
"cuando el pasado ya no ilumina el futuro,
el espíritu camina en la oscuridad".
Alexis Tocqueville
Comenzaba a sentir frío en aquella gruta oscura. Alanna había recorrido cada rincón palpando la roca en busca de un mínimo rayo de luz o el menor signo de brisa que le revelara la salida de aquel laberinto. Maldijo su estupidez por no haber obedecido a su guía y aprovechar su descuido para adentrarse en la cueva de la Verdad. « Es cierto que en este lugar puedes descorrer el velo del destino, pero hay maneras más seguras de lograrlo, y recuerda que en este viaje no debes utilizar la magia.», le había advertido Gwion. La joven descansó la espalda contra la pared y se dejó caer, vencida, en el suelo helado. Se abrigó con su capa y se aferró a su espada. Estaba perdida.
Perdida, entre tinieblas, había discurrido su vida los dos últimos años, enfrentándose a feroces contradicciones en su interior. Por un tiempo pudo disimular cara al poblado el secreto que su alma guardaba; pero no se puede engañar a todos todo el tiempo. Al menos no a Elvia, su Instructora, que aquel amanecer la esperó junto al límite del bosque sagrado, con la intención de sorprenderla, al regresar de su encuentro con Habis.
Elvia hubiera jurado sobre la tumba de los Grandes Magos que Alanna, a su tiempo, se convertiría en la esposa de Gwion. Había observado con suma atención a los jóvenes desde la niñez, cómo se guardaban las espaldas en los ejercicios de lucha; cómo permanecían siempre juntos; cómo se entendían con una mirada. Incluso llegó a tener el convencimiento de que ambos eran los Elegidos de la Profecía, los dos magos que sellarían la puerta del Inframundo. El corazón de la anciana se fue llenando de desaliento e inquietud a medida que su discípula avanzaba en el relato, entre sollozos. «Debes peregrinar por la Senda del Destino. Lo dispondré todo ahora mismo.», sentenció a su discípula.
Alanna, sin soltar la espada en medio de la oscuridad de aquella gruta, consumó un ritual instintivo: rozó con su pulgar izquierdo el dedo anular de la misma mano, justo donde pocas horas antes tenía un anillo de madera con incrustaciones de nácar en forma de espiral, regalo de Habis. «Simboliza el comienzo de un ciclo y el fin de otro. Rubrica nuestra unión.», esas palabras resonaban con fuerza en su mente, y al no hallar la alianza su respiración se entrecortó. Jamás supo de dónde procedía el joven que ocupaba sus pensamientos ni quién era en realidad, aquella mañana que lo halló en un claro del bosque, aguardándola, solo tuvo una certeza al reconocerlo como su alma gemela. A partir de aquel día los encuentros se sucedieron a la par que las palabras de amor y de promesas, además de ardientes besos y caricias. Lo amaba ciegamente y no halló objeción alguna cuando Habis le exigió que su relación permaneciese oculta.
Pero aquel secreto sofocaba su alma; ser descubierta por Elvia hizo que se sintiera liberada al compartir su carga. La joven emprendió aquel viaje hacia la Senda del Destino con la esperanza como abrigo de su corazón. Al despuntar aquel día, Gwion y Alanna, abandonaron el poblado para encaminarse más allá del límite del bosque sagrado, debían cruzar territorio hostil, donde habitaban los moradores de las sombras, para poder alcanzar el Templo que coronaba el peregrinaje.Alanna recordó cómo percibían la atmósfera densa, las miradas furtivas que los acechaban en el desierto y el temor que sentían a adentrarse en la población enemiga, sin poder utilizar la magia. Entonces vieron una aparición, una hermosa mujer que se dirigió a la muchacha y le habló antes de esfumarse: «No temas. Tú verás la luz que lo colma todo.».
Ahora, prisionera en la gruta, rodeada de oscuridad, esbozó una irónica sonrisa. Siguió recordando cómo se despojaron de sus temores y atravesaron aquella área, habitada por seres de corazones de diorita, como un par de infiltrados. A las afueras del lugar se toparon con una capilla y Alanna se estremeció al reconocerla. «Tengo algo que hacer. Quédate en la antecámara y no hables con nadie. Si te ofrecen algo de comer, o de beber, no lo aceptes.», le dijo a un desconcertado Gwion, que antes de que pudiera reaccionar vio como la joven descorrió la cortina y desapareció tras ellas. En la cámara las paredes estaban pintadas de rojo y negro y como único mobiliario había una mesa que sostenía cuernos, huesos de animales y unos cuencos con hierbas y sangre. Alanna se quitó el anillo y lo depositó en medio del altar. Dudó un instante y, al ir a recuperarlo, unas estruendosas carcajadas martillearon sus oídos. Salió a toda prisa, tomó a Gwion de la mano y echaron a correr hasta alcanzar el exterior. Aquella noche, como tantas otras, las pesadillas se presentaron, perturbándola, un demonio enfurecido se abalanzaba sobre ella. Se despertó gritando justo en el momento que Gwion iba a abrigarla con una manta. El joven la estrechó entre sus brazos y ella lloró en silencio.
Alanna sentía que el frío húmedo de aquella cueva se instalaba en sus huesos y un creciente cansancio le obligaba a hacer titánicos esfuerzos por mantenerse despierta, pero siguió recordando su historia. «Jamás me había sentido intimidado de esa forma como en esa extraña capilla, pero tú parecías saber dónde estabas. ¡¿De qué los conoces, Alanna?!». Gwion no obtuvo ninguna respuesta. Ella conocía aquel lugar de la mano de Habis. «Nosotros estamos llamados a triunfar, a gobernar voluntades, a ser las cabezas de una nueva concepción de la magia. Toma este anillo. Simboliza el comienzo de un ciclo y el fin de otro. Rubrica nuestra unión.». Hablaba con un convencimiento absoluto y contagioso. Solo lo veía y lo escuchaba a él, sin percibir que la había conducido al inframundo.
Los párpados se le cerraban a la joven, en ese instante apreció una débil voz que la llamaba. Se levantó y guiada por esta recorrió unos metros antes de vislumbrar un halo de luz en la lejanía. Al acercarse distinguió las piedras y las cruces de un cementerio. Unos golpes acompañaban a aquel endeble hilo de voz y advirtió que era Habis quien la nombraba con insistentes suplicas. Angustiada, preguntó por él a los escasos seres que se encontró en aquel lugar, mientras aquel eco fúnebre la mortificaba. La culpaba de haberlo sepultado en ese osario. Alanna se apresuró buscando desesperada a su amado, para salvarlo. A su paso tenía que sortear y apartar a empellones a macilentos cadáveres y esqueletos que pretendían atraparla. En aquel momento notó que la tomaban por los hombros zarandeándola y comenzó a gritar aterrorizada. «¡Alanna, despierta! ¡Soy Gwion!».
Dejó que el sol acariciara su rostro y exhaló una bocanada de aire puro con la que llenarse los pulmones, nada más abandonar aquella maldita gruta. Después, Alanna recriminó a Gwion haber utilizado la magia para salvarla. «¡Siempre fuiste una desagradecida…! ¿Cómo lo van a saber nuestros maestros? ¿Se lo vas a contar tú…?». La joven negó antes de abrazarse a su compañero.
Dos horas más tarde pisaban el Templo. Gwion tiró de la joven que se quedaba rezagada. Sus alas habían rozado el mal y se juzgaba indigna de aquel honor, pero, sobreponiéndose a sus pensamientos, encaminó sus pasos con firmeza hacia el altar, desenfundó su espada y la depositó a los pies del dios, Tiagos; después se arrodilló y proclamó, sin titubear: «Mi espada está, humildemente, a tu servicio, Señor.». En ese instante una luz blanca y densa la cubrió completamente. Al finalizar abandonaron el Templo con el corazón preñado de paz y el rostro sereno.
No habían recorrido mucha distancia cuando Gwion se percató de una creciente intranquilidad en Alanna. Pensó que sería mejor descansar, no en vano el día había sido intenso, pero antes de poder comunicárselo a su compañera una extraña fuerza lo derribó y le impidió moverse. Trató de ver dónde se encontraba ella y también yacía en tierra. Los acontecimientos sucedieron a tal velocidad que no le dio tiempo a advertirlos, estaba totalmente desorientado, a diferencia de Alanna que ya intuía la presencia de Habis, desde hacia un buen rato. Gwion se asfixiaba. La joven debía actuar sin perder un segundo, tenía la certeza de que no le sucedería ningún mal, Habis, la amaba; no actuaría en su contra. Extendió su mano al tiempo que lanzaba una invocación hacia su contrincante, que perdió la concentración un momento, suficiente para que ella pudiera levantarse y desenfundar su espada hundiéndola en el pecho de aquel hombre que había venerado antes de que convirtiera su existencia tan amarga como el ajenjo.Habis la miró con una mezcla de incredulidad y de dolor antes de sucumbir.
Una nube de polvo se levantó, al instante comenzó a agrietarse la tierra. Alanna cubrió el cuerpo de Gwion, cerró los ojos, y recitó plegarias mientras sentían el viento ardiente rozar sus rostros, un olor nauseabundo les inundaba las fosas nasales y susurros maléficos invadían sus oídos. Permanecieron inmóviles hasta que todo hubo cesado. Después, miraron a su alrededor y Habis ya no estaba. «¿¡Has utilizado la magia para salvarme, Alanna!? ¡Has infringido las reglas!». «Solo un poquito… ¡Bah! Ellos sabían que eso era como pedirle a un perro que no ladre. Esto no va a trascender, ¿verdad?», dijo con aquella expresión pícara que siempre lo desarmaba.
Aquella noche reinaba una estrenada calma. Alanna dormía de forma plácida, lejos de las pesadillas, junto a la hoguera. Gwion se acercó a arroparla con la manta y ella abrió los ojos, sosegada. «¿Hoy no gritas?», le preguntó él, con un mohín de provocación que la sonrojó y la espoleó en su respuesta: «Ya veremos… Quédate aquí a mi lado.».
Una nube de polvo se levantó, al instante comenzó a agrietarse la tierra. Alanna cubrió el cuerpo de Gwion, cerró los ojos, y recitó plegarias mientras sentían el viento ardiente rozar sus rostros, un olor nauseabundo les inundaba las fosas nasales y susurros maléficos invadían sus oídos. Permanecieron inmóviles hasta que todo hubo cesado. Después, miraron a su alrededor y Habis ya no estaba. «¿¡Has utilizado la magia para salvarme, Alanna!? ¡Has infringido las reglas!». «Solo un poquito… ¡Bah! Ellos sabían que eso era como pedirle a un perro que no ladre. Esto no va a trascender, ¿verdad?», dijo con aquella expresión pícara que siempre lo desarmaba.
Aquella noche reinaba una estrenada calma. Alanna dormía de forma plácida, lejos de las pesadillas, junto a la hoguera. Gwion se acercó a arroparla con la manta y ella abrió los ojos, sosegada. «¿Hoy no gritas?», le preguntó él, con un mohín de provocación que la sonrojó y la espoleó en su respuesta: «Ya veremos… Quédate aquí a mi lado.».

