Érase, una vez,
Un lobito bueno,
Al que maltrataban
Todos los corderos,
Y había, también,
Un príncipe malo,
Una bruja hermosa
Y un pirata honrado.
Un lobito bueno,
Al que maltrataban
Todos los corderos,
Y había, también,
Un príncipe malo,
Una bruja hermosa
Y un pirata honrado.
José Agustín Goytisolo
Cuando en el puerto de aquella isla, el capitán River se disponía a echar anclas del Espíritu del Mar, no pudo eludir el impulso de visitar a su extraño oráculo.
Es así que, sin el menor atisbo de oposición, su voluntad fue dócil al viento de poniente y cabalgó en sedienta búsqueda de los consejos de la bruja Miranda.
Por segunda vez atravesó bosques, pueblos, arroyos y valles hasta que logró identificar la oculta gruta en la que había morado, meses antes de hacerse a la mar.
Miranda que estaba ocupada removiendo la marmita, al advertir la presencia del joven capitán levantó la cabeza revelando su hermoso rostro que dejó congelado al marino, a pesar de que se encontraban en el trópico.
Es así que, sin el menor atisbo de oposición, su voluntad fue dócil al viento de poniente y cabalgó en sedienta búsqueda de los consejos de la bruja Miranda.
Por segunda vez atravesó bosques, pueblos, arroyos y valles hasta que logró identificar la oculta gruta en la que había morado, meses antes de hacerse a la mar.
Miranda que estaba ocupada removiendo la marmita, al advertir la presencia del joven capitán levantó la cabeza revelando su hermoso rostro que dejó congelado al marino, a pesar de que se encontraban en el trópico.
—Esperaba su visita, capitán John River.
«No lo creo», pensó el joven. Pues la máscara confeccionada con la piel y los colmillos de un jabalí con la que Miranda se cubría siempre el rostro al recibir sus visitas, ahora descansaba sobre un taburete cercano. Con toda probabilidad los vapores de la pócima que emanaban de la marmita le habían hecho renunciar a llevarla puesta.
—Pase y acomódese. No se preocupe, ya sabe que Wolf es inofensivo—indicó Miranda, refiriéndose al lobo que había encontrado en el bosque cuando era un cachorro, perdido y enfermo. Un animal al que crió con tanto amor que le hizo poseedor de una nobleza extraordinaria. Incluso, se había dado el caso de ser maltratado por unos corderos. Pero eso forma parte de otra historia.
—Y, ¿cómo es eso de que esperaba mi presencia, señora? ¿Acaso me encuentro a merced de sus poderes? —Indagó John River, mientras aprovechaba la renuncia de Wolf a husmearlo, para dejarse caer sobre una silla medio desvencijada.
—No, capitán. Verá usted: a mis oídos llegó una ventura sufrida por el galeón español Infanta Isabel, que una vez fue abordado y vaciadas sus bodegas, llenas de oro, al parecer, el capitán pirata autor del asalto se compadeció de las súplicas de los desdichados tripulantes y todo les fue devuelto, por orden suya. Aunque por desgracia, el diablo, contrariado con él lo abandonó a su suerte y, dicho capitán, no pudo evitar que su tripulación se amotinara y acabara colgándolo boca abajo del mástil mayor. Y me dije: ¿quién sino el capitán John River y su Espíritu del Mar habrían podido protagonizar tal hazaña?
El capitán John River carraspeó tremendamente avergonzado y, de no haber quedado hechizado por aquellos ojos verdes, habría bajado la cabeza. Pero tuvo los suficientes reflejos para dar una salida airosa:
—Lo importante de este desafortunado asunto, es que desde las alturas les hice entrar en razón y llegamos a un pacto entre caballeros; todo está aclarado entre nosotros, señora mía.
Los ojos de Miranda Bonny tenían un extraño brillo mientras contemplaba al atípico pirata que tenía delante: John River era bien parecido, culto, elegante y solo tomaba té.
—Miranda, no le es ajeno que mi mayor deseo es convertirme en un temido y afamado pirata. Pero siento que he fracasado sin remisión—confesó el joven aspirante, al mismo tiempo que sus ojos retozaban entre los carnosos labios y el cabello rojo fuego de la joven y bella bruja.
La hechicera comenzó a recitar unos conjuros mientras pasaba sus brazos delante de la lumbre con los ojos fijos en ella... A los pocos minutos entró en trance y proclamó:
—Todavía no está todo perdido, capitán River. Siga fondeado en este puerto. Prepárese para desplegar las velas en dos semanas. Disponga todo lo necesario para una larga y exitosa travesía. Puedo ver cómo una mujer principal de Portobello corre hacia su encuentro, sube por la pasarela de su navío y le entrega en mano el mapa en el que se indica dónde está enterrado el tesoro de Edward Teach, “Barbanegra”.
El capitán John River trató de ocultar su desconcierto. No podía creer en aquella visión que se le antojaba descabellada. No conocía a nadie en esa isla, mucho menos a mujeres importantes y la única mujer de todo Portobello con la que desea estar, era aquella hermosa bruja. Quizá por eso, por no desilusionarla, asintió.
—Ahora retírese. Debo preparar con esmero esta pócima de vital importancia para mí. Wolf lo acompañará hasta la salida.
Dos semanas después, el capitán John River había ultimado casi todos los detalles para poder partir esa misma madrugada, aunque se reprochaba una y otra vez haber tomado en consideración la visión de una bruja que ahora presumía algo chiflada. Ensimismado en estas cavilaciones, regresaba de hacer unas compras en el mercado cuando al llegar al puerto se vio envuelto en un gran tumulto. No recordaba que ese mismo día el gobernador y su hija recibían al príncipe William Tardor que, según las malas lenguas que siempre abundan en todos los lugares, había viajado desde Londres impulsado por un oscuro deseo. El infortunio perseguía al gobernador, cuyo puesto le fue otorgado por el rey tras rogárselo encarecidamente con el propósito de alejar a su hija de las garras del príncipe William, que se había encaprichado de la joven.
Poco duró la dicha del exilio. Con el rey moribundo, William Tardor, no dudó en embarcarse rumbo a Portobello a reclamar aquello que no había conseguido dos años atrás. El principe William era atractivo, pero cruel y pendenciero; capaz de ordenar arrasar pueblos y deleitarse contemplando las mayores atrocidades que su ejército era capaz de perpetrar. Una negra leyenda le precedía: se aseguraba que habría asesinado a sus dos hermanos mayores para despejar el camino al trono; hechos que le habían granjeado el sobrenombre de “Mala bestia”.
El capitán River estaba a punto de subir a su navío cuando un lujoso carruaje pasó delante de él y se detuvo frente al extraordinario barco del príncipe William. Pudo observar cómo, ataviados con esmerado señorío, descendieron un hombre y una joven, cuyo cabello pelirrojo le arrebató la serenidad. ¡Era Miranda! El príncipe la recibió y la abrazó con fuerza, largamente. John sintió como si el mismísimo Calicó Jack le arrancase el corazón con su garfio oxidado.
Aquella noche se celebraba una cena de gala en honor del príncipe William en el palacete del gobernador. Miranda Bonny lucía esplendida, se había vestido y arreglado con tanto mimo que recordaba una aparición celestial. William estaba extasiado contemplándola, disfrutando de su grata compañía, era todo lo feliz que un ser perverso podía serlo. Al verla tan hermosa, sonriente y solícita, pendiente de que su copa nunca estuviera vacía, le llevó al convencimiento de que hacerla suya sería una tarea más sencilla de la que en principio había cavilado. Solo un pensamiento enturbió aquel momento mientras acariciaba la sedosa y frágil piel del escote de la joven: la incertidumbre de si aquella piel era lo suficientemente resistente para sus juegos eróticos. Respiró profundo y se acomodó sobre el hombro de ella, entregándose a los brazos de Morfeo unos instantes después. Miranda esperó unos minutos y después apartó de un manotazo a William. Se levantó de la mesa y comprobó que todos los comensales estaban dormidos. Llamó a sus sirvientas y les agradeció que hubieran colaborado en tal empresa. Sin perder un minuto cogió la llave que colgaba del pecho de su padre y se dirigió al despacho, abrió una caja fuerte oculta tras un cuadro, cogió un pergamino, lo guardó en su escote y abandonó el palacete.
Pronto amanecería y el capitán John River aguzaba la vista mirando el muelle a través de su catalejo. Estaba a punto de ordenar a su tripulación un asalto al palacete del gobernador, cuando a lo lejos divisó el movimiento de una sombra que le hizo contener el aliento. Pudo distinguir que se trataba de una figura femenina que corría en dirección al navío. Miranda Bonny pisó con fuerza los tablones de aquella pasarela que la transportaría a otro mundo blandiendo el mapa, llamando a gritos al capitán y escoltada por su fiel lobo, Wolf. Una vez en la cubierta ambos jóvenes se fundieron en un abrazo y se besaron. El capitán River ordenó soltar amarras y poner rumbo al Espíritu del Mar hacia un lugar perdido de los mares del sur.
Aquel mapa les llevó a encontrar el ansiado y esquivo tesoro de “Barbanegra”, que repartieron entre la gente del pueblo. Fue el primer peldaño de una escalera coronada de mil y una aventuras. Exploraban palmo a palmo todas las islas que encontraban a su paso desenterrando tesoros, socorrían a cuantos náufragos hallaban abandonados en ellas y se deshacían de la tripulación de los barcos negreros para liberar a los esclavos.
Muy pronto su fama creció como la espuma y sus hazañas eran contadas en las tabernas por los piratas de medio mundo mientras mataban la sed con jarras de ron. No solo el capitán John River y su bella compañera estaban en boca de todos, sino también se quedaban sorprendidos de que un lobo fuera tan audaz a la hora de surcar los mares. Fue de esta forma que un buen día el capitán Jack Sparrow tuvo una de sus ingeniosas ocurrencias en el transcurso de una sonada borrachera, al llamar a un veterano y experto marino “Lobo de mar”; expresión que se extendió con la fuerza y velocidad de un tsunami.
Muy pronto su fama creció como la espuma y sus hazañas eran contadas en las tabernas por los piratas de medio mundo mientras mataban la sed con jarras de ron. No solo el capitán John River y su bella compañera estaban en boca de todos, sino también se quedaban sorprendidos de que un lobo fuera tan audaz a la hora de surcar los mares. Fue de esta forma que un buen día el capitán Jack Sparrow tuvo una de sus ingeniosas ocurrencias en el transcurso de una sonada borrachera, al llamar a un veterano y experto marino “Lobo de mar”; expresión que se extendió con la fuerza y velocidad de un tsunami.
Cuentan que, muchos años más tarde, el dios Poseidón, celoso del éxito de aquel navío, provocó una tormenta de proporciones colosales y que, en el mismo instante que el Espíritu del Mar lograba escapar de ella, furioso, enredó su tridente en el ancla del barco, arrastrándolo hasta el lecho marino. No falta quien asegura haber divisado al Espíritu del Mar salir de entre las brumas en las noches de luna llena, e incluso haber distinguido la figura de una pareja abrazada bailando sobre la cubierta del barco mientras oían el aullido de un lobo, antes de esfumarse.



