lunes 15 de febrero de 2010

Hijas de la luz


Hubo un tiempo, cuando la humanidad apenas era un embrión, en el cual se libraba una cruenta guerra entre los seres de la luz y los entes de las tinieblas. Ambas fuerzas se mantenían neutralizadas entre sí hasta que, acaecido el descenso celestial de Diana, cuyo poder le permitía traer la paz y la armonía a la creación, Abraxas, el rey del Inframundo, ordenó su rapto, buscando inclinar así la balanza a su favor.

Amparados en la noche, los demonios avanzaron con el mismo sigilo que los ladrones por el bosque mágico de Folande, que cobijaba el campamento enemigo en sus entrañas. Por arte de magia todos los seres de la luz permanecieron dormidos mientras las huestes contrarias ejecutaban el secuestro de Diana. Sólo Tara, La Guerrera, se despertó a tiempo de seguir a aquella comitiva maldita hasta la oculta puerta del Inframundo.

Tara observó con horror cómo Abraxas quedaba prendado del dulce rostro de Diana y cómo ésta parecía estar hechizada por la hipnótica mirada de él. Intentó rescatar a su hermana, pero sus esfuerzos fueron en vano. Los demonios la capturaron, borraron su memoria, condenándola a vagar eternamente por el laberinto del tiempo.

Abraxas ordenó a sus legiones que dominaran el mundo, engendraran y esparcieran el egoísmo y la desconfianza en las mentes y los corazones de sus pobladores que, a partir de aquel instante, solventaron sus diferencias mediante guerras, llegando incluso a atacar al vecino por temor a que éste se les adelantase, espoleados por unos pocos hombres seducidos por la codicia, y al servicio de los demonios, que recompensaban a sus secuaces convirtiéndolos en ricos y poderosos. Tras despachar con sus lugartenientes, Abraxas se encerró a solas con Diana en sus aposentos, no sin antes ordenar que la puerta de la gruta fuera sellada.

Los seres de la luz, una vez enterados de lo ocurrido, huérfanos, en inferioridad y desconcertados, peregrinaron por el mundo tratando de contrarrestar a las fuerzas de la oscuridad, esperanzados en que un día encontrarían alguna señal indicándoles el camino a la gloria. Sólo Laila, La Custodia de los espíritus nacidos, permaneció en el campamento confiando en que Tara, la única conocedora de la entrada al Inframundo, aparecería y así lograrían rescatar a Diana.



Mucho tiempo después, Laila, paseaba con la misma ilusión por el bosque de Folande. Jamás se tropezó con ningún ser humano durante todos los siglos transcurridos. Era un lugar recóndito, de difícil acceso. Aquella mañana, en un claro del bosque, bajo los rayos de sol que se filtraban entre los árboles, distinguió una silueta. Se acercó, y comprobó que se trataba de una joven que daba unas pinceladas sobre un lienzo. Unos árboles y a los pies de éstos unos montículos cubiertos de hiedra conformaban su obra. «¿No ves nada más?», le preguntó Laila a la sorprendida muchacha. Ésta no contestó. «Bajo la hiedra se esconden los gnomos. Únicamente los seres especiales pueden contemplarlos. ¿No los ves?». La chica no salía de su estupor. «No me mires así. No estoy loca, vivo de la esperanza… acaso sea la misma cosa. Olvídalo». La joven observó cómo aquella extraña mujer se alejaba por una senda en la que no había reparado hasta ese instante, como si los árboles, a su paso, le hicieran reverencias brindándole el camino.

Intrigada, la muchacha tomó esa misma senda unos minutos después, con la intención de descubir a dónde conducía. Cuando llevaba recorrido un buen trecho, se topó con Laila, encaramada al muro de una casa.

—¡Gracias al cielo! Acércate, por favor, para que me ayudes a pasar al otro lado —solicitó, aliviada Laila.

La joven permaneció inmóvil.

—¡Vamos! Se me cerró la puerta cuando entré por el jardín. Quedé atrapada en el muro —le aclaró.

—¿No está mayor para estos lances? ¿Seguro que es su casa?—le espetó la joven.

—Pero, ¡¿qué te crees?! ¡Vieja será la ropa! ¡Insolente! Ven a echarme una mano.

La desconocida, a regañadientes, ayudó a Laila a saltar el muro. Una vez en el jardín, le pidió que la acompañara al interior de su casa, porque deseaba tratar con ella un asunto serio. La muchacha obedeció; le apetecía ver a dónde le conducían las excentricidades de aquella chiflada. La anfitriona le indicó que la esperase sentada en el salón mientras ella iba a preparar té a la cocina, pero unos susurros provenientes de ese lugar hicieron que la joven se acercara a escuchar: «No estoy de acuerdo con vosotras. No puede ser. No lo creo… esa impertinente ni siquiera posee visión etérea».

—¡¿Con quién está hablando?! —preguntó la chica.

—Acércate. Estoy hablando con dos hadas —contestó, mientras señalaba en dirección a la mesa.

—Lo único que veo es que necesita ayuda médica; pero de manera urgente. ¿Seguro que el líquido de la taza es té? —preguntó la joven.



—¡¿Lo veis?! —soltó Laila en tono melodramático mientras miraba en dirección a la taza. Después, se giró hacia la joven haciendo aspavientos— ¡Eres jodida, hija! ¡Muy jodida! Pero debe haber una causa poderosa por la que te cruzaste en mi camino y la voy a averiguar con o sin tu colaboración. ¡Vas a acompañarme hasta el Árbol del Tiempo! —decretó Laila.

La muchacha siguió burlándose, hasta que Laila le señaló con su báculo y la inmovilizó. «Colmaste mi paciencia. Ahora, sígueme». Emprendieron la marcha bajo el desconcierto de la joven, advertía con espanto cómo su cuerpo no le obedecía al tratar de resistirse y comenzaba a caminar detrás de la mujer. Transcurrieron dos días, en los que tuvo oportunidad de observar asombrosos prodigios de mano de su guía: a su paso, los árboles se retiraban; el río descendió su cauce, para que ellas pudieran cruzarlo; y la montaña abrió sus entrañas para que la pudieran franquear; todo con un simple movimiento de su cayado. Lo único que La Custodia no consiguió fue acallar las quejas de la joven, que la exasperaban.

«Silencio. ¿Oyes algo?», preguntó Laila. La muchacha negó. «Estamos cerca. Puedo percibir el sonido que hacen las hojas del Árbol del Tiempo al caer». Entonces asintió; ya nada se le antojaba una quimera. Recorrieron unos metros más antes de que un hermoso prado aflorase ante ellas, en su corazón se alzaba un majestuoso árbol de hojas multicolores, a los pies de un lago. A la joven le dominó una emoción cautivadora.

Laila indicó a su acompañante que debía situarse bajo el Árbol del Tiempo, escoger una hoja de cada estación y, después, lanzarlas a las aguas del lago en orden inverso al ciclo natural: primero, la que pertenecía al invierno, seguidas de las que correspondían al otoño, el verano y la primavera. Así lo hizo. A continuación, con gesto vacilante, asomó el rostro y observó su perfil en aquel espejo; al instante las imágenes de su vida pasaron delante de ella, retrocediendo en el tiempo hasta su niñez. Aterrorizada, apartó la vista. La Custodia le rogó que continuara. Ante sus ojos las escenas de vidas anteriores se sucedían con la misma velocidad que lo hacen las hojas de un calendario. Cuando la última de éstas le fue desvelada, un latigazo en el alma le forzó a doblegarse desecha en llanto. Salvado el momento, se levantó y anunció: «¡Soy Tara! Recuerdo dónde se encuentra la puerta del Inframundo».



Laila tocó la trompeta con el propósito de que el sonido llegase hasta el último confín del mundo y anunciase a los seres de la luz el regreso de Tara. Al escuchar el reclamo, todos los guías se encaminaron hacia el bosque de Folande, para asistir a la Ceremonia de Bendición.

Bajo un cielo estrellado, los seres de la luz rodeaban una hoguera, con las manos entrelazadas, e invocaban a las fuerzas de los elementos y el poder divino. Tara permanecía junto al fuego, engalanada con su antiguo traje de guerrera y embellecida con sus joyas. Contemplaba a sus hermanos y a las hadas, ninfas y elfos, que le concedían parte de sus energías en la ceremonia. Laila, convertida en su madrina, se acercó con un objeto envuelto en un pañuelo de hilo, ofreciéndoselo con una reverencia a la guerrera. Tara tomó el bulto y deshizo cuidadosamente los pliegues de la prenda, ante sus ojos apareció una daga de plata con hermosos grabados e incrustaciones de turquesas. La joven se emocionó al volver a tener entre las manos su arma sagrada e inquirió con un gesto de incredulidad a su madrina. Ésta le explicó que la halló tras su desaparición y la preservó en espera de poder entregársela a su regreso, y ese día había llegado, colmándola de gozo.

A la mañana siguiente, ambas hermanas emprendieron un nuevo viaje en busca de la entrada al Inframundo, con la determinación de libertar a Diana, una vez lograsen franquear la puerta. En esta ocasión Tara era la guía, lo que no impidió que hasta la más banal de las decisiones fuera discutida entre ellas durante cada día, cada hora y cada minuto de la semana que duró la expedición.

Ocultas tras unos arbustos, Tara señaló una gran roca como el lugar buscado. Se aproximaron y Laila posó su báculo en la pared de ésta al mismo tiempo que ambas iniciaban sus cánticos sagrados, con los cuales transferían sus energías al bastón, hasta que con voluntad ciclópea lograron demoler la puerta. Una bandada de pájaros negros salió a su encuentro, aleteando alrededor de ellas. La Custodia logró espantarlos agitando su cayado, después ingresaron en la gruta y avanzaron cientos de metros con pasos tan sutiles que su presencia era imperceptible, antes de toparse con una pendiente e interminable escalera cincelada en la roca. Sin perder un minuto descendieron por ellas hasta alcanzar el último de aquellos intrincados peldaños, encontrándose frente a una plataforma donde estaba asentada una desoladora y vasta ciudad edificada en piedra. Entre las ruinas divisaron a la pareja envuelta en un halo; la luz de Diana. Abraxas la sujetaba por los hombros, ella pegó su cuerpo al de él, con la misma fuerza de atracción que ejerce un imán, y lo besó con ardor.



Tara y Laila se miraron atónitas. «No va a ser tarea fácil. Ya te lo digo yo. ¿Cómo se rescata a alguien que no quiere serlo? ¡¿Puede saberse?!», gruñó, La Custodia, elevando las palmas de sus manos. «Sin discutir ni perder el tiempo», contestó La Guerrera mientras se encaminaba presurosa hacia la pareja, alcanzando oír a su interlocutora al dejarla atrás: «¡Eres jodida, hija! ¡Muy jodida!».

Abraxas percibió la presencia de las intrusas. Tara se detuvo e increpó a Diana, recordándole cuál era su misión y haciéndole saber que el sufrimiento dominaba el mundo bajo la superioridad demoníaca. Laila llegó a la altura de La Guerrera y se situó a su vera. Diana miraba a ambos lados con el alma despedazada. «¡Vamos, Diana! Regresa con nosotras. Te necesitan». Las palabras de La Custodia guiaron los pasos de la secuestrada, en dirección a sus hermanas.

Aquel demonio no daba crédito a lo que estaba viendo, y, exasperado, de un gesto brusco, materializó una serpiente sobre el suelo. Se agachó a recogerla y, al contacto de sus manos, quedó convertida en un látigo que agitó con brío en la trayectoria de Diana, con el propósito de atraparla. Laila intervino con su báculo, impidiéndoselo. Al instante, Abraxas dirigió el látigo hacia la entrometida y lo descargó con toda su ira implacable, pero antes de que la alzanzara, La Guerrera la desplazó, empujándola, convirtiéndose ella en la receptora; cayó al suelo víctima de un inmenso dolor. En un minuto sintió cómo el veneno comenzaba a actuar. Laila se acuclilló junto a su hermana y tomó la daga lanzándosela con furia a Abraxas, de forma tan certera que le hirió gravemente, en medio del pecho; el bramido estremeció toda la caverna y provocó que una grieta se abriera ante ellos.

Un viento ardiente los golpeó. Observaron un terrible precipicio del que surgían llamaradas desde sus profundidades. «¡Diana! Es la única forma en que podemos estar unidos eternamente, mi bien», imploró Abraxas mientras extendía su mano hacia ella. Sus ojos se encontraron y Diana se dirigió dispuesta a saltar con él; no deseaba abandonarlo. Los amantes se rozaron con la punta de los dedos, encarados en el borde de la fosa.



Tara concentró sus energías y con gran voluntad se levantó. «Si no tienes inconveniente, querido, seré yo quien te acompañe», sentenció. Antes de que nadie pudiera reaccionar, ella ya tenía abrazado al demonio, y con sus últimas fuerzas, de un impulso, se arrojó al abismo, arrastrando a Abraxas en la caída.

Semanas más tarde, con el poder de su líder neutralizado y activo el de la portadora de luz, las legiones de las tinieblas se desgastaron y, desfallecidos, se vieron obligados a replegarse camino al infierno. Diana cumplió su destino e irradió sus dones sobre la creación, con los que consiguió un periodo desconocido de paz entre los hombres; fue el consuelo que alivió la imperecedera herida de su alma desolada.

Laila decidió permanecer en calidad de custodia del bosque, a pesar de que no resultaba necesario. Algunos decían que se había vuelto loca, ella, que vivía de la esperanza…acaso sea la misma cosa. Consideraba que si Tara fue capaz de burlar al tiempo y a las reencarnaciones, bien podría hallar el medio de sortear al averno para regresar a su lugar, el bosque de Folande, junto a ella.

26 comentarios:

Turkesa dijo...

Hola, Margarita: ¡qué hermosa regresión a la niñez, a los cuentos fabulosos y a la naturaleza poblada de seres mágicos y fuerzas invisibles!

Te has lucido con este cuento de hadas, amiga, transporta y suaviza el alma, induce a soñar y a reposar la mirada atormentada por un mundo que se presenta a veces extremadamente brutal. Es justamente esa una de las cualidades de este texto, me parece, que aun en la lucha entre los seres de la luz y las tinieblas, abre una brecha en la imaginación dormida, poniéndole alas a los pies y sobre todo, a los pensamientos.

Es un cuento bello y cadencioso, como una melodía que se esconde cuando la esperanza se ha perdido. Nada más hace falta detenerse a escuchar lo que la Naturaleza desea trasmitirnos. Y tal vez mañana sea demasiado tarde.

Como ves, le he encontrado más de un significado, pues exalta a la naturaleza dignificando sus tesoros que, bajo el tratamiento adecuado, nos bendecirán copiosamente con su luz. En cambio, nos perdemos fatigándonos en la persecución de fuegos fatuos y de paso, hostigamos los dones que esta noble tierra reserva a quienes la respetan.

Te felicito. Has escrito una historia exquisita, como si las cuerdas de un arpa la contaran, en un canto de bondad, determinación, esperanza y perdón que invita a sacar lo mejor de uno mismo; así se deslizaron tus letras por los ojos y oídos de esta lectora.

PD: ¿incrustaciones de turquesas? Ja. Me gusta eso. Besotes.

Tessa dijo...

Hola Margarita:
El cuento me ha encantado.
Transmite sentimientos de cosas tan bellas como es la naturaleza que destruimos sin pensar.

Besos,
Tessa

JUAN dijo...

¡Vaya, Margarita! Os ha dado a todos/as por escribir cuentos fantásticos.
No es lo que más me gusta; pero aprecio el esfuerzo de creatividad que has realizado para conseguir tan buen resultado. Un beso.
PD, Ya te has lanzado a escribir; ahora no lo dejes.
Un beso

Eurice dijo...

Un cuento espectacular...
Tara nunca debió tener las llaves del inframundo...
es una hermosa oración a la naturaleza.
Gracias por tu visita a mi oscuro desván.
Que tengas buen día de domingo!
SALUDOS!

Gustavo Pertierra dijo...

Es una bocanada de aire fresco, en medio de una realidad a veces agobiante. Este tipo de lecturas no permite escaparnos por un rato de tanta violencia, vulgaridad y mentira. Ha sido un placer la lectura.
Te dejo un cordial abrazo

RMC dijo...

Reflexivo y excelente texto
un placer leerte.
que tengas una feliz semana
un abrazo.

Felipe Sérvulo dijo...

Muy hermoso.
Abrazos mil.

Natacha dijo...

Qué hermosa historia... hoy he tenido tiempo de leela completa y me ha encantado. Sus personajes nos hacen volver a la niñez.
Un beso, linda.
Natacha.

MiánRos dijo...

Un relato de Fantasía encantador. La aventura está bien llevada y descrita. Felicidades.
Un abrazo, amiga.
Mián Ros

Tomi dijo...

Siempre me gustaron los cuentos de hadas, bosques encantados, duendes que se esconden en lo troncos de los árboles, brujas y hechizos, y príncipes azules.
Este que nos has contado es muy bonito, me ha gustado.
Besos

Margarita dijo...

Hola, Mónica, disculpa la tardanza en contestarte, sí… es que se me pasan los días volando; no tengo remedio. Tu comentario me dejó flotando, me emocionó y no sé qué decir ante tan bellas palabras. ¡Gracias, amiga! Me gustó que el cuento te hiciera retroceder hasta la niñez, creo que uno no debe perder ese niño que llevamos dentro, o al menos, poder sacarlo a pasear de vez en cuando.

Pero, mira las cosas que dices: “transporta y suaviza el alma, induce a soñar y a reposar la mirada atormentada por un mundo que se presenta a veces extremadamente brutal”. Es pura poesía, para enmarcarla.

Haces una lectura muy profunda sobre los temas que trata el cuento y me da mucho gusto. Es cierto, somos egoístas y solemos pensar poco en el futuro y el daño medioambiental que estamos haciendo, como si la Naturaleza fuera infinita, como si no nos preocupara de dejar la casa bonita y en buenas condiciones para los que vendrán detrás. Y solo estamos de prestado, nada nos pertenece. “En cambio, nos perdemos fatigándonos en la persecución de fuegos fatuos”, tal cual, como si tuviéramos algo comprado, y de aquí no nos llevaremos nada, si acaso, los sentimientos, los momentos vividos y lo que hayamos aprendido. Creo que al final de la vida es lo que cuenta.

”Has escrito una historia exquisita, como si las cuerdas de un arpa la contaran, en un canto de bondad, determinación, esperanza y perdón que invita a sacar lo mejor de uno mismo”

Las cuerdas de un arpa… Guauu! Qué preciosidad de párrafo, que demuestra claramente tu sensibilidad. Tenerte como amiga y lectora, es todo un privilegio.

Por supuesto, qué otra piedra semipreciosa podría haber sido, si no turquesas. Me alegro que te gustase el guiño. Gracias mil por este comentario balsámico para el alma y estimulante para seguir aprendiendo.

Un abrazo enorme,

Margarita

Margarita dijo...

Hola Tessa, me alegro que te haya gustado. Es cierto, deberíamos cuidarla más, pero, no sé si tenemos remedio. Creo que, últimamente, nos vamos concienciando más, ahora solo hace falta que pasemos a la práctica.

Gracias por leerlo, porque era un pelín largo, y se lleva su tiempo, que no nos sobra y por comentarlo.

Un beso,

Margarita

Margarita dijo...

Eso parece, Juan. Aunque no es la primera vez que toco estos temas. Los bosques, las hadas y el mundo misterioso, mágico, me atraen mucho. Sí, ya sabía por comentarios en tu blog que no te iba mucho estos temas, espero que la historia de fondo te haya resultado amena. Gracias por la lectura y tu comentario.

Pues espero seguir, porque, últimamente, me cuesta algo más y voy espaciando los relatos. Supongo que este pasado no ha sido un año muy bueno y lleva su tiempo asentarse en la nueva situación. Ya sabes, amigo. Te haré caso, y le daré a las teclas, a ver qué sale la próxima vez :).

Un beso,

Margarita

Margarita dijo...

¡Bienvenida! Eurice. Pues, sí, Tara lo pagó con un precio muy alto. Pero debía ser su misión… y seguro que encuentra la forma de salir ;).

Gracias por tus hermosas palabras. Eso de una oración a la naturaleza, es precioso.

Un abrazo,

Margarita

Margarita dijo...

Hola, Gustavo. Es cierto lo que dices, a veces miras como va el mundo y resulta agobiante. Me da gusto que este cuento te haya hecho volar lejos de las cosas negativas que nos rodean.

Gracias por leerlo y por tan bonito comentario, que me anima a seguir.

Un abrazo grande,

Margarita

Margarita dijo...

Hola, RMC, si te lo pareció a ti, me pone contenta y me anima. Me alegro que lo disfrutaras. Gracias por leerlo, es algo largo y dejar tu opinión.

Un abrazo,

Margarita

Margarita dijo...

Hola, Felipe, me alegro que así te lo parezca. Es un gusto saberlo.

Un abrazo grande,

Margarita

Margarita dijo...

Hola, Natacha. Sí, jaja, uff, es que cuando me pongo me pongo y se me suelen ir un poco lejos de letras; a ver si me enmiendo. Gracias por leerlo y por darme tu parecer. Me alegro que te haya encantado y te transportara a la niñez.

Un beso,

Margarita

Margarita dijo...

Hola, Mián. Ah, qué bueno que te lo pareciera. Gracias por la lectura y por este comentario, una inyección de ánimo para seguir aprendiendo.

Un abrazo grande,

Margarita

Margarita dijo...

Hola, Tomi. Ay, tú eres de las mías, jaja, a mí también. Todo lo relacionado con la magia de estos seres me sigue gustando. Será por eso que pintas esos magníficos árboles y aquel precioso unicornio, que no me olvido.

Me alegro que este te haya gustado. ¡Gracias mil!

Otra vez a viajar al olvido... dijo...

Hola Marga, te cuento que se ha publicado mi libro, Detrás de las sonrisas, por el momento se puede conseguir solo en España, si te interesa te dejo la pagina de la editorial, besos.

http://www.lafraguadeltrovador.com/

Margarita dijo...

Hola, otra vez…, me alegro por ti, siempre es una grata noticia ver que un compañero consigue sus sueños. Me daré una vuelta por tu blog. Gracias por la noticia, pero me hubiera gustado saber tu opinión sobre mi cuento, también. Sé que es largo y andamos siempre con el tiempo justo, otra vez será…

Un beso,

Margarita

mimita dijo...

Margarita, estoy atónita, te lo juro.
Me emocionó profundamente esta narración, yo no la llamaría cuento.
Un cuento es algo casi improbable, pero esto que escribiste es mágico, lleva a asociarlo con lo sublime y con lo mundano.
Cuántos son los raptores de luz que ocasionan tantas maldades, cuántos son los que exponen su vida en pro de salvaguardar la de otros.
Ojalá la luz ilumine nuestro mundo, proporcionándonos paz y amor.
Te felicito de todo corazón y te agradezco tu paso por mi blog. Además no recordaba haber visto tu foto, eres muy joven y bella.
un enorme abrazo de esta abuela.
mimita

Margarita dijo...

Disculpa, mimita, por la tardanza en contestarte; prometo enmendarme. A mí lo que me emociono, y mucho, fue leer tu comentario. Saber que te había gustado mi relato. Tienes toda la razón, yo creo que más bien hago relatos. El cuento tiene unas limitaciones que rara vez cumplo.
Qué satisfacción ver que te has quedado con el trasfondo del relato. Mucha, amiga. Y lo dices de forma que me encanta.

“Cuántos son los raptores de luz que ocasionan tantas maldades, cuántos son los que exponen su vida en pro de salvaguardar la de otros”.

Ojalá. Estoy muy contenta y agradecida con las cosas que has dejado en mi casa.

“Ojalá la luz ilumine nuestro mundo, proporcionándonos paz y amor”.

Gracias amiga por leerlo y por tus cálidas palabras, que son un aliciente para mí. Ah, y tú no eres mayor; la edad se lleva en el espíritu y el tuyo es joven y blanco, solo hay que pasarse por tu blog para darse cuenta.

Te mando un abrazo enorme y un beso.

Margarita

Nieves dijo...

Pues aqui estoy, desde tus fotos. Me quedo sin dudarlo. Te iré leyendo despacito. Un beso.

Margarita dijo...

Hola, Nieves, pues yo encantada que estés aquí y que me leas. Siempre nos viene bien contar con las opiniones de quienes nos han leído. Son un gran aliciente. Despacito, sí, porque son algo largos mis relatos, jaja.

Un beso,

Margarita