaciones; tenía escasas referencias del lugar o de sus antiguos moradores. Aún así acabó delante del enigmático edificio tras conducir todo el día de forma mecánica, como si hubiera estado hipnotizada. De niña, al sentirse fascinada por las añejas fotos de aquel caserón, preguntaba a sus tíos, que la habían adoptado tras quedarse huérfana, obteniendo respuestas evasivas seguidas por el silencio.

La quietud fue interrumpida por los sollozos de su pequeña que descansaba en un capazo sobre los asientos traseros del vehículo. Bajó del coche y abrió la oxidada verja con la determinación de pasar la noche allí, pues ya estaba cayendo el crepúsculo. No recordaba todo lo ocurrido el día anterior, vagamente que había tenido una acalorada discusión con Adrián, su compañero, algo que por desgracia sucedía con demasiada frecuencia desde que naciera su hija. Activó el buzón de voz de su móvil y escuchó un mensaje suyo: «Sabri regresa y hablemos, por favor, ¿a dónde vas a ir de noche y con la niña? ¡Llámame, cariño!». Intentó desempolvar sus actos durante las últimas veinticuatro horas, tenía el convencimiento de que no había contestado esa llamada, por lo que malgastó la poca batería de que disponía el teléfono tratando de hablar con Adrián; nadie al otro lado respondió.


Reunió los escasos bártulos que portaba en el maletero y que podrían ayudarle a pasar la noche con cierta comodidad, montó el cochecito de la niña y la depositó en él y armada con una linterna entró en la mansión familiar. Le golpeó el olor viciado, a humedad, el polvo y una extraña sensación le hizo estremecer de frío. Recorrió parte de la casa y adecentó bajo mínimos una de las alcobas, estableciendo en ella su cuartel general del que no pensaba moverse en toda la noche.

Pocas veces salen las cosas según las planeamos y cuando Sabrina Tirado acababa de abandonarse al dulce sueño, un fuerte olor a quemado la despertó. Se levantó sobresaltada y linterna en mano comenzó a recorrer todas las estancias de aquella gran mansión. Con el corazón estrujado y la respiración cortada avanzaba con cautela, ahora viendo un hilo de humo al final del pasillo que se esfumaba una vez llegaba al lugar, ahora oyendo el crujir de la madera al ser pisada en la planta superior, pero al subir las escaleras y revisarlo todo, nada fuera de su sitio hallaba. De nuevo en el piso donde dormía placidamente su hija, y antes de entrar al cuarto, bajo el dintel de la puerta, sintió un calor asfixiante y vio en el reflejo de los cristales de una de las ventanas de la habitación unas llamas tras ella, se giró gritando espantada, pero nada sucedía. Pensó entonces que el subconsciente le estaba jugando una mala pasada, pues ella había vivido una situación traumática con el fuego. Cuando contaba con tres años un incendio se declaró en su casa y a consecuencia de éste perdió a sus padres; ella había sido rescatada en el último momento por un vecino. Pero esa idea la descartó en cuanto depositó su cabeza sobre aquel camastro, pues en ese mismo instante, como si de una macabra sincronización se tratase, comenzó a oír como una garra arañaba la puerta del cuarto, haciendo un ruido estremecedor. Aterrorizada se aferró a su pequeña bajo la manta de viaje que las cubría completamente, y olvidándose de su agnosticismo, rezó, rescatando las oraciones de su infancia, hasta que con los primeros rayos del alba, todo cesó.





En cuanto clareó el día, reunió el poco valor que le quedaba, tomó a su niña en brazos, abrió la puerta del cuarto y bajó corriendo las dos plantas, atravesando el vestíbulo en un suspiro como si sus vidas dependieran de ello, y no obtuvo cierta tranquilidad hasta que alcanzó el coche; solo en aquel momento se atrevió a mirar atrás, bien podría ser por causa del terror que la embargaba, pero en el último piso le pareció ver una figura masculina detrás de una de las ventanas mientras una música macabra a ritmo de tambores se apoderaba de su mente.

Sabrina Tirado solía cumplir todas las normas, incluidas las de tráfico, pero tuvo la certeza de que esa era la ocasión perfecta para empezar a infringirlas, y pisó el acelerador como si la persiguiese el mismísimo diablo.

Llegó al pueblo más cercano en menos de cinco minutos. Respiró hondamente a pleno pulmón, sintiendo al fin que estaban a salvo. Aparcó el coche en la única plaza del pueblo, miró a su alrededor, apenas cuatro calles era toda la extensión de aquel tranquilo lugar. Se dirigió al colmado para comprar algunas cosas que necesitaba y preguntó a la tendera por la gran mansión que estaba a las afueras: «Yo pasaría de largo, dicen que es una casa maldita», le aseveró. Antes de que pudiera reaccionar, oyó tras de sí: «Es cierto. Yo fui amiga de su última habitante, Valérie Rousseau». Al oír nombrar a su bisabuela se giró sobresaltada, encontrando una anciana en la que no había reparado, encorvada sobre su bastón y a la que no le quedaba un centímetro de piel sin arrugar ni un diente en la boca. Sabrina Tirado quiso saber cómo se llamaba, a lo que la vieja le respondió ufana: «Créeme, querida, eso es lo que menos te importará cuando acabe lo que voy a contar» y comenzó a narrar sin que nadie se lo pidiera. La joven oía expectante y atónita por la forma tan curiosa en la que se le iba a revelar lo que tantos años de silencio ocultaban.




Su bisabuelo Alonso de Benavides había viajado siendo todavía un muchacho a Haití, y en aquel lugar descubrió lo mucho que le seducían los naipes, el ron y las bellezas de ébano, especialmente una: su bisabuela Valérie Rousseau. Sabrina Tirado se quedó estupefacta al oír que descendía de una negra, pues sus familiares siempre le habían contado que su antepasada era francesa. La anciana siguió enfrascada en su narración y así la muchacha supo que una de las veces en la que los jóvenes estaban en el cobertizo de Valérie Rousseau, entregados con entusiasmo a la tarea de hacer el amor, el padre de aquella diosa los sorprendió. Él era un Bokor, dominaba los secretos de la religión Vudú, una figura a caballo entre un sacerdote y un brujo, uno de los más respetados y temidos de todo Puerto Príncipe. Se dirigió a su hija despreciándola y acusándola de renegada, pues ella bien conocía que su estirpe había hecho un pacto con el diablo para que les librara de la esclavitud del hombre blanco y ahora ella lo quebrantaba revolcándose con uno de ellos. Los jóvenes permanecían en el centro del cobertizo, abrazos de rodillas, desnudos, sudorosos y aterrados mientras el Bokor se acercaba entonando unos extraños cánticos. Una vez frente a ellos, sacó un cuchillo y les cortó un mechón de cabello a ambos, lanzándoles una maldición: «¡El fuego que sentís acabará por devoraros!»; a continuación los echó a la calle tal cual estaban.

Fue de esta manera cómo Alonso de Benavides, novel aventurero, dio por finalizado su viaje y regresó a su hogar de la manera menos sospechada: casado y con la esposa embarazada. Llegado a este punto la anciana tuvo que hacer una pausa hasta que se calmaron sus carcajadas. Continuó explicando que la familia del joven tampoco los recibieron de buen grado, pero con su educación no les quedó más remedio que aceptarlos y esperar a que el escándalo pasara. Durante un tiempo ellos mismos se entretenían en las tertulias formulando cábalas sobre lo que había sucedido en Haití, consiguiendo reducirlas a dos: una, que en aquel lugar Alonso de Benavides había perdido el poco juicio que poseía cuando partió, y la otra que aquella negra se lo había arrebatado mediante hechicería o la cama, si bien en sus midas ambas cosas no las contemplaban tan alejadas.



La anciana enmudeció. «¿Qué pasó? ¡No se calle ahora!», reclamó angustiada, Sabrina Tirado. «Ya va… Calma, hija, calma, todo llega en esta vida», respondió ladinamente la vieja, y siguió explicando que la felicidad les duró muy poco tiempo, porque en cuanto les nació la hija comenzaron a tener unas discusiones encarnizadas. La joven sintió cómo esas palabras golpeaban su cerebro como un martillo lo hace en un yunque. La relación se fue enfriando y cuando se declaró el pavoroso incendio, ya no compartían la cama, muriendo abrasados cada uno en su habitación, cumpliéndose así la maldición del Bokor. La joven contenía la respiración, atónita. «Claro que no faltó quién afirmaba que lo que trajo de Haití Valérie Rousseau, aparte de la barriga, no había sido un diablo pegado a los baúles, sino una tara mental que se le desarrolló con el parto y que ella misma fue la causante del incendio». Aclaró que a la pequeña la salvó su niñera y que la criaron los abuelos muy lejos de aquel lugar; nunca más tuvieron noticias de ella. Reconstruyeron la última planta, que fue donde se declaró el incendio y la única que resultó dañada, pero ningún miembro de la familia se aventuró a ocupar la mansión. Sabrina Tirado estaba confundida ante lo que había oído y tratando de ordenar los sucesos y rescatar miles de preguntas de entre las nebulosas de su mente, cuando vio que la anciana se disponía a salir del colmado. «Perdone mi indiscreción, pero usted dice haber sido amiga de Valérie… ¡¿Cuántos años tiene?!», alcanzó a preguntar. «Todos los del mundo, hijita…Todos los del mundo», contestó mientras se dirigía con paso cansino fuera del local, y por alguna extraña razón a Sabrina Tirado no le sorprendió que la vieja no hubiera comprado nada.

Completamente aturdida por todos los acontecimientos que la habían rodeado las últimas horas, la joven, se refugió con su hija en la cafetería con la intención de desayunar mientras trataba de digerirlos. Se sentó en la barra y pidió al camarero que le calentara el biberón a su pequeña, un café y unas tostadas. Por su cabeza imágenes y palabras giraban como en un carrusel desbocado. Algunos detalles cobraban sentido para ella, el silencio familiar, su piel canela y el cabello ensortijado y azabache, el incendio en su infancia, las terribles broncas con su compañero. De pronto, una de las fotografías de la portada del periódico que descansaba sobre la barra, le heló la sangre. Ojeó con avidez la noticia: dos días pasado el incendio se lograba identificar el cadáver calcinado de Adrián Mendoza…